_La Liga

Negarse a morir

David Orenes @david_lrl 25-02-2019

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Ser el colista de la Liga durante 16 jornadas consecutivas no debe ser
fácil. Menos todavía teniendo en cuenta que el Huesca, un recién ascendido que
debuta en Primera División, hace muchísimo tiempo que no ve el sol. Era evidente
que el club aragonés estaba en todas las quinielas antes de arrancar la
temporada como claro favorito a descender. Su plantilla, aunque obrera, distaba
mucho en calidad y experiencia del resto de equipos modestos de la Liga.

Por eso sorprendió a propios y extraños su arranque de temporada. Le ganó
al Éibar en Ipurúa, un estadio dificilísimo donde el mismísimo Real Madrid cayó
3-0. En la siguiente jornada empató nada menos que en San Mamés, igualando un
2-0 en contra en 16 minutos mágicos. Álex Gallar, Chimy Ávila o Jorge Miramón
comenzaban a sonar como jugadores revelación en una Liga distinta, con equipos
como Valencia, Villarreal, Athletic o Betis peleando abajo y otros como
Valladolid o Alavés haciéndolo arriba.

Sin embargo, el paso de las jornadas colocó al Huesca en la realidad. A
pesar de marcharse al descanso con un loco 3-2 en el Camp Nou, los de Leo
Franco encajaron cinco goles en la segunda parte y sufrieron la primera derrota
de su historia en la Liga de la peor forma posible. Era plausible, no obstante.
Se trataba del campeón, del equipo de Messi, Suárez y compañía, aquellos que
solo podían ver por televisión. Las siguientes derrotas fueron más duras pues
sucedieron ante rivales directos, con El Alcoraz sin ver a su equipo ganar en
una racha interminable. En la octava jornada, el Huesca ya era último.

Sin ser un equipo fácil de ganar (solo ha sido goleado por Barça y
Atlético) el conjunto oscense se metió en una espiral negativa que duró hasta
principios de 2019. Enlazó 16 jornadas sin ganar además de la eliminación
copera ante el Athletic en un doloroso global de 8-0. La destitución de Leo
Franco y la llegada de Francisco no cambió la dinámica de forma inmediata,
aunque hubo una clara mejoría: el Sevilla sudó lo indecible para ganarle en el
Pizjuán, el Getafe empató en el Alcoraz en el descuento, el Real Madrid solo
pudo vencer por 0-1, el Villarreal no pasó del empate a dos y el Valencia marcó
en el 94’ para llevarse los tres puntos en Mestalla.

Alguien tenía que pagar el pato y ese fue el Betis, que el día del Roscón
cayó por 2-1 ante un Huesca aguerrido que sufrió hasta el último suspiro para
llevarse el choque. Era su segunda victoria en la temporada, nada menos que en
la jornada 18. Dos goles en seis minutos remontaron el tanto inicial de
Sanabria y dieron a la afición el primer triunfo como local de su historia en
Primera División.

Antes de esa jornada, el Huesca se encontraba a ocho puntos de la
salvación. Pero el empate en Anoeta, la goleada ante el Valladolid (4-0), la
victoria en Montilivi (0-2) con dos tantos de Chimy Ávila y el empate ante el
Espanyol en Cornellá (1-1) han hecho soñar con lo imposible a un equipo que
parecía desahuciado. Ha pasado de ser un rival apetecible cada jornada a
identificarse como el partido trampa, el de un equipo que lleva 141 días en lo
más profundo de la clasificación y se niega a aceptar su destino. Otro equipo
habría capitulado, se habría dejado llevar. Pero la Liga se habría hecho muy
larga y el regreso a la élite puede ser lejano o directamente puede no volver a
suceder. Un aplauso para un equipo que compite hasta sus últimas consecuencias.

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Ser el colista de la Liga durante 16 jornadas consecutivas no debe ser
fácil. Menos todavía teniendo en cuenta que el Huesca, un recién ascendido que
debuta en Primera División, hace muchísimo tiempo que no ve el sol. Era evidente
que el club aragonés estaba en todas las quinielas antes de arrancar la
temporada como claro favorito a descender. Su plantilla, aunque obrera, distaba
mucho en calidad y experiencia del resto de equipos modestos de la Liga.

Por eso sorprendió a propios y extraños su arranque de temporada. Le ganó
al Éibar en Ipurúa, un estadio dificilísimo donde el mismísimo Real Madrid cayó
3-0. En la siguiente jornada empató nada menos que en San Mamés, igualando un
2-0 en contra en 16 minutos mágicos. Álex Gallar, Chimy Ávila o Jorge Miramón
comenzaban a sonar como jugadores revelación en una Liga distinta, con equipos
como Valencia, Villarreal, Athletic o Betis peleando abajo y otros como
Valladolid o Alavés haciéndolo arriba.

Sin embargo, el paso de las jornadas colocó al Huesca en la realidad. A
pesar de marcharse al descanso con un loco 3-2 en el Camp Nou, los de Leo
Franco encajaron cinco goles en la segunda parte y sufrieron la primera derrota
de su historia en la Liga de la peor forma posible. Era plausible, no obstante.
Se trataba del campeón, del equipo de Messi, Suárez y compañía, aquellos que
solo podían ver por televisión. Las siguientes derrotas fueron más duras pues
sucedieron ante rivales directos, con El Alcoraz sin ver a su equipo ganar en
una racha interminable. En la octava jornada, el Huesca ya era último.

Sin ser un equipo fácil de ganar (solo ha sido goleado por Barça y
Atlético) el conjunto oscense se metió en una espiral negativa que duró hasta
principios de 2019. Enlazó 16 jornadas sin ganar además de la eliminación
copera ante el Athletic en un doloroso global de 8-0. La destitución de Leo
Franco y la llegada de Francisco no cambió la dinámica de forma inmediata,
aunque hubo una clara mejoría: el Sevilla sudó lo indecible para ganarle en el
Pizjuán, el Getafe empató en el Alcoraz en el descuento, el Real Madrid solo
pudo vencer por 0-1, el Villarreal no pasó del empate a dos y el Valencia marcó
en el 94’ para llevarse los tres puntos en Mestalla.

Alguien tenía que pagar el pato y ese fue el Betis, que el día del Roscón
cayó por 2-1 ante un Huesca aguerrido que sufrió hasta el último suspiro para
llevarse el choque. Era su segunda victoria en la temporada, nada menos que en
la jornada 18. Dos goles en seis minutos remontaron el tanto inicial de
Sanabria y dieron a la afición el primer triunfo como local de su historia en
Primera División.

Antes de esa jornada, el Huesca se encontraba a ocho puntos de la
salvación. Pero el empate en Anoeta, la goleada ante el Valladolid (4-0), la
victoria en Montilivi (0-2) con dos tantos de Chimy Ávila y el empate ante el
Espanyol en Cornellá (1-1) han hecho soñar con lo imposible a un equipo que
parecía desahuciado. Ha pasado de ser un rival apetecible cada jornada a
identificarse como el partido trampa, el de un equipo que lleva 141 días en lo
más profundo de la clasificación y se niega a aceptar su destino. Otro equipo
habría capitulado, se habría dejado llevar. Pero la Liga se habría hecho muy
larga y el regreso a la élite puede ser lejano o directamente puede no volver a
suceder. Un aplauso para un equipo que compite hasta sus últimas consecuencias.

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