_FC Barcelona

Que sea lo que Dios quiera

Cristina Caparrós @criscaparros 17-04-2019

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La última cita en el Camp Nou podría
haber sido una noche de brujería, donde se repitiera el maleficio y las semifinales
hubieran sido una vez más un deseo inasequible. Podría haber sido así, porque
el perenne aspecto aniñado y pícaro de Solskjaer tramaba travesuras en su
dibujo, dejando a Romelu Lukaku en el banquillo y apostando por Martial,
Rashford y Lingard como falso 9 para sorprender al conjunto de Ernesto
Valverde.

Podría haberse cumplido el
embrujo, sobre todo, porque el Manchester pisó el césped con la convicción de
devorar a su rival. El primer aviso no permitió ni siquiera que las manecillas
que regulan los segundos pudieran dar una vuelta. Rashford estrelló el cuero en
el larguero, y la tempranera posibilidad le dio más alas para acrecentar su
certidumbre. El conjunto mancuniano siguió jugando a sus diabluras en el área
de los azulgranas, y pretendió ahogarles con la presión, jugando a tener el
balón y aprovechando su velocidad.

Sin embargo, Valverde y su
Barcelona volvieron a leer el partido, y con un Busquets retrasado entre los
centrales superó la presión de los ‘red devils’ y encontró la manera de dar
salida al balón. Todos los esfuerzos del conjunto británico se empezaron a
desvanecer cuando la noche terminó protagonizándola un ser sobrenatural capaz
de deshacer hechizos.

Convirtiéndose en el segundo
jugador del Barcelona con más partidos de Champions League -por detrás de Xavi
Hernández y superando a Andrés Iniesta – 
impuso su divinidad. Leo Messi, en cuatro minutos, interpretó la
actuación de dos goles, ejecutando la recuperación del balón en ambos. El
primero para firmar una de sus conocidas obras de arte, con caño y zurdazo, y
el segundo para dar un golpe de autoridad con la aportación del guardameta
español. El Barcelona defiende, se posiciona, y el astro argentino sigue marcando
la diferencia para romper la última línea. Si desde las gradas se plantean si
no tiene un buen día, antes de que la duda se manifieste, aparece de nuevo.

Los apoyos de Arthur y Rakitic
para progresar y contener, la asociación de Jordi Alba, la capacidad de Suárez
para seducir y arrastrar a los centrales con sus movimientos, y la
reivindicación de Coutinho, conduciendo hacia dentro y colocando el esférico en
el palo más alejado para marcar el tercero con su propio sello, acompañaron las
actuaciones del 10 del Barça para que todo acabara sucediendo como Dios
quisiera.

Con la peculiaridad de sus
movimientos, sus arrancadas, que poseen el poder de revolucionar la calma.
Repartiendo juego rozando la medular, cambiando de orientación, dirigiendo a su
corrillo como si emulara el patio del colegio. Sosteniendo el peso ofensivo.
Messi jugó una noche más a ser omnisciente, para transformar en realidad todo
lo que pasó por su mente, aunque no parezca ser posible. Se recreó de nuevo en
todas las zonas del campo que pisó para seguir extasiando a los suyos y
desconcertando a sus rivales. Se encargó de equilibrar los cuerpos tras el
derroche de adrenalina que producen estos choques, restando competitividad y
haciendo que el dominio fuera el cómplice del Barça.

Messi es una especie de religión
a la que todos acuden, sin importar si la practican, porque todos creen en
ella. “Prometemos que haremos todo lo posible para que esa copa tan linda y tan
deseada por todos vuelva a estar en el Camp Nou”. Leo quiere la copa, frente al United la
rozó, y todos y cada uno de los culés pudieron soñar, una noche más, con ella. ¡Que
sea lo que Dios quiera!

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La última cita en el Camp Nou podría
haber sido una noche de brujería, donde se repitiera el maleficio y las semifinales
hubieran sido una vez más un deseo inasequible. Podría haber sido así, porque
el perenne aspecto aniñado y pícaro de Solskjaer tramaba travesuras en su
dibujo, dejando a Romelu Lukaku en el banquillo y apostando por Martial,
Rashford y Lingard como falso 9 para sorprender al conjunto de Ernesto
Valverde.

Podría haberse cumplido el
embrujo, sobre todo, porque el Manchester pisó el césped con la convicción de
devorar a su rival. El primer aviso no permitió ni siquiera que las manecillas
que regulan los segundos pudieran dar una vuelta. Rashford estrelló el cuero en
el larguero, y la tempranera posibilidad le dio más alas para acrecentar su
certidumbre. El conjunto mancuniano siguió jugando a sus diabluras en el área
de los azulgranas, y pretendió ahogarles con la presión, jugando a tener el
balón y aprovechando su velocidad.

Sin embargo, Valverde y su
Barcelona volvieron a leer el partido, y con un Busquets retrasado entre los
centrales superó la presión de los ‘red devils’ y encontró la manera de dar
salida al balón. Todos los esfuerzos del conjunto británico se empezaron a
desvanecer cuando la noche terminó protagonizándola un ser sobrenatural capaz
de deshacer hechizos.

Convirtiéndose en el segundo
jugador del Barcelona con más partidos de Champions League -por detrás de Xavi
Hernández y superando a Andrés Iniesta – 
impuso su divinidad. Leo Messi, en cuatro minutos, interpretó la
actuación de dos goles, ejecutando la recuperación del balón en ambos. El
primero para firmar una de sus conocidas obras de arte, con caño y zurdazo, y
el segundo para dar un golpe de autoridad con la aportación del guardameta
español. El Barcelona defiende, se posiciona, y el astro argentino sigue marcando
la diferencia para romper la última línea. Si desde las gradas se plantean si
no tiene un buen día, antes de que la duda se manifieste, aparece de nuevo.

Los apoyos de Arthur y Rakitic
para progresar y contener, la asociación de Jordi Alba, la capacidad de Suárez
para seducir y arrastrar a los centrales con sus movimientos, y la
reivindicación de Coutinho, conduciendo hacia dentro y colocando el esférico en
el palo más alejado para marcar el tercero con su propio sello, acompañaron las
actuaciones del 10 del Barça para que todo acabara sucediendo como Dios
quisiera.

Con la peculiaridad de sus
movimientos, sus arrancadas, que poseen el poder de revolucionar la calma.
Repartiendo juego rozando la medular, cambiando de orientación, dirigiendo a su
corrillo como si emulara el patio del colegio. Sosteniendo el peso ofensivo.
Messi jugó una noche más a ser omnisciente, para transformar en realidad todo
lo que pasó por su mente, aunque no parezca ser posible. Se recreó de nuevo en
todas las zonas del campo que pisó para seguir extasiando a los suyos y
desconcertando a sus rivales. Se encargó de equilibrar los cuerpos tras el
derroche de adrenalina que producen estos choques, restando competitividad y
haciendo que el dominio fuera el cómplice del Barça.

Messi es una especie de religión
a la que todos acuden, sin importar si la practican, porque todos creen en
ella. “Prometemos que haremos todo lo posible para que esa copa tan linda y tan
deseada por todos vuelva a estar en el Camp Nou”. Leo quiere la copa, frente al United la
rozó, y todos y cada uno de los culés pudieron soñar, una noche más, con ella. ¡Que
sea lo que Dios quiera!

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