_Real Madrid

Robert Louis Stevenson y poco más

Lo podemos reconocer: cambiamos análisis y crónicas dependiendo de si la pelota entra o no, de si el VAR ve que realmente Vinicius está torpedeando al portero en un tiro de lejos que entra con ese punto de película dramática. Qué fácil es a veces. Sin embargo, el Real Madrid suele dar motivos suficientes como para que todos los analistas nos llevemos las manos a la cabeza antes de que acabe el choque. Es sencillo, muy sencillo, mentar al doctor Jekill y al señor Hyde después del bochorno del miércoles. Se ha hablado mucho en el periodismo deportivo de Robert Louis Stevenson. Lo de los blancos en su último encuentro de Champions League traspasa esa referencia.

Oír el himno de la máxima competición continental en Valdebebas, con el Bernabéu en obras, es doloroso. Es parecido a tomarse una crema de calabacín un lunes por la noche, con mucho trabajo por delante, o que se te caiga la tostada por el lado de la mermelada. Al Shakhtar Donetsk, que parecía que venía de comparsa por la infinidad de lesiones, no le hizo falta demasiado para ganar confianza en un contexto que en condiciones normales sería una pesadilla. Pero es que parece que para ganar en el feudo merengue ahora mismo, en este 2020 pandémico escrito por un alter ego de Franz Kafka, solo hacen falta 22 piernas preparadas para asentarse bien en dos líneas y poder salir al contragolpe. Con eso el cuadro de Zinedine Zidane se cae por todos los lados.

Merecen respeto los ucranianos. Más allá del inane balompié de los locales, de su plomizo ritmo de balón o de su horrorosa presión; los de Luís Castro fueron hedonistas. No les hizo falta pintarse un cuadro; ni mucho menos llamarse Dorian Gray: simplemente tenían que buscar a Maycon, Marlos o a Marco Antonio para bailar a un centro del campo inexistente. El tridente de la sala de máquinas de los visitantes disfrutó irreverentemente en la capital de España, como si jugaran en el jardín de su casa. Y eso que estaban jugando la máxima competición continental, o eso nos debemos creer. Porque si los merengues han llegado a ser los reyes de la competición nadie puede comprender esa falta de ritmo y de intensidad con y sin balón. Lo evidenció un Casemiro que no llegaba a ningún sitio. El sostén de esta plantilla estaba perdido. Los visitantes corrían a placer.

Esta vez los blancos no tienen excusas: lo de Cádiz fue una sorpresa, pero este once no estaba tan lleno de suplentes como en el previo encuentro de liga. Sin contar que ya tenían precedentes. Los de Zidane no supieron romper el 4-5-1 ucraniano. Parecía que delante suyo les esperaba una especie de muralla infranqueable. El Madrid chocó una y otra vez con balones largos, sin encontrar a nadie entre líneas. Además, ese 4-3-3 colisionaba con una disposición parecida a la del rival, solo que los españoles nunca igualaron futbolistas en el centro del campo y ni mucho menos equipararon el ritmo que impusieron los de Castro desde el pitido inicial. Karim Benzema, que salió al descanso, vio desde el banquillo como un cuadro lleno de parches anotaba tres goles antes del descanso.

En el segundo acto salió Benzema, dispuesto a ofrecer algo. Y punto. Los primeros 45 minutos fueron un ejercicio de fe para el aficionado blanco; viendo como su cuadro no era capaz de combinar ni encontrar a nadie por dentro. El francés se echó el equipo a la espalda con la ayuda de Luka Modric, que marcó el primero y no paró de defender y ayudar hasta el último suspiro. Hasta que le cambió Zidane. Los merengues, minutos antes, habían conseguido quedarse un gol, pero eso no afectó demasiado al equipo ucraniano: nunca dejaron de atacar. Marcó Fede Valverde, pero el VAR dijo que esta vez la flor no estaba de lado de Zidane. Si no la encuentra rápido, igual puede empezar a sufrir por su puesto. La fase de grupos nunca fue tan complicada para el conjunto que tiene más entorchados en Europa.

Imagen de cabecera: GABRIEL BOUYS/AFP via Getty Images

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Lo podemos reconocer: cambiamos análisis y crónicas dependiendo de si la pelota entra o no, de si el VAR ve que realmente Vinicius está torpedeando al portero en un tiro de lejos que entra con ese punto de película dramática. Qué fácil es a veces. Sin embargo, el Real Madrid suele dar motivos suficientes como para que todos los analistas nos llevemos las manos a la cabeza antes de que acabe el choque. Es sencillo, muy sencillo, mentar al doctor Jekill y al señor Hyde después del bochorno del miércoles. Se ha hablado mucho en el periodismo deportivo de Robert Louis Stevenson. Lo de los blancos en su último encuentro de Champions League traspasa esa referencia.

Oír el himno de la máxima competición continental en Valdebebas, con el Bernabéu en obras, es doloroso. Es parecido a tomarse una crema de calabacín un lunes por la noche, con mucho trabajo por delante, o que se te caiga la tostada por el lado de la mermelada. Al Shakhtar Donetsk, que parecía que venía de comparsa por la infinidad de lesiones, no le hizo falta demasiado para ganar confianza en un contexto que en condiciones normales sería una pesadilla. Pero es que parece que para ganar en el feudo merengue ahora mismo, en este 2020 pandémico escrito por un alter ego de Franz Kafka, solo hacen falta 22 piernas preparadas para asentarse bien en dos líneas y poder salir al contragolpe. Con eso el cuadro de Zinedine Zidane se cae por todos los lados.

Merecen respeto los ucranianos. Más allá del inane balompié de los locales, de su plomizo ritmo de balón o de su horrorosa presión; los de Luís Castro fueron hedonistas. No les hizo falta pintarse un cuadro; ni mucho menos llamarse Dorian Gray: simplemente tenían que buscar a Maycon, Marlos o a Marco Antonio para bailar a un centro del campo inexistente. El tridente de la sala de máquinas de los visitantes disfrutó irreverentemente en la capital de España, como si jugaran en el jardín de su casa. Y eso que estaban jugando la máxima competición continental, o eso nos debemos creer. Porque si los merengues han llegado a ser los reyes de la competición nadie puede comprender esa falta de ritmo y de intensidad con y sin balón. Lo evidenció un Casemiro que no llegaba a ningún sitio. El sostén de esta plantilla estaba perdido. Los visitantes corrían a placer.

Esta vez los blancos no tienen excusas: lo de Cádiz fue una sorpresa, pero este once no estaba tan lleno de suplentes como en el previo encuentro de liga. Sin contar que ya tenían precedentes. Los de Zidane no supieron romper el 4-5-1 ucraniano. Parecía que delante suyo les esperaba una especie de muralla infranqueable. El Madrid chocó una y otra vez con balones largos, sin encontrar a nadie entre líneas. Además, ese 4-3-3 colisionaba con una disposición parecida a la del rival, solo que los españoles nunca igualaron futbolistas en el centro del campo y ni mucho menos equipararon el ritmo que impusieron los de Castro desde el pitido inicial. Karim Benzema, que salió al descanso, vio desde el banquillo como un cuadro lleno de parches anotaba tres goles antes del descanso.

En el segundo acto salió Benzema, dispuesto a ofrecer algo. Y punto. Los primeros 45 minutos fueron un ejercicio de fe para el aficionado blanco; viendo como su cuadro no era capaz de combinar ni encontrar a nadie por dentro. El francés se echó el equipo a la espalda con la ayuda de Luka Modric, que marcó el primero y no paró de defender y ayudar hasta el último suspiro. Hasta que le cambió Zidane. Los merengues, minutos antes, habían conseguido quedarse un gol, pero eso no afectó demasiado al equipo ucraniano: nunca dejaron de atacar. Marcó Fede Valverde, pero el VAR dijo que esta vez la flor no estaba de lado de Zidane. Si no la encuentra rápido, igual puede empezar a sufrir por su puesto. La fase de grupos nunca fue tan complicada para el conjunto que tiene más entorchados en Europa.

Imagen de cabecera: GABRIEL BOUYS/AFP via Getty Images

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