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Proteger, servir y correr

Joel Sierra @_JoeLSierra_ 09-07-2018

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Que los defensas más destacados de este Mundial
hayan sido o estén siendo centrales del perfil de Maguire, Kjaer, Giménez,
Godín, Miranda o Granqvist, acostumbrados a un bloque bajo como hábitat y sin
especiales dotes para la salida rasa desde atrás, dice bastantes cosas del
juego que estamos viendo en Rusia en líneas generales. Quien sabe defender bien
su área ha tenido mucho terreno ganado en cada partido desde el mismo
planteamiento inicial. Y quien mejor ha compaginado la defensa férrea de la
zona de gol con el brío afilado de las transiciones ofensivas que están
marcando en ataque este Mundial es quien se ha ido haciendo más fuerte a medida
que avanzaba el torneo. Del mismo modo que esa es la tipología de zaguero que
más ha brillado, también es un síntoma significativo que las grandes
individualidades de Rusia -véase Mbappé, Hazard o Modric-, sean futbolistas
altamente capacitados para explotar el éxito de la presión tras pérdida, aunque
esta llegue en su propia mitad de campo, y para imponer su juego y sus virtudes
físico-técnicas en este contexto de proteger, servir y correr en el que tan
decisivas están siendo las conducciones y la toma rápida de decisiones.
Velocidad más precisión es igual a premio.

Tras una época de dominio aplastante en el fútbol
mundial a base de puro juego con el Real Madrid, el FC Barcelona, España o
Alemania como protagonistas intocables; Rusia 2018 está siendo el chasco de los
ataques posicionales más organizados, como demuestra la caída de las propios
alemanes y españoles, cuya desconsideración hacia la puesta en marcha de
propuestas más reactivas, con bloques medios o bajos y con la ejecución a
partir de ahí de contraataques generalmente de amplias distancias, iniciados en
primera instancia por una salida sencilla a través del lateral como escenario
común, ha terminado por sacarlos prematuramente de la Copa del Mundo pese a su
indiscutible rango de máximos favoritos. Las cuatro supervivientes del Mundial
se han visto, por su parte, claramente beneficiadas, desde su cohesión, por
esta combinación de recursos, ideal para torneos cortos en los que amalgamar
una idea colectiva de mando a través de la posesión es muchísimo más complejo.
De ahí el mérito del ciclo ganador de España y Alemania. De ahí el demérito
actual de su empecinamiento sin lustre y falto de nuevos matices y
complementos.

Francia, Bélgica, Inglaterra y Croacia, con sus
muchas distinciones y similares sufrimientos, se han visto además beneficiadas
de tener enfrente planteamientos que han propiciado partidos sino abiertos, sí
con múltiples opciones, debido a su fisonomía mixta ya comentada, de encontrar
vías para hacer daño, también ante rivales de repliegues más efusivos, pero muy
lejanos en cuanto a calidad individual, como es el caso de Rusia o Suecia. La
falta de elementos acostumbrados a la máxima exigencia para mezclar del mejor
modo posible la imposición de una zona de alta seguridad en el área propia y de
tener un cuchillo muy afilado para contraatacar ha pasado factura a casi todos,
a excepción de Brasil, seguramente la selección que mejor entiende y siente
como propio este estilo táctico y cuya fisonomía y futbolistas mejor se adaptan
a él de base. Sin ir más lejos, Uruguay se quedó coja de un conductor de
transiciones, Portugal no tiene una medular de élite para apretar y robar,
Argentina careció de seguridad defensiva y de generación de espacios con y sin
balón, Colombia nunca encontró estabilidad y echó de menos a su estrella…

Las dos propuestas tácticas que son ya imagen de
este Mundial, pese a sus opuestos resultados, son las de México y Bélgica ante
Brasil, la ya comentada gran representante de esta particular aleación de
sólido balance defensivo, salida a través de los laterales y aguijonazos de
máxima calidad al espacio. Para contrarrestar ese poderío, Juan Carlos Osorio
primero y Roberto Martínez después, dejaron descolgados intencionalmente, tanto
que a veces ni siquiera ejecutaban la basculación en fase defensiva, a sus
extremos para potenciar el robo en tres cuartos de su propia mitad de campo y
lanzar desde ahí las contras con muchísimos espacios y con los jugadores de
banda a pie natural, muy abiertos, para multiplicar el efecto de esa amplitud y
favorecer la generación de otros espacios interiores con la llegada a la jugada
y el pase atrás
hacia ellos
de los
elementos de segunda fila, ya sea dentro o fuera del área. Había que ser más
veloz transitando que el rival replegando, pero también había, en inferioridad
de talento, que marcar el primer gol para tomar las riendas del encuentro, para
dibujar un contexto necesario que no existía de partida y para jugar a partir
de entonces con el favoritismo y la agitación del rival, que a Brasil,
posiblemente el equipo más poderoso que hemos visto en este Mundial, ha vuelto a
pasar factura.

En partidos con la clasificación en juego,
solamente ha habido tres remontadas en esta Copa del Mundo. Y las tres han
llegado de la forma más agónica posible. Alemania ante Suecia, Suiza ante
Serbia y Bélgica ante Japón. Apenas ha habido lugar para dar vuelta a una
desventaja inicial, para subsanar un accidente en forma de gol del adversario.
Apenas ha habido centrocampistas capaces de ser determinantes a la hora de
armar juego, de crear sistema a su alrededor, a excepción de los intentos esporádicos
de Paul Pogba y del dúo formado por Rakitic y Modric que, aunque a título
excesivamente personal y dentro de una estructura que no es ni por asomo un
esquema pulido, asentado y preparado para dominar el escenario a pesar incluso
de tener la mejor pareja de medios del torneo; los croatas sí que forman parte
directa de la misma especie de los Xavi, Iniesta, Kroos, Isco que han dominado,
desde su influencia mayúscula en el equipo desde la parcela ancha, el fútbol a
nivel mundial en los últimos años. Y no es tampoco casualidad, que haya sido a
quienes más ha costado llegar hasta las semifinales.

Con Croacia pendiente y dependiente de lo que
puedan seguir dando de sí sus dos figuras, con Inglaterra preconizando como
ninguna de las otras tres no descolocarse en defensa y sacar todo el jugo al
balón parado -el otro aspecto que está desequilibrando los partidos- y con la
adaptabilidad de Bélgica siempre a expensas del tono que pueda alcanzar su
rival, y aunque todas ellas bajo el mismo paraguas estilístico preponderante en
este Mundial; Francia es el otro gran ejemplo del modelo de éxito que se está
imponiendo. El prototipo de equipo dividido a la mitad en las funciones que
están marcando todo. Las probabilidades de victoria crecen y crecen para aquel
que, al mismo tiempo, mejor controla atrás y mejor ejecuta hacia adelante las
transiciones ofensivas. Y los galos, con Kanté, Pavard, Lucas, Varane y Umtiti,
el único que parece estar viviendo un momento de forma que podría conducir al
error individual que desbloquease el balance defensivo de los de Deschamps; y
con el dinamitero Pogba, la incontenible explosividad de Mbappé, los preciosos
toques entre líneas de Griezmann para dar sentido a todo y los complementos
necesarios de Giroud encargado de sujetar a los centrales y de Matuidi o
Tolisso como apoyo de doble recorrido; parecen los mejor preparados para
imponerse. Para proteger su área, servir al conductor de transiciones y correr
hacia el gol. Para abanderar el nuevo paradigma estilístico a nivel de selecciones
que, gane quien gane, confirmará haber cambiado de fondo y forma.

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Que los defensas más destacados de este Mundial
hayan sido o estén siendo centrales del perfil de Maguire, Kjaer, Giménez,
Godín, Miranda o Granqvist, acostumbrados a un bloque bajo como hábitat y sin
especiales dotes para la salida rasa desde atrás, dice bastantes cosas del
juego que estamos viendo en Rusia en líneas generales. Quien sabe defender bien
su área ha tenido mucho terreno ganado en cada partido desde el mismo
planteamiento inicial. Y quien mejor ha compaginado la defensa férrea de la
zona de gol con el brío afilado de las transiciones ofensivas que están
marcando en ataque este Mundial es quien se ha ido haciendo más fuerte a medida
que avanzaba el torneo. Del mismo modo que esa es la tipología de zaguero que
más ha brillado, también es un síntoma significativo que las grandes
individualidades de Rusia -véase Mbappé, Hazard o Modric-, sean futbolistas
altamente capacitados para explotar el éxito de la presión tras pérdida, aunque
esta llegue en su propia mitad de campo, y para imponer su juego y sus virtudes
físico-técnicas en este contexto de proteger, servir y correr en el que tan
decisivas están siendo las conducciones y la toma rápida de decisiones.
Velocidad más precisión es igual a premio.

Tras una época de dominio aplastante en el fútbol
mundial a base de puro juego con el Real Madrid, el FC Barcelona, España o
Alemania como protagonistas intocables; Rusia 2018 está siendo el chasco de los
ataques posicionales más organizados, como demuestra la caída de las propios
alemanes y españoles, cuya desconsideración hacia la puesta en marcha de
propuestas más reactivas, con bloques medios o bajos y con la ejecución a
partir de ahí de contraataques generalmente de amplias distancias, iniciados en
primera instancia por una salida sencilla a través del lateral como escenario
común, ha terminado por sacarlos prematuramente de la Copa del Mundo pese a su
indiscutible rango de máximos favoritos. Las cuatro supervivientes del Mundial
se han visto, por su parte, claramente beneficiadas, desde su cohesión, por
esta combinación de recursos, ideal para torneos cortos en los que amalgamar
una idea colectiva de mando a través de la posesión es muchísimo más complejo.
De ahí el mérito del ciclo ganador de España y Alemania. De ahí el demérito
actual de su empecinamiento sin lustre y falto de nuevos matices y
complementos.

Francia, Bélgica, Inglaterra y Croacia, con sus
muchas distinciones y similares sufrimientos, se han visto además beneficiadas
de tener enfrente planteamientos que han propiciado partidos sino abiertos, sí
con múltiples opciones, debido a su fisonomía mixta ya comentada, de encontrar
vías para hacer daño, también ante rivales de repliegues más efusivos, pero muy
lejanos en cuanto a calidad individual, como es el caso de Rusia o Suecia. La
falta de elementos acostumbrados a la máxima exigencia para mezclar del mejor
modo posible la imposición de una zona de alta seguridad en el área propia y de
tener un cuchillo muy afilado para contraatacar ha pasado factura a casi todos,
a excepción de Brasil, seguramente la selección que mejor entiende y siente
como propio este estilo táctico y cuya fisonomía y futbolistas mejor se adaptan
a él de base. Sin ir más lejos, Uruguay se quedó coja de un conductor de
transiciones, Portugal no tiene una medular de élite para apretar y robar,
Argentina careció de seguridad defensiva y de generación de espacios con y sin
balón, Colombia nunca encontró estabilidad y echó de menos a su estrella…

Las dos propuestas tácticas que son ya imagen de
este Mundial, pese a sus opuestos resultados, son las de México y Bélgica ante
Brasil, la ya comentada gran representante de esta particular aleación de
sólido balance defensivo, salida a través de los laterales y aguijonazos de
máxima calidad al espacio. Para contrarrestar ese poderío, Juan Carlos Osorio
primero y Roberto Martínez después, dejaron descolgados intencionalmente, tanto
que a veces ni siquiera ejecutaban la basculación en fase defensiva, a sus
extremos para potenciar el robo en tres cuartos de su propia mitad de campo y
lanzar desde ahí las contras con muchísimos espacios y con los jugadores de
banda a pie natural, muy abiertos, para multiplicar el efecto de esa amplitud y
favorecer la generación de otros espacios interiores con la llegada a la jugada
y el pase atrás
hacia ellos
de los
elementos de segunda fila, ya sea dentro o fuera del área. Había que ser más
veloz transitando que el rival replegando, pero también había, en inferioridad
de talento, que marcar el primer gol para tomar las riendas del encuentro, para
dibujar un contexto necesario que no existía de partida y para jugar a partir
de entonces con el favoritismo y la agitación del rival, que a Brasil,
posiblemente el equipo más poderoso que hemos visto en este Mundial, ha vuelto a
pasar factura.

En partidos con la clasificación en juego,
solamente ha habido tres remontadas en esta Copa del Mundo. Y las tres han
llegado de la forma más agónica posible. Alemania ante Suecia, Suiza ante
Serbia y Bélgica ante Japón. Apenas ha habido lugar para dar vuelta a una
desventaja inicial, para subsanar un accidente en forma de gol del adversario.
Apenas ha habido centrocampistas capaces de ser determinantes a la hora de
armar juego, de crear sistema a su alrededor, a excepción de los intentos esporádicos
de Paul Pogba y del dúo formado por Rakitic y Modric que, aunque a título
excesivamente personal y dentro de una estructura que no es ni por asomo un
esquema pulido, asentado y preparado para dominar el escenario a pesar incluso
de tener la mejor pareja de medios del torneo; los croatas sí que forman parte
directa de la misma especie de los Xavi, Iniesta, Kroos, Isco que han dominado,
desde su influencia mayúscula en el equipo desde la parcela ancha, el fútbol a
nivel mundial en los últimos años. Y no es tampoco casualidad, que haya sido a
quienes más ha costado llegar hasta las semifinales.

Con Croacia pendiente y dependiente de lo que
puedan seguir dando de sí sus dos figuras, con Inglaterra preconizando como
ninguna de las otras tres no descolocarse en defensa y sacar todo el jugo al
balón parado -el otro aspecto que está desequilibrando los partidos- y con la
adaptabilidad de Bélgica siempre a expensas del tono que pueda alcanzar su
rival, y aunque todas ellas bajo el mismo paraguas estilístico preponderante en
este Mundial; Francia es el otro gran ejemplo del modelo de éxito que se está
imponiendo. El prototipo de equipo dividido a la mitad en las funciones que
están marcando todo. Las probabilidades de victoria crecen y crecen para aquel
que, al mismo tiempo, mejor controla atrás y mejor ejecuta hacia adelante las
transiciones ofensivas. Y los galos, con Kanté, Pavard, Lucas, Varane y Umtiti,
el único que parece estar viviendo un momento de forma que podría conducir al
error individual que desbloquease el balance defensivo de los de Deschamps; y
con el dinamitero Pogba, la incontenible explosividad de Mbappé, los preciosos
toques entre líneas de Griezmann para dar sentido a todo y los complementos
necesarios de Giroud encargado de sujetar a los centrales y de Matuidi o
Tolisso como apoyo de doble recorrido; parecen los mejor preparados para
imponerse. Para proteger su área, servir al conductor de transiciones y correr
hacia el gol. Para abanderar el nuevo paradigma estilístico a nivel de selecciones
que, gane quien gane, confirmará haber cambiado de fondo y forma.

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