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Richarlison, Lukaku y los influencers

Las parejas duran un tiempo; los ex son para toda la vida. Richarlison, Romelu Lukaku y los influencers están marcados en rojo el Word que precede este texto; como si no existieran, como si fueran entes extraños en un mundo en el que realmente hay personas que suspiran por ellos. Para mucha gente basta con que uno ponga un comentario para que se acerque el fin del mundo. Al brasileño, desde su primer gol, le empezaron a cantar en Liverpool que era brillante y que encima “solo” había costado 50 millones. Con un remate. Imagínate tú las expectativas. El otro día el belga apareció por Twitter para hacer el clásico preguntas y respuestas con los aficionados. Todo normal. Lo que no se esperaba nadie era la respuesta del brasileño: “Vuelve a casa.” Ya se había liado.

La última vez que Romelu Lukaku visitó Goodison Park la gente no habló: le gritó, le insultó y unas pocas cosas más que no se pueden mentar por aquí. Le tenían ganas al belga tras su abrupta salida con destino al Manchester United -con celebración incluida ante sus antiguos aficionados en su primer duelo- que dejó mucho dinero en las arcas del Everton, pero un aroma a ruptura dolorosa. Si es que eso no es un pleonasmo. El delantero del Inter fue el mejor ariete que probablemente tuvo el club toffee desde la marcha de Gary Lineker, cuando aún ganaban ligas en la parte azul del Mersey. Todo lo que dio fueron goles y felicidad. Los planes de los toffees con él eran bellísimos, pero él tenía en mente algo muy distinto. Ley de vida.

Romelu Lukaku, en su última visita a Goodison Park.

No sé mucho de despedidas, pero si algo he aprendido es que no se odia al futbolista que se marcha por sucesos tan prosaicos como un mal gesto que recuerdas, el mal rendimiento o una celebración en tu propio hogar. Solo se martiriza, realmente, al que era demasiado bueno y que, por ello, te acaba dejando. La envidia, un sentimiento tan corrosivo y doloroso para el aficionado, es el acicate para construir un odio visceral que sigue un patrón en todos los conjuntos. Nadie se salva.

Pese a ello, vivimos mucho de memorias, aunque estas nos engañen con hiriente facilidad. Edulcoramos los días, los momentos, los futbolistas y los partidos hasta tal punto que nos decimos a nosotros mismos lo que hemos oído toda la vida: “Qué bueno era de pequeño. Si no llega a ser por la fiesta a saber dónde hubiera llegado.” Aunque aquel encuentro ante el Manchester United mencionado al principio, el último que ha disputado el belga ante el Everton, solo con encender el vídeo, notas que fue realmente especial. Sin exagerar.

Los futbolistas visitantes tras otro tanto del Everton.

Quizás las películas han alelado nuestra mente, que también puede ser. Porque no hay nada más humano en pensar, especialmente en la previa de grandes encuentros, en resultados fantásticos, goles en el último minuto y celebraciones exacerbadas. Como en los filmes. Aunque aquella mañana de abril, tras otra temporada mediocre del cuadro local, no invitaba a creer demasiado. El United llegaba con un señor equipo, el sol picaba como tres guindillas en la boca y el Everton había ganado ya demasiados encuentros; una ecuación muy pesimista: si llevas dos o tres victorias seguidas hoy toca perder. Una máxima del fútbol.

Goodison Park, majestuoso y engalanado para una mañana de domingo esplendida, se comenzó a frotar los ojos cuando los goles caían. Los que estaban en Gwladys Street, la portería donde los toffees suelen atacar en los segundos actos, se decepcionaban por ver que en la primera parte ya se ganaba 2-0: en la zona que estaban, no verían ningún tanto local cerca suyo ya que ese resultado era exagerado. “¡Cómo vamos a marcar más goles!”, se decían. Sin embargo, los goles comparecieron también en la otra portería. Con 4-0 y con el United abochornado la gente empezó a cantarle: “Gordo, gordo, ¿cuál es el resultado?” Lukaku se rasgaba las vestiduras, pero puede que ahí entendiera lo que le añoraban. Cuando quieres o quisiste a alguien, le tratas mucho peor que el que te ha proporcionado muchas menos alegrías. Lukaku es el típico futbolista al que le dicen “que no es tan bueno”; lo que explica lo fabuloso que fue para la entidad. Y por ello ha hecho falta que Richarlison, como un influencer, levantara a las masas para que resurgiera ese amor. Aunque ellos mismos sepan que nunca volverá.

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Las parejas duran un tiempo; los ex son para toda la vida. Richarlison, Romelu Lukaku y los influencers están marcados en rojo el Word que precede este texto; como si no existieran, como si fueran entes extraños en un mundo en el que realmente hay personas que suspiran por ellos. Para mucha gente basta con que uno ponga un comentario para que se acerque el fin del mundo. Al brasileño, desde su primer gol, le empezaron a cantar en Liverpool que era brillante y que encima “solo” había costado 50 millones. Con un remate. Imagínate tú las expectativas. El otro día el belga apareció por Twitter para hacer el clásico preguntas y respuestas con los aficionados. Todo normal. Lo que no se esperaba nadie era la respuesta del brasileño: “Vuelve a casa.” Ya se había liado.

La última vez que Romelu Lukaku visitó Goodison Park la gente no habló: le gritó, le insultó y unas pocas cosas más que no se pueden mentar por aquí. Le tenían ganas al belga tras su abrupta salida con destino al Manchester United -con celebración incluida ante sus antiguos aficionados en su primer duelo- que dejó mucho dinero en las arcas del Everton, pero un aroma a ruptura dolorosa. Si es que eso no es un pleonasmo. El delantero del Inter fue el mejor ariete que probablemente tuvo el club toffee desde la marcha de Gary Lineker, cuando aún ganaban ligas en la parte azul del Mersey. Todo lo que dio fueron goles y felicidad. Los planes de los toffees con él eran bellísimos, pero él tenía en mente algo muy distinto. Ley de vida.

Romelu Lukaku, en su última visita a Goodison Park.

No sé mucho de despedidas, pero si algo he aprendido es que no se odia al futbolista que se marcha por sucesos tan prosaicos como un mal gesto que recuerdas, el mal rendimiento o una celebración en tu propio hogar. Solo se martiriza, realmente, al que era demasiado bueno y que, por ello, te acaba dejando. La envidia, un sentimiento tan corrosivo y doloroso para el aficionado, es el acicate para construir un odio visceral que sigue un patrón en todos los conjuntos. Nadie se salva.

Pese a ello, vivimos mucho de memorias, aunque estas nos engañen con hiriente facilidad. Edulcoramos los días, los momentos, los futbolistas y los partidos hasta tal punto que nos decimos a nosotros mismos lo que hemos oído toda la vida: “Qué bueno era de pequeño. Si no llega a ser por la fiesta a saber dónde hubiera llegado.” Aunque aquel encuentro ante el Manchester United mencionado al principio, el último que ha disputado el belga ante el Everton, solo con encender el vídeo, notas que fue realmente especial. Sin exagerar.

Los futbolistas visitantes tras otro tanto del Everton.

Quizás las películas han alelado nuestra mente, que también puede ser. Porque no hay nada más humano en pensar, especialmente en la previa de grandes encuentros, en resultados fantásticos, goles en el último minuto y celebraciones exacerbadas. Como en los filmes. Aunque aquella mañana de abril, tras otra temporada mediocre del cuadro local, no invitaba a creer demasiado. El United llegaba con un señor equipo, el sol picaba como tres guindillas en la boca y el Everton había ganado ya demasiados encuentros; una ecuación muy pesimista: si llevas dos o tres victorias seguidas hoy toca perder. Una máxima del fútbol.

Goodison Park, majestuoso y engalanado para una mañana de domingo esplendida, se comenzó a frotar los ojos cuando los goles caían. Los que estaban en Gwladys Street, la portería donde los toffees suelen atacar en los segundos actos, se decepcionaban por ver que en la primera parte ya se ganaba 2-0: en la zona que estaban, no verían ningún tanto local cerca suyo ya que ese resultado era exagerado. “¡Cómo vamos a marcar más goles!”, se decían. Sin embargo, los goles comparecieron también en la otra portería. Con 4-0 y con el United abochornado la gente empezó a cantarle: “Gordo, gordo, ¿cuál es el resultado?” Lukaku se rasgaba las vestiduras, pero puede que ahí entendiera lo que le añoraban. Cuando quieres o quisiste a alguien, le tratas mucho peor que el que te ha proporcionado muchas menos alegrías. Lukaku es el típico futbolista al que le dicen “que no es tan bueno”; lo que explica lo fabuloso que fue para la entidad. Y por ello ha hecho falta que Richarlison, como un influencer, levantara a las masas para que resurgiera ese amor. Aunque ellos mismos sepan que nunca volverá.

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Solo podía acabar así

Daniel Fernández-Pacheco @DFPV96
17-01-2022

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Daniel Fernández-Pacheco @DFPV96
10-01-2022