_Real Madrid

Señor Filón

Joel Sierra @_JoeLSierra_ 06-02-2019

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Uno de los capítulos de la episódica y última película de los siempre geniales hermanos Coen, ‘La balada de Buster Scruggs’, cuenta la historia de un viejo buscador de oro, encarnado por Tom Waits, que desciende hasta el valle que se acaba de abrir ante sus ojos en busca de una oportunidad que él mejor que nadie sabe detectar, justo allí donde ningún otro vería nada más que un mero paisaje, bonito pero deshabitado, inane, sin ningún aparente potencial. Lo hace del mismo modo que desciende a buscar oro sobre un campo de fútbol Karim Benzema, el nueve más diez de todos los nueves, el gran maestro de los apoyos de su época en su posición y el creador, por sí mismo, de todo el sistema ofensivo de este Real Madrid de Santiago Solari, un equipo que seguiría sin ser mucho más que equilibrado estructuralmente sin la sedosa clarividencia del francés.

Como el atacante de Lyon en la vida real, en la película (alerta spoiler) Tom Waits se dispone a cavar en distintos puntos de la orilla del río, arriba y abajo, un poco más adelante y un poco más atrás, tomando muestras de la húmeda tierra antes de colocar estas en su batea y lavarlas con el agua cristalina en busca del mayor número de pepitas de oro surgidas de donde antes solamente había hierba y analizando, de este cuidadoso y artesano modo, la cantidad del valioso metal dorado generado en cada ubicación diferente con cada uno de los bateos, hasta caer en la cuenta, gracias a su sapiencia y capacidad deductiva, de que es justo allí, diez metros arriba o abajo, un poco más adelante o un poco más atrás, donde tiene que haber un filón. Un filón que sí o sí debe encontrar.

Waits mira entonces al cielo e interpela directamente a la veta de oro que buscará con toda su inteligencia y ahínco. “Voy a por ti, señor Filón”, le grita. “¿Dónde estás, Señor Filón? ¿A la derecha, a la izquierda o justo en el centro? Tú no te muevas, ya voy yo a por ti, señor Filón”. Con paciencia, con el perfecto entendimiento de la situación a través de las laboriosas pero inequívocas pistas que él mismo se ha generado, sabedor de la perenne importancia del cómo en su quehacer y con la pala insaciable de su infinita sabiduría técnica como principal herramienta de trabajo, el viejo buscador de oro va a terminar por convertir una mínima esperanza de éxito situada en un paraje perdido entre las montañas, en un enorme montón de oro. Día tras día, movimiento a movimiento, cava y cava hasta detectar el punto exacto en el que hay que profundizar. Hasta que lo encuentra. “Hola, señor Filón”.

En el momento exacto en el que su habitualmente introvertido y hasta misterioso carácter celebra abiertamente el descubrimiento, un desconocido, vestido de negro sobre blanco, con una chaqueta del color de la tinta de las máquinas de escribir y una pluma hueca pero afilada que parece amenazar más que asomar por el bolsillo de la blanca camisa, le dispara por la espalda. Cuando el bandido cree haber vencido y se dispone a apartar su cuerpo y picar la veta de oro destapada por el talento del esquivo y veterano gambusino que ahora yace con un disparo en la espalda en el agujero sobre la tierra que él mismo ha cavado, el viejo, aún con vida inesperadamente, se gira, le arrebata el revólver y acaba matándolo. “Ese era un canalla”, dice mientras intenta taparse la herida, “dejándome hacer todo el trabajo y disparando a traición por la espalda. Un canalla”. Los buenos, en las películas y en el fútbol, casi siempre terminan ganando, pese a que algunos quisieran hacernos creer que ya estaban muertos, pese a que tengan que acarrear con alguna que otra bala dentro del cuerpo para siempre.

Después de recuperarse, Waits vuelve al hoyo, extrae dos sacos repletos, lanza al agujero al carroñero y se marcha hacia otro río en el que volver a empezar de cero todo el tenaz proceso, en el que volver a buscar y a encontrar oro, cantando despreocupadamente, como si nada allí hubiese pasado. Como Tom Waits en la cinta de los Coen, Benzema siempre encuentra el oro que busca y siempre, siempre, siempre termina por imponerse, aunque lo quieran matar, aunque quieran tirar por tierra su gigantesco trabajo, ese que solamente él puede llevar a cabo con maestría. El nueve del Real Madrid ha sido el encargado de haber acercado a un equipo a años luz de su genialidad futbolística, la misma que tanto le sobra a su histórico delantero centro, a sus mínimos competitivos exigibles en un tiempo récord. El encargado de hacer que el conjunto blanco vuelva a encontrar una veta de oro que picar en todos y cada uno de sus partidos, con sus acercamientos allá donde su instintiva y fascinante idiosincrasia le indique para oscilar la batea una y otra vez. Fluyendo como el curso del río hasta hacer brotar el oro. Actuando, ahora que debe, como el reverencial líder que antes, cuando no le tocaba, tan extremadamente bien supo no ser.

“Un delantero no es solo gol, tiene que participar en el juego, abrir el espacio para otros, dar movimientos, dar asistencias, dar fútbol. Hablamos de fútbol no solo de goles. Yo veo el fútbol así. Yo siempre pienso en el equipo. Lo más importante es siempre el equipo”, se esforzaba por explicar Karim Benzema hace más de un año, en la rueda de prensa posterior a su renovación hasta el año 2021. Más allá de ser para el Real Madrid el mejor rastreador de ríos y el mejor buscador de oro que se ha visto en el lugar en muchísimo tiempo y de perseguir con toda su inteligencia y ahínco al preciado Señor Filón de Tom Waits por todos los rincones del ataque a cada jugada en cada encuentro, aunque en su caso más para repartir el botín entre sus compañeros que para quedárselo solo para sí por una cuestión de pura esencia temperamental; Benzema también es, al mismo tiempo, el propio río, el propio oro y el propio Señor Filón para su equipo. “¿Dónde estás, Señor Filón?”, preguntó al cielo el Real Madrid, desesperado. “Estoy aquí, donde siempre, con mi pala”, contestó Karim mientras cavaba.

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Uno de los capítulos de la episódica y última película de los siempre geniales hermanos Coen, ‘La balada de Buster Scruggs’, cuenta la historia de un viejo buscador de oro, encarnado por Tom Waits, que desciende hasta el valle que se acaba de abrir ante sus ojos en busca de una oportunidad que él mejor que nadie sabe detectar, justo allí donde ningún otro vería nada más que un mero paisaje, bonito pero deshabitado, inane, sin ningún aparente potencial. Lo hace del mismo modo que desciende a buscar oro sobre un campo de fútbol Karim Benzema, el nueve más diez de todos los nueves, el gran maestro de los apoyos de su época en su posición y el creador, por sí mismo, de todo el sistema ofensivo de este Real Madrid de Santiago Solari, un equipo que seguiría sin ser mucho más que equilibrado estructuralmente sin la sedosa clarividencia del francés.

Como el atacante de Lyon en la vida real, en la película (alerta spoiler) Tom Waits se dispone a cavar en distintos puntos de la orilla del río, arriba y abajo, un poco más adelante y un poco más atrás, tomando muestras de la húmeda tierra antes de colocar estas en su batea y lavarlas con el agua cristalina en busca del mayor número de pepitas de oro surgidas de donde antes solamente había hierba y analizando, de este cuidadoso y artesano modo, la cantidad del valioso metal dorado generado en cada ubicación diferente con cada uno de los bateos, hasta caer en la cuenta, gracias a su sapiencia y capacidad deductiva, de que es justo allí, diez metros arriba o abajo, un poco más adelante o un poco más atrás, donde tiene que haber un filón. Un filón que sí o sí debe encontrar.

Waits mira entonces al cielo e interpela directamente a la veta de oro que buscará con toda su inteligencia y ahínco. “Voy a por ti, señor Filón”, le grita. “¿Dónde estás, Señor Filón? ¿A la derecha, a la izquierda o justo en el centro? Tú no te muevas, ya voy yo a por ti, señor Filón”. Con paciencia, con el perfecto entendimiento de la situación a través de las laboriosas pero inequívocas pistas que él mismo se ha generado, sabedor de la perenne importancia del cómo en su quehacer y con la pala insaciable de su infinita sabiduría técnica como principal herramienta de trabajo, el viejo buscador de oro va a terminar por convertir una mínima esperanza de éxito situada en un paraje perdido entre las montañas, en un enorme montón de oro. Día tras día, movimiento a movimiento, cava y cava hasta detectar el punto exacto en el que hay que profundizar. Hasta que lo encuentra. “Hola, señor Filón”.

En el momento exacto en el que su habitualmente introvertido y hasta misterioso carácter celebra abiertamente el descubrimiento, un desconocido, vestido de negro sobre blanco, con una chaqueta del color de la tinta de las máquinas de escribir y una pluma hueca pero afilada que parece amenazar más que asomar por el bolsillo de la blanca camisa, le dispara por la espalda. Cuando el bandido cree haber vencido y se dispone a apartar su cuerpo y picar la veta de oro destapada por el talento del esquivo y veterano gambusino que ahora yace con un disparo en la espalda en el agujero sobre la tierra que él mismo ha cavado, el viejo, aún con vida inesperadamente, se gira, le arrebata el revólver y acaba matándolo. “Ese era un canalla”, dice mientras intenta taparse la herida, “dejándome hacer todo el trabajo y disparando a traición por la espalda. Un canalla”. Los buenos, en las películas y en el fútbol, casi siempre terminan ganando, pese a que algunos quisieran hacernos creer que ya estaban muertos, pese a que tengan que acarrear con alguna que otra bala dentro del cuerpo para siempre.

Después de recuperarse, Waits vuelve al hoyo, extrae dos sacos repletos, lanza al agujero al carroñero y se marcha hacia otro río en el que volver a empezar de cero todo el tenaz proceso, en el que volver a buscar y a encontrar oro, cantando despreocupadamente, como si nada allí hubiese pasado. Como Tom Waits en la cinta de los Coen, Benzema siempre encuentra el oro que busca y siempre, siempre, siempre termina por imponerse, aunque lo quieran matar, aunque quieran tirar por tierra su gigantesco trabajo, ese que solamente él puede llevar a cabo con maestría. El nueve del Real Madrid ha sido el encargado de haber acercado a un equipo a años luz de su genialidad futbolística, la misma que tanto le sobra a su histórico delantero centro, a sus mínimos competitivos exigibles en un tiempo récord. El encargado de hacer que el conjunto blanco vuelva a encontrar una veta de oro que picar en todos y cada uno de sus partidos, con sus acercamientos allá donde su instintiva y fascinante idiosincrasia le indique para oscilar la batea una y otra vez. Fluyendo como el curso del río hasta hacer brotar el oro. Actuando, ahora que debe, como el reverencial líder que antes, cuando no le tocaba, tan extremadamente bien supo no ser.

“Un delantero no es solo gol, tiene que participar en el juego, abrir el espacio para otros, dar movimientos, dar asistencias, dar fútbol. Hablamos de fútbol no solo de goles. Yo veo el fútbol así. Yo siempre pienso en el equipo. Lo más importante es siempre el equipo”, se esforzaba por explicar Karim Benzema hace más de un año, en la rueda de prensa posterior a su renovación hasta el año 2021. Más allá de ser para el Real Madrid el mejor rastreador de ríos y el mejor buscador de oro que se ha visto en el lugar en muchísimo tiempo y de perseguir con toda su inteligencia y ahínco al preciado Señor Filón de Tom Waits por todos los rincones del ataque a cada jugada en cada encuentro, aunque en su caso más para repartir el botín entre sus compañeros que para quedárselo solo para sí por una cuestión de pura esencia temperamental; Benzema también es, al mismo tiempo, el propio río, el propio oro y el propio Señor Filón para su equipo. “¿Dónde estás, Señor Filón?”, preguntó al cielo el Real Madrid, desesperado. “Estoy aquí, donde siempre, con mi pala”, contestó Karim mientras cavaba.

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