_Tokyo 2020

Orla Walsh, un cambio de vida a ritmo de pedal

Diego G. Argota @Diego21Garcia 13-05-2020

“Si hace unos años me hubieras dicho cómo iba a ser mi vida hoy, me habría encendido un cigarrillo, me habría reído de ti y te habría tomado por un loco”. Nacida en República de Irlanda y con los 31 años recién cumplidos, Orla Walsh ha visto cómo su vida ha cambiado radicalmente en el último lustro gracias al deporte y, en concreto, a la bicicleta. En 2015, se trataba de una ciudadana normal en las Islas, llevaba un estilo de vida nada saludable y su último recuerdo de práctica del deporte databa del colegio. Hoy es una de las perlas de la Federación Irlandesa de Ciclismo y su nombre sonaba para ir a los JJOO de Tokio en caso de haber clasificado antes de que la pandemia todo lo parase.

Todo comenzó en 2015, cuando tras inscribirse en un Máster para complementar su carrera como diseñadora, necesitó un medio de transporte urgente para acudir a diario a la universidad. Entonces, su vida era una constante de excesos nada saludables. Su único medio de diversión y ocio estaba en salir a los pubs, beber mucho alcohol y fumar tabaco. “Los días que menos fumaba, me terminaba 20 cigarrillos”. Con muy poco tiempo entre el trabajo y los estudios, se alimentaba a base de comida rápida y apenas nada elaborado. No sabía que su cuerpo era una bomba de relojería. Sin dinero para comprar un coche y hastiada del transporte público defectuoso, su padre, que había disfrutado de una juventud ciclista (como su madre) le instó a coger una de sus antiguas bicicletas y probar a recorrer los 10 kilómetros desde su casa a la facultad. Le encantó.

La bicicleta le daba libertad, era un medio relativamente rápido, no tenía que esperar en los atascos de las carreteras ni soportar los tumultos de los trenes. Y encima era divertido. Cada día le costaba menos tiempo y esfuerzo recorrer el trayecto y le empezó realmente a picar el gusanillo. Como adolescente, nunca había hecho ningún tipo de deporte, aunque bien pequeña había intentado sin éxito jugar al tenis o al hockey y su mayor éxito en su memoria era haber quedado segunda en el colegio en una carrera de 100 metros lisos contra los compañeros de su clase. Ella era la nota discordante de una familia a la que le encantaba quemar calorías. Lo que empezó como un medio de transporte acabó como pasión. Un día, sin tener que ir a la universidad, cogió la bicicleta para dar una vuelta. Otro, salió a una ruta planificada. Y así se encontró, en 2016, alistándose en un club local para tener una grupeta con la que salir a entrenar. Poco le importaba que fuera en las empinadas rampas de las montañas de Wicklow en días de frío y lluvia, que se fue aficionando al ciclismo mientras que de manera paralela se había encontrado con haber dejado de fumar y haber reducido de manera considerable las cantidades de alcohol que consumía.

Cuando los compañeros de equipo vieron lo rápido que iba para ser una novata, la empujaron a apuntarse a sus primeras carreras, que fueron una odisea. Se quedaba descolgada en los primeros puertos, no podía seguir el ritmo en etapas en línea y a veces llegó a ser recogida por el coche escoba. “Llegué muchas veces cuando ya se habían repartido los premios”. Lejos de desanimarla, sacó a relucir un espíritu competitivo que siempre ha tenido dentro. “De pequeña me enfadaba hasta cuando perdía a las cartas”. Y sin pensar que se trataba ya de una chica de 26 años absolutamente novata en el mundo del deporte y del ciclismo y que por ello partía en desventaja, creyó poder superar todas las barreras que se le pusieran por delante. No estaba equivocada.

Decidió tomarse un tiempo de respiro en el trabajo y tratar de dedicarse profesionalmente al ciclismo. O al menos ver dónde era capaz de llegar. Un entrenamiento duro en invierno para conocer su cuerpo, con técnicos profesionales que le asesoraron en todos los aspectos y le proveyeron conocimientos en los que era totalmente nula (alimentación, psicología, calidad y cantidad de entrenamientos…) le dio los resultados que buscaba, aunque realmente no esperaba. Empezó a quedar en las primeras posiciones en carreras nacionales y con sus primeros logros le llegó la oferta de su vida. Cycling Ireland le contactó en una carta en cuyo membrete resaltaba ‘Tokio 2020’. Había sido seleccionada en un programa de talentos que tenía como objetivo acudir a los JJOO que se deberían celebrar este verano. Llegaron así los primeros campus, abandonó por completo su trabajo como diseñadora y empezó a formar parte del equipo en carretera y en pista, donde descubrió que era realmente rápida. Pero al poco de probar en un velódromo, en un final ajustadísimo, se cayó. Se rompió la clavícula, y tuvo que parar. “Al menos he ganado”, decía toda sonriente mientras los paramédicos la inmovilizaban para llevarle al hospital. Al fin estaba bautizada. Era la lesión del ciclista.

Hace solo cinco años. Orla terminaba su trabajo el viernes y no pisaba por casa en todo el fin de semana. Nadie la veía. Salía, bebía, fumaba y regresaba a casa para una resaca que no le hacía la semana nada llevadera. Era, en cierto modo, la manera ideal de libertad que tiene gran parte de la gente adolescente. Hoy, cuando llega el viernes, también sale de casa. Normalmente tiene campus de entrenamiento. A veces en otros países. De hecho, desde hace un par de años, vive a caballo entre Dublín y Mallorca con varios compañeros de selección donde pueden realizar mejores entrenamientos.

En las últimas tres temporadas ha logrado diez medallas en el Campeonato Nacional de Irlanda de ciclismo en pista. En el Mundial de 2019, su debut, que se disputa durante varias semanas como unas Series Mundiales, Irlanda dio la sorpresa quedando en décima posición cuando ella estaba en pista. “Algunos entrenadores de otros equipos vinieron a darnos la enhorabuena e incluso pensaban que ni siquiera estábamos clasificados antes de vernos en acción”.

Hoy, Orla Walsh tiene 31 años. Apenas queda nada de la persona que era hace cinco. Se ha alejado de todas las malas compañías con las que solía juntarse y ahora solo quedan los amigos de la infancia, los de verdad. Todos la conocen como ‘La heroína del pedal’ y es toda una celebridad de las redes sociales, donde tiene casi 200.000 seguidores en su cuenta de Instagram @PedalingHeroine. Gestiona un campus de entrenamiento con el mismo nombre a todos los niveles. Ya no hay ni rastro del humo de tabaco en su casa, aunque sí admite que muy de vez en cuando bebe alcohol. Ha cambiado las hamburguesas y las pizzas de las multinacionales de comida rápida por una dieta principalmente vegana. Decenas de marcas han ido en su búsqueda para patrocinarla. “Cuando mi padre me dijo que usara su bicicleta, solo pensé que no quería ser una de esas idiotas que van en bici con mallas y licra. Después de montar en bicicleta tres o cuatro veces, me dije a mí misma: ‘¿Dónde se compra una de esas licras’?”.

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“Si hace unos años me hubieras dicho cómo iba a ser mi vida hoy, me habría encendido un cigarrillo, me habría reído de ti y te habría tomado por un loco”. Nacida en República de Irlanda y con los 31 años recién cumplidos, Orla Walsh ha visto cómo su vida ha cambiado radicalmente en el último lustro gracias al deporte y, en concreto, a la bicicleta. En 2015, se trataba de una ciudadana normal en las Islas, llevaba un estilo de vida nada saludable y su último recuerdo de práctica del deporte databa del colegio. Hoy es una de las perlas de la Federación Irlandesa de Ciclismo y su nombre sonaba para ir a los JJOO de Tokio en caso de haber clasificado antes de que la pandemia todo lo parase.

Todo comenzó en 2015, cuando tras inscribirse en un Máster para complementar su carrera como diseñadora, necesitó un medio de transporte urgente para acudir a diario a la universidad. Entonces, su vida era una constante de excesos nada saludables. Su único medio de diversión y ocio estaba en salir a los pubs, beber mucho alcohol y fumar tabaco. “Los días que menos fumaba, me terminaba 20 cigarrillos”. Con muy poco tiempo entre el trabajo y los estudios, se alimentaba a base de comida rápida y apenas nada elaborado. No sabía que su cuerpo era una bomba de relojería. Sin dinero para comprar un coche y hastiada del transporte público defectuoso, su padre, que había disfrutado de una juventud ciclista (como su madre) le instó a coger una de sus antiguas bicicletas y probar a recorrer los 10 kilómetros desde su casa a la facultad. Le encantó.

La bicicleta le daba libertad, era un medio relativamente rápido, no tenía que esperar en los atascos de las carreteras ni soportar los tumultos de los trenes. Y encima era divertido. Cada día le costaba menos tiempo y esfuerzo recorrer el trayecto y le empezó realmente a picar el gusanillo. Como adolescente, nunca había hecho ningún tipo de deporte, aunque bien pequeña había intentado sin éxito jugar al tenis o al hockey y su mayor éxito en su memoria era haber quedado segunda en el colegio en una carrera de 100 metros lisos contra los compañeros de su clase. Ella era la nota discordante de una familia a la que le encantaba quemar calorías. Lo que empezó como un medio de transporte acabó como pasión. Un día, sin tener que ir a la universidad, cogió la bicicleta para dar una vuelta. Otro, salió a una ruta planificada. Y así se encontró, en 2016, alistándose en un club local para tener una grupeta con la que salir a entrenar. Poco le importaba que fuera en las empinadas rampas de las montañas de Wicklow en días de frío y lluvia, que se fue aficionando al ciclismo mientras que de manera paralela se había encontrado con haber dejado de fumar y haber reducido de manera considerable las cantidades de alcohol que consumía.

Cuando los compañeros de equipo vieron lo rápido que iba para ser una novata, la empujaron a apuntarse a sus primeras carreras, que fueron una odisea. Se quedaba descolgada en los primeros puertos, no podía seguir el ritmo en etapas en línea y a veces llegó a ser recogida por el coche escoba. “Llegué muchas veces cuando ya se habían repartido los premios”. Lejos de desanimarla, sacó a relucir un espíritu competitivo que siempre ha tenido dentro. “De pequeña me enfadaba hasta cuando perdía a las cartas”. Y sin pensar que se trataba ya de una chica de 26 años absolutamente novata en el mundo del deporte y del ciclismo y que por ello partía en desventaja, creyó poder superar todas las barreras que se le pusieran por delante. No estaba equivocada.

Decidió tomarse un tiempo de respiro en el trabajo y tratar de dedicarse profesionalmente al ciclismo. O al menos ver dónde era capaz de llegar. Un entrenamiento duro en invierno para conocer su cuerpo, con técnicos profesionales que le asesoraron en todos los aspectos y le proveyeron conocimientos en los que era totalmente nula (alimentación, psicología, calidad y cantidad de entrenamientos…) le dio los resultados que buscaba, aunque realmente no esperaba. Empezó a quedar en las primeras posiciones en carreras nacionales y con sus primeros logros le llegó la oferta de su vida. Cycling Ireland le contactó en una carta en cuyo membrete resaltaba ‘Tokio 2020’. Había sido seleccionada en un programa de talentos que tenía como objetivo acudir a los JJOO que se deberían celebrar este verano. Llegaron así los primeros campus, abandonó por completo su trabajo como diseñadora y empezó a formar parte del equipo en carretera y en pista, donde descubrió que era realmente rápida. Pero al poco de probar en un velódromo, en un final ajustadísimo, se cayó. Se rompió la clavícula, y tuvo que parar. “Al menos he ganado”, decía toda sonriente mientras los paramédicos la inmovilizaban para llevarle al hospital. Al fin estaba bautizada. Era la lesión del ciclista.

Hace solo cinco años. Orla terminaba su trabajo el viernes y no pisaba por casa en todo el fin de semana. Nadie la veía. Salía, bebía, fumaba y regresaba a casa para una resaca que no le hacía la semana nada llevadera. Era, en cierto modo, la manera ideal de libertad que tiene gran parte de la gente adolescente. Hoy, cuando llega el viernes, también sale de casa. Normalmente tiene campus de entrenamiento. A veces en otros países. De hecho, desde hace un par de años, vive a caballo entre Dublín y Mallorca con varios compañeros de selección donde pueden realizar mejores entrenamientos.

En las últimas tres temporadas ha logrado diez medallas en el Campeonato Nacional de Irlanda de ciclismo en pista. En el Mundial de 2019, su debut, que se disputa durante varias semanas como unas Series Mundiales, Irlanda dio la sorpresa quedando en décima posición cuando ella estaba en pista. “Algunos entrenadores de otros equipos vinieron a darnos la enhorabuena e incluso pensaban que ni siquiera estábamos clasificados antes de vernos en acción”.

Hoy, Orla Walsh tiene 31 años. Apenas queda nada de la persona que era hace cinco. Se ha alejado de todas las malas compañías con las que solía juntarse y ahora solo quedan los amigos de la infancia, los de verdad. Todos la conocen como ‘La heroína del pedal’ y es toda una celebridad de las redes sociales, donde tiene casi 200.000 seguidores en su cuenta de Instagram @PedalingHeroine. Gestiona un campus de entrenamiento con el mismo nombre a todos los niveles. Ya no hay ni rastro del humo de tabaco en su casa, aunque sí admite que muy de vez en cuando bebe alcohol. Ha cambiado las hamburguesas y las pizzas de las multinacionales de comida rápida por una dieta principalmente vegana. Decenas de marcas han ido en su búsqueda para patrocinarla. “Cuando mi padre me dijo que usara su bicicleta, solo pensé que no quería ser una de esas idiotas que van en bici con mallas y licra. Después de montar en bicicleta tres o cuatro veces, me dije a mí misma: ‘¿Dónde se compra una de esas licras’?”.

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