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SS – Mundial de Fútbol – Corea y Japón 2002, ‘Detalles’

Miguel Ángel Ruiz @migruizruiz 02-06-2018

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El de 2002 fue Mundial el primer
Mundial celebrado en Asia. Y el primero celebrado simultáneamente en sedes de
dos países distintos: Corea y Japón. Dos potencias asiáticas que decidían
aceptar el reto de exportar, como se hiciera antaño en USA, el fútbol en su
máxima expresión al lejano oriente, en unos años en el que el fútbol comenzaba
a dar muestras de cambio, adaptando modificaciones que se quedarían hasta
nuestros días. Botas de colores, peinados excéntricos…

En particular, el peinado de
Ronaldo Nazario tuvo una enorme repercusión entre los más pequeños aficionados
al fútbol a lo largo y ancho del mundo. Ese rapado incompleto, dejando sin
trasquilar justo el flequillo componía una extravagancia atípica en el look del
‘9’ de Brasil. Ronaldo había pasado cuatro años pensando en aquella final
maldita de 1998. Todo el mundo había pensado en él al ver cómo pasaba el
rodillo francés sobre la, en teoría, engrasada máquina brasileña. Todo el mundo
buscó en las piernas de Ronaldo la explicación a tan humillante derrota sobre
la selección anfitriona.

Las miradas volvían a Ronaldo.
Era el año 2002 y el crack mundial volvía a un Mundial (el tercero) acompañado
de una de las últimas mejores generaciones de Brasil. Talento puro y trabajadores
al servicio de un seleccionador como Scolari, pragmático como pocos, que supo
ver el equilibrio entre defensa y ataque para lograr llegar a la final del
campeonato. A pesar del juego, en ocasiones plano, de los brasileños, Brasil
había llegado a la final de Yokohama tras vencer por un solitario gol a una
sorprendente Turquía, que se había plantado en las semifinales por primera vez
en su historia. Al igual que una de las anfitrionas, Corea del Sur, que, no sin
muchas polémicas, había alcanzado los primeros cuatro puestos de su Mundial
tras batir a rivales como España o Italia (con sendos escándalos y protestas
sobre las actuaciones arbitrales).

Alemania esperaba al otro lado.
La selección de Völler, campeón él mismo como jugador en Italia 90, se
presentaba ante el monte Fuji para plantar cara a una selección brasileña en la
primera final que los enfrentaba en pos de la Copa del Mundo. El equipo alemán
contaba con jugadores como Klose, Frings, Ramelow o el incombustible Oliver
Khan. El portero, líder indiscutible del equipo germano, buscaba su primer
mundial, tras un doloroso año en blanco con el Bayern Múnich. Metódico,
calculador y con un carácter arrollador, su personalidad le precedía como
adalid de la mentalidad alemana en cada partido disputado. Mientras los
germanos buscaban el cuarto trofeo mundial, los brasileños podían hacerse con
la nada desdeñable cifra de cinco copas. Una misión compleja para ambos, que
les ponía en una bonita disputa por el honor de empatar o por el de coger
distancia.

Ronaldo esperaba sentado a que
les indicaran el momento de salir al campo, tras haber calentado con el resto.
Miraba alrededor y veía a sus compañeros, aquellos que jugarían con él de
inicio el trascendental partido y aquellos que le habían ayudado a ser la
estrella a la que todos seguirían mirando. Ronaldinho, Rivaldo, Roberto Carlos,
Cafú, Lucio… todos eran estrellas en sus respectivos equipos, con experiencia y
talento, pero el líder creativo al que miraban para resolver la empresa era
Ronaldo. Hasta la mano estabilizadora de Scolari esperaba desequilibrar el
partido con el talento de ‘O Fenomeno’, que seguía absorto, mirando sus botas,
mientras acariciaba la zona no rasurada de su cabeza. El delegado les citó. Era
la hora. Entre todos sus compañeros, Ronaldo encaraba a la historia.

A veces en la vida prestamos muy
poca atención a los detalles. Nos parece que están ahí para decorar, para
llenar con puntos imaginarios una hoja a veces demasiado blanca de papel, en el
que escribimos día a día las historias que nos contamos. Yo veo, que a menudo,
las historias que escribimos, vivimos y nos contamos, cuentan con la necesaria
colaboración de los detalles que unen esos puntos. Aquellos que les dan
sentido. Es curioso, como digo, que en muchas de las historias que me quedan
sobre los mundiales, así como en las que ya he contado, todo se resuelve por
detalles.

Como detalle fue ver de nuevo un
Argentina contra Inglaterra. Como detalle fue ver llorar a España tras sus
cuartos de final. Como detalle es saber que el peinado de Ronaldo alejó, con su
extravagancia, los fantasmas de viejas lesiones… y de las nuevas, ya que su
pelo evitó la presión de soportar más preguntas sobre su reciente pubalgia. Como
detalle es ver la fuerza con la que, de puntera, marcó gol el ‘9’ a Turquía
para dar el pase a su selección. Como detalle es saber que el primer gol en la
final lo marcó él mismo, por un fallo de Khan, aquel que hasta ese momento no
había fallado.

De todo esto se puede aprender
algo: Los detalles, en sí mismos, no son importantes. Solo uniendo los puntos y
viendo esas líneas completas somos capaces de ver los dibujos que traza la
suerte, que es dueña de este deporte, pero que se alía, a menudo, con quien más
la busca.

Como con Ronaldo, con su peinado y
con su sonrisa eterna.

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El de 2002 fue Mundial el primer
Mundial celebrado en Asia. Y el primero celebrado simultáneamente en sedes de
dos países distintos: Corea y Japón. Dos potencias asiáticas que decidían
aceptar el reto de exportar, como se hiciera antaño en USA, el fútbol en su
máxima expresión al lejano oriente, en unos años en el que el fútbol comenzaba
a dar muestras de cambio, adaptando modificaciones que se quedarían hasta
nuestros días. Botas de colores, peinados excéntricos…

En particular, el peinado de
Ronaldo Nazario tuvo una enorme repercusión entre los más pequeños aficionados
al fútbol a lo largo y ancho del mundo. Ese rapado incompleto, dejando sin
trasquilar justo el flequillo componía una extravagancia atípica en el look del
‘9’ de Brasil. Ronaldo había pasado cuatro años pensando en aquella final
maldita de 1998. Todo el mundo había pensado en él al ver cómo pasaba el
rodillo francés sobre la, en teoría, engrasada máquina brasileña. Todo el mundo
buscó en las piernas de Ronaldo la explicación a tan humillante derrota sobre
la selección anfitriona.

Las miradas volvían a Ronaldo.
Era el año 2002 y el crack mundial volvía a un Mundial (el tercero) acompañado
de una de las últimas mejores generaciones de Brasil. Talento puro y trabajadores
al servicio de un seleccionador como Scolari, pragmático como pocos, que supo
ver el equilibrio entre defensa y ataque para lograr llegar a la final del
campeonato. A pesar del juego, en ocasiones plano, de los brasileños, Brasil
había llegado a la final de Yokohama tras vencer por un solitario gol a una
sorprendente Turquía, que se había plantado en las semifinales por primera vez
en su historia. Al igual que una de las anfitrionas, Corea del Sur, que, no sin
muchas polémicas, había alcanzado los primeros cuatro puestos de su Mundial
tras batir a rivales como España o Italia (con sendos escándalos y protestas
sobre las actuaciones arbitrales).

Alemania esperaba al otro lado.
La selección de Völler, campeón él mismo como jugador en Italia 90, se
presentaba ante el monte Fuji para plantar cara a una selección brasileña en la
primera final que los enfrentaba en pos de la Copa del Mundo. El equipo alemán
contaba con jugadores como Klose, Frings, Ramelow o el incombustible Oliver
Khan. El portero, líder indiscutible del equipo germano, buscaba su primer
mundial, tras un doloroso año en blanco con el Bayern Múnich. Metódico,
calculador y con un carácter arrollador, su personalidad le precedía como
adalid de la mentalidad alemana en cada partido disputado. Mientras los
germanos buscaban el cuarto trofeo mundial, los brasileños podían hacerse con
la nada desdeñable cifra de cinco copas. Una misión compleja para ambos, que
les ponía en una bonita disputa por el honor de empatar o por el de coger
distancia.

Ronaldo esperaba sentado a que
les indicaran el momento de salir al campo, tras haber calentado con el resto.
Miraba alrededor y veía a sus compañeros, aquellos que jugarían con él de
inicio el trascendental partido y aquellos que le habían ayudado a ser la
estrella a la que todos seguirían mirando. Ronaldinho, Rivaldo, Roberto Carlos,
Cafú, Lucio… todos eran estrellas en sus respectivos equipos, con experiencia y
talento, pero el líder creativo al que miraban para resolver la empresa era
Ronaldo. Hasta la mano estabilizadora de Scolari esperaba desequilibrar el
partido con el talento de ‘O Fenomeno’, que seguía absorto, mirando sus botas,
mientras acariciaba la zona no rasurada de su cabeza. El delegado les citó. Era
la hora. Entre todos sus compañeros, Ronaldo encaraba a la historia.

A veces en la vida prestamos muy
poca atención a los detalles. Nos parece que están ahí para decorar, para
llenar con puntos imaginarios una hoja a veces demasiado blanca de papel, en el
que escribimos día a día las historias que nos contamos. Yo veo, que a menudo,
las historias que escribimos, vivimos y nos contamos, cuentan con la necesaria
colaboración de los detalles que unen esos puntos. Aquellos que les dan
sentido. Es curioso, como digo, que en muchas de las historias que me quedan
sobre los mundiales, así como en las que ya he contado, todo se resuelve por
detalles.

Como detalle fue ver de nuevo un
Argentina contra Inglaterra. Como detalle fue ver llorar a España tras sus
cuartos de final. Como detalle es saber que el peinado de Ronaldo alejó, con su
extravagancia, los fantasmas de viejas lesiones… y de las nuevas, ya que su
pelo evitó la presión de soportar más preguntas sobre su reciente pubalgia. Como
detalle es ver la fuerza con la que, de puntera, marcó gol el ‘9’ a Turquía
para dar el pase a su selección. Como detalle es saber que el primer gol en la
final lo marcó él mismo, por un fallo de Khan, aquel que hasta ese momento no
había fallado.

De todo esto se puede aprender
algo: Los detalles, en sí mismos, no son importantes. Solo uniendo los puntos y
viendo esas líneas completas somos capaces de ver los dibujos que traza la
suerte, que es dueña de este deporte, pero que se alía, a menudo, con quien más
la busca.

Como con Ronaldo, con su peinado y
con su sonrisa eterna.

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