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Por él y por ellos

Joel Sierra @_JoeLSierra_ 18-04-2018

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Enardecidos por la terrible
pérdida de Davide Astori, espoleados por la voluntad colectiva de querer
honrar del mejor modo posible la memoria de su capitano, la Fiorentina
ha sido capaz en los dos últimos meses de competición de sumar más puntos
que nadie en la Serie A, junto a la Juventus, y de dar un giro
radical, con la clasificación europea al alcance de la mano, a una temporada
destinada a servir de transición deportiva y, más allá de este, carente de ningún tipo de
objetivo tangible en su horizonte, tal y como estaba siendo hasta este tercio
final de competición. Y lo ha hecho desde un eclecticismo muy marcado en cuanto
a dibujo táctico, por vía de la idea de juego altamente vertical que siempre ha
caracterizado a Stefano Pioli y con la entrada en el equipo titular de Ricky
Saponara, decisivo para el cambio de paradigma viola justo cuando parecía
haber perdido en Florencia la senda del asentamiento en la élite tras su salida
del Empoli.

La reestructuración de la
Fiorentina en verano fue total y al equipo le ha costado encontrar su nuevo
rumbo y pasar de ser un conjunto con un poso y un gusto por un toque más
asociativo, con Borja Valero como paradigma del ya pretérito estilo.
Hasta la irrupción de Saponara, el hombre que desde la mediapunta ha sabido
darle sentido técnico en el escalón superior y cierta clarividencia a la fase
ofensiva en su totalidad, el equipo viola desarrollaba un frenesí vertical
demasiado desordenado, que acababa derivando siempre en intentonas
individuales, sobre todo a través de Federico Chiesa, en el abuso de los
centros laterales y en la ausencia de una ligazón intermedia por el carril
central, que había obligado a Giovanni Simeone a tener que alejarse del
área de un modo excesivamente frecuente para que el equipo encontrase un punto
de referencia cuando no podía avanzar por los costados.

Con su aptitud para moverse entre
líneas con y sin balón, sin llegar a ser un trequartista al uso que para
nada tenga la pausa entre sus más destacadas virtudes, Saponara ha hecho que
la Fiorentina haya por fin encontrado mecanismos para, a su modo, asentar
ataques más ricos y muchos menos caóticos. Y lo ha conseguido a través de
las varias nuevas líneas de pase centrales que el ex del Milan ofrece ahora
constantemente a Milan Badelj o a Jordan Veretout y de la
lucidez, una vez se ha girado de cara a puerta, que siempre ha demostrado para
dar soluciones productivas y gestionar los acercamientos de peligro en las
inmediaciones de la frontal del adversario, sin que la Fiorentina de Pioli haya
perdido por el camino ni un ápice de su verdadera esencia de constante búsqueda
de la profundidad por medio de un ritmo elevado. Sin florituras asociativas
interiores de ningún tipo, pero creando al fin sinergias dentro del dinamismo
reinante, añadiendo la pizca de creatividad necesaria, mejorando a su vez la
efectividad y la altura de la presión tras pérdida, reduciendo el gap entre
cantidad y calidad, y extinguiendo, en buena parte, los grandes desequilibrios
existentes en los repartos espaciales.

El otro gran protagonista
individual del buen momento viola es Germán Pezzella, aunque en
su caso su compromiso y su rendimiento han sido siempre tan constantes como
notables desde su llegada a la Serie A el pasado verano. Vestido con el
expeditivo traje de la autoridad defensiva dejado por su compatriota Gonzalo
Rodríguez después de tantos años, el exfutbolista del Real Betis ha
permitido que su entrenador haya minimizado la fragilidad defensiva en el área
propia, una circunstancia que había sido una constante en los equipos más
recientes de Pioli, siempre caracterizados por una defensa agresiva, plagada de
coberturas y habitualmente adelantada, para que así la presión en campo rival
no provoque que el posicionamiento general del equipo sea demasiado largo de
forma general.

Un hecho no siempre evitable,
pero que, si cuenta con automatismos pulidos como los actuales, obliga al rival
a tener que arriesgar con los primeros pases, con la posibilidad latente de
robo en una zona donde Marco Benassi o Badelj son muy hábiles en
interceptar o apretar al receptor
, o a tener que jugar en largo, donde
el comandante Pezzella hace gala de un dominio aéreo que conjuga con
anticipación, lectura, ayudas vitales a los lados y un aplomo a la hora de
iniciar por abajo que, todo en su conjunto, hace que transmita por sí mismo
serenidad y solidez a todo el equipo. Todo ello ha terminado por poner fin, al
menos momentáneamente, a una debilidad que, sumada a la escasez de ataques
trabajados dentro de una idea que siempre quiere ir a buscar al rival de un
modo vertical, había llevado a la Fiorentina, hasta la victoria por 0-2 en el
Olímpico ante la Roma, a no poder ganar ni uno solo de los doce encuentros
anteriores ante los ocho restantes primeros clasificados de la Serie A.

El papel globalizador del
argentino tiene su efecto también en los laterales, seguramente la posición con
menos calidad del equipo. Su liderazgo permite que Cristiano Biraghi, ya
sea en línea de cuatro o de cinco, pueda avanzar y potenciar su gran virtud: su
buen pie zurdo para el centro lateral. Mientras que, por el otro costado, Vincent
Laurini (o Nikola Milenkovic como tercer central) guarda más su
puesto. Una disposición que redunda en un Chiesa que busca ahora centrar más su
posición para rellenar el área y rodear mucho mejor a Simeone, junto con
Saponara por detrás en modo decisor y asistente, y en un Benassi que, con su
buen olfato para atacar los espacios, es el extremo diestro de facto en
numerosas ocasiones, y con su trabajo físico y con el doble pivote y el lateral
contiguo como guardaespaldas, sujeta la estructura y evita el daño que
originaban en suma las anteriormente deficitarias transiciones ataque-defensa
de la Fiorentina.

La mejorada conjunción de las
cuatro fases del juego, a través de sus dos mejores intérpretes, Saponara y
Pezzella, junto al tiempo paciente del que ha dispuesto Stefano Pioli para
trabajar y progresar paulatinamente, han convertido a la Fiorentina en un
equipo más homogéneo, que mezcla mejor las salidas más directas con un limitado
pero necesario bagaje ofensivo posicional, que cuenta con una velocidad en su
juego expresada ahora con más recursos, con un mayor sentido, versatilidad y
sagacidad, y que no ha perdido, sino potenciado, su intacta capacidad y
voluntad vertical, enriquecida por el juego interior y la certera toma de
decisiones por parte del eslabón perdido que era Ricky Saponara para el equipo
y para sí mismo. La gran noticia, más allá del noble coraje y espíritu de
equipo para resurgir tras la tragedia, no es que regresar a Europa de cara al
curso que viene sea una opción más que plausible; es haber acortado los plazos
y establecido los cimientos y el caldo de cultivo imprescindibles para crecer
futbolísticamente en el futuro más cercano. La gran noticia es, en definitiva,
que la Fiorentina, con Astori como fuerza e inspiración, puede volver a
sentirse capaz de plantar cara a los mejores equipos del Calcio.

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Enardecidos por la terrible
pérdida de Davide Astori, espoleados por la voluntad colectiva de querer
honrar del mejor modo posible la memoria de su capitano, la Fiorentina
ha sido capaz en los dos últimos meses de competición de sumar más puntos
que nadie en la Serie A, junto a la Juventus, y de dar un giro
radical, con la clasificación europea al alcance de la mano, a una temporada
destinada a servir de transición deportiva y, más allá de este, carente de ningún tipo de
objetivo tangible en su horizonte, tal y como estaba siendo hasta este tercio
final de competición. Y lo ha hecho desde un eclecticismo muy marcado en cuanto
a dibujo táctico, por vía de la idea de juego altamente vertical que siempre ha
caracterizado a Stefano Pioli y con la entrada en el equipo titular de Ricky
Saponara, decisivo para el cambio de paradigma viola justo cuando parecía
haber perdido en Florencia la senda del asentamiento en la élite tras su salida
del Empoli.

La reestructuración de la
Fiorentina en verano fue total y al equipo le ha costado encontrar su nuevo
rumbo y pasar de ser un conjunto con un poso y un gusto por un toque más
asociativo, con Borja Valero como paradigma del ya pretérito estilo.
Hasta la irrupción de Saponara, el hombre que desde la mediapunta ha sabido
darle sentido técnico en el escalón superior y cierta clarividencia a la fase
ofensiva en su totalidad, el equipo viola desarrollaba un frenesí vertical
demasiado desordenado, que acababa derivando siempre en intentonas
individuales, sobre todo a través de Federico Chiesa, en el abuso de los
centros laterales y en la ausencia de una ligazón intermedia por el carril
central, que había obligado a Giovanni Simeone a tener que alejarse del
área de un modo excesivamente frecuente para que el equipo encontrase un punto
de referencia cuando no podía avanzar por los costados.

Con su aptitud para moverse entre
líneas con y sin balón, sin llegar a ser un trequartista al uso que para
nada tenga la pausa entre sus más destacadas virtudes, Saponara ha hecho que
la Fiorentina haya por fin encontrado mecanismos para, a su modo, asentar
ataques más ricos y muchos menos caóticos. Y lo ha conseguido a través de
las varias nuevas líneas de pase centrales que el ex del Milan ofrece ahora
constantemente a Milan Badelj o a Jordan Veretout y de la
lucidez, una vez se ha girado de cara a puerta, que siempre ha demostrado para
dar soluciones productivas y gestionar los acercamientos de peligro en las
inmediaciones de la frontal del adversario, sin que la Fiorentina de Pioli haya
perdido por el camino ni un ápice de su verdadera esencia de constante búsqueda
de la profundidad por medio de un ritmo elevado. Sin florituras asociativas
interiores de ningún tipo, pero creando al fin sinergias dentro del dinamismo
reinante, añadiendo la pizca de creatividad necesaria, mejorando a su vez la
efectividad y la altura de la presión tras pérdida, reduciendo el gap entre
cantidad y calidad, y extinguiendo, en buena parte, los grandes desequilibrios
existentes en los repartos espaciales.

El otro gran protagonista
individual del buen momento viola es Germán Pezzella, aunque en
su caso su compromiso y su rendimiento han sido siempre tan constantes como
notables desde su llegada a la Serie A el pasado verano. Vestido con el
expeditivo traje de la autoridad defensiva dejado por su compatriota Gonzalo
Rodríguez después de tantos años, el exfutbolista del Real Betis ha
permitido que su entrenador haya minimizado la fragilidad defensiva en el área
propia, una circunstancia que había sido una constante en los equipos más
recientes de Pioli, siempre caracterizados por una defensa agresiva, plagada de
coberturas y habitualmente adelantada, para que así la presión en campo rival
no provoque que el posicionamiento general del equipo sea demasiado largo de
forma general.

Un hecho no siempre evitable,
pero que, si cuenta con automatismos pulidos como los actuales, obliga al rival
a tener que arriesgar con los primeros pases, con la posibilidad latente de
robo en una zona donde Marco Benassi o Badelj son muy hábiles en
interceptar o apretar al receptor
, o a tener que jugar en largo, donde
el comandante Pezzella hace gala de un dominio aéreo que conjuga con
anticipación, lectura, ayudas vitales a los lados y un aplomo a la hora de
iniciar por abajo que, todo en su conjunto, hace que transmita por sí mismo
serenidad y solidez a todo el equipo. Todo ello ha terminado por poner fin, al
menos momentáneamente, a una debilidad que, sumada a la escasez de ataques
trabajados dentro de una idea que siempre quiere ir a buscar al rival de un
modo vertical, había llevado a la Fiorentina, hasta la victoria por 0-2 en el
Olímpico ante la Roma, a no poder ganar ni uno solo de los doce encuentros
anteriores ante los ocho restantes primeros clasificados de la Serie A.

El papel globalizador del
argentino tiene su efecto también en los laterales, seguramente la posición con
menos calidad del equipo. Su liderazgo permite que Cristiano Biraghi, ya
sea en línea de cuatro o de cinco, pueda avanzar y potenciar su gran virtud: su
buen pie zurdo para el centro lateral. Mientras que, por el otro costado, Vincent
Laurini (o Nikola Milenkovic como tercer central) guarda más su
puesto. Una disposición que redunda en un Chiesa que busca ahora centrar más su
posición para rellenar el área y rodear mucho mejor a Simeone, junto con
Saponara por detrás en modo decisor y asistente, y en un Benassi que, con su
buen olfato para atacar los espacios, es el extremo diestro de facto en
numerosas ocasiones, y con su trabajo físico y con el doble pivote y el lateral
contiguo como guardaespaldas, sujeta la estructura y evita el daño que
originaban en suma las anteriormente deficitarias transiciones ataque-defensa
de la Fiorentina.

La mejorada conjunción de las
cuatro fases del juego, a través de sus dos mejores intérpretes, Saponara y
Pezzella, junto al tiempo paciente del que ha dispuesto Stefano Pioli para
trabajar y progresar paulatinamente, han convertido a la Fiorentina en un
equipo más homogéneo, que mezcla mejor las salidas más directas con un limitado
pero necesario bagaje ofensivo posicional, que cuenta con una velocidad en su
juego expresada ahora con más recursos, con un mayor sentido, versatilidad y
sagacidad, y que no ha perdido, sino potenciado, su intacta capacidad y
voluntad vertical, enriquecida por el juego interior y la certera toma de
decisiones por parte del eslabón perdido que era Ricky Saponara para el equipo
y para sí mismo. La gran noticia, más allá del noble coraje y espíritu de
equipo para resurgir tras la tragedia, no es que regresar a Europa de cara al
curso que viene sea una opción más que plausible; es haber acortado los plazos
y establecido los cimientos y el caldo de cultivo imprescindibles para crecer
futbolísticamente en el futuro más cercano. La gran noticia es, en definitiva,
que la Fiorentina, con Astori como fuerza e inspiración, puede volver a
sentirse capaz de plantar cara a los mejores equipos del Calcio.

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