_FC Barcelona

Toda una vida

“Toda una vida
Me estaría contigo
No me importa en qué forma
Ni dónde, ni cómo
Pero junto a ti”.

Podría Gerard Piqué cantarle estas letras de Antonio Machín a las franjas blaugranas; aquellas que ha llevado grabadas en la piel durante tanto tiempo. Porque al final lo suyo con el Barça es exactamente eso: toda una vida. No le importa en qué forma, ni dónde ni cómo. En la gloria o en el fracaso, en el anhelo o el sueño cumplido, en la cercanía o en la distancia, como jugador o aficionado. Todo gira en torno a unos colores que ha sentido como pocos. Porque allí, justo debajo del escudo, su latido es evidente. Este final, aunque intuido y cocinado a fuego lento, ha llegado en un momento inesperado. Sin el anuncio previo de una rueda de prensa que da un tiempo para prepararse. Gerard nos ha cogido con los pelos despeinados. De sopetón, con un chispazo que todo lo concluye.

Que Piqué cuelgue las botas es otra señal de aquellas que el tiempo nos va presentando. Otro jugador que finaliza su carrera profesional y, a la vez, algo nuestro. Algo que termina y provoca un nudo en la garganta, porque cuesta tragar todo lo que acaba con ello. Es mirar de lejos, con la nostalgia pegada en los talones, a una época gloriosa para recordar que el tiempo cada vez va más deprisa. Nos duele más un hueso o se nos frunce más el ceño. Gerard, a pesar de su talento y de su largo recorrido en las vitrinas, no ha salido indemne de esa mezcla que generan la longevidad y el fútbol. Un punto y final, a su manera. Según dictan sus normas y sus leyes. Nunca quiso satisfacer ni encajar, sino ser él mismo. Precisamente, aquel que nos ha dejado ver en un contenido audiovisual que solo necesita 2 minutos y 16 segundos para paralizar y revolucionar el escenario balompédico.

A Gerard ya no se le miraba con los mismos ojos. La falta de minutos era una evidencia de cómo va llegando una decisión dolorosa que tomar. Lejos de lo que fue un equipo que logró alzarlo todo y con el susurro de los asuntos extradeportivos. Quizá no lo imaginaba así, pero ha sido fiel a lo que puso encima de la mesa. Ningún otro club, dar un paso al lado. Ninguna nebulosa debería quitarle la claridad a lo que fue Gerard en el campo; una pieza fundamental del mejor Barça y de una Selección que fue la mejor del mundo por primera vez. Piqué compuso una de las mejores parejas de centrales que hemos visto y, tras la salida de Puyol, se adaptó a cada compañero de baile y a cada contexto.

Su característico desparpajo le hizo hacerse grande ante los poderosos, indistintamente de si él era menos fuerte o menos rápido, neutralizando a los atacantes más temidos. A Gerard, en sus mejores tiempos – aquellos que deberían ser recordados -, no se le hacía de noche. Puntual como las manecillas de un reloj, contando los tiempos con exactitud. Gerard fue anticipación, una buena decisión en un despeje, una salida de balón limpia y exacta para poner en marcha un engranaje. Un ave fénix, un balón rescatado en la línea, una brecha en la frente. Irónico, provocador, de los que escuecen. Pasional de lo suyo y sin filtros. Ni el que evita la incomodidad ni el que adorna. Un personaje singular en el rectángulo, en los micros y en las teclas de Twitter. Un niño con un sueño cosido en el corazón con el que terminó tejiendo toda una vida y, de cierto modo, parte de la nuestra.

Imagen de cabecera: FC Barcelona

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“Toda una vida
Me estaría contigo
No me importa en qué forma
Ni dónde, ni cómo
Pero junto a ti”.

Podría Gerard Piqué cantarle estas letras de Antonio Machín a las franjas blaugranas; aquellas que ha llevado grabadas en la piel durante tanto tiempo. Porque al final lo suyo con el Barça es exactamente eso: toda una vida. No le importa en qué forma, ni dónde ni cómo. En la gloria o en el fracaso, en el anhelo o el sueño cumplido, en la cercanía o en la distancia, como jugador o aficionado. Todo gira en torno a unos colores que ha sentido como pocos. Porque allí, justo debajo del escudo, su latido es evidente. Este final, aunque intuido y cocinado a fuego lento, ha llegado en un momento inesperado. Sin el anuncio previo de una rueda de prensa que da un tiempo para prepararse. Gerard nos ha cogido con los pelos despeinados. De sopetón, con un chispazo que todo lo concluye.

Que Piqué cuelgue las botas es otra señal de aquellas que el tiempo nos va presentando. Otro jugador que finaliza su carrera profesional y, a la vez, algo nuestro. Algo que termina y provoca un nudo en la garganta, porque cuesta tragar todo lo que acaba con ello. Es mirar de lejos, con la nostalgia pegada en los talones, a una época gloriosa para recordar que el tiempo cada vez va más deprisa. Nos duele más un hueso o se nos frunce más el ceño. Gerard, a pesar de su talento y de su largo recorrido en las vitrinas, no ha salido indemne de esa mezcla que generan la longevidad y el fútbol. Un punto y final, a su manera. Según dictan sus normas y sus leyes. Nunca quiso satisfacer ni encajar, sino ser él mismo. Precisamente, aquel que nos ha dejado ver en un contenido audiovisual que solo necesita 2 minutos y 16 segundos para paralizar y revolucionar el escenario balompédico.

A Gerard ya no se le miraba con los mismos ojos. La falta de minutos era una evidencia de cómo va llegando una decisión dolorosa que tomar. Lejos de lo que fue un equipo que logró alzarlo todo y con el susurro de los asuntos extradeportivos. Quizá no lo imaginaba así, pero ha sido fiel a lo que puso encima de la mesa. Ningún otro club, dar un paso al lado. Ninguna nebulosa debería quitarle la claridad a lo que fue Gerard en el campo; una pieza fundamental del mejor Barça y de una Selección que fue la mejor del mundo por primera vez. Piqué compuso una de las mejores parejas de centrales que hemos visto y, tras la salida de Puyol, se adaptó a cada compañero de baile y a cada contexto.

Su característico desparpajo le hizo hacerse grande ante los poderosos, indistintamente de si él era menos fuerte o menos rápido, neutralizando a los atacantes más temidos. A Gerard, en sus mejores tiempos – aquellos que deberían ser recordados -, no se le hacía de noche. Puntual como las manecillas de un reloj, contando los tiempos con exactitud. Gerard fue anticipación, una buena decisión en un despeje, una salida de balón limpia y exacta para poner en marcha un engranaje. Un ave fénix, un balón rescatado en la línea, una brecha en la frente. Irónico, provocador, de los que escuecen. Pasional de lo suyo y sin filtros. Ni el que evita la incomodidad ni el que adorna. Un personaje singular en el rectángulo, en los micros y en las teclas de Twitter. Un niño con un sueño cosido en el corazón con el que terminó tejiendo toda una vida y, de cierto modo, parte de la nuestra.

Imagen de cabecera: FC Barcelona

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