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Renacimiento

Joel Sierra @_JoeLSierra_ 02-02-2021

No había posibilidad de error. Era un win-win de manual. 1+1=2. No se sabía cómo de bien o de regular (mal no podía ser bajo ningún concepto) iba a salir la temporada a nivel colectivo para el Betis, pero los goles estaban más que asegurados. Borja Iglesias llegaba a Sevilla de la mano del mismo entrenador que le había llevado a realizar la temporada más consistente de su carrera, a tener un impacto inmediato en la élite, a marcar 17 goles, a ser un finalizador cotizado y quien lo había situado en el escalón de los dos o tres mejores nueves del panorama español. Pero en el Villamarín pronto se convirtió en una isla. Una evocación, una permanente puesta a punto, una expectativa al ralentí, una espera sin final. Una isla, pero una isla aislada. Una especie de Isla de Pascua a la que a todos nos gustaría ir, pero a la que es tan complicado arribar, tantas las horas de vuelo y las escalas, que al final acabas por desistir, por preferir otros destinos más accesibles, dejando así en una evidencia mayor, si cabe, su perenne aislamiento.

Desde el principio se vio que Borja Iglesias no encontraba el feeling con las renovadas ideas de Rubi ni con la forma de llegar a la mitad del equipo rival. Ese Betis era un conjunto muy vertical pero excesivamente exterior, que quería llegar —no situarse— a los últimos treinta metros muy rápido, prácticamente a cualquier precio, casi siempre por caminos totalmente exteriores y vivir en una ida y vuelta caótico para el que no estaba en absoluto preparado en defensa. Los mediapuntas tenían que venir a recoger el balón de los centrales si querían participar, vaciando las zonas entre líneas y los pasillos interiores de posibles receptores, al tiempo que el delantero centro continuaba alejándose del juego más y más, como un globo de helio hacia el cielo. Borja redujo su volumen de remates por cada 90 minutos en más de un 35% respecto al curso anterior y también cayó en picado la peligrosidad de los mismos, pasando de los sobresalientes 0.17 goles esperados en juego abierto (npxG) de media por cada disparo que registró en el Espanyol a los mundanos 0.09 de su primera campaña en el Betis.

Ese Betis acababa muchas jugadas poniendo centros o envíos rasos al área pero sin crear previamente los presupuestos necesarios para que la defensa rival saliera del área o se desordenase, haciendo por lo tanto muy difícil ganar una disputa dentro del área o la caza de un remate contando con un solo delantero sobre el campo y en una inferioridad numérica tan manifiesta. Cuando los azares del juego le hacían llegar la pelota a Borja, la falta de costumbre, la pericia transformada en impericia, la ausencia de mecanismos para darle ventajas que favoreciesen a sus características y un estado de ánimo futbolístico en obvia decadencia hacían imposible cualquier atisbo de salida a la superficie. Dicen que los goles son lo que más pesa en el fútbol, pero yo creo que la falta de goles pesa todavía más. Desasistido, desconectado, desubicado y hasta desesperado por momentos.

El Betis se olvidó de qué delantero había fichado, se hablaba de la inversión pero sin invertir realmente en la propia inversión sobre el terreno de juego, y hasta el propio delantero parecía olvidarse con cada mal partido realizado de qué delantero había sido capaz de llegar a ser tan solo unos meses atrás en el tiempo, haciendo que el coste de su traspaso se convirtiese en un lastre mayor cada día. Era la pescadilla que se muerde la cola y la cola que se muerde la pescadilla a la vez. Así de crudo es esto, a veces. Un bucle de sinsabores del que muy pocos hubiesen logrado salir. Y ejemplos cerca tiene. O tenía. Nadie sale indemne, eso sí. Tener que oír, tragar, mantener la calma y los pies en los estribos, callar y asentir, dudar en casa remate sin tirar la toalla no está al alcance de todos y menos cuando quizá te sientes en deuda, frustrado o cabreado contigo mismo. Borja ha hecho lo único que podía hacer para dar vuelta a la página: seguir leyendo. No hay atajos.

Nada cambia si nada cambia y el cambio de año parece hacer traído un aire renovado, una suerte de ultimátum, de todo o nada, un cambio de rumbo con un cambio de viento. A veces consiste en eso, tan sencillo y tan complicado, en resistir y esperar, en esperar y resistir. En seguir ahí, pedaleando a pesar de todo. Donde sí hay atajos para un equipo de fútbol es en las áreas. Si un equipo es fuerte en ellas, no importa tanto lo que ocurre extramuros. Y es justo en ese sentido en el que el Betis se ha pasado el último año y medio echando muchísimo de menos a Borja Iglesias, ausente en el tipo de acciones —un control orientado y una buena definición tras acolchar un pase largo, meter la primera que se tiene, cabecear de forma inapelable en el punto de penalti, leer la línea de pase para llegar antes que el defensa a un centro raso lateral, etc.— que tienen la capacidad de acortar los caminos hacia la victoria y que ahora ha comenzado a ejecutar de nuevo. Y si el Betis de Manuel Pellegrini consigue eso tan codiciado y palía, aunque sea mínimamente, sus errores en el área propia, tiene el talento para dominar los ritmos del juego y para ser bastante mejor equipo.

Las tres últimas definiciones ante el portero que lleva Borja Iglesias son de un jugador muy distinto al que hasta ahora había pasado por Sevilla y son, precisamente, absolutamente propias del nueve que fichó el Betis en su día. Las dinámicas lo suponen casi todo y los goles terminan estando más en la cabeza que en los pies, aunque se marquen la inmensa mayoría con estos. Y ahora parece que tanto el sistema, como su entrenador y sus compañeros están entendiendo qué necesita el ariete gallego para tener impacto en el juego y en el marcador y para seguir afilando una determinación y una definición de cara a portería que se encontraban completamente ensombrecidas por un bache de rendimiento que había tomado la forma de un pozo: volumen, buenos balones al espacio, sacar al bloque rival para que pueda atacar el área llegando y no estando, ser vertical desde la mitad de campo rival y no desde el área propia…

Nunca sabremos qué hubiera sido de Borja Iglesias y del Betis, del Betis y de Borja Iglesias si hubiese habido público cada quince días en el Benito Villamarín desde el tramo final de la pasada temporada hasta hace un par de semanas. Ni falta que hace, en este caso, aunque es obvio que la presión y el tiempo para resurgir hubiesen sido bien diferentes, pero el ‘Panda’ y el cuadro verdiblanco, y por supuesto también su afición, se necesitan tanto como cuando se conocieron hace más de un año y medio. Puede que incluso más. Y, contra pronóstico, todavía están a tiempo de darse recíprocamente todo aquello que necesitan. Como canta Kase O: Entró el sol por la ventana y me dio en la cara haciendo que me despertara. […] Si me olvidé de mí mismo por demasiado tiempo, da igual, porque hoy es mi renacimiento. […] Voy a mirarme en el espejo y me voy a perdonar. […] Voy a mirar ahí dentro. […] No quiero recuerdos, necesito vivir más allá. Hoy es mi renacimiento. Hoy es mi renacimiento. Hoy es tu renacimiento, ‘Panda’.

Imagen de cabecera: Fran Santiago/Getty Images

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No había posibilidad de error. Era un win-win de manual. 1+1=2. No se sabía cómo de bien o de regular (mal no podía ser bajo ningún concepto) iba a salir la temporada a nivel colectivo para el Betis, pero los goles estaban más que asegurados. Borja Iglesias llegaba a Sevilla de la mano del mismo entrenador que le había llevado a realizar la temporada más consistente de su carrera, a tener un impacto inmediato en la élite, a marcar 17 goles, a ser un finalizador cotizado y quien lo había situado en el escalón de los dos o tres mejores nueves del panorama español. Pero en el Villamarín pronto se convirtió en una isla. Una evocación, una permanente puesta a punto, una expectativa al ralentí, una espera sin final. Una isla, pero una isla aislada. Una especie de Isla de Pascua a la que a todos nos gustaría ir, pero a la que es tan complicado arribar, tantas las horas de vuelo y las escalas, que al final acabas por desistir, por preferir otros destinos más accesibles, dejando así en una evidencia mayor, si cabe, su perenne aislamiento.

Desde el principio se vio que Borja Iglesias no encontraba el feeling con las renovadas ideas de Rubi ni con la forma de llegar a la mitad del equipo rival. Ese Betis era un conjunto muy vertical pero excesivamente exterior, que quería llegar —no situarse— a los últimos treinta metros muy rápido, prácticamente a cualquier precio, casi siempre por caminos totalmente exteriores y vivir en una ida y vuelta caótico para el que no estaba en absoluto preparado en defensa. Los mediapuntas tenían que venir a recoger el balón de los centrales si querían participar, vaciando las zonas entre líneas y los pasillos interiores de posibles receptores, al tiempo que el delantero centro continuaba alejándose del juego más y más, como un globo de helio hacia el cielo. Borja redujo su volumen de remates por cada 90 minutos en más de un 35% respecto al curso anterior y también cayó en picado la peligrosidad de los mismos, pasando de los sobresalientes 0.17 goles esperados en juego abierto (npxG) de media por cada disparo que registró en el Espanyol a los mundanos 0.09 de su primera campaña en el Betis.

Ese Betis acababa muchas jugadas poniendo centros o envíos rasos al área pero sin crear previamente los presupuestos necesarios para que la defensa rival saliera del área o se desordenase, haciendo por lo tanto muy difícil ganar una disputa dentro del área o la caza de un remate contando con un solo delantero sobre el campo y en una inferioridad numérica tan manifiesta. Cuando los azares del juego le hacían llegar la pelota a Borja, la falta de costumbre, la pericia transformada en impericia, la ausencia de mecanismos para darle ventajas que favoreciesen a sus características y un estado de ánimo futbolístico en obvia decadencia hacían imposible cualquier atisbo de salida a la superficie. Dicen que los goles son lo que más pesa en el fútbol, pero yo creo que la falta de goles pesa todavía más. Desasistido, desconectado, desubicado y hasta desesperado por momentos.

El Betis se olvidó de qué delantero había fichado, se hablaba de la inversión pero sin invertir realmente en la propia inversión sobre el terreno de juego, y hasta el propio delantero parecía olvidarse con cada mal partido realizado de qué delantero había sido capaz de llegar a ser tan solo unos meses atrás en el tiempo, haciendo que el coste de su traspaso se convirtiese en un lastre mayor cada día. Era la pescadilla que se muerde la cola y la cola que se muerde la pescadilla a la vez. Así de crudo es esto, a veces. Un bucle de sinsabores del que muy pocos hubiesen logrado salir. Y ejemplos cerca tiene. O tenía. Nadie sale indemne, eso sí. Tener que oír, tragar, mantener la calma y los pies en los estribos, callar y asentir, dudar en casa remate sin tirar la toalla no está al alcance de todos y menos cuando quizá te sientes en deuda, frustrado o cabreado contigo mismo. Borja ha hecho lo único que podía hacer para dar vuelta a la página: seguir leyendo. No hay atajos.

Nada cambia si nada cambia y el cambio de año parece hacer traído un aire renovado, una suerte de ultimátum, de todo o nada, un cambio de rumbo con un cambio de viento. A veces consiste en eso, tan sencillo y tan complicado, en resistir y esperar, en esperar y resistir. En seguir ahí, pedaleando a pesar de todo. Donde sí hay atajos para un equipo de fútbol es en las áreas. Si un equipo es fuerte en ellas, no importa tanto lo que ocurre extramuros. Y es justo en ese sentido en el que el Betis se ha pasado el último año y medio echando muchísimo de menos a Borja Iglesias, ausente en el tipo de acciones —un control orientado y una buena definición tras acolchar un pase largo, meter la primera que se tiene, cabecear de forma inapelable en el punto de penalti, leer la línea de pase para llegar antes que el defensa a un centro raso lateral, etc.— que tienen la capacidad de acortar los caminos hacia la victoria y que ahora ha comenzado a ejecutar de nuevo. Y si el Betis de Manuel Pellegrini consigue eso tan codiciado y palía, aunque sea mínimamente, sus errores en el área propia, tiene el talento para dominar los ritmos del juego y para ser bastante mejor equipo.

Las tres últimas definiciones ante el portero que lleva Borja Iglesias son de un jugador muy distinto al que hasta ahora había pasado por Sevilla y son, precisamente, absolutamente propias del nueve que fichó el Betis en su día. Las dinámicas lo suponen casi todo y los goles terminan estando más en la cabeza que en los pies, aunque se marquen la inmensa mayoría con estos. Y ahora parece que tanto el sistema, como su entrenador y sus compañeros están entendiendo qué necesita el ariete gallego para tener impacto en el juego y en el marcador y para seguir afilando una determinación y una definición de cara a portería que se encontraban completamente ensombrecidas por un bache de rendimiento que había tomado la forma de un pozo: volumen, buenos balones al espacio, sacar al bloque rival para que pueda atacar el área llegando y no estando, ser vertical desde la mitad de campo rival y no desde el área propia…

Nunca sabremos qué hubiera sido de Borja Iglesias y del Betis, del Betis y de Borja Iglesias si hubiese habido público cada quince días en el Benito Villamarín desde el tramo final de la pasada temporada hasta hace un par de semanas. Ni falta que hace, en este caso, aunque es obvio que la presión y el tiempo para resurgir hubiesen sido bien diferentes, pero el ‘Panda’ y el cuadro verdiblanco, y por supuesto también su afición, se necesitan tanto como cuando se conocieron hace más de un año y medio. Puede que incluso más. Y, contra pronóstico, todavía están a tiempo de darse recíprocamente todo aquello que necesitan. Como canta Kase O: Entró el sol por la ventana y me dio en la cara haciendo que me despertara. […] Si me olvidé de mí mismo por demasiado tiempo, da igual, porque hoy es mi renacimiento. […] Voy a mirarme en el espejo y me voy a perdonar. […] Voy a mirar ahí dentro. […] No quiero recuerdos, necesito vivir más allá. Hoy es mi renacimiento. Hoy es mi renacimiento. Hoy es tu renacimiento, ‘Panda’.

Imagen de cabecera: Fran Santiago/Getty Images

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Rosa Márquez @RosaMB_4
25-11-2022