_Otros

Quiero ser como Xabi Prieto

Joel Sierra @_JoeLSierra_ 11-04-2018

etiquetas:

Niño
de Atocha, ídolo de Anoeta y leyenda de todo lo que vendrá. Xabi Prieto es
el último futbolista de la historia de la Real Sociedad que ha crecido en las
gradas del viejo y mítico Estadio de Atocha yendo a ver a su Real, la única
unidad de medida que ha guiado sus pasos en el fútbol. Hay muchos jugadores a
los que este frustrado futbolista que escribe hubiese querido emular por juego
y/o trayectoria, pero sin duda Xabi Prieto, que aúna ambas como pocos, es uno
de los que más. Por lo que es y por lo que desprende. Por realidad y aroma. Por
esencia y mensaje. Por futbolista y persona. Por referente y bandera. Por ser
el mejor extremo lento que hayan visto estos ojos. Porque hay que ser muy,
muy bueno para hacer eso: brillar en banda sin velocidad. Por su amor leal
e incondicional. 

Por
convertirse en leyenda desde la normalidad de su personalidad y el
extraordinario ser de su fútbol. Por haber sido y ser una suerte de Ryan Giggs
diestro en sempiterno estado de madurez, que de haber jugado en la Premier
sería adorado por todos los rincones del mundo. Por haber sido y ser una
especie de Iniesta desplegándose a pie natural pegado a la línea de cal. Y
sobre todo por haber sido y ser Xabi Prieto. Por su estampa clásica, pero al
mismo tiempo revolucionaria en la modernidad futbolística de una bicefalia
mediática empachada de sí misma y por la que muchos aborregados ni siquiera han
reparado en la grandeza e importancia de su efigie. Como si su deslumbrante
carrera se hubiese desarrollado solo para los ojos de unos pocos privilegiados
más allá de las fronteras de Gipuzkoa y de Euskadi. Ellos se lo pierden. Y esa,
aunque no lo vayan a adivinar nunca, es exactamente su justa expiación.

Xabi
Prieto atesora tanta clase en sus botas y en su juego que nunca le ha importado
prestarme incluso a mí, de forma inconsciente, una mínima parte de su elegancia
para mentar a través de ella su nombre en conversaciones de facultad o de
cantina con las que situarme por encima del bien y del mal, aun sin tener ni
reverenda idea de fútbol. Mencionar su nítido talento casi proscrito para el
gran público era el mejor de los embustes para que todos pensarán: “Pues
tiene toda la razón, este tío sí que sabe”
. Y poder apostillar después como
si de un golpe de gracia se tratara: “Se le debería caer la cara de
vergüenza al seleccionador por no llevar a Xabi Prieto”
. Y así hasta hoy,
tres seleccionadores y casi tres lustros de por medio. De locos. (Sí, sigo
haciéndolo).

Sin
embargo, el gran argumento para hacer de Xabi Prieto un referente y una
obligada figura de culto para todo futbolista venidero salido como él de Zubieta
y también para todo aficionado neutral que se precie, es su amor incondicional
a los colores que defiende. Un amor sereno pero inquebrantable, demostrado como
nadie hubiese hecho a lo largo de tres eternos años en el pozo de la Segunda
División en los que fue, a años luz del segundo, el mejor jugador de la
categoría, y en los que sacrificó buena parte de su proyección profesional,
despreciando quién sabe cuántas ofertas de primer orden. Quién sabe cuántas
oportunidades de situarse a la altura competitiva de su talento.

Decía
Juanma Lillo, su entrenador en dos de aquellos tres cursos, que “Xabi
Prieto es un jugador que parece bueno, pero es todavía mejor”
. Y
añadía: “Con calidad para ser titular en todo un Real Madrid o Barcelona”.
Y, sin embargo, Xabi iba y venía de El Ejido, de Ferrol, de Castellón
o de Cartagena cada dos domingos mientras sus compañeros de generación e
iguales por concepto, estilo y talento levantaban una Eurocopa y una Copa
del Mundo. Y en lugar de reproches, tan solo orgullo. Son las vacas flacas
las que deberían forjar a los eternos ídolos. Los tiempos jodidos. Es cuando
vienen mal dadas, justamente ahí, cuando se ve, se palpa y se mide a los
verdaderos one club man de sentimiento. Y sobran dedos de una mano para
contarlos entre la actual élite contemporánea.

Un
hecho es significativo. De la persona y del futbolista. Cada vez que le
preguntan a Xabi Prieto por el mejor gol que ha marcado, él no responde con
alguno de los varios que ha hecho en el Bernabéu, con un bonito disparo desde
fuera del área, una jugada colectiva construida a base de paredes y culminada
por él, o uno de los buenos remates de cabeza que han acabado besando las
mallas por su inesperado gran juego aéreo. El mejor gol que ha marcado Xabi
Prieto según él mismo, es un penalti que lanzó y marcó dos veces y que Anoeta
celebró tres, a cada cual más fuerte. Fue en 2010, ante el Celta,
con la calma y los nervios de acero que lo caracterizan, para culminar el
ascenso tras tres años que parecieron tres siglos. Y es que sacar a tu equipo
del hoyo con tus propias manos, vale más que todo lo demás. No hay un triunfo
más terrenal, más verdadero, más agónico, ni, por tanto, más bello. Aunque ello
conlleve tres irrecuperables años de destierro y exilio por parajes impropios
de su talento.

Mi
apuesta es que, si hubiese salido a un equipo de mayor dimensión en el mejor
momento de su carrera, que seguramente coincidió con los años en Segunda
División, hubiese alcanzado un estatus muy cercano al de los dos únicos
jugadores superiores a él por calidad con los que ha compartido vestuario en
todos estos años. Adivinen quiénes. El muestrario completo de las
aptitudes que siempre le han acompañado está al alcance de muy pocos
privilegiados: sus toques de exquisito gusto al alcance de unos pocos
privilegiados, su claridad para dar continuidad y mejorar la jugada casi como modus
vivendi
, su capacidad para pisar área sin dar nunca un sprint de
más, su destreza para proteger el balón como el mayor de los tesoros, y su innato
talento para salir de cada atolladero como quien sale de la peluquería son
sempiterno patrimonio txuri-urdin. Erguido, repeinado y bien parecido.
Presumido. Casi gallardo.

Sin un ápice de desborde, pero a puro desequilibrio a
base de regate, técnica y talento a raudales… Destapando toda su pausa para
aniquilarte en un abrir y cerrar de ojos, dejando ver su gran golpeo en los
centros laterales desde su costado predilecto, tirando miles de amagos, jugando
como nadie de espaldas, y siendo como siempre y más que nunca, un valor
infalible desde el punto de penalti. A la altura y con el estilo de uno de los
mejores en esas lides, como era Gaizka Mendieta. De hecho, Xabi Prieto
solo ha fallado un penalti en toda su carrera. Ahí es nada. Y alguno hasta lo
tuvo que marcar dos veces. Una trayectoria a pura clase hasta desde los once
metros.

Creo firmemente que las virtudes de la vida son también
virtudes sobre el terreno de juego. Y muy pocos jugadores las dejan ver sobre
el césped, como si fuese a través de un cristal, como lo hace Xabi Prieto. Ni
un mal gesto en la cara y ni un mal gesto con el pie. Nunca. Su
adiós es como su carrera. Sin pretender dar lecciones, pero dándolas como
nunca. Sin requerir merecimientos, pero mereciéndolos más que nadie. Sabiendo
poner el punto final cuando todavía será echado de menos, para así preservar su
recuerdo intacto. Inmejorable. El adiós de un tipo normal dentro de un
futbolista de época y leyenda, cuya distracción favorita sigue siendo bajar
desde su casa de vez en cuando a darse un baño en playa de La Concha en la que
jugaba al fútbol de pequeño. Sin ínfulas de nada, aun con razones sobradas para
creerse todo, sin una sola mota de soberbia, y con el respeto de todo su
entorno a buen aguardo en el bolsillo.

Quiero
ser como Xabi Prieto. Porque, aun cuando ya no esté pisando el césped
donostiarra, seguirá siendo tan creíble como lo era entonces tirarse el pisto
ensalzando su fetichista forma de entender y dibujar el juego. Quiero ser
como Xabi Prieto. Por no despegar nunca su origen ni su escudo del latido de su
fútbol y llevarlo hasta las últimas consecuencias. Quiero ser como Xabi
Prieto. Es eso exactamente lo que muchos niños de la Real Sociedad les dirán a
sus padres al llegar o salir del entrenamiento, lo que se dirán a sí mismos
cada día de partido sobre la arena de La Concha o en cualquier otro lugar, o lo
que se repetirán cada noche en bajito antes de dormir y soñar con ser
futbolistas de la Real Sociedad. Como su capitán. Como el diez. Como la leyenda
silenciosa que ha dejado escrita con calidad inolvidable y tinta indeleble. Por
eso, sobre todo por eso, aún hoy yo también quiero ser como Xabi Prieto.

Sp_

siguenos en:

©2019 Copyright Sphera Sports | Derechos reservados

Niño
de Atocha, ídolo de Anoeta y leyenda de todo lo que vendrá. Xabi Prieto es
el último futbolista de la historia de la Real Sociedad que ha crecido en las
gradas del viejo y mítico Estadio de Atocha yendo a ver a su Real, la única
unidad de medida que ha guiado sus pasos en el fútbol. Hay muchos jugadores a
los que este frustrado futbolista que escribe hubiese querido emular por juego
y/o trayectoria, pero sin duda Xabi Prieto, que aúna ambas como pocos, es uno
de los que más. Por lo que es y por lo que desprende. Por realidad y aroma. Por
esencia y mensaje. Por futbolista y persona. Por referente y bandera. Por ser
el mejor extremo lento que hayan visto estos ojos. Porque hay que ser muy,
muy bueno para hacer eso: brillar en banda sin velocidad. Por su amor leal
e incondicional. 

Por
convertirse en leyenda desde la normalidad de su personalidad y el
extraordinario ser de su fútbol. Por haber sido y ser una suerte de Ryan Giggs
diestro en sempiterno estado de madurez, que de haber jugado en la Premier
sería adorado por todos los rincones del mundo. Por haber sido y ser una
especie de Iniesta desplegándose a pie natural pegado a la línea de cal. Y
sobre todo por haber sido y ser Xabi Prieto. Por su estampa clásica, pero al
mismo tiempo revolucionaria en la modernidad futbolística de una bicefalia
mediática empachada de sí misma y por la que muchos aborregados ni siquiera han
reparado en la grandeza e importancia de su efigie. Como si su deslumbrante
carrera se hubiese desarrollado solo para los ojos de unos pocos privilegiados
más allá de las fronteras de Gipuzkoa y de Euskadi. Ellos se lo pierden. Y esa,
aunque no lo vayan a adivinar nunca, es exactamente su justa expiación.

Xabi
Prieto atesora tanta clase en sus botas y en su juego que nunca le ha importado
prestarme incluso a mí, de forma inconsciente, una mínima parte de su elegancia
para mentar a través de ella su nombre en conversaciones de facultad o de
cantina con las que situarme por encima del bien y del mal, aun sin tener ni
reverenda idea de fútbol. Mencionar su nítido talento casi proscrito para el
gran público era el mejor de los embustes para que todos pensarán: “Pues
tiene toda la razón, este tío sí que sabe”
. Y poder apostillar después como
si de un golpe de gracia se tratara: “Se le debería caer la cara de
vergüenza al seleccionador por no llevar a Xabi Prieto”
. Y así hasta hoy,
tres seleccionadores y casi tres lustros de por medio. De locos. (Sí, sigo
haciéndolo).

Sin
embargo, el gran argumento para hacer de Xabi Prieto un referente y una
obligada figura de culto para todo futbolista venidero salido como él de Zubieta
y también para todo aficionado neutral que se precie, es su amor incondicional
a los colores que defiende. Un amor sereno pero inquebrantable, demostrado como
nadie hubiese hecho a lo largo de tres eternos años en el pozo de la Segunda
División en los que fue, a años luz del segundo, el mejor jugador de la
categoría, y en los que sacrificó buena parte de su proyección profesional,
despreciando quién sabe cuántas ofertas de primer orden. Quién sabe cuántas
oportunidades de situarse a la altura competitiva de su talento.

Decía
Juanma Lillo, su entrenador en dos de aquellos tres cursos, que “Xabi
Prieto es un jugador que parece bueno, pero es todavía mejor”
. Y
añadía: “Con calidad para ser titular en todo un Real Madrid o Barcelona”.
Y, sin embargo, Xabi iba y venía de El Ejido, de Ferrol, de Castellón
o de Cartagena cada dos domingos mientras sus compañeros de generación e
iguales por concepto, estilo y talento levantaban una Eurocopa y una Copa
del Mundo. Y en lugar de reproches, tan solo orgullo. Son las vacas flacas
las que deberían forjar a los eternos ídolos. Los tiempos jodidos. Es cuando
vienen mal dadas, justamente ahí, cuando se ve, se palpa y se mide a los
verdaderos one club man de sentimiento. Y sobran dedos de una mano para
contarlos entre la actual élite contemporánea.

Un
hecho es significativo. De la persona y del futbolista. Cada vez que le
preguntan a Xabi Prieto por el mejor gol que ha marcado, él no responde con
alguno de los varios que ha hecho en el Bernabéu, con un bonito disparo desde
fuera del área, una jugada colectiva construida a base de paredes y culminada
por él, o uno de los buenos remates de cabeza que han acabado besando las
mallas por su inesperado gran juego aéreo. El mejor gol que ha marcado Xabi
Prieto según él mismo, es un penalti que lanzó y marcó dos veces y que Anoeta
celebró tres, a cada cual más fuerte. Fue en 2010, ante el Celta,
con la calma y los nervios de acero que lo caracterizan, para culminar el
ascenso tras tres años que parecieron tres siglos. Y es que sacar a tu equipo
del hoyo con tus propias manos, vale más que todo lo demás. No hay un triunfo
más terrenal, más verdadero, más agónico, ni, por tanto, más bello. Aunque ello
conlleve tres irrecuperables años de destierro y exilio por parajes impropios
de su talento.

Mi
apuesta es que, si hubiese salido a un equipo de mayor dimensión en el mejor
momento de su carrera, que seguramente coincidió con los años en Segunda
División, hubiese alcanzado un estatus muy cercano al de los dos únicos
jugadores superiores a él por calidad con los que ha compartido vestuario en
todos estos años. Adivinen quiénes. El muestrario completo de las
aptitudes que siempre le han acompañado está al alcance de muy pocos
privilegiados: sus toques de exquisito gusto al alcance de unos pocos
privilegiados, su claridad para dar continuidad y mejorar la jugada casi como modus
vivendi
, su capacidad para pisar área sin dar nunca un sprint de
más, su destreza para proteger el balón como el mayor de los tesoros, y su innato
talento para salir de cada atolladero como quien sale de la peluquería son
sempiterno patrimonio txuri-urdin. Erguido, repeinado y bien parecido.
Presumido. Casi gallardo.

Sin un ápice de desborde, pero a puro desequilibrio a
base de regate, técnica y talento a raudales… Destapando toda su pausa para
aniquilarte en un abrir y cerrar de ojos, dejando ver su gran golpeo en los
centros laterales desde su costado predilecto, tirando miles de amagos, jugando
como nadie de espaldas, y siendo como siempre y más que nunca, un valor
infalible desde el punto de penalti. A la altura y con el estilo de uno de los
mejores en esas lides, como era Gaizka Mendieta. De hecho, Xabi Prieto
solo ha fallado un penalti en toda su carrera. Ahí es nada. Y alguno hasta lo
tuvo que marcar dos veces. Una trayectoria a pura clase hasta desde los once
metros.

Creo firmemente que las virtudes de la vida son también
virtudes sobre el terreno de juego. Y muy pocos jugadores las dejan ver sobre
el césped, como si fuese a través de un cristal, como lo hace Xabi Prieto. Ni
un mal gesto en la cara y ni un mal gesto con el pie. Nunca. Su
adiós es como su carrera. Sin pretender dar lecciones, pero dándolas como
nunca. Sin requerir merecimientos, pero mereciéndolos más que nadie. Sabiendo
poner el punto final cuando todavía será echado de menos, para así preservar su
recuerdo intacto. Inmejorable. El adiós de un tipo normal dentro de un
futbolista de época y leyenda, cuya distracción favorita sigue siendo bajar
desde su casa de vez en cuando a darse un baño en playa de La Concha en la que
jugaba al fútbol de pequeño. Sin ínfulas de nada, aun con razones sobradas para
creerse todo, sin una sola mota de soberbia, y con el respeto de todo su
entorno a buen aguardo en el bolsillo.

Quiero
ser como Xabi Prieto. Porque, aun cuando ya no esté pisando el césped
donostiarra, seguirá siendo tan creíble como lo era entonces tirarse el pisto
ensalzando su fetichista forma de entender y dibujar el juego. Quiero ser
como Xabi Prieto. Por no despegar nunca su origen ni su escudo del latido de su
fútbol y llevarlo hasta las últimas consecuencias. Quiero ser como Xabi
Prieto. Es eso exactamente lo que muchos niños de la Real Sociedad les dirán a
sus padres al llegar o salir del entrenamiento, lo que se dirán a sí mismos
cada día de partido sobre la arena de La Concha o en cualquier otro lugar, o lo
que se repetirán cada noche en bajito antes de dormir y soñar con ser
futbolistas de la Real Sociedad. Como su capitán. Como el diez. Como la leyenda
silenciosa que ha dejado escrita con calidad inolvidable y tinta indeleble. Por
eso, sobre todo por eso, aún hoy yo también quiero ser como Xabi Prieto.

etiquetas: