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SS – Mundial de Fútbol – Argentina 1978, ‘Alfonsina y el Mar’

Miguel Ángel Ruiz @migruizruiz 21-04-2018

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Es 7 de junio. En
Mar del Plata, Argentina. En esta época del año, la ciudad platense no debería
tener la afluencia de gente que tiene, por encontrarse ya a las puertas del
invierno. Sin embargo, es año de Mundial y Argentina lo afronta como
organizadora, sabiendo el caos que vivía el pueblo tras la toma de poder de
Jorge Rafael Videla, solo dos años después del golpe militar. Se trata de una ciudad
costera, que vive de lo que le regala el mar del que toma su nombre. En sus
playas, Alfonsina Storni, poeta suiza, decidió dejar de lado su vida,
suicidándose en las aguas del Mar del Plata, defendiendo de esa manera, a su
modo de ver, la capacidad de elección y el libre albedrío. Alfonsina quedó en
el mar, para que Mercedes Sosa la cantara con sus letras, pidiéndola aquellos
“poemas que fuera a buscar”, entre las aguas de la costa argentina. Alfonsina y
el Mar es una zamba argentina publicada apenas nueve años antes de los hechos
que nos ocupan. En Mar del Plata, la Selección de Argentina, ganadora semanas
más tarde con Kempes y cía, no jugaría un solo partido, pero fue en el Estadio
José María Minella donde transcurren los hechos que motivan este artículo.

Como con Alfonsina,
el derecho a decisión se volvió a manifestar en la ciudad platense, en uno de
los choques disputados en la ciudad costera, concretamente en el que jugaban
España y Brasil en la cuarta jornada de las que se disputarían en la ciudad,
durante el Mundial 78, entre los muros del estadio del Club Atlético Aldosivi.

Como con Alfonsina
y el Mar, ya digo, la capacidad de decisión volvió a romper el natural desempeño
de los acontecimientos, esta vez con un protagonista futbolístico, nacido en
Valladolid veinte años antes de la salida de la canción de Mercedes Sosa y que,
con solo veintiún años, se encontraría con un balón sencillo, cedido por la
cabeza del entonces ‘nueve’ español, Santillana. Todo eso en un Mundial, en el
área contraria, a solo siete metros de la portería, del gol… de la gloria. En
el segundo partido de España, tras un centro lateral, Santillana, tremendo
rematador de la ‘roja’, consigue bajar el balón y dejarla servida para que el
jugador que llega, Julio Cardeñosa, pueda rematar a placer y con la portería
vacía, un balón que de ser rematado con fuerza, sería gol seguro. Es aquí donde
el poder de Mar del Plata, de la capacidad de decisión y de Alfonsina Storni surte
efecto.

Ese mismo año, en
diciembre de 1978, Marcial Pina, jugador del Atlético de Madrid, convertía en
un mismo partido dos goles de falta, cada uno ejecutado con una pierna. La
capacidad de utilizar las dos piernas elevada a la capacidad de mostrarlo con
la soltura de la que hizo gala el jugador asturiano, ante el FC Barcelona. La
misma que Cardeñosa, en ese mes de junio de 1978, no supo mostrar. Zurdo
cerrado, el entonces jugador del Real Betis no supo colocar la dejada de
Santillana en la red de primeras con la pierna mala, e intento colocar el balón
cambiándosela de pie, jugando demasiado tarde con la izquierda, dando tiempo al
defensor brasileño a interponerse en la trayectoria del balón. El partido
acabaría con empate a cero, sentando las bases de la eliminación del conjunto
español. “La diestra, ni para apoyarme”, parece que pensaría en ese instante
Cardeñosa, y con esa falta de confianza, capacidad y arrojo, se perdió una
oportunidad más para que la España de Kubala pudiera pasar de ronda.

Amaral, futbolista
brasileño, conseguía con su irrupción en la línea de gol la oportunidad de clasificar
con Brasil y disputar la siguiente ronda, en la que quedarían apeados por la
anfitriona, gracias al (más que sospechoso) gol-average. Un paso más para que
Argentina, al mando de Menotti, pudiera disfrutar, en esos meses de otoño
argentino, de la primera de las alegrías que el combinado albiceleste le daría
a su pueblo. Quizá, en el año que más lo necesitaban. Ya que, tal y como lo dijo
el propio Menotti en el año en el que la selección argentina se proclamó por
vez primera campeona del mundo: “nosotros somos el pueblo, somos las víctimas y
representamos lo único legítimo en este país: el fútbol. No jugamos para las
tribunas llenas de militares, sino para la gente. Nosotros no defendemos la
dictadura sino la Libertad”.

La libertad de
ganar y de decidir. Como Cardeñosa. Como Alfonsina.

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Es 7 de junio. En
Mar del Plata, Argentina. En esta época del año, la ciudad platense no debería
tener la afluencia de gente que tiene, por encontrarse ya a las puertas del
invierno. Sin embargo, es año de Mundial y Argentina lo afronta como
organizadora, sabiendo el caos que vivía el pueblo tras la toma de poder de
Jorge Rafael Videla, solo dos años después del golpe militar. Se trata de una ciudad
costera, que vive de lo que le regala el mar del que toma su nombre. En sus
playas, Alfonsina Storni, poeta suiza, decidió dejar de lado su vida,
suicidándose en las aguas del Mar del Plata, defendiendo de esa manera, a su
modo de ver, la capacidad de elección y el libre albedrío. Alfonsina quedó en
el mar, para que Mercedes Sosa la cantara con sus letras, pidiéndola aquellos
“poemas que fuera a buscar”, entre las aguas de la costa argentina. Alfonsina y
el Mar es una zamba argentina publicada apenas nueve años antes de los hechos
que nos ocupan. En Mar del Plata, la Selección de Argentina, ganadora semanas
más tarde con Kempes y cía, no jugaría un solo partido, pero fue en el Estadio
José María Minella donde transcurren los hechos que motivan este artículo.

Como con Alfonsina,
el derecho a decisión se volvió a manifestar en la ciudad platense, en uno de
los choques disputados en la ciudad costera, concretamente en el que jugaban
España y Brasil en la cuarta jornada de las que se disputarían en la ciudad,
durante el Mundial 78, entre los muros del estadio del Club Atlético Aldosivi.

Como con Alfonsina
y el Mar, ya digo, la capacidad de decisión volvió a romper el natural desempeño
de los acontecimientos, esta vez con un protagonista futbolístico, nacido en
Valladolid veinte años antes de la salida de la canción de Mercedes Sosa y que,
con solo veintiún años, se encontraría con un balón sencillo, cedido por la
cabeza del entonces ‘nueve’ español, Santillana. Todo eso en un Mundial, en el
área contraria, a solo siete metros de la portería, del gol… de la gloria. En
el segundo partido de España, tras un centro lateral, Santillana, tremendo
rematador de la ‘roja’, consigue bajar el balón y dejarla servida para que el
jugador que llega, Julio Cardeñosa, pueda rematar a placer y con la portería
vacía, un balón que de ser rematado con fuerza, sería gol seguro. Es aquí donde
el poder de Mar del Plata, de la capacidad de decisión y de Alfonsina Storni surte
efecto.

Ese mismo año, en
diciembre de 1978, Marcial Pina, jugador del Atlético de Madrid, convertía en
un mismo partido dos goles de falta, cada uno ejecutado con una pierna. La
capacidad de utilizar las dos piernas elevada a la capacidad de mostrarlo con
la soltura de la que hizo gala el jugador asturiano, ante el FC Barcelona. La
misma que Cardeñosa, en ese mes de junio de 1978, no supo mostrar. Zurdo
cerrado, el entonces jugador del Real Betis no supo colocar la dejada de
Santillana en la red de primeras con la pierna mala, e intento colocar el balón
cambiándosela de pie, jugando demasiado tarde con la izquierda, dando tiempo al
defensor brasileño a interponerse en la trayectoria del balón. El partido
acabaría con empate a cero, sentando las bases de la eliminación del conjunto
español. “La diestra, ni para apoyarme”, parece que pensaría en ese instante
Cardeñosa, y con esa falta de confianza, capacidad y arrojo, se perdió una
oportunidad más para que la España de Kubala pudiera pasar de ronda.

Amaral, futbolista
brasileño, conseguía con su irrupción en la línea de gol la oportunidad de clasificar
con Brasil y disputar la siguiente ronda, en la que quedarían apeados por la
anfitriona, gracias al (más que sospechoso) gol-average. Un paso más para que
Argentina, al mando de Menotti, pudiera disfrutar, en esos meses de otoño
argentino, de la primera de las alegrías que el combinado albiceleste le daría
a su pueblo. Quizá, en el año que más lo necesitaban. Ya que, tal y como lo dijo
el propio Menotti en el año en el que la selección argentina se proclamó por
vez primera campeona del mundo: “nosotros somos el pueblo, somos las víctimas y
representamos lo único legítimo en este país: el fútbol. No jugamos para las
tribunas llenas de militares, sino para la gente. Nosotros no defendemos la
dictadura sino la Libertad”.

La libertad de
ganar y de decidir. Como Cardeñosa. Como Alfonsina.

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