_Real Madrid

Nueve y medio

Daniel Fernández-Pacheco @DFPV96 31-12-2019

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Karim Benzema

De todos los debates que se cuecen a fuego lento en el entorno del Real Madrid hay uno que es sempiterno, casi impuesto desde que los blancos se formaron como entidad. El puesto de delantero centro es peligroso y confuso; de los que cualquiera opina y pocos podrían soportar su fuerza implacable. Hay quien saca estadísticas. Otros deciden parar encuentros ya repetidos y trazar diagonales con el Paint, demostrando con esmero el motivo por el que ese ariete, aunque no le meta un gol a nadie, debe jugar. Allí, en ese punto tan intangible e ignoto se encuentra Karim Benzema. Entre el gol y el pase. El desmarque y el remate. La gloria o la vergüenza.

El francés, desde hace muchos años, provoca con su fútbol ese tipo de filias en las que sus mayores adeptos no aceptan el abono de cualquiera a su club de fans. Estos, con mucho ímpetu, suelen conformar su terco discurso a partir de un amor a primera vista desde que pisó el verde del Bernabéu por primera vez, sin lugar a alguna fobia. Si alguna vez le criticaste algo, le reprochaste su frialdad, nunca más podrás aplaudirle.

Es cierto que Benzema ha sido vilipendiado injustamente en muchas ocasiones. Lo más improcedente fue aquella inacabable regañina por estar lejos de los disparatados números de Cristiano Ronaldo. Lo lógico, por una simple cuestión matemática, es que si el portugués metía 50 tantos él no pudiera acercarse, porque si no los blancos tendrían que marcar 300 goles en un curso. Y eso es inviable.

La realidad es que el aficionado más prosaico tiene dificultad en entender a Benzema cuando la pelota no entra, cuando no suda y cuando no arenga a su gente. Este es un deporte de pasiones infinitas, tremendamente acostumbrado a aplaudir al que escupe, pega o canta el himno con lágrimas en los ojos. Yo no sé dónde me encuentro porque, la verdad, a veces eso gusta y vende bien. Pero el francés, un futbolista heterodoxo, transcribe sus partidos en un idioma ilegible para los que quieren lo primero. O, sobre todo, para cuando su conjunto pierde y él no ha comparecido. Y eso ocurre en algunas ocasiones. Cuando el jugador que no muestra garra no tiene un buen día le queda poco. Y ahí es fácil aprovecharse.

Detrás de su figura se esconde un halo etéreo que deja dudando a muchos sobre su probabilidad de situarse en la aristocracia del balompié mundial. Su carisma como personaje le persigue. Parecido y a medio camino en la comparación entre un tipo cortado, como Leo Messi, o un amante de la jarana, como Maradona. En lo meramente estadístico, Benzema deja atrás uno de los mejores años de su carrera. ¿Quizás necesite alguien más para que otro aproveche esos huecos que suele desocupar? Posiblemente. En la plantilla hay un tal Gareth Bale que podría dedicarse a ello. Pero eso, como muchas de las cosas que le persiguen, no depende del francés.

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De todos los debates que se cuecen a fuego lento en el entorno del Real Madrid hay uno que es sempiterno, casi impuesto desde que los blancos se formaron como entidad. El puesto de delantero centro es peligroso y confuso; de los que cualquiera opina y pocos podrían soportar su fuerza implacable. Hay quien saca estadísticas. Otros deciden parar encuentros ya repetidos y trazar diagonales con el Paint, demostrando con esmero el motivo por el que ese ariete, aunque no le meta un gol a nadie, debe jugar. Allí, en ese punto tan intangible e ignoto se encuentra Karim Benzema. Entre el gol y el pase. El desmarque y el remate. La gloria o la vergüenza.

El francés, desde hace muchos años, provoca con su fútbol ese tipo de filias en las que sus mayores adeptos no aceptan el abono de cualquiera a su club de fans. Estos, con mucho ímpetu, suelen conformar su terco discurso a partir de un amor a primera vista desde que pisó el verde del Bernabéu por primera vez, sin lugar a alguna fobia. Si alguna vez le criticaste algo, le reprochaste su frialdad, nunca más podrás aplaudirle.

Es cierto que Benzema ha sido vilipendiado injustamente en muchas ocasiones. Lo más improcedente fue aquella inacabable regañina por estar lejos de los disparatados números de Cristiano Ronaldo. Lo lógico, por una simple cuestión matemática, es que si el portugués metía 50 tantos él no pudiera acercarse, porque si no los blancos tendrían que marcar 300 goles en un curso. Y eso es inviable.

La realidad es que el aficionado más prosaico tiene dificultad en entender a Benzema cuando la pelota no entra, cuando no suda y cuando no arenga a su gente. Este es un deporte de pasiones infinitas, tremendamente acostumbrado a aplaudir al que escupe, pega o canta el himno con lágrimas en los ojos. Yo no sé dónde me encuentro porque, la verdad, a veces eso gusta y vende bien. Pero el francés, un futbolista heterodoxo, transcribe sus partidos en un idioma ilegible para los que quieren lo primero. O, sobre todo, para cuando su conjunto pierde y él no ha comparecido. Y eso ocurre en algunas ocasiones. Cuando el jugador que no muestra garra no tiene un buen día le queda poco. Y ahí es fácil aprovecharse.

Detrás de su figura se esconde un halo etéreo que deja dudando a muchos sobre su probabilidad de situarse en la aristocracia del balompié mundial. Su carisma como personaje le persigue. Parecido y a medio camino en la comparación entre un tipo cortado, como Leo Messi, o un amante de la jarana, como Maradona. En lo meramente estadístico, Benzema deja atrás uno de los mejores años de su carrera. ¿Quizás necesite alguien más para que otro aproveche esos huecos que suele desocupar? Posiblemente. En la plantilla hay un tal Gareth Bale que podría dedicarse a ello. Pero eso, como muchas de las cosas que le persiguen, no depende del francés.

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