_Ciclismo

Pórticos

Enrique Julián Gómez @EnriqueJulian23 11-05-2019

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Más de 50 kilómetros de pórticos hacen única la estructura arquitectónica de la ciudad de Bologna. Pensando en el futuro y continuo crecimiento de la ciudad gracias a su pionera universidad, algunos aprovecharon para ampliar sus casas por arriba, sobre el suelo público, asomándolas a la calzada. Mirando al cielo, los artesanos lo aprovecharon para poder sacar sus mercancías a la vista sin tener que andar pendientes de las inconveniencias meteorológicas. Así, desde el siglo XI se comenzaron a extender estos soportales de manera masiva. 

El más largo de los pórticos sale de la Porta Saragozza y continúa ininterrumpidamente durante casi cuatro kilómetros hasta la basílica de San Luca. Siguiendo los dos kilómetros finales de estos pórticos, 176 ciclistas ascendieron hasta lo más alto del Colle della Guardia que vigila la ciudad para dar comienzo al Giro d’Italia. 

Pendientes del cielo, como aquellos artesanos, estaban los grandes favoritos al triunfo final. Hasta tal punto que casi todos ellos prefirieron adelantar su salida en la contrarreloj inicial para evitar el riesgo de algún chaparrón vespertino. Una atípica situación que permitió vivir, entre una marea de gente, una vibrante media hora inicial de carrera, con los mejores tiempos sucesivos de Tom Dumoulin, Miguel Ángel López, Vincenzo Nibali y, finalmente, Primoz Roglic, que dictó cátedra en poco menos de 13 minutos desde la universidad hasta la iglesia. Luego, se sentó a esperar a que Simon Yates, el único que desafió al clima esperando hasta el final para salir, no pudiera superarle, permitiendo que el esloveno vista por primera vez la maglia rosa. 

Pero como hizo la ciudad de Bologna, en el Giro también es imprescindible pensar a futuro. No en siglos, sino en apenas tres semanas. Y la historia ya explica que el rosa se gana y se pierde en la semana final de competencia, que 20 segundos de ventaja en un ascenso el de San Luca se pueden convertir de manera taxativa en 20 minutos de descalabro en colosos como Gavia, Mortirolo, San Carlo o Manghen. Y allí no hay pórticos que protejan de las adversidades.  

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Más de 50 kilómetros de pórticos hacen única la estructura arquitectónica de la ciudad de Bologna. Pensando en el futuro y continuo crecimiento de la ciudad gracias a su pionera universidad, algunos aprovecharon para ampliar sus casas por arriba, sobre el suelo público, asomándolas a la calzada. Mirando al cielo, los artesanos lo aprovecharon para poder sacar sus mercancías a la vista sin tener que andar pendientes de las inconveniencias meteorológicas. Así, desde el siglo XI se comenzaron a extender estos soportales de manera masiva. 

El más largo de los pórticos sale de la Porta Saragozza y continúa ininterrumpidamente durante casi cuatro kilómetros hasta la basílica de San Luca. Siguiendo los dos kilómetros finales de estos pórticos, 176 ciclistas ascendieron hasta lo más alto del Colle della Guardia que vigila la ciudad para dar comienzo al Giro d’Italia. 

Pendientes del cielo, como aquellos artesanos, estaban los grandes favoritos al triunfo final. Hasta tal punto que casi todos ellos prefirieron adelantar su salida en la contrarreloj inicial para evitar el riesgo de algún chaparrón vespertino. Una atípica situación que permitió vivir, entre una marea de gente, una vibrante media hora inicial de carrera, con los mejores tiempos sucesivos de Tom Dumoulin, Miguel Ángel López, Vincenzo Nibali y, finalmente, Primoz Roglic, que dictó cátedra en poco menos de 13 minutos desde la universidad hasta la iglesia. Luego, se sentó a esperar a que Simon Yates, el único que desafió al clima esperando hasta el final para salir, no pudiera superarle, permitiendo que el esloveno vista por primera vez la maglia rosa. 

Pero como hizo la ciudad de Bologna, en el Giro también es imprescindible pensar a futuro. No en siglos, sino en apenas tres semanas. Y la historia ya explica que el rosa se gana y se pierde en la semana final de competencia, que 20 segundos de ventaja en un ascenso el de San Luca se pueden convertir de manera taxativa en 20 minutos de descalabro en colosos como Gavia, Mortirolo, San Carlo o Manghen. Y allí no hay pórticos que protejan de las adversidades.  

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