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Ser kicker no es tan fácil

César Martín @CesarMrtn 19-04-2018

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De primeras, lo que más llama la
atención del fútbol americano es su alto componente físico. Once jugadores de
ataque contra once jugadores defensivos llevándose golpes durante la hora que
oficialmente dura un partido (que en realidad se van a más de dos horas y media
en el mejor de los casos). Esto se rompe cuando, en determinadas ocasiones, sale
al campo un tipo ataviado con las mismas protecciones que los demás. Pero su
función no es ni lanzar el balón, ni atraparlo, ni correr con él, ni placar a
los jugadores del equipo contrario. No. Su labor consiste en patear el ovoide
entre los tres palos y lograr, dependiendo de la situación, uno o tres puntos
para su equipo. Son los kickers, miembros de los equipos especiales de los
equipos de football.

¡Qué fácil!”, podéis pensar, y con razón. Patear un field goal o un
extra point se puede asemejar a chutar un penalti en fútbol o a lanzar un tiro
libre en baloncesto. No hay nadie molestándote y lo lógico es convertir con
éxito este tipo de acciones, de ahí que se incida más en los fallos que en los
aciertos. Se habla más de la poca efectividad de Leo Messi desde los once
metros que de lo letal que es Cristiano desde esa distancia y de lo malo que
era Shaquille O’Neal desde la línea de personal que de lo bueno que es Stephen
Curry en este sentido.

En el caso de los kickers, como se
da por hecho que meter el balón entre los tres palos está chupado, son más
recordados los fallos (especialmente si se producen en Playoffs) que las conversiones.
Que se lo digan a Scott Norwood, pateador de los Buffalo Bills entre 1985 y
1991. Dos palabras le persiguen desde el 27 de enero de 1991: “wide right”. Y es que ese día, en la
Super Bowl XXV, Norwood falló el FG más importante de su vida. Unos centímetros
a la derecha que separaron a los Bills de su primer Trofeo Vince Lombardi. Aquella
fue la primera de las cuatro Super Bowls consecutivas que perdieron. Casi
treinta años después, la Bills Mafia todavía se pregunta cómo habría sido la
historia si Norwood, que sólo duró una temporada más en la NFL, hubiese
acertado.

Otro field goal errado que pasó a
la historia fue el de Gary Anderson en el partido por el Campeonato de la NFC
de 1998. Anderson, K de los Minnesota Vikings, había hecho una temporada regular
literalmente perfecta: 35 de 35 en FG y 59 de 59 en extra points. Una
perfección que tuvo continuidad en Playoffs. Anderson convirtió todas las
patadas que intentó. ¿Todas? No, sólo falló una: un FG de 38 yardas a dos
minutos para el final de aquel Championship Game que hubiera dado a los Vikings
el pase a la Super Bowl. En un episodio de la serie How I Met Your Mother hacen referencia a la rabia que aun sienten
los fans de los Vikings por ese partido.

Estos dos son los casos más
famosos, pero hay más: el de Blair
Walsh (también de los Vikings) en un partido de Wild Card ante los Seahawks o
el de Billy Cundiff (Ravens) en el AFC Championship Game de 2011 ante los
Patriots. Un field goal también estuvo a punto de marcar la carrera de Tony
Romo antes de que se convirtiera en el líder del ataque de los Dallas Cowboys.
Cuando Romo era suplente, su función era colocar el balón para que el kicker lo
pateara. En un duelo de Playoffs ante Seattle, Dallas necesitaba un FG para
seguir con vida. Quedando poco tiempo para la conclusión del partido, Romo
cometió un error sujetando el ovoide y optó por correr. ¿Resultado? Romo
placado y los Cowboys, eliminados.

Durante la temporada regular, el
margen de error tampoco es muy amplio. Un par de partido fallando patadas
decisivas pueden suponerte quedarte sin trabajo en una liga en el que los
contratos de los K no suelen estar garantizados.

Sí, dentro de la dureza del fútbol
americano, la posición de kicker es la más cómoda. Pero también puede ser la
más cruel. Da igual que hayas sido casi infalible chutando el balón entre
palos, que como tu único fallo eche por tierra toda la temporada de tu equipo,
la afición y los medios de comunicación se acordarán para siempre de ese error.
La vida del kicker, amigos.

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De primeras, lo que más llama la
atención del fútbol americano es su alto componente físico. Once jugadores de
ataque contra once jugadores defensivos llevándose golpes durante la hora que
oficialmente dura un partido (que en realidad se van a más de dos horas y media
en el mejor de los casos). Esto se rompe cuando, en determinadas ocasiones, sale
al campo un tipo ataviado con las mismas protecciones que los demás. Pero su
función no es ni lanzar el balón, ni atraparlo, ni correr con él, ni placar a
los jugadores del equipo contrario. No. Su labor consiste en patear el ovoide
entre los tres palos y lograr, dependiendo de la situación, uno o tres puntos
para su equipo. Son los kickers, miembros de los equipos especiales de los
equipos de football.

¡Qué fácil!”, podéis pensar, y con razón. Patear un field goal o un
extra point se puede asemejar a chutar un penalti en fútbol o a lanzar un tiro
libre en baloncesto. No hay nadie molestándote y lo lógico es convertir con
éxito este tipo de acciones, de ahí que se incida más en los fallos que en los
aciertos. Se habla más de la poca efectividad de Leo Messi desde los once
metros que de lo letal que es Cristiano desde esa distancia y de lo malo que
era Shaquille O’Neal desde la línea de personal que de lo bueno que es Stephen
Curry en este sentido.

En el caso de los kickers, como se
da por hecho que meter el balón entre los tres palos está chupado, son más
recordados los fallos (especialmente si se producen en Playoffs) que las conversiones.
Que se lo digan a Scott Norwood, pateador de los Buffalo Bills entre 1985 y
1991. Dos palabras le persiguen desde el 27 de enero de 1991: “wide right”. Y es que ese día, en la
Super Bowl XXV, Norwood falló el FG más importante de su vida. Unos centímetros
a la derecha que separaron a los Bills de su primer Trofeo Vince Lombardi. Aquella
fue la primera de las cuatro Super Bowls consecutivas que perdieron. Casi
treinta años después, la Bills Mafia todavía se pregunta cómo habría sido la
historia si Norwood, que sólo duró una temporada más en la NFL, hubiese
acertado.

Otro field goal errado que pasó a
la historia fue el de Gary Anderson en el partido por el Campeonato de la NFC
de 1998. Anderson, K de los Minnesota Vikings, había hecho una temporada regular
literalmente perfecta: 35 de 35 en FG y 59 de 59 en extra points. Una
perfección que tuvo continuidad en Playoffs. Anderson convirtió todas las
patadas que intentó. ¿Todas? No, sólo falló una: un FG de 38 yardas a dos
minutos para el final de aquel Championship Game que hubiera dado a los Vikings
el pase a la Super Bowl. En un episodio de la serie How I Met Your Mother hacen referencia a la rabia que aun sienten
los fans de los Vikings por ese partido.

Estos dos son los casos más
famosos, pero hay más: el de Blair
Walsh (también de los Vikings) en un partido de Wild Card ante los Seahawks o
el de Billy Cundiff (Ravens) en el AFC Championship Game de 2011 ante los
Patriots. Un field goal también estuvo a punto de marcar la carrera de Tony
Romo antes de que se convirtiera en el líder del ataque de los Dallas Cowboys.
Cuando Romo era suplente, su función era colocar el balón para que el kicker lo
pateara. En un duelo de Playoffs ante Seattle, Dallas necesitaba un FG para
seguir con vida. Quedando poco tiempo para la conclusión del partido, Romo
cometió un error sujetando el ovoide y optó por correr. ¿Resultado? Romo
placado y los Cowboys, eliminados.

Durante la temporada regular, el
margen de error tampoco es muy amplio. Un par de partido fallando patadas
decisivas pueden suponerte quedarte sin trabajo en una liga en el que los
contratos de los K no suelen estar garantizados.

Sí, dentro de la dureza del fútbol
americano, la posición de kicker es la más cómoda. Pero también puede ser la
más cruel. Da igual que hayas sido casi infalible chutando el balón entre
palos, que como tu único fallo eche por tierra toda la temporada de tu equipo,
la afición y los medios de comunicación se acordarán para siempre de ese error.
La vida del kicker, amigos.

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