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“Odio que lo llamen la Copa Davis de Piqué”

Diego G. Argota @Diego21Garcia 25-11-2019

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Copa Davis Tenis

Como si el Masters de Madrid se llamase el ‘Santana Open’ (ahora sería ‘Feliciano Open’) o como si el Tour de Francia fuera ‘La vuelta de Prudhomme’, desde todos los estamentos se ha conseguido que la Copa Davis, a partir de ahora, sea conocida como la Copa de Piqué. Y es que las garras del fútbol son tan alargadas como la celebridad del central del Barcelona. Su labor como presidente de Kosmos, la empresa organizadora del torneo en Madrid, le ha tachado ya para muchos años como dueño de la Davis, por mucho que él haya querido huir públicamente del calificativo: “Odio que lo llamen la Copa Davis de Piqué”.

El formato necesitaba un cambio. Cierto es que en los últimos años, la Copa Davis había perdido algo de lustre, algo de esa magia que le caracterizaba y que los parones en mitad de temporada para ir a jugar eliminatorias de un solo fin de semana trastocaban los planes de los jugadores que, quizás en época de tierra batida, veían cómo habían de viajar a miles de kilómetros a jugar en pista rápida por deseo expreso de su rival.

Así, lo que se ha hecho ha sido directamente disputar un Mundial. Una fase eliminatoria que se solventó a principios de año y unas fases finales que acaban de terminar en un torneo exprés en siete días agónicos para quien ha llegado a la final. Nadal, que ha jugado todos los puntos individuales y también algún dobles, ha disputado ocho partidos en seis días, cuando en un Grand Slam suele hacer siete en dos semanas y en un Master 1000 juega cinco partidos en seis días.

Si añadimos, además, que la Final se juega justo al término de la temporada, tras las ATP Finals, nos encontramos con muchos tenistas que han llegado muy justitos de forma al que posiblemente es el evento más exigente del año y otras raquetas Top que han decidido no acudir, casos de Zverev y Medvedev. Federer, pese a que Suiza no estaba clasificada, también había mostrado su descontento con el nuevo formato.

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Punto de Rafael Nadal. Entre un saque y el otro suena una música impostada desde los megáfonos, desnaturalizada. La gente que se reúne en la Caja Mágica canta lo que marca una realización obtusa. España, horas más tarde, suma su primer triunfo ante Rusia. El partido de dobles ha acabado a las dos de la mañana; horario intempestivo para aficionados y tenistas. Así ha arrancado esta nueva Copa Davis, aferrada a las operaciones de estética a pesar de ser un clásico certamen de la historia del deporte. Los inicios son duros. Sin embargo, esta nueva competición, liderada por Gerard Piqué, enseña pequeñas deficiencias que no convencen a puristas. Una de ellas es la complejidad para atraer a la gente a las gradas (y a los televisores) para vender encuentros de la fase de grupos que se suceden en horario laborable. Todo encajonado en una agenda que tiene que ser acoplada con calzador para no perder comba en el calendario. No queda otra. Así, es fácil acordarse de las finales en las que millones de personas acompañaron a la armada por el mundo. La más recordada fue aquella de Mar del Plata, que se convirtió en un evento de interés general. Incluso sin Rafael Nadal, lesionado. Los españoles, en un ambiente digno de final, con el polideportivo Islas Malvinas de Mar del Plata fuera de sí, tuvieron que atenerse a la soledad. Cada punto local era jaleado como un gol. Se cantaba y bailaba en cada parón. Los árbitros, en cada partido de la final, pedían calma repetidamente, pero no se les podía detener. Lo mismo sucedió en el Palau Sant Jordi, en 2009, o en La Cartuja en 2011. Todas esas finales representan momentos paradigmáticos de la Davis: un vítor puede cambiarlo todo. Los Rafael Nadal, Fernando Verdasco, David Ferrer, Feliciano López o Marcel Granollers, entre otros; lo han saboreado. Esta semana, en un contexto diferente, España busca otra ensaladera en su casa. Aunque las sensaciones, hasta ahora, no sean buenas. De momento, si quieres seguir los partidos en directo estás obligado a ser un noctámbulo sin obligaciones de trabajo. Estados Unidos e Italia juegan de after a las 4 de la mañana. Sin público en la grada. #DavisCupMadridFinals

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El calendario ha ido ajustado al máximo. Demasiados partidos para jugar en una semana en solo tres estadios, con días en los que se disputaban hasta seis partidos en una misma pista, con descansos alterados en función de si un jugador que acababa de jugar un individual iba a disputar el dobles, con cambios sobre la marcha adelantando de un día para otro la hora de inicio de los turnos y reduciendo el intervalo de descanso para intentar subsanar el terminar a una hora de vampiros.

Estados Unidos e Italia acabaron su cruce pasadas las 4 de la mañana, lo que implica que rueda de prensa, ducha y recuperación posterior, lleve a los jugadores al hotel directamente al desayuno. Rafa Nadal ya se quejó de ello. “El viernes llegué a mi habitación a las 4 de la mañana”. Pero el miércoles y el jueves a las 3, el sábado otra vez a las 4…

Ni qué decir del emplazamiento del torneo (el mismo que en el Mutua Madrid Open), con periodistas asaltados a la salida de su turno de trabajo por las bandas que acampan a sus anchas por la zona desde que el sol se pone. El problema, ojo, no es que los turistas que van a ver a su equipo sufran robos o que los reporteros teman por sus pertenencias en solo esa semana, sino que el barrio elegido para la disputa de tan prestigioso torneo sea ciudad sin ley durante todo el año.

A favor del torneo está su emoción. Acortando los enfrentamientos de cinco puntos a tres, aseguras que el margen de error sea mínimo, que cada partido tenga algo en juego y que casi cada set cuente. De hecho, salvo la final, solo otro cruce se saldó con un 2-0 inicial que hizo innecesario el resultado del tercer partido. Pero son muchos cruces para jugar en siete días.

En contra del torneo, sin duda, la afición, el ambiente festivo que acostumbraba a acompañar la Copa Davis ha desaparecido. Esa magia de ir a una eliminatoria a campo hostil por simple sorteo, pero en el que sabías la afición, aunque te fuera en contra, iba a responder.

Puede que lo veamos con el mejor prisma posible, porque se ha celebrado en Madrid, hemos puesto el ojo en España, y nuestra selección ha ganado. La realidad es que el torneo no ha enganchado del todo ni a la afición anfitriona. Apenas hemos podido ver una centena de hinchas de cada país acercarse a ver a su selección y la española ha respondido solo cuando ha jugado Rafael Nadal en su compromiso individual.

No invita mucho estar un jueves hasta las 3 de la mañana viendo un partido de dobles entre Croacia y España, cierto es, pero el viernes a las 6 de la tarde el Pablo Carreño-Guido Pella fue seguido por poco más de la mitad de una pista central que se abarrotó cuando Nadal entró en acción tres horas después y se volvió a vaciar cuando el punto definitivo del dobles entre España y Argentina (en el que también estaba el número 1 del Mundo) ya había pasado de la hora de juego.

La realidad es que los otros dos estadios donde se ha disputado el torneo, con capacidad para 3.500 y 2.500 espectadores, tampoco se han llenado cuando se han medido las otras 17 selecciones en batalla. Ni siquiera hinchadas como la argentina o la croata, siempre tan fieles, han logrado llevar a más de 200 aficiones a las gradas. Ya avisó Zverev, alemán, que no compartía la idea del nuevo formato porque se iba a matar el ambiente y más o menos así ha sido. “Han primado el dinero sobre la tradición”.

Si lo que se busca es hacer una sede fija, como en un Mundial de Fútbol o en una Eurocopa, haciendo que la afición anfitriona se empape también del tenis al que no apoya, la realidad es que está lejos. Curiosamente, la Eurocopa ha tomado el camino contrario, pues la próxima se jugará repartida en sedes por todo el continente y no en un solo único país.

El formato gana interés y emoción para verlo desde casa. Pierde mucho punch para esas aficiones extranjeras. El torneo es una manta corta. Gana en muchos aspectos, pierde en otros tantos. Si ni siquiera en cuartos de final o en semifinales donde estaba España presente el graderío estaba abarrotado, ¿qué habría pasado si la final hubiera sido Rusia-Canadá, por ejemplo, que fue una semifinal que no llenó ni una cuarta parte de la pista central? Lo de los horarios tiene solución. Atraer al aficionado neutro es más complejo. Las próximas ediciones dictarán sentencia definitiva.

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Como si el Masters de Madrid se llamase el ‘Santana Open’ (ahora sería ‘Feliciano Open’) o como si el Tour de Francia fuera ‘La vuelta de Prudhomme’, desde todos los estamentos se ha conseguido que la Copa Davis, a partir de ahora, sea conocida como la Copa de Piqué. Y es que las garras del fútbol son tan alargadas como la celebridad del central del Barcelona. Su labor como presidente de Kosmos, la empresa organizadora del torneo en Madrid, le ha tachado ya para muchos años como dueño de la Davis, por mucho que él haya querido huir públicamente del calificativo: “Odio que lo llamen la Copa Davis de Piqué”.

El formato necesitaba un cambio. Cierto es que en los últimos años, la Copa Davis había perdido algo de lustre, algo de esa magia que le caracterizaba y que los parones en mitad de temporada para ir a jugar eliminatorias de un solo fin de semana trastocaban los planes de los jugadores que, quizás en época de tierra batida, veían cómo habían de viajar a miles de kilómetros a jugar en pista rápida por deseo expreso de su rival.

Así, lo que se ha hecho ha sido directamente disputar un Mundial. Una fase eliminatoria que se solventó a principios de año y unas fases finales que acaban de terminar en un torneo exprés en siete días agónicos para quien ha llegado a la final. Nadal, que ha jugado todos los puntos individuales y también algún dobles, ha disputado ocho partidos en seis días, cuando en un Grand Slam suele hacer siete en dos semanas y en un Master 1000 juega cinco partidos en seis días.

Si añadimos, además, que la Final se juega justo al término de la temporada, tras las ATP Finals, nos encontramos con muchos tenistas que han llegado muy justitos de forma al que posiblemente es el evento más exigente del año y otras raquetas Top que han decidido no acudir, casos de Zverev y Medvedev. Federer, pese a que Suiza no estaba clasificada, también había mostrado su descontento con el nuevo formato.

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Punto de Rafael Nadal. Entre un saque y el otro suena una música impostada desde los megáfonos, desnaturalizada. La gente que se reúne en la Caja Mágica canta lo que marca una realización obtusa. España, horas más tarde, suma su primer triunfo ante Rusia. El partido de dobles ha acabado a las dos de la mañana; horario intempestivo para aficionados y tenistas. Así ha arrancado esta nueva Copa Davis, aferrada a las operaciones de estética a pesar de ser un clásico certamen de la historia del deporte. Los inicios son duros. Sin embargo, esta nueva competición, liderada por Gerard Piqué, enseña pequeñas deficiencias que no convencen a puristas. Una de ellas es la complejidad para atraer a la gente a las gradas (y a los televisores) para vender encuentros de la fase de grupos que se suceden en horario laborable. Todo encajonado en una agenda que tiene que ser acoplada con calzador para no perder comba en el calendario. No queda otra. Así, es fácil acordarse de las finales en las que millones de personas acompañaron a la armada por el mundo. La más recordada fue aquella de Mar del Plata, que se convirtió en un evento de interés general. Incluso sin Rafael Nadal, lesionado. Los españoles, en un ambiente digno de final, con el polideportivo Islas Malvinas de Mar del Plata fuera de sí, tuvieron que atenerse a la soledad. Cada punto local era jaleado como un gol. Se cantaba y bailaba en cada parón. Los árbitros, en cada partido de la final, pedían calma repetidamente, pero no se les podía detener. Lo mismo sucedió en el Palau Sant Jordi, en 2009, o en La Cartuja en 2011. Todas esas finales representan momentos paradigmáticos de la Davis: un vítor puede cambiarlo todo. Los Rafael Nadal, Fernando Verdasco, David Ferrer, Feliciano López o Marcel Granollers, entre otros; lo han saboreado. Esta semana, en un contexto diferente, España busca otra ensaladera en su casa. Aunque las sensaciones, hasta ahora, no sean buenas. De momento, si quieres seguir los partidos en directo estás obligado a ser un noctámbulo sin obligaciones de trabajo. Estados Unidos e Italia juegan de after a las 4 de la mañana. Sin público en la grada. #DavisCupMadridFinals

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El calendario ha ido ajustado al máximo. Demasiados partidos para jugar en una semana en solo tres estadios, con días en los que se disputaban hasta seis partidos en una misma pista, con descansos alterados en función de si un jugador que acababa de jugar un individual iba a disputar el dobles, con cambios sobre la marcha adelantando de un día para otro la hora de inicio de los turnos y reduciendo el intervalo de descanso para intentar subsanar el terminar a una hora de vampiros.

Estados Unidos e Italia acabaron su cruce pasadas las 4 de la mañana, lo que implica que rueda de prensa, ducha y recuperación posterior, lleve a los jugadores al hotel directamente al desayuno. Rafa Nadal ya se quejó de ello. “El viernes llegué a mi habitación a las 4 de la mañana”. Pero el miércoles y el jueves a las 3, el sábado otra vez a las 4…

Ni qué decir del emplazamiento del torneo (el mismo que en el Mutua Madrid Open), con periodistas asaltados a la salida de su turno de trabajo por las bandas que acampan a sus anchas por la zona desde que el sol se pone. El problema, ojo, no es que los turistas que van a ver a su equipo sufran robos o que los reporteros teman por sus pertenencias en solo esa semana, sino que el barrio elegido para la disputa de tan prestigioso torneo sea ciudad sin ley durante todo el año.

A favor del torneo está su emoción. Acortando los enfrentamientos de cinco puntos a tres, aseguras que el margen de error sea mínimo, que cada partido tenga algo en juego y que casi cada set cuente. De hecho, salvo la final, solo otro cruce se saldó con un 2-0 inicial que hizo innecesario el resultado del tercer partido. Pero son muchos cruces para jugar en siete días.

En contra del torneo, sin duda, la afición, el ambiente festivo que acostumbraba a acompañar la Copa Davis ha desaparecido. Esa magia de ir a una eliminatoria a campo hostil por simple sorteo, pero en el que sabías la afición, aunque te fuera en contra, iba a responder.

Puede que lo veamos con el mejor prisma posible, porque se ha celebrado en Madrid, hemos puesto el ojo en España, y nuestra selección ha ganado. La realidad es que el torneo no ha enganchado del todo ni a la afición anfitriona. Apenas hemos podido ver una centena de hinchas de cada país acercarse a ver a su selección y la española ha respondido solo cuando ha jugado Rafael Nadal en su compromiso individual.

No invita mucho estar un jueves hasta las 3 de la mañana viendo un partido de dobles entre Croacia y España, cierto es, pero el viernes a las 6 de la tarde el Pablo Carreño-Guido Pella fue seguido por poco más de la mitad de una pista central que se abarrotó cuando Nadal entró en acción tres horas después y se volvió a vaciar cuando el punto definitivo del dobles entre España y Argentina (en el que también estaba el número 1 del Mundo) ya había pasado de la hora de juego.

La realidad es que los otros dos estadios donde se ha disputado el torneo, con capacidad para 3.500 y 2.500 espectadores, tampoco se han llenado cuando se han medido las otras 17 selecciones en batalla. Ni siquiera hinchadas como la argentina o la croata, siempre tan fieles, han logrado llevar a más de 200 aficiones a las gradas. Ya avisó Zverev, alemán, que no compartía la idea del nuevo formato porque se iba a matar el ambiente y más o menos así ha sido. “Han primado el dinero sobre la tradición”.

Si lo que se busca es hacer una sede fija, como en un Mundial de Fútbol o en una Eurocopa, haciendo que la afición anfitriona se empape también del tenis al que no apoya, la realidad es que está lejos. Curiosamente, la Eurocopa ha tomado el camino contrario, pues la próxima se jugará repartida en sedes por todo el continente y no en un solo único país.

El formato gana interés y emoción para verlo desde casa. Pierde mucho punch para esas aficiones extranjeras. El torneo es una manta corta. Gana en muchos aspectos, pierde en otros tantos. Si ni siquiera en cuartos de final o en semifinales donde estaba España presente el graderío estaba abarrotado, ¿qué habría pasado si la final hubiera sido Rusia-Canadá, por ejemplo, que fue una semifinal que no llenó ni una cuarta parte de la pista central? Lo de los horarios tiene solución. Atraer al aficionado neutro es más complejo. Las próximas ediciones dictarán sentencia definitiva.

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