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Otra noche de verano

Daniel Fernández-Pacheco @DFPV96 29-06-2018

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Alguien
dijo que si una noche de verano pudiera hablar probablemente sería para
recordarnos, con un punto de arrogancia, que inventó el romance. La magnífica copa
del mundo tiene una relación directa e impepinable con estas noches, como si les
hubieran separado de forma cruel nada más nacer. Sin embargo, cada cuatro años,
vuelven a encontrarse furtivamente, como si el destino les diera una
oportunidad más. Se necesitan. Son días en el que el mundo se cuestiona todo lo
que cree, lo que le gusta o lo que odia. La verdad te abofetea. Porque cuando
Juan Fernando Quintero recibe el cuero y lo mima con su preciada zurda, la
calma del estío se desmadra. Es diferente. Aparecen las mariposas en el estómago.

El
mediapunta colombiano es uno de aquellos futbolistas que merecen ser vistos en
diferido, para poder parar la señal antes de cada uno de sus pases y pensar dónde
debería mandar el cuero. Al darle al play él habrá visto una línea diferente
que nadie antes había pensado, como si no estuviera jugando tan solo con sus
rivales sino con toda persona que se ponga delante del televisor. Mago.

El de
River Plate actúa como fino interior de un complejo esquema de Pékerman (el que
acabó, completamente rendido, llamándole crack frente a Polonia), en el que los
laterales tienen roles completamente opuestos. Arias arranca muchísimas jugadas
por dentro con Cuadrado equilibrando todos sus movimientos mientras que Mojica
estira el equipo para que James, que parte desde la izquierda, acabe reuniéndose
con Quintero. La mejor de las combinaciones. Dispuestos a distribuir y a
aglutinar todo el fútbol de su combinado. Poca cosa.

Quintero
es de esa común estirpe de futbolistas que viaja desde bien joven a Europa
procedente de una Sudamérica que cada día está más dispuesta a vender pronto
para alimentar una cuenta bancaria que está casi a cero. Así -demasiado
bisoños- llegan prometedores jugadores a equipos como el Oporto, en el que
acaban cometiendo errores infantiles o se acaban perdiendo. El Mundial, afortunadamente,
está preparado para encauzar el azar de ellos, como un erasmus para un chico descaminado.

Tras superar
una fase de grupos dramática, en la que Colombia ha tenido que resistir un
oleaje durísimo, toca la época en la que las matemáticas, las tarjetas o
incluso una posible moneda al aire ya no entra en el abanico de posibilidades.
Los números, con mucha pena e irritación, han dejado hueco a las letras. El
problema es que habrá que ver si alguien tiene las palabras para poder explicar
otra noche de verano en la que Juan Fernando Quintero alce la voz. Como mínimo,
le queda una más.  

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Alguien
dijo que si una noche de verano pudiera hablar probablemente sería para
recordarnos, con un punto de arrogancia, que inventó el romance. La magnífica copa
del mundo tiene una relación directa e impepinable con estas noches, como si les
hubieran separado de forma cruel nada más nacer. Sin embargo, cada cuatro años,
vuelven a encontrarse furtivamente, como si el destino les diera una
oportunidad más. Se necesitan. Son días en el que el mundo se cuestiona todo lo
que cree, lo que le gusta o lo que odia. La verdad te abofetea. Porque cuando
Juan Fernando Quintero recibe el cuero y lo mima con su preciada zurda, la
calma del estío se desmadra. Es diferente. Aparecen las mariposas en el estómago.

El
mediapunta colombiano es uno de aquellos futbolistas que merecen ser vistos en
diferido, para poder parar la señal antes de cada uno de sus pases y pensar dónde
debería mandar el cuero. Al darle al play él habrá visto una línea diferente
que nadie antes había pensado, como si no estuviera jugando tan solo con sus
rivales sino con toda persona que se ponga delante del televisor. Mago.

El de
River Plate actúa como fino interior de un complejo esquema de Pékerman (el que
acabó, completamente rendido, llamándole crack frente a Polonia), en el que los
laterales tienen roles completamente opuestos. Arias arranca muchísimas jugadas
por dentro con Cuadrado equilibrando todos sus movimientos mientras que Mojica
estira el equipo para que James, que parte desde la izquierda, acabe reuniéndose
con Quintero. La mejor de las combinaciones. Dispuestos a distribuir y a
aglutinar todo el fútbol de su combinado. Poca cosa.

Quintero
es de esa común estirpe de futbolistas que viaja desde bien joven a Europa
procedente de una Sudamérica que cada día está más dispuesta a vender pronto
para alimentar una cuenta bancaria que está casi a cero. Así -demasiado
bisoños- llegan prometedores jugadores a equipos como el Oporto, en el que
acaban cometiendo errores infantiles o se acaban perdiendo. El Mundial, afortunadamente,
está preparado para encauzar el azar de ellos, como un erasmus para un chico descaminado.

Tras superar
una fase de grupos dramática, en la que Colombia ha tenido que resistir un
oleaje durísimo, toca la época en la que las matemáticas, las tarjetas o
incluso una posible moneda al aire ya no entra en el abanico de posibilidades.
Los números, con mucha pena e irritación, han dejado hueco a las letras. El
problema es que habrá que ver si alguien tiene las palabras para poder explicar
otra noche de verano en la que Juan Fernando Quintero alce la voz. Como mínimo,
le queda una más.  

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