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SS – Mundial de Fútbol – Alemania 2006, ‘Ese pude ser yo’

Miguel Ángel Ruiz @migruizruiz 09-06-2018

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Solo faltaban diez minutos cuando
Zinedine Zidane, capitán del conjunto francés, propinó un cabezazo en el pecho
al defensa central italiano Marco Materazzi. El jugador italiano, entre la
sorpresa y el dolor, cayó de espaldas, entre gestos de padecimiento, segundos
después de, según contó a posteriori, haber hablado de “su hermana” al jugador
de la selección francesa, buscando provocarlo.

El árbitro paró el juego y fue a
preocuparse por el jugador aún en el suelo, mientras el resto de jugadores,
italianos y franceses, parecían indicarle la versión que había vivido cada uno
desde su posición. Unos defendiendo al mediocampista francés; otros implorando
castigo para Zizou, que, desde algunos metros, observaba la imagen. Desde su
posición, Zidane se tocaba el brazalete de capitán, quizá pensando en
desabrocharlo, oliéndose el destino que le esperaba. Horacio Elizondo,
colegiado argentino, fue informado por sus asistentes y, con el dolor de todo
buen aficionado, sacó su tarjeta roja, se dirigió a Zinedine Zidane y le
indicó, mostrándole el color de la cartulina, que el partido, para él, acababa
ahí.

Era la final del Mundial de
Alemania en 2006, en la ciudad de Berlín, ubicada en el icónico Olympiastadion,
símbolo del deporte germano y Francia perdía a su capitán y a su genio. Pero
para llegar hasta este punto, hay que entender muchas cosas.

Francia había llegado al Mundial
de 2006 con ilusión y con necesidad de mejorar su imagen ante la afición. Algo
complejo, tras habérsela pegado en Corea y Japón, quedando última del Grupo A
junto a Uruguay, Dinamarca y Senegal (perdió dos encuentros y empató uno).
Zinedine Zidane, estrella de los franceses, solo fue capaz de jugar un
encuentro de los tres disputados, renqueante por una lesión, sin poder hacer
más por su país. A Alemania se llegó con otro aire. La selección francesa quedó
ubicada en el Grupo G, junto a Suiza, Corea del Sur y Togo, rivales a priori
sencillos para los campeones de 1998. Pero las sorpresas comenzaron pronto.
Suiza, empató con sus vecinos en el primer partido ante los “bleus”. Ese cero a
cero obligaba a los de Domenech a dejárselo todo ante Corea del Sur y Togo para
alejar los fantasmas del Mundial anterior. Solo pudieron sacar cuatro puntos,
empatando ante los asiáticos (goles de Park y Henry) y ganando por dos goles a
los africanos (tantos de Vieira y Henry).

Pasaban como segundos y en
octavos de final esperaba España, con una selección de jugadores heredada del
Mundial 2002 pero que había cambiado de manos, siendo ahora dirigida por Luis
Aragonés. Intentando armar un equipo combinando juventud y experiencia y
dejándose llevar por el talento de los mismos, España se dio contra un muro en
el que la estrella fue el capitán, Zinedine Zidane. El ‘crack’ de Real Madrid
escribió, en el partido ante los españoles, una nueva página como héroe
nacional. Las jugadas endiabladas comandadas por ‘Zizou’ y la velocidad en el
ataque de Ribèry parecieron ser suficientes para que el penalti que marcó David
Villa a la media hora de juego quedara solo en un susto. Tres goles, del citado
Ribèry, Vieira y el propio Zidane, cerraron el partido a favor de los
franceses.

En cuartos, esperaba una conocida
Brasil, con ganas de venganza tras la final de 1998, en la que los anfitriones
supieron romper la defensa brasileña para proclamarse por primera vez Campeones
del Mundo, pero no pudieron cobrársela los sudamericanos. En esta nueva
contienda, se dio idéntico resultado, esta vez por un gol de Henry.

El paso previo al desencuentro de
Zidane con Materazzi fue en el Allianz Arena de Múnich, un moderno estadio que
acogió a la citada Francia y a Portugal, un grupo muy talentoso, repleto de
estrellas y que contaba, como punta de lanza, con la experiencia de Luis Figo y
la genialidad de Cristiano Ronaldo, con un goleador, aún fiable, como Pauleta.
Sin embargo, no fue suficiente la apuesta lusa para apaciguar el hambre de
Zidane, que quería retirarse en ese mismo año con el segundo Mundial de la
historia de Francia y siendo pieza clave un año más. Serviría su gol en el
minuto 33 para sentenciar su pase a la final, buscando la preciada foto con la
Copa del Mundo que Djorkaeff consiguiera solo ocho años antes.

Vuelta a Berlín, Zidane se
encamina ya hacia el vestuario. Nunca se hubiera imaginado que la pugna sería
entre él mismo y un central internacional del Inter de Milán llamado Marco
Materazzi. Y no solo en esa agresión, sino en el marcador. A los siete minutos,
Zidane adelantó a los suyos de penalti, pero doce minutos más tarde, Materazzi
igualaría la contienda, provocando a su vez los minutos de prórroga en los que
provocaría la expulsión de Zidane. La foto no sería jamás la suya. Ni la de un
francés. No sería él quien marcaría el gol definitivo. Ni convertiría en tanto
el penal errado de David Trezeguet.

Pero de penal, como comenzó él
mismo marcando en la final, consiguieron los italianos la victoria, sin fallar
ninguno de los cinco. Italia remataba la fortuna que habían perseguido hasta
las últimas consecuencias.

Zidane, solo, de vuelta a casa,
mirando las fotografías de Cannavaro con la Copa, siendo rodeado de compañeros
vestidos de ese mismo azul “azzurro” y “bleu” que engalana ambas selecciones,
seguro piensa, con algo de tristeza: “ese pude ser yo”.

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Solo faltaban diez minutos cuando
Zinedine Zidane, capitán del conjunto francés, propinó un cabezazo en el pecho
al defensa central italiano Marco Materazzi. El jugador italiano, entre la
sorpresa y el dolor, cayó de espaldas, entre gestos de padecimiento, segundos
después de, según contó a posteriori, haber hablado de “su hermana” al jugador
de la selección francesa, buscando provocarlo.

El árbitro paró el juego y fue a
preocuparse por el jugador aún en el suelo, mientras el resto de jugadores,
italianos y franceses, parecían indicarle la versión que había vivido cada uno
desde su posición. Unos defendiendo al mediocampista francés; otros implorando
castigo para Zizou, que, desde algunos metros, observaba la imagen. Desde su
posición, Zidane se tocaba el brazalete de capitán, quizá pensando en
desabrocharlo, oliéndose el destino que le esperaba. Horacio Elizondo,
colegiado argentino, fue informado por sus asistentes y, con el dolor de todo
buen aficionado, sacó su tarjeta roja, se dirigió a Zinedine Zidane y le
indicó, mostrándole el color de la cartulina, que el partido, para él, acababa
ahí.

Era la final del Mundial de
Alemania en 2006, en la ciudad de Berlín, ubicada en el icónico Olympiastadion,
símbolo del deporte germano y Francia perdía a su capitán y a su genio. Pero
para llegar hasta este punto, hay que entender muchas cosas.

Francia había llegado al Mundial
de 2006 con ilusión y con necesidad de mejorar su imagen ante la afición. Algo
complejo, tras habérsela pegado en Corea y Japón, quedando última del Grupo A
junto a Uruguay, Dinamarca y Senegal (perdió dos encuentros y empató uno).
Zinedine Zidane, estrella de los franceses, solo fue capaz de jugar un
encuentro de los tres disputados, renqueante por una lesión, sin poder hacer
más por su país. A Alemania se llegó con otro aire. La selección francesa quedó
ubicada en el Grupo G, junto a Suiza, Corea del Sur y Togo, rivales a priori
sencillos para los campeones de 1998. Pero las sorpresas comenzaron pronto.
Suiza, empató con sus vecinos en el primer partido ante los “bleus”. Ese cero a
cero obligaba a los de Domenech a dejárselo todo ante Corea del Sur y Togo para
alejar los fantasmas del Mundial anterior. Solo pudieron sacar cuatro puntos,
empatando ante los asiáticos (goles de Park y Henry) y ganando por dos goles a
los africanos (tantos de Vieira y Henry).

Pasaban como segundos y en
octavos de final esperaba España, con una selección de jugadores heredada del
Mundial 2002 pero que había cambiado de manos, siendo ahora dirigida por Luis
Aragonés. Intentando armar un equipo combinando juventud y experiencia y
dejándose llevar por el talento de los mismos, España se dio contra un muro en
el que la estrella fue el capitán, Zinedine Zidane. El ‘crack’ de Real Madrid
escribió, en el partido ante los españoles, una nueva página como héroe
nacional. Las jugadas endiabladas comandadas por ‘Zizou’ y la velocidad en el
ataque de Ribèry parecieron ser suficientes para que el penalti que marcó David
Villa a la media hora de juego quedara solo en un susto. Tres goles, del citado
Ribèry, Vieira y el propio Zidane, cerraron el partido a favor de los
franceses.

En cuartos, esperaba una conocida
Brasil, con ganas de venganza tras la final de 1998, en la que los anfitriones
supieron romper la defensa brasileña para proclamarse por primera vez Campeones
del Mundo, pero no pudieron cobrársela los sudamericanos. En esta nueva
contienda, se dio idéntico resultado, esta vez por un gol de Henry.

El paso previo al desencuentro de
Zidane con Materazzi fue en el Allianz Arena de Múnich, un moderno estadio que
acogió a la citada Francia y a Portugal, un grupo muy talentoso, repleto de
estrellas y que contaba, como punta de lanza, con la experiencia de Luis Figo y
la genialidad de Cristiano Ronaldo, con un goleador, aún fiable, como Pauleta.
Sin embargo, no fue suficiente la apuesta lusa para apaciguar el hambre de
Zidane, que quería retirarse en ese mismo año con el segundo Mundial de la
historia de Francia y siendo pieza clave un año más. Serviría su gol en el
minuto 33 para sentenciar su pase a la final, buscando la preciada foto con la
Copa del Mundo que Djorkaeff consiguiera solo ocho años antes.

Vuelta a Berlín, Zidane se
encamina ya hacia el vestuario. Nunca se hubiera imaginado que la pugna sería
entre él mismo y un central internacional del Inter de Milán llamado Marco
Materazzi. Y no solo en esa agresión, sino en el marcador. A los siete minutos,
Zidane adelantó a los suyos de penalti, pero doce minutos más tarde, Materazzi
igualaría la contienda, provocando a su vez los minutos de prórroga en los que
provocaría la expulsión de Zidane. La foto no sería jamás la suya. Ni la de un
francés. No sería él quien marcaría el gol definitivo. Ni convertiría en tanto
el penal errado de David Trezeguet.

Pero de penal, como comenzó él
mismo marcando en la final, consiguieron los italianos la victoria, sin fallar
ninguno de los cinco. Italia remataba la fortuna que habían perseguido hasta
las últimas consecuencias.

Zidane, solo, de vuelta a casa,
mirando las fotografías de Cannavaro con la Copa, siendo rodeado de compañeros
vestidos de ese mismo azul “azzurro” y “bleu” que engalana ambas selecciones,
seguro piensa, con algo de tristeza: “ese pude ser yo”.

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