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No hemos cambiado tanto

Daniel Fernández-Pacheco @DFPV96 12-06-2018

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Y
lo celebró. Abrió todas sus redes sociales y lo cantó a los cuatro vientos:
«Voy a estar en el Mundial de Rusia». Podría haber sido un chico
joven con ansia de disputar su primera copa del mundo. Nada más lejos de la
realidad. Era Tim Cahill que, tras haber sido vital en el proceso
clasificatorio, estaba cerca de quedarse fuera a pesar de llevar 50 tantos en
105 partidos con la selección. Finalmente, Bert van Marwijk iba a confiar en él
pese a no ponerle en los amistosos previos a la convocatoria definitiva.

El
ex delantero, centrocampista, rematador (pongan el adjetivo o la posición que
quieran) del Everton es uno de aquellos futbolistas que estaba destinado a ser
plebeyo pero que alcanzó la aristocracia de un balompié más elitista que nunca.
No era rápido, no era alto y tampoco tenía una técnica despampanante. Sin
embargo poseía un aura que solo se le asemejaba a los elegidos del gol. Una capacidad
con la que se nace, la de prever dónde va a caer el cuero o la de anticiparse al
defensor para despejar el cero del marcador de su propio equipo, como el que se
sirve unas aceitunas antes de comer.

Cahill,
seguramente, no será titular. Australia, como combinado humilde, estará a
merced de sus rivales y tendrá que cambiar su disposición durante su estancia
en Rusia. Ahí entra Cahill. Será el hombre dispuesto a poner la escalera para
salir del infierno cuando su equipo esté en el alambre. Un revulsivo en forma
de rematador. En este sentido él sabe cuál es su rol y lo acepta con naturalidad:
después del verano llegará el otoño y no el invierno. No habrá problemas.

Postecoglou
decidió dar un cambio de timón en las eliminatorias previas, buscando tener un
equipo mucho más propositivo intentando tener el dominio de la posesión. Sin
embargo, las complicaciones para clasificarse al Mundial significaron su
marcha. Ahora, con el entrenador neerlandés al cargo, Australia puede volver a
sus propias raíces. Las que hicieron que Australia pisara unos octavos de
final, en 2006, donde solo Totti pudo destrozar sus ilusiones con un penalti
más que dudoso sobre Grosso. En aquel Mundial Cahill solía ser suplente y en
más de un partido acabó cambiando el rumbo. Al final, no hemos cambiado tanto.  

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Y
lo celebró. Abrió todas sus redes sociales y lo cantó a los cuatro vientos:
«Voy a estar en el Mundial de Rusia». Podría haber sido un chico
joven con ansia de disputar su primera copa del mundo. Nada más lejos de la
realidad. Era Tim Cahill que, tras haber sido vital en el proceso
clasificatorio, estaba cerca de quedarse fuera a pesar de llevar 50 tantos en
105 partidos con la selección. Finalmente, Bert van Marwijk iba a confiar en él
pese a no ponerle en los amistosos previos a la convocatoria definitiva.

El
ex delantero, centrocampista, rematador (pongan el adjetivo o la posición que
quieran) del Everton es uno de aquellos futbolistas que estaba destinado a ser
plebeyo pero que alcanzó la aristocracia de un balompié más elitista que nunca.
No era rápido, no era alto y tampoco tenía una técnica despampanante. Sin
embargo poseía un aura que solo se le asemejaba a los elegidos del gol. Una capacidad
con la que se nace, la de prever dónde va a caer el cuero o la de anticiparse al
defensor para despejar el cero del marcador de su propio equipo, como el que se
sirve unas aceitunas antes de comer.

Cahill,
seguramente, no será titular. Australia, como combinado humilde, estará a
merced de sus rivales y tendrá que cambiar su disposición durante su estancia
en Rusia. Ahí entra Cahill. Será el hombre dispuesto a poner la escalera para
salir del infierno cuando su equipo esté en el alambre. Un revulsivo en forma
de rematador. En este sentido él sabe cuál es su rol y lo acepta con naturalidad:
después del verano llegará el otoño y no el invierno. No habrá problemas.

Postecoglou
decidió dar un cambio de timón en las eliminatorias previas, buscando tener un
equipo mucho más propositivo intentando tener el dominio de la posesión. Sin
embargo, las complicaciones para clasificarse al Mundial significaron su
marcha. Ahora, con el entrenador neerlandés al cargo, Australia puede volver a
sus propias raíces. Las que hicieron que Australia pisara unos octavos de
final, en 2006, donde solo Totti pudo destrozar sus ilusiones con un penalti
más que dudoso sobre Grosso. En aquel Mundial Cahill solía ser suplente y en
más de un partido acabó cambiando el rumbo. Al final, no hemos cambiado tanto.  

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