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Otra manera de ganar

2013 ya suena a Pleistoceno como mínimo. Usábamos Facebook y las historias las contábamos en Snapchat. El Barcelona y el Bayern, en mayo de aquel año, se enfrentaban en unas semifinales de Champions League que tenían sabor a final anticipada; algo que es una costumbre humana que aún perdura: no podemos esperar. Tenemos muy poco tiempo. El partido del siglo tiene que llegar ya. De hecho, seguimos sin pensar en el sándwich de ahora por un probable solomillo mañana por la noche. Y si llega, ya tendremos en la cabeza el tiramisú. El Barcelona, tras el 4-0 en Múnich, veía Wembley como una utopía. Solo pensaba en las vacaciones.

Aquel conjunto germano conjugaba el triunfo opuestamente a lo que cuajaron sus homónimos un lustro antes: los alemanes aplastaban con velocidad, ritmo y goles; los catalanes coloreaban fútbol a finales de década a base de talento y balón. Distintas visiones, pero el mismo resultado: el triunfo. Pero unos habían perdido el lienzo y el pincel y los otros estaban en su apogeo. El Bayern se divertía por Europa con dos de los mejores jugadores del mundo en sus alas: Robben y Ribery. Los culés, con Messi lesionado en el banquillo, toparon con un Camp Nou que no creyó en la remontada. El resto se cuenta solo.

Los de Jupp Heynckes invadieron el coliseo azulgrana sin esfuerzo. Tras un primer tiempo de testeo, los anfitriones, como si hubieran dejado en la mesa todo el café que habían tratado de verter en otro vaso con hielo, quedaron paralizados ante la velocidad y el vigor de Robben. Si a Kilgore le gustaba levantarse con el olor a napalm de buena mañana, el neerlandés olisqueaba con placer el perfume del gol a kilómetros. Tan solo tenía que olfatear el miedo de la defensa rival para marcar goles sin cesar. El 0-7 en el global de la eliminatoria dolió mucho. El Bayern acabó ganando la máxima competición continental y consiguió ese triplete que con el paso del tiempo se ha convertido en un término nimio; como si conseguirlo fuera casi una obligación. Aunque hoy hay una pandemia y ya no escribimos en blogs ni webs. El propio Instagram nos da espacio para recordar otros tiempos. Y hoy la Champions es a partido único y ya no se juega a las 20:45.

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2013 ya suena a Pleistoceno como mínimo. Usábamos Facebook y las historias las contábamos en Snapchat. El Barcelona y el Bayern, en mayo de aquel año, se enfrentaban en unas semifinales de Champions League que tenían sabor a final anticipada; algo que es una costumbre humana que aún perdura: no podemos esperar. Tenemos muy poco tiempo. El partido del siglo tiene que llegar ya. De hecho, seguimos sin pensar en el sándwich de ahora por un probable solomillo mañana por la noche. Y si llega, ya tendremos en la cabeza el tiramisú. El Barcelona, tras el 4-0 en Múnich, veía Wembley como una utopía. Solo pensaba en las vacaciones.

Aquel conjunto germano conjugaba el triunfo opuestamente a lo que cuajaron sus homónimos un lustro antes: los alemanes aplastaban con velocidad, ritmo y goles; los catalanes coloreaban fútbol a finales de década a base de talento y balón. Distintas visiones, pero el mismo resultado: el triunfo. Pero unos habían perdido el lienzo y el pincel y los otros estaban en su apogeo. El Bayern se divertía por Europa con dos de los mejores jugadores del mundo en sus alas: Robben y Ribery. Los culés, con Messi lesionado en el banquillo, toparon con un Camp Nou que no creyó en la remontada. El resto se cuenta solo.

Los de Jupp Heynckes invadieron el coliseo azulgrana sin esfuerzo. Tras un primer tiempo de testeo, los anfitriones, como si hubieran dejado en la mesa todo el café que habían tratado de verter en otro vaso con hielo, quedaron paralizados ante la velocidad y el vigor de Robben. Si a Kilgore le gustaba levantarse con el olor a napalm de buena mañana, el neerlandés olisqueaba con placer el perfume del gol a kilómetros. Tan solo tenía que olfatear el miedo de la defensa rival para marcar goles sin cesar. El 0-7 en el global de la eliminatoria dolió mucho. El Bayern acabó ganando la máxima competición continental y consiguió ese triplete que con el paso del tiempo se ha convertido en un término nimio; como si conseguirlo fuera casi una obligación. Aunque hoy hay una pandemia y ya no escribimos en blogs ni webs. El propio Instagram nos da espacio para recordar otros tiempos. Y hoy la Champions es a partido único y ya no se juega a las 20:45.

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