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Pesadilla en el Bernabéu

Os prometo que el técnico del Real Madrid ayer, en una de las noches más chocantes de la historia reciente de la Champions League, era Carlo Ancelotti. Lo digo porque los blancos acabaron su fusilamiento -llegaron a disparar hasta en 31 ocasiones- con un sinfín de centros como en la etapa de Zinedine Zidane, cuando el meme del balón colgado y remate se convirtió en una verdad absoluta. Una y otra vez chocaron con la gallarda defensa moldava; bien parapetada y liderada por un Giorgos Athanasiadis que anoche creó unas memorias que perdurarán décadas. El broche lo iba a poner Thill: un luxemburgués con nombre de tenista sin experiencia en la máxima competición continental, como todos sus compañeros. Iban a ganar 1-2 en el campo de los blancos. Venga ya.

Puede sonar ventajista, pero es una realidad: la fase de grupos de esta competición no tiene parangón. Olvídense de la añeja Copa de Europa; con los viajes del campeón de turno de una liga grande ante el vencedor de la liga suiza en primera ronda. Tal y como está el deporte hay que explotar a la gallina de los huevos de oro. Eso solo nos lleva a un lugar: disputar encuentros sin eliminar a gerifaltes a las primeras de cambio. Es imposible encontrar una fórmula más justa para todos que estos seis partidos de inicio, con un paracaídas para los grandes que se despistan en estas lides. Como el Madrid. Los defensores de la Superliga -o de la execrable Champions de 2024- dirán que no interesa, pero la realidad se apoderó de ellos anoche. Cuando haya una goleada, algo normal comparando presupuestos entre unos y otros, se les habrá olvidado todo esto. Guarden estas palabras.

Mientras, el fútbol seguirá a lo suyo. Los anfitriones dispararon y dispararon; los visitantes aguantaron y aprovecharon lo poco que crearon. Resulta que tienen a un tal Cristiano que desde su zurda se construye una plantilla que ya sueña con jugar los octavos de final de la Champions League. Recuerdan a aquel Apoel que reventó todos los pronósticos y que acabó cayendo con orgullo en cuartos de final ante la entidad de Chamartín. De esa gesta hubo muchos lumbreras que maldijeron a ese conjunto por colarse en la fiesta de los aristócratas. El Sheriff solo ha ganado dos encuentros, pero el susto ya se lo han dado a la parroquia blanca, al Shakhtar Donetsk, a Ancelotti y a Florentino Pérez. Veremos cuál es el resultado final. Puede que en tres temporadas se les prohíba soñar con repetir tal hazaña. Como si llegara la policía del Pensamiento, de Orwell, para borrarnos todos los recuerdos.

Imagen de cabecera: Champions League

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Os prometo que el técnico del Real Madrid ayer, en una de las noches más chocantes de la historia reciente de la Champions League, era Carlo Ancelotti. Lo digo porque los blancos acabaron su fusilamiento -llegaron a disparar hasta en 31 ocasiones- con un sinfín de centros como en la etapa de Zinedine Zidane, cuando el meme del balón colgado y remate se convirtió en una verdad absoluta. Una y otra vez chocaron con la gallarda defensa moldava; bien parapetada y liderada por un Giorgos Athanasiadis que anoche creó unas memorias que perdurarán décadas. El broche lo iba a poner Thill: un luxemburgués con nombre de tenista sin experiencia en la máxima competición continental, como todos sus compañeros. Iban a ganar 1-2 en el campo de los blancos. Venga ya.

Puede sonar ventajista, pero es una realidad: la fase de grupos de esta competición no tiene parangón. Olvídense de la añeja Copa de Europa; con los viajes del campeón de turno de una liga grande ante el vencedor de la liga suiza en primera ronda. Tal y como está el deporte hay que explotar a la gallina de los huevos de oro. Eso solo nos lleva a un lugar: disputar encuentros sin eliminar a gerifaltes a las primeras de cambio. Es imposible encontrar una fórmula más justa para todos que estos seis partidos de inicio, con un paracaídas para los grandes que se despistan en estas lides. Como el Madrid. Los defensores de la Superliga -o de la execrable Champions de 2024- dirán que no interesa, pero la realidad se apoderó de ellos anoche. Cuando haya una goleada, algo normal comparando presupuestos entre unos y otros, se les habrá olvidado todo esto. Guarden estas palabras.

Mientras, el fútbol seguirá a lo suyo. Los anfitriones dispararon y dispararon; los visitantes aguantaron y aprovecharon lo poco que crearon. Resulta que tienen a un tal Cristiano que desde su zurda se construye una plantilla que ya sueña con jugar los octavos de final de la Champions League. Recuerdan a aquel Apoel que reventó todos los pronósticos y que acabó cayendo con orgullo en cuartos de final ante la entidad de Chamartín. De esa gesta hubo muchos lumbreras que maldijeron a ese conjunto por colarse en la fiesta de los aristócratas. El Sheriff solo ha ganado dos encuentros, pero el susto ya se lo han dado a la parroquia blanca, al Shakhtar Donetsk, a Ancelotti y a Florentino Pérez. Veremos cuál es el resultado final. Puede que en tres temporadas se les prohíba soñar con repetir tal hazaña. Como si llegara la policía del Pensamiento, de Orwell, para borrarnos todos los recuerdos.

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