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Redimensionamiento

Joel Sierra @_JoeLSierra_ 13-05-2022

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Atalanta Serie A

Es lo que tiene convertir en norma un rendimiento futbolístico en constante superación de la expectativa: que uno se termina (mal)acostumbrando. La Atalanta 6.0 de Gian Piero Gasperini partía en agosto como el aspirante tapado al Scudetto si conseguía replicar su mejor nivel, pero ha vivido durante el presente curso la temporada más problemática desde que el técnico piamontés llegase a Bérgamo para cambiar por completo la historia del club nerazzurro.

A pesar de las evidentes dificultades tácticas que ha tenido que afrontar y de una exigencia de parte del entorno propia del club grande en el que se ha convertido durante los últimos años, la Dea es el 4º equipo más goleador de esta Serie A y el 2º que más xG (goles esperados) ha generado tras el Inter, ha conseguido su récord de victorias fuera de casa en un mismo campeonato (12) y, al menos de momento, tiene plaza para disputar competición europea por sexta campaña consecutiva, es decir, todas desde que Gasperini es su entrenador. Una proeza que nadie debería olvidar.

De todos modos, lo más honesto que se puede hacer con la Atalanta a estas alturas es exigirle en función del estatus que ella misma se ha dado, sin perder la perspectiva, pero sin caer tampoco en paternalismos. Y en esta temporada, el conjunto bergamasco nunca ha terminado de competir al máximo de su potencial. Prácticamente ningún jugador ha dado un paso adelante respecto al curso pasado y tampoco ha existido un impulso táctico a nivel de juego, al contrario.

Y no será porque Gasperini no ha intentado introducir varios matices en el funcionamiento colectivo de su equipo: desde la inclusión de Koopmeiners como trequartista para dinamizar el juego en corto entre líneas con su presencia y capacidad de mando, hasta una apuesta repetida por una línea de cuatro defensores, muy extraña en el libreto del técnico de Grugliasco, con la que intentar sumar una pieza de ataque más y compensar el bajón productivo y de calidad ofensiva que ha pegado la Atalanta en los carriles, pese a la notable temporada de Zappacosta.

A pesar de sus esfuerzos, la Atalanta tuvo una gran dependencia de Duván Zapata y su juego de espaldas en el primer tramo de la temporada, se convirtió en un equipo mucho más mecánico, directo y menos fluido de lo que quería ser y acabó echando mucho de menos la creatividad que le daban el ‘Papu’ Gómez e Ilicic. Algo que antes había sido capaz de paliar con los movimientos sin balón de Pessina o la impresionante regularidad productiva de Muriel, que este año no han brillado a un nivel de rendimiento tan sumamente alto, básicamente porque era casi imposible.

En este sentido, la Atalanta se ha convertido en un colectivo mucho más necesitado del talento determinante en tres cuartos de campo y en los carriles intermedios que nunca y ha achacado cierta falta de entendimiento del juego, de pausa entre el vértigo y de activación de los desmarques verticales por los cinco carriles de ataque en esas mismas zonas del terreno de juego. Un déficit que el fichaje de Boga estaba destinado a llenar, pero que se ha quedado en un mero intento que no ha colmado las necesidades de un equipo que ha perdido figuras, calidad diferencial determinación, punch y despliegue tras robo. Y tiene trabajo Gasperini para reavivar esa llama.

El equipo, aun así, ha continuado siendo competitivo, de lo contrario no estaría en la lucha por los puestos europeos ni hubiese alcanzado los cuartos de final de la Europa League, pero en los momentos cumbre del curso, en los que podía asentarse definitivamente en una posición europea y también en tramos de una gran acumulación de partidos, a la Dea le ha costado ser constante. Reabrir los partidos en los que comenzaba perdiendo, atacar en estático, que es a lo que le han obligado la mayoría de los rivales, sin caer en la precipitación o la prisa, han sido tareas demasiado arduas para los nerazzurri, a los que, para colmo, les ha faltado capacidad de amenaza al espacio y colmillo en encuentros en los que sí podían transitar como les gusta hacer.

En términos defensivos, donde sí han mantenido las cifras del año pasado, la Atalanta tampoco ha logrado compensar la merma productiva (25 goles menos marcados a falta de dos fechas). Han vuelto a aparecer episodios reiterados de un exceso de agresividad defensiva que ha exigido grandes dosis de corrección hacia atrás por parte de sus centrales. Una circunstancia que se ha visto agravada por la ausencia de Gollini, que es peor portero bajo palos que Musso pero que sí era todo un especialista cubriendo el espacio con su defensa lejos de su portería y recortando decisivamente las distancias con los delanteros rivales yendo al suelo en los mano a mano.

La Atalanta parecía haber encontrado un botón para poner el piloto automático y alcanzar su máximo rendimiento una vez traspasada la frontera del nuevo año y de la mitad de la campaña, pero en este curso no ha encontrado la forma de pulsarlo. O al menos de mantenerlo pulsado. Pero que nadie se equivoque: sigue siendo la continuidad estilística la que le ha permitido llegar entera a este tramo final de temporada. Es evidente que Gasperini es un técnico que genera un desgaste en la plantilla y no son pocos los futbolistas que han salido pitando en cuanto han podido (Skrtel, Kjaer, Piccini, Mojica…), pero también eleva el rendimiento de la inmensa mayoría de ellos hasta cotas antes inimaginables y difícilmente replicables sin él de por medio.

¿Ha sido entonces una temporada tan sumamente negativa para la Atalanta? ¿Un indicio de decadencia, de desgaste, de fin de ciclo, de final de la fábula? ¿O ha sido, en cambio, un bache natural y comprensible? ¿Un interludio, un proceso necesario para poder tomar de nuevo impulso y seguir compitiendo contra los mejores equipos en Italia y en Europa? ¿Un redimensionamiento temporal para volver a acometer una nueva empresa con perfiles renovados y mejor adaptados a la idea de juego de su entrenador? ¿Un impulso para volver a ser un equipo Champions en Serie A y, por qué no, volver a aspirar a levantar un título que sería histórico? ¿O se trata de un redimensionamiento definitivo para un regreso a la media tabla?

Lo que está claramente demostrado es que con Gasperini al mando, la Atalanta seguirá siendo quien ha venido siendo: competitiva, valiente y fiel a un estilo de ritmo vertical e intención presionante que ha cambiado la historia reciente del Calcio. Y sin él, que ya ha dejado entrever dudas acerca de su continuidad debido al cambio de propiedad y a una temporada que ha sido desilusionante para todas las partes, el socavón de incertidumbre y las posibilidades de que la mejor época de su historia quede definitivamente atrás no harían otra cosa sino ampliarse.

Imagen de cabecera: Atalanta BC

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Es lo que tiene convertir en norma un rendimiento futbolístico en constante superación de la expectativa: que uno se termina (mal)acostumbrando. La Atalanta 6.0 de Gian Piero Gasperini partía en agosto como el aspirante tapado al Scudetto si conseguía replicar su mejor nivel, pero ha vivido durante el presente curso la temporada más problemática desde que el técnico piamontés llegase a Bérgamo para cambiar por completo la historia del club nerazzurro.

A pesar de las evidentes dificultades tácticas que ha tenido que afrontar y de una exigencia de parte del entorno propia del club grande en el que se ha convertido durante los últimos años, la Dea es el 4º equipo más goleador de esta Serie A y el 2º que más xG (goles esperados) ha generado tras el Inter, ha conseguido su récord de victorias fuera de casa en un mismo campeonato (12) y, al menos de momento, tiene plaza para disputar competición europea por sexta campaña consecutiva, es decir, todas desde que Gasperini es su entrenador. Una proeza que nadie debería olvidar.

De todos modos, lo más honesto que se puede hacer con la Atalanta a estas alturas es exigirle en función del estatus que ella misma se ha dado, sin perder la perspectiva, pero sin caer tampoco en paternalismos. Y en esta temporada, el conjunto bergamasco nunca ha terminado de competir al máximo de su potencial. Prácticamente ningún jugador ha dado un paso adelante respecto al curso pasado y tampoco ha existido un impulso táctico a nivel de juego, al contrario.

Y no será porque Gasperini no ha intentado introducir varios matices en el funcionamiento colectivo de su equipo: desde la inclusión de Koopmeiners como trequartista para dinamizar el juego en corto entre líneas con su presencia y capacidad de mando, hasta una apuesta repetida por una línea de cuatro defensores, muy extraña en el libreto del técnico de Grugliasco, con la que intentar sumar una pieza de ataque más y compensar el bajón productivo y de calidad ofensiva que ha pegado la Atalanta en los carriles, pese a la notable temporada de Zappacosta.

A pesar de sus esfuerzos, la Atalanta tuvo una gran dependencia de Duván Zapata y su juego de espaldas en el primer tramo de la temporada, se convirtió en un equipo mucho más mecánico, directo y menos fluido de lo que quería ser y acabó echando mucho de menos la creatividad que le daban el ‘Papu’ Gómez e Ilicic. Algo que antes había sido capaz de paliar con los movimientos sin balón de Pessina o la impresionante regularidad productiva de Muriel, que este año no han brillado a un nivel de rendimiento tan sumamente alto, básicamente porque era casi imposible.

En este sentido, la Atalanta se ha convertido en un colectivo mucho más necesitado del talento determinante en tres cuartos de campo y en los carriles intermedios que nunca y ha achacado cierta falta de entendimiento del juego, de pausa entre el vértigo y de activación de los desmarques verticales por los cinco carriles de ataque en esas mismas zonas del terreno de juego. Un déficit que el fichaje de Boga estaba destinado a llenar, pero que se ha quedado en un mero intento que no ha colmado las necesidades de un equipo que ha perdido figuras, calidad diferencial determinación, punch y despliegue tras robo. Y tiene trabajo Gasperini para reavivar esa llama.

El equipo, aun así, ha continuado siendo competitivo, de lo contrario no estaría en la lucha por los puestos europeos ni hubiese alcanzado los cuartos de final de la Europa League, pero en los momentos cumbre del curso, en los que podía asentarse definitivamente en una posición europea y también en tramos de una gran acumulación de partidos, a la Dea le ha costado ser constante. Reabrir los partidos en los que comenzaba perdiendo, atacar en estático, que es a lo que le han obligado la mayoría de los rivales, sin caer en la precipitación o la prisa, han sido tareas demasiado arduas para los nerazzurri, a los que, para colmo, les ha faltado capacidad de amenaza al espacio y colmillo en encuentros en los que sí podían transitar como les gusta hacer.

En términos defensivos, donde sí han mantenido las cifras del año pasado, la Atalanta tampoco ha logrado compensar la merma productiva (25 goles menos marcados a falta de dos fechas). Han vuelto a aparecer episodios reiterados de un exceso de agresividad defensiva que ha exigido grandes dosis de corrección hacia atrás por parte de sus centrales. Una circunstancia que se ha visto agravada por la ausencia de Gollini, que es peor portero bajo palos que Musso pero que sí era todo un especialista cubriendo el espacio con su defensa lejos de su portería y recortando decisivamente las distancias con los delanteros rivales yendo al suelo en los mano a mano.

La Atalanta parecía haber encontrado un botón para poner el piloto automático y alcanzar su máximo rendimiento una vez traspasada la frontera del nuevo año y de la mitad de la campaña, pero en este curso no ha encontrado la forma de pulsarlo. O al menos de mantenerlo pulsado. Pero que nadie se equivoque: sigue siendo la continuidad estilística la que le ha permitido llegar entera a este tramo final de temporada. Es evidente que Gasperini es un técnico que genera un desgaste en la plantilla y no son pocos los futbolistas que han salido pitando en cuanto han podido (Skrtel, Kjaer, Piccini, Mojica…), pero también eleva el rendimiento de la inmensa mayoría de ellos hasta cotas antes inimaginables y difícilmente replicables sin él de por medio.

¿Ha sido entonces una temporada tan sumamente negativa para la Atalanta? ¿Un indicio de decadencia, de desgaste, de fin de ciclo, de final de la fábula? ¿O ha sido, en cambio, un bache natural y comprensible? ¿Un interludio, un proceso necesario para poder tomar de nuevo impulso y seguir compitiendo contra los mejores equipos en Italia y en Europa? ¿Un redimensionamiento temporal para volver a acometer una nueva empresa con perfiles renovados y mejor adaptados a la idea de juego de su entrenador? ¿Un impulso para volver a ser un equipo Champions en Serie A y, por qué no, volver a aspirar a levantar un título que sería histórico? ¿O se trata de un redimensionamiento definitivo para un regreso a la media tabla?

Lo que está claramente demostrado es que con Gasperini al mando, la Atalanta seguirá siendo quien ha venido siendo: competitiva, valiente y fiel a un estilo de ritmo vertical e intención presionante que ha cambiado la historia reciente del Calcio. Y sin él, que ya ha dejado entrever dudas acerca de su continuidad debido al cambio de propiedad y a una temporada que ha sido desilusionante para todas las partes, el socavón de incertidumbre y las posibilidades de que la mejor época de su historia quede definitivamente atrás no harían otra cosa sino ampliarse.

Imagen de cabecera: Atalanta BC

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Fino alla fine

Joel Sierra @_JoeLSierra_
27-05-2022