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Recelo a lo conocido

Daniel Fernández-Pacheco @DFPV96 20-12-2019

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Casemiro Fede Valverde

El proyecto de Zinedine Zidane en el Real Madrid tiene unas bases muy alejadas a lo que profesó en su prolífica etapa como futbolista. El mejor cimiento de su inicio fue construir su centro del campo a partir del cemento de Casemiro, suplente con Rafa Benítez. Qué paradoja. El exentrenador del Valencia, precisamente, tuvo, tiene y tendrá una idea futbolística compuesta por la rectitud en primer lugar y ya si eso, más tarde, hablamos después del ataque. Sin embargo, trató de convencer a los demás antes de a él mismo que el club blanco no podía tener un 6 de pierna dura. Craso error. Cavó su propia tumba al ser goleado por el Barcelona. El que no le ganaba a La Roda aparecía en escena.

El francés, ya de primeras, impuso al pivote brasileño casi como condición sine qua non en su once inicial. Casemiro, previamente a la llegada del francés, era Harvey Keitel en Pulp Fiction: cada vez que se asomaba arreglaba contratiempos. Daba igual si tenías un muerto en tu coche y te plantabas en casa de Quentin Tarantino con el chaqué empapado de sangre o si tenías que capear el temporal en algún estadio europeo. Él estaba allí. Y Zizou, ajeno a los medios, decidió darle algo más que un papel de 15 minutos, como el del mítico Keitel. Era el protagonista.

Por ello, ahora tampoco ha titubeado en darle cancha a Fede Valverde en sus onces. A Luka Modric, que sigue teniendo un toque de película, le va quedando cada día menos. Sin embargo, mientras el reloj de arena cae, el uruguayo, otro más de la factoría del minúsculo país sudamericano, ha tenido tiempo para hacerse hueco en el Real Madrid y que nadie se lo discuta. Quizás, ese último argumento es el más sorprendente. Ya nadie rebate lo que decida el míster. Aunque a veces diga poco o nada cuando habla en rueda de prensa. El charrúa se ha convertido en un futbolista que defiende, construye y, encima, tiene una espectacular pegada. Alguien debería investigar lo de Uruguay. Igual tienen un taller clandestino en las profundidades de Montevideo en el que cocinan futbolistas a mansalva, con diferentes características, pero con el patrón de ser diligentes como nadie. A mí ya me preocupa. Que alguien ponga remedio a ello porque al final nos conquistan.

Qué pensarán James Rodríguez o Isco. Futbolistas que fían todo su fútbol a lo que le proporcionaron los dioses de este deporte, que es mucho. Sin embargo, ven como a su entrenador le sorprende más la exuberancia de Casemiro en el robo, aunque a veces sea alocado; o el empuje del pajarito, desconocido hace nada. Quizás, cada espuela o toque de clase de uno de los suyos son reminiscencias de lo que ya vivió en primera persona durante su carrera. “Qué fácil ese triple recorte, habiendo sentado a tres defensores”, pensará. El ahínco, desligado de él, es eso que nunca vio; y eso le apasiona hasta convertir al Madrid en lo que es hoy: uno de los conjuntos más fiables del viejo continente.  

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El proyecto de Zinedine Zidane en el Real Madrid tiene unas bases muy alejadas a lo que profesó en su prolífica etapa como futbolista. El mejor cimiento de su inicio fue construir su centro del campo a partir del cemento de Casemiro, suplente con Rafa Benítez. Qué paradoja. El exentrenador del Valencia, precisamente, tuvo, tiene y tendrá una idea futbolística compuesta por la rectitud en primer lugar y ya si eso, más tarde, hablamos después del ataque. Sin embargo, trató de convencer a los demás antes de a él mismo que el club blanco no podía tener un 6 de pierna dura. Craso error. Cavó su propia tumba al ser goleado por el Barcelona. El que no le ganaba a La Roda aparecía en escena.

El francés, ya de primeras, impuso al pivote brasileño casi como condición sine qua non en su once inicial. Casemiro, previamente a la llegada del francés, era Harvey Keitel en Pulp Fiction: cada vez que se asomaba arreglaba contratiempos. Daba igual si tenías un muerto en tu coche y te plantabas en casa de Quentin Tarantino con el chaqué empapado de sangre o si tenías que capear el temporal en algún estadio europeo. Él estaba allí. Y Zizou, ajeno a los medios, decidió darle algo más que un papel de 15 minutos, como el del mítico Keitel. Era el protagonista.

Por ello, ahora tampoco ha titubeado en darle cancha a Fede Valverde en sus onces. A Luka Modric, que sigue teniendo un toque de película, le va quedando cada día menos. Sin embargo, mientras el reloj de arena cae, el uruguayo, otro más de la factoría del minúsculo país sudamericano, ha tenido tiempo para hacerse hueco en el Real Madrid y que nadie se lo discuta. Quizás, ese último argumento es el más sorprendente. Ya nadie rebate lo que decida el míster. Aunque a veces diga poco o nada cuando habla en rueda de prensa. El charrúa se ha convertido en un futbolista que defiende, construye y, encima, tiene una espectacular pegada. Alguien debería investigar lo de Uruguay. Igual tienen un taller clandestino en las profundidades de Montevideo en el que cocinan futbolistas a mansalva, con diferentes características, pero con el patrón de ser diligentes como nadie. A mí ya me preocupa. Que alguien ponga remedio a ello porque al final nos conquistan.

Qué pensarán James Rodríguez o Isco. Futbolistas que fían todo su fútbol a lo que le proporcionaron los dioses de este deporte, que es mucho. Sin embargo, ven como a su entrenador le sorprende más la exuberancia de Casemiro en el robo, aunque a veces sea alocado; o el empuje del pajarito, desconocido hace nada. Quizás, cada espuela o toque de clase de uno de los suyos son reminiscencias de lo que ya vivió en primera persona durante su carrera. “Qué fácil ese triple recorte, habiendo sentado a tres defensores”, pensará. El ahínco, desligado de él, es eso que nunca vio; y eso le apasiona hasta convertir al Madrid en lo que es hoy: uno de los conjuntos más fiables del viejo continente.  

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