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Roglic y un salto de ambición

Enrique Julián Gómez @EnriqueJulian23 05-11-2019

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Ciclismo Primoz Roglic

¿Qué tienen en común los saltos de esquí y el ciclismo? Aparentemente, nada. Uno es un deporte de intensidad, pura adrenalina en siete segundos, lanzarse por una rampa con unos esquís para saltar lo más lejos posible por una empinada ladera. El otro es un deporte de fondo, pura constancia en seis horas, pedalear repetitivamente por la carretera para alcanzar la meta antes que el rival. 

Como si buscara esforzarse por encontrar algún nexo de unión entre ambos deportes, Primoz Roglic apareció en solitario en un descenso. No sobre la nieve, sino en una bicicleta sobre la calzada que en verano aparece desde la cima del Col du Galibier hasta el pie de la estación de esquí de Serre Chevalier. Allí, tras atacar a más de 2.600 metros de altura en la cumbre de uno de los puertos clásicos de los Alpes, se convirtió en el primer ciclista esloveno que conseguía ganar una etapa del Tour de Francia. 

Era julio de 2017 cuando, con ese triunfo, se confirmó: en las piernas de Primoz Roglic había un futuro candidato a ganar el Tour de Francia. A ser el mejor del mundo. Nada fuera de lo normal para un ciclista de sus características, completo, de mentalidad fuerte, potente en contrarreloj y ligero en la montaña. Salvo por un detalle: competía profesionalmente en saltos de esquí y no cogió una bicicleta hasta los 21 años

Roglic, nacido en 1989, creció en Kisovec, un pequeño pueblo encajado en las últimas estribaciones alpinas de Eslovenia. Allí había también una modesta estación invernal con una rampa para realizar saltos de esquí. Y desde pequeño se aficionó hasta convertirse en una de las mayores promesas de este deporte en su país. A los 18 años, en 2007, Primoz ya era campeón del mundo junior. Parecía el espaldarazo definitivo para su carrera profesional. 

Sin embargo, nada fue como se esperaba. Una grave caída le hizo perder la confianza, pasó de no tener ningún miedo a las alturas a tenerle demasiado respeto a aquellos vuelos de más de 100 metros. Los buenos test en los entrenamientos no se traducían en buenos resultados en las competiciones. Frustrado, se retiró en 2010. 

“Tenía ya 21 años y no había sido campeón mundial ni olímpico. Sentí que era el momento de cambiar e intentar algo diferente” 

Poco después, le dejaron una bicicleta para participar en una carrera amateur de ciclismo por las montañas de alrededor de su pueblo. Le gustó y fue de los mejores. No tardó en comprarse una de competición. Su primera bicicleta ¿Y ahora? 

Roglic no sabía nada de ciclismo, apenas algunas veces que su padre ponía el Tour de Francia en la televisión. Buscó información en internet sobre los entrenamientos, las carreras, los equipos. Empezó a destacar en algunas carreras amateur locales y en competiciones de Gran Fondo. Readaptó su cuerpo de saltador para desarrollar un físico de ciclista, completamente diferente

Envió mails insistentemente a los managers del Adria Mobil, la única escuadra profesional esloveno, hasta que le respondieron. En 2013 le dieron espacio en su plantilla. Sin siquiera pasar por categorías inferiores, directamente a la élite. No desaprovechó la oportunidad. 

Al año ya había ganado sus primeras etapas como profesional. A los dos años ya contaba con prestigiosas victorias en las carreras más importantes de Eslovenia y Azerbaiyán. A Frans Maassen, director del equipo LottoNL-Jumbo, uno de los más destacados del pelotón, le llama un ojeador de confianza: “No te lo vas a creer. Tengo un saltador de esquí que rueda como ninguno”. Le probaron en Holanda. Tenía el motor de los mejores. Fichado. Ya estaba en la élite.

Que su nuevo equipo había realizado una apuesta ganadora se confirmó cuando, a los pocos meses, Primoz ganó la contrarreloj principal del Giro d’Italia. Al año siguiente llegó esa etapa en el Galibier en el Tour y fue plata en el Mundial contrarreloj. En 2018 ganó las vueltas al País Vasco, Romandía y Eslovenia, tres de las principales carreras de una semana del calendario ciclista. En julio, se le escapó el podio del Tour de Francia por un puñado de segundos tras ganar otra etapa en los Pirineos. En 2019, la consolidación definitiva: podio en el Giro d’Italia y el triunfo final con autoridad en la Vuelta a España. Ya está entre los mejores del mundo.

¿La explicación? Trabajo y ambición. La seriedad de aquel que tiene un cuerpo perfecto para cualquier deporte y lo cultiva día a día sin histrionismos, una sobriedad que demuestran sus sosegadas celebraciones en las que solo destaca la enorme cruz que tatúa su antebrazo. La obcecación con el triunfo, la motivación para ser el mejor en todo aquello que hace, sea lo que sea, la mentalidad de querer alcanzar la cumbre antes que nadie, el Tour de Francia, el Mundial, los Juegos Olímpicos en los que será favorito en los dos próximos años. 

Así, Primoz Roglic encontró el nexo que buscaba. Entre los saltos de esquí y el ciclismo, en cualquier deporte, en la vida. En cualquier ámbito se puede ser el mejor del mundo. Solo hay que buscarlo. Y atreverse a hacerlo. 

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¿Qué tienen en común los saltos de esquí y el ciclismo? Aparentemente, nada. Uno es un deporte de intensidad, pura adrenalina en siete segundos, lanzarse por una rampa con unos esquís para saltar lo más lejos posible por una empinada ladera. El otro es un deporte de fondo, pura constancia en seis horas, pedalear repetitivamente por la carretera para alcanzar la meta antes que el rival. 

Como si buscara esforzarse por encontrar algún nexo de unión entre ambos deportes, Primoz Roglic apareció en solitario en un descenso. No sobre la nieve, sino en una bicicleta sobre la calzada que en verano aparece desde la cima del Col du Galibier hasta el pie de la estación de esquí de Serre Chevalier. Allí, tras atacar a más de 2.600 metros de altura en la cumbre de uno de los puertos clásicos de los Alpes, se convirtió en el primer ciclista esloveno que conseguía ganar una etapa del Tour de Francia. 

Era julio de 2017 cuando, con ese triunfo, se confirmó: en las piernas de Primoz Roglic había un futuro candidato a ganar el Tour de Francia. A ser el mejor del mundo. Nada fuera de lo normal para un ciclista de sus características, completo, de mentalidad fuerte, potente en contrarreloj y ligero en la montaña. Salvo por un detalle: competía profesionalmente en saltos de esquí y no cogió una bicicleta hasta los 21 años

Roglic, nacido en 1989, creció en Kisovec, un pequeño pueblo encajado en las últimas estribaciones alpinas de Eslovenia. Allí había también una modesta estación invernal con una rampa para realizar saltos de esquí. Y desde pequeño se aficionó hasta convertirse en una de las mayores promesas de este deporte en su país. A los 18 años, en 2007, Primoz ya era campeón del mundo junior. Parecía el espaldarazo definitivo para su carrera profesional. 

Sin embargo, nada fue como se esperaba. Una grave caída le hizo perder la confianza, pasó de no tener ningún miedo a las alturas a tenerle demasiado respeto a aquellos vuelos de más de 100 metros. Los buenos test en los entrenamientos no se traducían en buenos resultados en las competiciones. Frustrado, se retiró en 2010. 

“Tenía ya 21 años y no había sido campeón mundial ni olímpico. Sentí que era el momento de cambiar e intentar algo diferente” 

Poco después, le dejaron una bicicleta para participar en una carrera amateur de ciclismo por las montañas de alrededor de su pueblo. Le gustó y fue de los mejores. No tardó en comprarse una de competición. Su primera bicicleta ¿Y ahora? 

Roglic no sabía nada de ciclismo, apenas algunas veces que su padre ponía el Tour de Francia en la televisión. Buscó información en internet sobre los entrenamientos, las carreras, los equipos. Empezó a destacar en algunas carreras amateur locales y en competiciones de Gran Fondo. Readaptó su cuerpo de saltador para desarrollar un físico de ciclista, completamente diferente

Envió mails insistentemente a los managers del Adria Mobil, la única escuadra profesional esloveno, hasta que le respondieron. En 2013 le dieron espacio en su plantilla. Sin siquiera pasar por categorías inferiores, directamente a la élite. No desaprovechó la oportunidad. 

Al año ya había ganado sus primeras etapas como profesional. A los dos años ya contaba con prestigiosas victorias en las carreras más importantes de Eslovenia y Azerbaiyán. A Frans Maassen, director del equipo LottoNL-Jumbo, uno de los más destacados del pelotón, le llama un ojeador de confianza: “No te lo vas a creer. Tengo un saltador de esquí que rueda como ninguno”. Le probaron en Holanda. Tenía el motor de los mejores. Fichado. Ya estaba en la élite.

Que su nuevo equipo había realizado una apuesta ganadora se confirmó cuando, a los pocos meses, Primoz ganó la contrarreloj principal del Giro d’Italia. Al año siguiente llegó esa etapa en el Galibier en el Tour y fue plata en el Mundial contrarreloj. En 2018 ganó las vueltas al País Vasco, Romandía y Eslovenia, tres de las principales carreras de una semana del calendario ciclista. En julio, se le escapó el podio del Tour de Francia por un puñado de segundos tras ganar otra etapa en los Pirineos. En 2019, la consolidación definitiva: podio en el Giro d’Italia y el triunfo final con autoridad en la Vuelta a España. Ya está entre los mejores del mundo.

¿La explicación? Trabajo y ambición. La seriedad de aquel que tiene un cuerpo perfecto para cualquier deporte y lo cultiva día a día sin histrionismos, una sobriedad que demuestran sus sosegadas celebraciones en las que solo destaca la enorme cruz que tatúa su antebrazo. La obcecación con el triunfo, la motivación para ser el mejor en todo aquello que hace, sea lo que sea, la mentalidad de querer alcanzar la cumbre antes que nadie, el Tour de Francia, el Mundial, los Juegos Olímpicos en los que será favorito en los dos próximos años. 

Así, Primoz Roglic encontró el nexo que buscaba. Entre los saltos de esquí y el ciclismo, en cualquier deporte, en la vida. En cualquier ámbito se puede ser el mejor del mundo. Solo hay que buscarlo. Y atreverse a hacerlo. 

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