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SS – Mundial de Fútbol – España 1982, ‘Pacto entre caballeros’

Miguel Ángel Ruiz @migruizruiz 29-04-2018

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Siempre he pensado que las
grandes historias te encuentran y no al revés. En una de esas tardes en las que
la tecla del teclado no suena tan rápida bajo mis dedos, me vino a la cabeza
una de esas. Leyendo acerca de los mundiales para un artículo anterior, choqué
de bruces con una historia que no conocía.

En un hotel de Japón, dos entrenadores
pactaban entre cafés, el humo de un cigarro y una charla futbolística, que si
alguno de los veintidós jugadores que dirigirían horas más tarde, durante la
final de la Copa Intercontinental de 1992, no cumpliera con los intereses de
estilo y buen juego marcados a priori por ambos, lo sacarían del campo de inmediato.
Este trato, firmado antes de lo que sería la derrota del FC Barcelona de Cruyff
ante el São Paulo de Telê Santana, simbolizaba aquello que el entrenador
neerlandés trataba de crear en el club culé (y que les había llevado a la
primera Champions League de su historia) pero que, en el caso del brasileño,
suponía un paso más en la multitud de muestras de fidelidad a una idea de
juego. A la idea de que perder jugando atractivo no era, en ningún caso, un
fracaso.

Diez años antes, en 1982, el
mismo Santana, se presentaba en el Mundial de España a la cabeza de un equipo
brasileño repleto de jugadores capaces de crear un gran fútbol. Apodado por los
hinchas del Fluminense en sus años de jugador como “Fio de Esperança” (Hilo de esperanza),
Telê Santana da Silva, encaraba la primera de las oportunidades como
seleccionador que el fútbol le tenía reservadas, tras triunfar como entrenador
de Atlético Mineiro y Grêmio.

Con un ataque infernal y una
fábrica de talento y jugadas capaz de sostener cualquier comparación, Brasil se
presentaba como serio aspirante a levantar la Copa del Mundo por cuarta vez. A
los Falcao, Junior, Serginho o Peres, había que sumarles dos de los mejores
jugadores de la época: Zico y Sócrates. El primero era capaz de acelerar las
jugadas de Brasil de una manera inverosímil, consiguiendo generar
superioridades en ataque como si se tratase de un juego de niños, convirtiéndose
en la estrella absoluta del fútbol brasileño. El segundo, aportaba talento,
potencia y capacidad de liderazgo al mediocampo de la ‘canarinha’. Líder nato de
Corinthians y del combinado nacional, se convertiría en el símbolo del Brasil
de los años ochenta y de la intelectualidad y los valores dentro del campo y
fuera de él.

Tras el controvertido sorteo del
Mundial 82 a cargo de los niños de San Ildefonso, Brasil quedó encuadrada en el
Grupo F, junto a Escocia, Nueva Zelanda y la URSS. Demostrando ser poco rivales
para el talento de los de Santana, logró pasar de ronda ganando los tres
partidos que jugó, con diez goles a favor y solo dos en contra. Sería en segunda
ronda cuando llegaría el verdadero reto, ante dos potencias futbolísticas:
Argentina, vigente campeona en 1978, e Italia, que había llegado a segunda fase
gracias a la diferencia de goles y habiendo empatado tres de tres partidos.
Solo podía pasar uno y todo pintaba bien para los brasileños, aún contra un
rival de gran entidad, Argentina, que ya había perdido contra los europeos.
Brasil sacó sus armas y, por mediación de Zico, Serginho y Junior, daría un
golpe en la mesa haciendo ver que todo se decidiría ante Italia.

Como si de un film de redención
se tratara, el ‘9’ italiano, Paolo Rossi, jugador importantísimo para los de
Bearzot, consiguió con un hattrick, tumbar al equipo de Santana, en el año en
el que acababa de volver a la élite, tras haber sido sancionado por apuestas
ilegales en su país en 1980. Bearzot no se equivocó convocándolo y llegó a ser
máximo goleador y estrella del Mundial, consiguiendo más tarde el Balón de Oro.

Santana tampoco se equivocó. Su
Brasil del Mundial 82 sería para siempre recordada como una de las mejores
selecciones de la historia, que después de caer por tres goles a dos, tendría
que mirar por la televisión el triunfo de Italia ante Alemania, en la final de
Madrid en el Estadio Santiago Bernabéu. Los brasileños habían caído ante el
conjunto que sería campeón en un Mundial que parecía estar hecho para que los
héroes de Telê Santana, con su ideario, lo pudieran ganar jugando como solo su
talento les permitía.

Diez años después, horas antes de
que Raí, hermano del Sócrates, capitán de Brasil en el 82, fusilara con dos
goles las aspiraciones del Barça para conseguir la Copa Intercontinental, a Santana
le volvería al recuerdo de la Copa del Mundo resbalando como agua entre sus
dedos, entre las paredes del hotel nipón donde el humo, el café y los recuerdos
inundaban la estancia.

Hoy, con la ventaja de la
perspectiva, casi puedo asegurar que Santana por un lado y Cruyff por el otro,
sonrieron en el instante antes de sellar con sus manos el acuerdo entre ambos.
Pensando uno en su Brasil del 82 y otro en su Países Bajos del 74, sabiendo, con
la firmeza de quien lo ha vivido ya, que la victoria no procede solo de un
marcador favorable. Que también nace del recuerdo de quienes, habiendo sido
testigos, no consiguen olvidar a aquellos que les hicieron disfrutar de la
pasión y del deporte que amaban.

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Siempre he pensado que las
grandes historias te encuentran y no al revés. En una de esas tardes en las que
la tecla del teclado no suena tan rápida bajo mis dedos, me vino a la cabeza
una de esas. Leyendo acerca de los mundiales para un artículo anterior, choqué
de bruces con una historia que no conocía.

En un hotel de Japón, dos entrenadores
pactaban entre cafés, el humo de un cigarro y una charla futbolística, que si
alguno de los veintidós jugadores que dirigirían horas más tarde, durante la
final de la Copa Intercontinental de 1992, no cumpliera con los intereses de
estilo y buen juego marcados a priori por ambos, lo sacarían del campo de inmediato.
Este trato, firmado antes de lo que sería la derrota del FC Barcelona de Cruyff
ante el São Paulo de Telê Santana, simbolizaba aquello que el entrenador
neerlandés trataba de crear en el club culé (y que les había llevado a la
primera Champions League de su historia) pero que, en el caso del brasileño,
suponía un paso más en la multitud de muestras de fidelidad a una idea de
juego. A la idea de que perder jugando atractivo no era, en ningún caso, un
fracaso.

Diez años antes, en 1982, el
mismo Santana, se presentaba en el Mundial de España a la cabeza de un equipo
brasileño repleto de jugadores capaces de crear un gran fútbol. Apodado por los
hinchas del Fluminense en sus años de jugador como “Fio de Esperança” (Hilo de esperanza),
Telê Santana da Silva, encaraba la primera de las oportunidades como
seleccionador que el fútbol le tenía reservadas, tras triunfar como entrenador
de Atlético Mineiro y Grêmio.

Con un ataque infernal y una
fábrica de talento y jugadas capaz de sostener cualquier comparación, Brasil se
presentaba como serio aspirante a levantar la Copa del Mundo por cuarta vez. A
los Falcao, Junior, Serginho o Peres, había que sumarles dos de los mejores
jugadores de la época: Zico y Sócrates. El primero era capaz de acelerar las
jugadas de Brasil de una manera inverosímil, consiguiendo generar
superioridades en ataque como si se tratase de un juego de niños, convirtiéndose
en la estrella absoluta del fútbol brasileño. El segundo, aportaba talento,
potencia y capacidad de liderazgo al mediocampo de la ‘canarinha’. Líder nato de
Corinthians y del combinado nacional, se convertiría en el símbolo del Brasil
de los años ochenta y de la intelectualidad y los valores dentro del campo y
fuera de él.

Tras el controvertido sorteo del
Mundial 82 a cargo de los niños de San Ildefonso, Brasil quedó encuadrada en el
Grupo F, junto a Escocia, Nueva Zelanda y la URSS. Demostrando ser poco rivales
para el talento de los de Santana, logró pasar de ronda ganando los tres
partidos que jugó, con diez goles a favor y solo dos en contra. Sería en segunda
ronda cuando llegaría el verdadero reto, ante dos potencias futbolísticas:
Argentina, vigente campeona en 1978, e Italia, que había llegado a segunda fase
gracias a la diferencia de goles y habiendo empatado tres de tres partidos.
Solo podía pasar uno y todo pintaba bien para los brasileños, aún contra un
rival de gran entidad, Argentina, que ya había perdido contra los europeos.
Brasil sacó sus armas y, por mediación de Zico, Serginho y Junior, daría un
golpe en la mesa haciendo ver que todo se decidiría ante Italia.

Como si de un film de redención
se tratara, el ‘9’ italiano, Paolo Rossi, jugador importantísimo para los de
Bearzot, consiguió con un hattrick, tumbar al equipo de Santana, en el año en
el que acababa de volver a la élite, tras haber sido sancionado por apuestas
ilegales en su país en 1980. Bearzot no se equivocó convocándolo y llegó a ser
máximo goleador y estrella del Mundial, consiguiendo más tarde el Balón de Oro.

Santana tampoco se equivocó. Su
Brasil del Mundial 82 sería para siempre recordada como una de las mejores
selecciones de la historia, que después de caer por tres goles a dos, tendría
que mirar por la televisión el triunfo de Italia ante Alemania, en la final de
Madrid en el Estadio Santiago Bernabéu. Los brasileños habían caído ante el
conjunto que sería campeón en un Mundial que parecía estar hecho para que los
héroes de Telê Santana, con su ideario, lo pudieran ganar jugando como solo su
talento les permitía.

Diez años después, horas antes de
que Raí, hermano del Sócrates, capitán de Brasil en el 82, fusilara con dos
goles las aspiraciones del Barça para conseguir la Copa Intercontinental, a Santana
le volvería al recuerdo de la Copa del Mundo resbalando como agua entre sus
dedos, entre las paredes del hotel nipón donde el humo, el café y los recuerdos
inundaban la estancia.

Hoy, con la ventaja de la
perspectiva, casi puedo asegurar que Santana por un lado y Cruyff por el otro,
sonrieron en el instante antes de sellar con sus manos el acuerdo entre ambos.
Pensando uno en su Brasil del 82 y otro en su Países Bajos del 74, sabiendo, con
la firmeza de quien lo ha vivido ya, que la victoria no procede solo de un
marcador favorable. Que también nace del recuerdo de quienes, habiendo sido
testigos, no consiguen olvidar a aquellos que les hicieron disfrutar de la
pasión y del deporte que amaban.

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