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Mundial de Fútbol – México 1970, ‘Héroes de la retaguardia’

Miguel Ángel Ruiz @migruizruiz 07-04-2018

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Quizá, hablar del Mundial de 1970 es muy sencillo. En cualquier foro de fútbol histórico se referencia esta edición como la más grande hasta el momento, con figuras que en ese año y en posteriores marcarían el sino del deporte rey a nivel internacional. Desde luego, sería sencillo ponerme a hablar de la calidad y el talento de la selección brasileña de Zagallo, con los famosos cinco ‘dieces’ titulares. O muy sencillo tratar el primer Mundial de Beckenbauer, la bestia competitiva que rivalizaría en años posteriores con figuras como Cruyff, aún ausente. O de Italia, que buscó hasta el final la victoria, apoyada en el talento de un Rivera de ensueño y de un sistema defensivo casi perfecto. Sería fácil hablar de lo evidente. De la calidad, de los goles y de las visibles gestas de quienes copan y copaban las portadas de la época. 

Hoy, hago un ejercicio complejo y me separo de lo terrenal, para recurrir a la soledad maravillosa de quienes, a menudo de manera infravalorada, protegen los marcadores en contra. Esos con los que, en todo un campeonato mundial, se espera siempre contar ante los mejores delanteros del planeta. Y la verdad es, que el Mundial de 1970, a pesar de prometer lo que luego confirmó poder dar, empezó exactamente igual para el entonces vigente campeón. 

Inglaterra comenzaba su andadura ante Rumanía, con un gol de Geoff Hurst, aquel que con un hattrick, marcó el último de los goles en Wembley cuatro años antes. Decoraba el marcador pues el mismo protagonista, dando a los padres del fútbol la primera victoria en tierras mexicanas. Solo cinco días después, era Brasil quien se ponía delante de los isleños. En la portería, dos mitos: Félix, por el lado brasileño; y Banks, en la portería inglesa. El primero, solo presente en los mundiales en esta edición, precedido por Gilmar en el 66 y relevado por Leão en el 74, protegió la meta brasileña durante todos los partidos que su selección disputara hasta alzarse con el trofeo. A pesar de todo eso, en el partido que jugara contra Inglaterra y después incluso de dejar la portería a cero, Félix pudo observar cómo su rival en la portería contraria, el experimentado meta del Stoke City, Gordon Banks, copaba toda la atención. Una parada de ensueño a Pelé, que no pudo con el meta inglés tras un cabezazo que siguió a un buen pase de Jairzinho rozando la línea de fondo. La estirada imposible, al borde del palo derecho de la portería, fue tan espectacular que aún hoy es recordada como la “parada del siglo”. Hizo temblar los cimientos de un estadio que vería como el que pudo ser asistente (Jairzinho) se convirtió en el único goleador del partido, para apear de la victoria a los más recientes ganadores de la Copa del Mundo. 

Como persiguiendo al destino, Pelé quiso protagonizar de nuevo el error que pondría de nuevo el nombre de otro portero en la palestra. En semifinales, en el partido disputado ante Uruguay, el ‘10’ brasileño protagonizó otra jugada para la historia. Tras un error defensivo en banda izquierda, Jairzinho recupera un balón para iniciar el contragolpe, jugando en corto para Gerson. El mediocampista brasileño no duda un segundo y lanza un pase adelantado a  Pelé, que, sabiéndose con ventaja, ya corre al espacio para encarar al portero rival. En la portería, Ladislao Mazurkiewicz, con mucha astucia, había ido recortando espacio al delantero pero, con un increíble movimiento, el delantero brasileño engaña al meta, que duda a la hora de despejar, dejando pasar el balón. Pelé, en vez de chocar, esquiva portero y balón, habilitando su llegada al mismo para poder sentenciar a placer. El meta uruguayo, en entrevistas posteriores, siempre afirmó, en tono jocoso, que despejó el balón con la mirada. Lo que sabemos a ciencia cierta es que con su tiro errado, rozando el palo derecho de la portería uruguaya, Pelé consiguió su más célebre ‘no gol’ de la historia del fútbol, así como uno de los regates más recordados del mito brasileño en el último mundial que disputaría. Brasil ganó finalmente 3-1 disputaría una nueva final.

En México reinaba el calor antes de que lo hiciera Brasil, en la final celebrada en la capital azteca. Una final que Brasil ganaría ante Italia, que sabía muy bien, por el partido de semifinales ante Alemania, que el sofocante calor hacía estragos y mermaba las piernas más entrenadas. En la portería Enrico Albertosi, un mito italiano que disputó cuatro mundiales como meta de la ‘Azzurra’, una cifra solo superada por Carvajal (México), Matthäus (Alemania) y su compatriota y compañero de posición, Buffon, todos ellos con cinco convocatorias en los mundiales. No pudo el mito con la oleada del combinado sudamericano, que con cuatro goles certificaría su superioridad, igualando en esa final el total de goles que en todo el mundial había dejado pasar Albertosi a sus rivales.

La soledad de la meta de quien ataca no empaña lo que con los guantes (o sin ellos, como en años anteriores) guardan y guardaron con celo estos héroes de la retaguardia, que, a pesar de todo, vuelan entre palos con la responsabilidad de nuestros sueños y miedos, intentando que el espectáculo y la emoción de los goles celebrados, nunca se produzcan en su feudo, durante su guardia.

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Quizá, hablar del Mundial de 1970 es muy sencillo. En cualquier foro de fútbol histórico se referencia esta edición como la más grande hasta el momento, con figuras que en ese año y en posteriores marcarían el sino del deporte rey a nivel internacional. Desde luego, sería sencillo ponerme a hablar de la calidad y el talento de la selección brasileña de Zagallo, con los famosos cinco ‘dieces’ titulares. O muy sencillo tratar el primer Mundial de Beckenbauer, la bestia competitiva que rivalizaría en años posteriores con figuras como Cruyff, aún ausente. O de Italia, que buscó hasta el final la victoria, apoyada en el talento de un Rivera de ensueño y de un sistema defensivo casi perfecto. Sería fácil hablar de lo evidente. De la calidad, de los goles y de las visibles gestas de quienes copan y copaban las portadas de la época. 

Hoy, hago un ejercicio complejo y me separo de lo terrenal, para recurrir a la soledad maravillosa de quienes, a menudo de manera infravalorada, protegen los marcadores en contra. Esos con los que, en todo un campeonato mundial, se espera siempre contar ante los mejores delanteros del planeta. Y la verdad es, que el Mundial de 1970, a pesar de prometer lo que luego confirmó poder dar, empezó exactamente igual para el entonces vigente campeón. 

Inglaterra comenzaba su andadura ante Rumanía, con un gol de Geoff Hurst, aquel que con un hattrick, marcó el último de los goles en Wembley cuatro años antes. Decoraba el marcador pues el mismo protagonista, dando a los padres del fútbol la primera victoria en tierras mexicanas. Solo cinco días después, era Brasil quien se ponía delante de los isleños. En la portería, dos mitos: Félix, por el lado brasileño; y Banks, en la portería inglesa. El primero, solo presente en los mundiales en esta edición, precedido por Gilmar en el 66 y relevado por Leão en el 74, protegió la meta brasileña durante todos los partidos que su selección disputara hasta alzarse con el trofeo. A pesar de todo eso, en el partido que jugara contra Inglaterra y después incluso de dejar la portería a cero, Félix pudo observar cómo su rival en la portería contraria, el experimentado meta del Stoke City, Gordon Banks, copaba toda la atención. Una parada de ensueño a Pelé, que no pudo con el meta inglés tras un cabezazo que siguió a un buen pase de Jairzinho rozando la línea de fondo. La estirada imposible, al borde del palo derecho de la portería, fue tan espectacular que aún hoy es recordada como la “parada del siglo”. Hizo temblar los cimientos de un estadio que vería como el que pudo ser asistente (Jairzinho) se convirtió en el único goleador del partido, para apear de la victoria a los más recientes ganadores de la Copa del Mundo. 

Como persiguiendo al destino, Pelé quiso protagonizar de nuevo el error que pondría de nuevo el nombre de otro portero en la palestra. En semifinales, en el partido disputado ante Uruguay, el ‘10’ brasileño protagonizó otra jugada para la historia. Tras un error defensivo en banda izquierda, Jairzinho recupera un balón para iniciar el contragolpe, jugando en corto para Gerson. El mediocampista brasileño no duda un segundo y lanza un pase adelantado a  Pelé, que, sabiéndose con ventaja, ya corre al espacio para encarar al portero rival. En la portería, Ladislao Mazurkiewicz, con mucha astucia, había ido recortando espacio al delantero pero, con un increíble movimiento, el delantero brasileño engaña al meta, que duda a la hora de despejar, dejando pasar el balón. Pelé, en vez de chocar, esquiva portero y balón, habilitando su llegada al mismo para poder sentenciar a placer. El meta uruguayo, en entrevistas posteriores, siempre afirmó, en tono jocoso, que despejó el balón con la mirada. Lo que sabemos a ciencia cierta es que con su tiro errado, rozando el palo derecho de la portería uruguaya, Pelé consiguió su más célebre ‘no gol’ de la historia del fútbol, así como uno de los regates más recordados del mito brasileño en el último mundial que disputaría. Brasil ganó finalmente 3-1 disputaría una nueva final.

En México reinaba el calor antes de que lo hiciera Brasil, en la final celebrada en la capital azteca. Una final que Brasil ganaría ante Italia, que sabía muy bien, por el partido de semifinales ante Alemania, que el sofocante calor hacía estragos y mermaba las piernas más entrenadas. En la portería Enrico Albertosi, un mito italiano que disputó cuatro mundiales como meta de la ‘Azzurra’, una cifra solo superada por Carvajal (México), Matthäus (Alemania) y su compatriota y compañero de posición, Buffon, todos ellos con cinco convocatorias en los mundiales. No pudo el mito con la oleada del combinado sudamericano, que con cuatro goles certificaría su superioridad, igualando en esa final el total de goles que en todo el mundial había dejado pasar Albertosi a sus rivales.

La soledad de la meta de quien ataca no empaña lo que con los guantes (o sin ellos, como en años anteriores) guardan y guardaron con celo estos héroes de la retaguardia, que, a pesar de todo, vuelan entre palos con la responsabilidad de nuestros sueños y miedos, intentando que el espectáculo y la emoción de los goles celebrados, nunca se produzcan en su feudo, durante su guardia.

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