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Por fin

Cristina Caparrós @criscaparros 18-01-2020

Los lunes suelen ser la oveja negra de la semana.  Si alguien que lleva la pereza por bandera lo visualiza, te dirá que la tonalidad del cielo de ese día es más gris, que el transporte público está más lleno, que los cafés se sirven más despacio y que en ellos podría sonar de fondo la banda sonora de una película de terror. Que no le hablen a Ernesto Valverde de horrores, que los ha sufrido. Tampoco de ser protagonista de una película con una trama esperpéntica y que, por fin, concluyó tras un fin de semana grotesco. Nunca un lunes fue tan lunes para Ernesto Valverde.

Cuando el Txingurri inició su andadura el 1 de junio de 2017, no sospechaba que a principios de agosto debería cambiar su plan. La salida de Neymar, jugador fundamental para el presente y el futuro, obligó al técnico a dar un volantazo. El brasileño fue, en el fútbol más directo de Luis Enrique, uno de los componentes del infalible tridente. Las piezas que llegaron en el mercado de verano, muy distintas pero prometedoras, no fueron un reemplazo efectivo. Coutinho acabó saliendo del Barça y Dembélé nunca llegó a ser constante en su rendimiento. Ernesto apostó por dibujar un 4-4-2 y dotar a su equipo de solidez. Con un conjunto ordenado y un fútbol más pragmático, mejorando la evolución de jugadores como Rakitic, que terminó la temporada jugando la final del Mundial de Rusia. Jordi Alba volvió a adueñarse del carril izquierdo, evidenció la madurez de sus decisiones en los últimos metros y creó una sociedad letal junto a Leo Messi. Aquella temporada, marcada inicialmente por la superioridad del Real Madrid en la Supercopa, terminaría con la Liga y la Copa del Rey en las vitrinas del FC Barcelona. También, con una sonada eliminación en Europa.

Algunos dirán que el roce de la desconfianza nació en Roma y que la afición se desencantó con Valverde en un escenario antagónico al desamor. La realidad es que las críticas vieron la luz mucho antes. Las dudas le apuntaron, probablemente, de manera precoz. Su pragmatismo no convenció a una parroquia con una religión tan definida, que no rezaba en su plenitud los diez mandamientos del fútbol total, bajo ese concepto tan característico como el estilo y a la vez tan confuso. El aficionado no se conforma con resultados, quiere disfrutar del espectáculo. Siente, de algún modo, como si hubiera pagado por ver una peli nominada a Los Oscars y terminara viendo la típica comedia americana. La victoria no es suficiente si no satisface en su forma. El precio del éxito, tan prominente y costoso que, en su letra pequeña, deja esas consecuencias.

En su segunda temporada, Valverde trató de ser más vistoso y, aunque perdió la identidad de su solidez, volvió a mostrar su autoridad en Liga y alcanzó, con ambas temporadas, la suma de 72 jornadas como líder de 76 posibles. Pero se le volvió a atragantar Europa. Ni el peso del escudo ni de la experiencia salieron a relucir. El Barça volvió a quedarse lejos de seducir al continente. Volvieron a hacerse vulnerables, y la eliminación de la competición revivió la noche de fantasmas con la que ningún culé quería volver a soñar. Más tarde, el Valencia privaría al Barcelona de adjudicarse otro doblete y aumentó la decepción.

Probablemente, el pasado verano era un momento más idóneo para firmar los papeles que despedían a Ernesto Valverde del banquillo. Su diplomacia, sus rasgos apacibles y la tranquilidad que le define, le acompañaron para seguir con la esperanza de dirigir un conjunto mermado y ante una afición que, desde hacía mucho tiempo, no tenía fe en él. La Supercopa, donde todo empezó, fue también el argumento de su capítulo final. El crédito de ser líder en Liga y terminar como primero en la fase de grupos de Champions League no ha sido suficiente para evitar un final ingrato. En un momento inesperado y de formas impropias de un club que resalta sus valores, Valverde cerró su despacho para no volver.

El Barça tiene muchos síntomas. De antibiótico, más que de analgésico. La mitad de sus piezas del XI habitual supera la treintena, sus pretemporadas cada vez recortan más los entrenamientos y el rodaje para el inicio de competición. Crea muchas dudas para tener un nivel ganador en Europa, es predecible, tiene un problema estructural, no intimida a los rivales en sus domicilios, se desconecta mentalmente en los tramos finales de partido, necesita ser más colectivo, tener más continuidad en la presión y sigue teniendo una clara dependencia – tan lógica como natural – a las actuaciones estelares de Leo Messi. Y no todo señala al banquillo.

Ernesto Valverde se va del Barcelona siendo el tercer entrenador con mejor porcentaje de victorias entre aquellos que han estado al frente más de 100 partidos. Con una estadística de 145 partidos, 97 victorias, 32 empates y 16 derrotas. Sin embargo, no le dio a la afición lo que tanto anhela: volver a ser grande en Europa. El fútbol podría tener un efecto de suerte, pero Valverde no lo tuvo. Al Txingurri se le podrá decir que su planteamiento por cambiar el rumbo de este equipo no ha sido suficiente, pero también se le podrá agradecer la labor que apenas se aprecia tras el televisor y que implica a un equipo de personas que trabajan para detectar debilidades, buscar métodos para entrenar aquello que debe mejorarse, leer al rival, o plantear el partido. No se le puede acusar de resultados, ni de un mal gesto, ni de su trato con el vestuario, ni de una mala palabra con la prensa. Elegante, hasta el último momento.

Por fin ya es fin de semana. #ValverdeOut no seguirá reventando las métricas del Social Media. Por fin, el circo de los horrores ha terminado su función. Que el tiempo pase, que Ernesto pueda sentir el agradecimiento y olvidar el resto.  Ahora empieza la primera jornada de Quique Setién, que llega con la ilusión reluciendo en cada uno de sus gestos, bajo una mirada Cruyffista que tiene el balón como claro protagonista balompédico. Que le dejen trabajar, que no le juzguen si se equivoca, que confíen en él. Cualquier entrenador lo merece, sea Quique Setién o Ernesto Valverde.

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Los lunes suelen ser la oveja negra de la semana.  Si alguien que lleva la pereza por bandera lo visualiza, te dirá que la tonalidad del cielo de ese día es más gris, que el transporte público está más lleno, que los cafés se sirven más despacio y que en ellos podría sonar de fondo la banda sonora de una película de terror. Que no le hablen a Ernesto Valverde de horrores, que los ha sufrido. Tampoco de ser protagonista de una película con una trama esperpéntica y que, por fin, concluyó tras un fin de semana grotesco. Nunca un lunes fue tan lunes para Ernesto Valverde.

Cuando el Txingurri inició su andadura el 1 de junio de 2017, no sospechaba que a principios de agosto debería cambiar su plan. La salida de Neymar, jugador fundamental para el presente y el futuro, obligó al técnico a dar un volantazo. El brasileño fue, en el fútbol más directo de Luis Enrique, uno de los componentes del infalible tridente. Las piezas que llegaron en el mercado de verano, muy distintas pero prometedoras, no fueron un reemplazo efectivo. Coutinho acabó saliendo del Barça y Dembélé nunca llegó a ser constante en su rendimiento. Ernesto apostó por dibujar un 4-4-2 y dotar a su equipo de solidez. Con un conjunto ordenado y un fútbol más pragmático, mejorando la evolución de jugadores como Rakitic, que terminó la temporada jugando la final del Mundial de Rusia. Jordi Alba volvió a adueñarse del carril izquierdo, evidenció la madurez de sus decisiones en los últimos metros y creó una sociedad letal junto a Leo Messi. Aquella temporada, marcada inicialmente por la superioridad del Real Madrid en la Supercopa, terminaría con la Liga y la Copa del Rey en las vitrinas del FC Barcelona. También, con una sonada eliminación en Europa.

Algunos dirán que el roce de la desconfianza nació en Roma y que la afición se desencantó con Valverde en un escenario antagónico al desamor. La realidad es que las críticas vieron la luz mucho antes. Las dudas le apuntaron, probablemente, de manera precoz. Su pragmatismo no convenció a una parroquia con una religión tan definida, que no rezaba en su plenitud los diez mandamientos del fútbol total, bajo ese concepto tan característico como el estilo y a la vez tan confuso. El aficionado no se conforma con resultados, quiere disfrutar del espectáculo. Siente, de algún modo, como si hubiera pagado por ver una peli nominada a Los Oscars y terminara viendo la típica comedia americana. La victoria no es suficiente si no satisface en su forma. El precio del éxito, tan prominente y costoso que, en su letra pequeña, deja esas consecuencias.

En su segunda temporada, Valverde trató de ser más vistoso y, aunque perdió la identidad de su solidez, volvió a mostrar su autoridad en Liga y alcanzó, con ambas temporadas, la suma de 72 jornadas como líder de 76 posibles. Pero se le volvió a atragantar Europa. Ni el peso del escudo ni de la experiencia salieron a relucir. El Barça volvió a quedarse lejos de seducir al continente. Volvieron a hacerse vulnerables, y la eliminación de la competición revivió la noche de fantasmas con la que ningún culé quería volver a soñar. Más tarde, el Valencia privaría al Barcelona de adjudicarse otro doblete y aumentó la decepción.

Probablemente, el pasado verano era un momento más idóneo para firmar los papeles que despedían a Ernesto Valverde del banquillo. Su diplomacia, sus rasgos apacibles y la tranquilidad que le define, le acompañaron para seguir con la esperanza de dirigir un conjunto mermado y ante una afición que, desde hacía mucho tiempo, no tenía fe en él. La Supercopa, donde todo empezó, fue también el argumento de su capítulo final. El crédito de ser líder en Liga y terminar como primero en la fase de grupos de Champions League no ha sido suficiente para evitar un final ingrato. En un momento inesperado y de formas impropias de un club que resalta sus valores, Valverde cerró su despacho para no volver.

El Barça tiene muchos síntomas. De antibiótico, más que de analgésico. La mitad de sus piezas del XI habitual supera la treintena, sus pretemporadas cada vez recortan más los entrenamientos y el rodaje para el inicio de competición. Crea muchas dudas para tener un nivel ganador en Europa, es predecible, tiene un problema estructural, no intimida a los rivales en sus domicilios, se desconecta mentalmente en los tramos finales de partido, necesita ser más colectivo, tener más continuidad en la presión y sigue teniendo una clara dependencia – tan lógica como natural – a las actuaciones estelares de Leo Messi. Y no todo señala al banquillo.

Ernesto Valverde se va del Barcelona siendo el tercer entrenador con mejor porcentaje de victorias entre aquellos que han estado al frente más de 100 partidos. Con una estadística de 145 partidos, 97 victorias, 32 empates y 16 derrotas. Sin embargo, no le dio a la afición lo que tanto anhela: volver a ser grande en Europa. El fútbol podría tener un efecto de suerte, pero Valverde no lo tuvo. Al Txingurri se le podrá decir que su planteamiento por cambiar el rumbo de este equipo no ha sido suficiente, pero también se le podrá agradecer la labor que apenas se aprecia tras el televisor y que implica a un equipo de personas que trabajan para detectar debilidades, buscar métodos para entrenar aquello que debe mejorarse, leer al rival, o plantear el partido. No se le puede acusar de resultados, ni de un mal gesto, ni de su trato con el vestuario, ni de una mala palabra con la prensa. Elegante, hasta el último momento.

Por fin ya es fin de semana. #ValverdeOut no seguirá reventando las métricas del Social Media. Por fin, el circo de los horrores ha terminado su función. Que el tiempo pase, que Ernesto pueda sentir el agradecimiento y olvidar el resto.  Ahora empieza la primera jornada de Quique Setién, que llega con la ilusión reluciendo en cada uno de sus gestos, bajo una mirada Cruyffista que tiene el balón como claro protagonista balompédico. Que le dejen trabajar, que no le juzguen si se equivoca, que confíen en él. Cualquier entrenador lo merece, sea Quique Setién o Ernesto Valverde.

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