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Muguruza y la maldición australiana

Patricia Muñoz @patrims 24-01-2019

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Maldición frente a idilio. La historia de toda competición de élite. Unos tienen la suerte de encontrar el amor y mantener una relación duradera con el que para ellos será su torneo favorito y otros, por el contrario, jurarán en arameo y se preguntarán una y otra vez qué están haciendo mal para no terminar de obtener buenos resultados en dicha competición. Bien conocidos y fáciles de adivinar son los idilios de, por ejemplo, Rafa Nadal con la Copa de los Mosqueteros o los de Roger Federer y Serena Williams con la flamante y dorada ‘bandeja’ otorgada al campeón de Wimbledon. 

En contraposición a todos ellos, la española Garbiñe Muguruza tiene que luchar con una maldición que le persigue desde sus inicios: la maldición de comenzar el año de competición con el pie izquierdo. El Abierto de Australia no es lo suyo y, por desgracia, los resultados así lo muestran. Todos tenemos una bestia negra. En el tenis, en ocasiones, se trata de un jugador al que resulta imposible batir o, como es el caso de Muguruza, un torneo de máxima categoría en el que parece una utopía avanzar rondas.

Ganadora de Roland Garros en 2016 y Wimbledon en 2017, Muguruza sabe lo que es coronarse campeona en un torneo de Grand Slam. Además de hacerlo en diferentes temporadas, confirmando así que lo suyo no fue fruto de una repentina y efímera explosión de talento, la española levantó el trofeo en dos torneos con superficies totalmente opuestas. Así pues, su valía y, en especial, la calidad de su tenis es irreprochable. ¿Qué es entonces lo que impide a Garbiñe Muguruza llegar a las fases finales de torneos como Australia o, en similares circunstancias, el Abierto de Estados Unidos?

La tendencia en cuanto a actuaciones en torneos de Grand Slam, en los ocho años que Muguruza lleva en la élite de este deporte, es, sorprendentemente, siempre la misma. Malos resultados en Australia, tendencia al alza y gran respuesta en los majors de tierra y hierba y, de nuevo, caída en picado en Estados Unidos. Atendiendo a estos números, se podría definir a Garbiñe, haciendo un símil con el atletismo, como una corredora de medio fondo. Los 1.500 serían su prueba estrella ya que, a razón de la curva que dibujan sus temporadas, el inicio es siempre suave, sosegado… tanteando el terreno. Su punto álgido llega a mitad de temporada cuando calienta motores y da lo mejor de sí y, por último, decae al término del curso, justo antes de llegar a meta.

Así pues, un año más, el primer grande del año se escapa para Muguruza. Su mejor resultado en Melbourne fueron los cuartos de final alcanzados en 2017. Este año, los octavos, ante una gran Karolina Pliskova, fueron su techo. Una vez más, el inicio de temporada se hace cuesta arriba para una Garbiñe Muguruza que es capaz de brillar con luz propia en determinados torneos e incluso alcanzar el número uno del mundo, pero a la que le cuesta arrancar. Enero torna a su fin y a la española siempre parece que se le pegan las sábanas. La maldición del primer Grand Slam de la temporada se sigue ensañando con una Garbiñe que llegaba con ganas y jugando a un gran nivel. Sin embargo, una vez más Australia se queda pendiente para el año que viene. De este manera, sólo nos queda esperar y ver si la que fuera número uno en 2017 sigue la línea de años anteriores o nos sorprende con una nueva tendencia de resultados. Todo está en sus manos y, por supuesto, en su raqueta.

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Maldición frente a idilio. La historia de toda competición de élite. Unos tienen la suerte de encontrar el amor y mantener una relación duradera con el que para ellos será su torneo favorito y otros, por el contrario, jurarán en arameo y se preguntarán una y otra vez qué están haciendo mal para no terminar de obtener buenos resultados en dicha competición. Bien conocidos y fáciles de adivinar son los idilios de, por ejemplo, Rafa Nadal con la Copa de los Mosqueteros o los de Roger Federer y Serena Williams con la flamante y dorada ‘bandeja’ otorgada al campeón de Wimbledon. 

En contraposición a todos ellos, la española Garbiñe Muguruza tiene que luchar con una maldición que le persigue desde sus inicios: la maldición de comenzar el año de competición con el pie izquierdo. El Abierto de Australia no es lo suyo y, por desgracia, los resultados así lo muestran. Todos tenemos una bestia negra. En el tenis, en ocasiones, se trata de un jugador al que resulta imposible batir o, como es el caso de Muguruza, un torneo de máxima categoría en el que parece una utopía avanzar rondas.

Ganadora de Roland Garros en 2016 y Wimbledon en 2017, Muguruza sabe lo que es coronarse campeona en un torneo de Grand Slam. Además de hacerlo en diferentes temporadas, confirmando así que lo suyo no fue fruto de una repentina y efímera explosión de talento, la española levantó el trofeo en dos torneos con superficies totalmente opuestas. Así pues, su valía y, en especial, la calidad de su tenis es irreprochable. ¿Qué es entonces lo que impide a Garbiñe Muguruza llegar a las fases finales de torneos como Australia o, en similares circunstancias, el Abierto de Estados Unidos?

La tendencia en cuanto a actuaciones en torneos de Grand Slam, en los ocho años que Muguruza lleva en la élite de este deporte, es, sorprendentemente, siempre la misma. Malos resultados en Australia, tendencia al alza y gran respuesta en los majors de tierra y hierba y, de nuevo, caída en picado en Estados Unidos. Atendiendo a estos números, se podría definir a Garbiñe, haciendo un símil con el atletismo, como una corredora de medio fondo. Los 1.500 serían su prueba estrella ya que, a razón de la curva que dibujan sus temporadas, el inicio es siempre suave, sosegado… tanteando el terreno. Su punto álgido llega a mitad de temporada cuando calienta motores y da lo mejor de sí y, por último, decae al término del curso, justo antes de llegar a meta.

Así pues, un año más, el primer grande del año se escapa para Muguruza. Su mejor resultado en Melbourne fueron los cuartos de final alcanzados en 2017. Este año, los octavos, ante una gran Karolina Pliskova, fueron su techo. Una vez más, el inicio de temporada se hace cuesta arriba para una Garbiñe Muguruza que es capaz de brillar con luz propia en determinados torneos e incluso alcanzar el número uno del mundo, pero a la que le cuesta arrancar. Enero torna a su fin y a la española siempre parece que se le pegan las sábanas. La maldición del primer Grand Slam de la temporada se sigue ensañando con una Garbiñe que llegaba con ganas y jugando a un gran nivel. Sin embargo, una vez más Australia se queda pendiente para el año que viene. De este manera, sólo nos queda esperar y ver si la que fuera número uno en 2017 sigue la línea de años anteriores o nos sorprende con una nueva tendencia de resultados. Todo está en sus manos y, por supuesto, en su raqueta.

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