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Radomir, te quiero

Diego G. Argota @Diego21Garcia 14-04-2020

Molina, Geli, Santi, Solozábal, Toni, Vizcaíno, Caminero, Simeone, Pantić, Kiko y Penev. De carrerilla. Todo atlético que se precie con un mínimo de edad suficiente recuerda aquella alineación sin mucho dudar. Hay quien se la aprendió jornada tras jornada, viendo ganar al equipo rojiblanco en casa o fuera por la televisión, y hay quien se concienció con memorizarla en ese lapso de tiempo en el que cargaban las plantillas del FIFA 96 antes de un partido, en épocas en las que los videojuegos no eran tan resultones pero sí mucho más divertidos. Incluso, los más enciclopédicos, no deberán echar mucho la vista atrás para rememorar que Roberto, López y Biaggini eran los otros tres mosqueteros de aquel Atlético. Un Atlético que logró un doblete de Liga y Copa con apenas 14 futbolistas (solo 13 de ellos disputó más de 1.000 minutos en aquel curso).

¿Alguien imagina que llega un técnico nuevo a un club que las dos temporadas anteriores ha quedado en la parte baja (entendiendo por parte baja salvarse de la promoción de descenso en la última y penúltima jornada), trae a diez jugadores nuevos, entre ellos el defensa y el portero del equipo más goleado la temporada anterior y un auténtico desconocido de la liga de Grecia y en el primer año gana Liga y Copa del Rey con esos tres puntales como estrellas? Eso fue lo que hizo Radomir Antić con el Atlético de Madrid en el verano de 1995. Con una oferta mucho más suculenta encima de la mesa (desestimó una misiva del Valencia más jugosa en lo económico), el serbio tomó las riendas de un equipo que se acostumbró a ganar desde la pretemporada y no dejó de hacerlo hasta la jornada 42.

Hacía casi 20 años que el club rojiblanco no levantaba un título de Liga y, con un grupo muy reducido de futbolistas útiles y un juego innovador, el Atlético aquel año dio la campanada. Antić puso en marcha su plan de defensa casi al centro del campo y se inventó una posición nueva para Molina, la de ser el portero líbero que jugaba adelantado, que salía al corte en los balones divididos en largo y cuyo punto de locura le daba un pleno rendimiento en esa tarea. Antić sacó la mejor versión del Kiko más elegante, hizo jugar los mejores partidos de su vida a Caminero, recuperó para la causa a Penev (que tras superar un cáncer el verano antes había salido de Valencia por la puerta de atrás) y nos mostró al Simeone más llegador. Pero por encima de todo, Antić fue el verdadero valedor y descubridor de Milinko Pantić. Le trajo con 29 años cuando nadie le conocía, avalando su fichaje incluso con su propio dinero cuando Jesús Gil se negó pensando que se trataba de algún enchufe. El resto es historia.

Aquel Atlético jugaba como los ángeles porque sabía muy bien lo que hacía, cuándo lo hacía y cómo lo hacía. Cimentado en el liderazgo de Solozábal y Vizcaíno, Caminero, Kiko y Pantić ponían la magia y el toque rápido, el Cholo se multiplicaba en el campo y Penev hacía de goleador. Se trataba de un equipo que jugaba muy compacto en la medular, con toques cortos inteligentes y que exprimía la velocidad de sus laterales, que hacían las veces de extremos cuando el equipo tenía posesión. Era un Atlético que controlaba los partidos desde el balón y que no temía jugar de igual manera en ningún escenario, Camp Nou incluido. Aquel año, el juego innovador del equipo (y su gran fuerza a balón parado) cogió a contrapié a los rivales y dejó por el camino a los contendientes por el título. De primeras, a un Real Madrid que ni siquiera se clasificó para jugar en Europa. Luego, a un Barcelona al que destruyó en sus enfrentamientos directos para terminar jugándose el campeonato con el Valencia. En Copa, remontando a los che en una eliminatoria memorable de semifinales y volviendo a hacer mover el polvo al Barcelona en la final.

Antić había dejado una semilla cuyos frutos nunca pudo recoger. El curso siguiente, el Atlético se debilitó firmando a Esnáider cuando salió Penev. El argentino no lo hizo mal, pero el asalto a la Champions requería de un fichaje de mayor nombre y Bejbl, la otra incursión en el once inicial, no dio el rendimiento que había dado el año anterior Vizcaíno. El club encajó casi el doble de goles que el curso anterior y perdió esa ventaja que le otorgaba la sorpresa del año pasado. En Champions, la mayor ilusión aquel curso, se quedó por el camino en cuartos de final en una eliminatoria fatídica ante el Ajax donde el propio Esnáider marró un penalti decisivo. Un torneo que acabó ganando el Borussia Dortmund, a quien el Atlético había doblegado sin problemas en la fase de grupos. Fue un mazazo.

Aquellos fueron los mejores años del Atlético con Antić en el banquillo. Un club que económicamente ya se empezaba a tambalear (si es que no lo estaba haciendo ya incluso en el año del Doblete). El serbio se fue del club en el verano de 1998, pero volvió pocos meses después cuando tras las experiencias de Sacchi y Aguiar, el equipo caminaba a solo seis puntos del descenso. Un año más tarde, la situación era aún más trágica. Ranieri se marchó con el equipo entre los tres últimos, el club estaba intervenido y volvió a tirar del serbio para intentar salvar la papeleta. Según se cuenta en el documental sobre Gil de HBO, los jugadores tenían contratos sumergidos, por lo que el interventor solo les pagaba una cifra que no correspondía con lo que realmente percibían. La fórmula para volver a la ‘normalidad’ pasaba por perder partidos y que eso llevara a una presión social que pidiera la vuelta de Gil para que el club dejara de estar intervenido. Así pasó, y Antić cerró su etapa como rojiblanco consumando un descenso del que no había tenido culpa.

Antić, que había entrenado al Real Madrid con anterioridad y posteriormente se hizo con las riendas del Barcelona (único técnico en la historia en dirigir a los tres grandes españoles) será siempre leyenda rojiblanca más que de ningún otro club por lo que hizo, por cómo lo hizo y por cuándo lo hizo. Y como tal, estuvo invitado hace unos años en la despedida del Vicente Calderón, donde los jugadores y técnicos que más habían calado en la historia del club se vistieron de corto para dar el último adiós a la que una vez fue su casa. Historia del Partizán y aquel a quien no dejaron trabajar con libertad para llevar lejos a la selección de Serbia, Rado falleció la semana pasada. Cuando se reabra la temporada, cuando retorne el fútbol, el Metropolitano deberá rendirle un memorable homenaje. Radomir, te quiero. Bratzo.

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Molina, Geli, Santi, Solozábal, Toni, Vizcaíno, Caminero, Simeone, Pantić, Kiko y Penev. De carrerilla. Todo atlético que se precie con un mínimo de edad suficiente recuerda aquella alineación sin mucho dudar. Hay quien se la aprendió jornada tras jornada, viendo ganar al equipo rojiblanco en casa o fuera por la televisión, y hay quien se concienció con memorizarla en ese lapso de tiempo en el que cargaban las plantillas del FIFA 96 antes de un partido, en épocas en las que los videojuegos no eran tan resultones pero sí mucho más divertidos. Incluso, los más enciclopédicos, no deberán echar mucho la vista atrás para rememorar que Roberto, López y Biaggini eran los otros tres mosqueteros de aquel Atlético. Un Atlético que logró un doblete de Liga y Copa con apenas 14 futbolistas (solo 13 de ellos disputó más de 1.000 minutos en aquel curso).

¿Alguien imagina que llega un técnico nuevo a un club que las dos temporadas anteriores ha quedado en la parte baja (entendiendo por parte baja salvarse de la promoción de descenso en la última y penúltima jornada), trae a diez jugadores nuevos, entre ellos el defensa y el portero del equipo más goleado la temporada anterior y un auténtico desconocido de la liga de Grecia y en el primer año gana Liga y Copa del Rey con esos tres puntales como estrellas? Eso fue lo que hizo Radomir Antić con el Atlético de Madrid en el verano de 1995. Con una oferta mucho más suculenta encima de la mesa (desestimó una misiva del Valencia más jugosa en lo económico), el serbio tomó las riendas de un equipo que se acostumbró a ganar desde la pretemporada y no dejó de hacerlo hasta la jornada 42.

Hacía casi 20 años que el club rojiblanco no levantaba un título de Liga y, con un grupo muy reducido de futbolistas útiles y un juego innovador, el Atlético aquel año dio la campanada. Antić puso en marcha su plan de defensa casi al centro del campo y se inventó una posición nueva para Molina, la de ser el portero líbero que jugaba adelantado, que salía al corte en los balones divididos en largo y cuyo punto de locura le daba un pleno rendimiento en esa tarea. Antić sacó la mejor versión del Kiko más elegante, hizo jugar los mejores partidos de su vida a Caminero, recuperó para la causa a Penev (que tras superar un cáncer el verano antes había salido de Valencia por la puerta de atrás) y nos mostró al Simeone más llegador. Pero por encima de todo, Antić fue el verdadero valedor y descubridor de Milinko Pantić. Le trajo con 29 años cuando nadie le conocía, avalando su fichaje incluso con su propio dinero cuando Jesús Gil se negó pensando que se trataba de algún enchufe. El resto es historia.

Aquel Atlético jugaba como los ángeles porque sabía muy bien lo que hacía, cuándo lo hacía y cómo lo hacía. Cimentado en el liderazgo de Solozábal y Vizcaíno, Caminero, Kiko y Pantić ponían la magia y el toque rápido, el Cholo se multiplicaba en el campo y Penev hacía de goleador. Se trataba de un equipo que jugaba muy compacto en la medular, con toques cortos inteligentes y que exprimía la velocidad de sus laterales, que hacían las veces de extremos cuando el equipo tenía posesión. Era un Atlético que controlaba los partidos desde el balón y que no temía jugar de igual manera en ningún escenario, Camp Nou incluido. Aquel año, el juego innovador del equipo (y su gran fuerza a balón parado) cogió a contrapié a los rivales y dejó por el camino a los contendientes por el título. De primeras, a un Real Madrid que ni siquiera se clasificó para jugar en Europa. Luego, a un Barcelona al que destruyó en sus enfrentamientos directos para terminar jugándose el campeonato con el Valencia. En Copa, remontando a los che en una eliminatoria memorable de semifinales y volviendo a hacer mover el polvo al Barcelona en la final.

Antić había dejado una semilla cuyos frutos nunca pudo recoger. El curso siguiente, el Atlético se debilitó firmando a Esnáider cuando salió Penev. El argentino no lo hizo mal, pero el asalto a la Champions requería de un fichaje de mayor nombre y Bejbl, la otra incursión en el once inicial, no dio el rendimiento que había dado el año anterior Vizcaíno. El club encajó casi el doble de goles que el curso anterior y perdió esa ventaja que le otorgaba la sorpresa del año pasado. En Champions, la mayor ilusión aquel curso, se quedó por el camino en cuartos de final en una eliminatoria fatídica ante el Ajax donde el propio Esnáider marró un penalti decisivo. Un torneo que acabó ganando el Borussia Dortmund, a quien el Atlético había doblegado sin problemas en la fase de grupos. Fue un mazazo.

Aquellos fueron los mejores años del Atlético con Antić en el banquillo. Un club que económicamente ya se empezaba a tambalear (si es que no lo estaba haciendo ya incluso en el año del Doblete). El serbio se fue del club en el verano de 1998, pero volvió pocos meses después cuando tras las experiencias de Sacchi y Aguiar, el equipo caminaba a solo seis puntos del descenso. Un año más tarde, la situación era aún más trágica. Ranieri se marchó con el equipo entre los tres últimos, el club estaba intervenido y volvió a tirar del serbio para intentar salvar la papeleta. Según se cuenta en el documental sobre Gil de HBO, los jugadores tenían contratos sumergidos, por lo que el interventor solo les pagaba una cifra que no correspondía con lo que realmente percibían. La fórmula para volver a la ‘normalidad’ pasaba por perder partidos y que eso llevara a una presión social que pidiera la vuelta de Gil para que el club dejara de estar intervenido. Así pasó, y Antić cerró su etapa como rojiblanco consumando un descenso del que no había tenido culpa.

Antić, que había entrenado al Real Madrid con anterioridad y posteriormente se hizo con las riendas del Barcelona (único técnico en la historia en dirigir a los tres grandes españoles) será siempre leyenda rojiblanca más que de ningún otro club por lo que hizo, por cómo lo hizo y por cuándo lo hizo. Y como tal, estuvo invitado hace unos años en la despedida del Vicente Calderón, donde los jugadores y técnicos que más habían calado en la historia del club se vistieron de corto para dar el último adiós a la que una vez fue su casa. Historia del Partizán y aquel a quien no dejaron trabajar con libertad para llevar lejos a la selección de Serbia, Rado falleció la semana pasada. Cuando se reabra la temporada, cuando retorne el fútbol, el Metropolitano deberá rendirle un memorable homenaje. Radomir, te quiero. Bratzo.

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