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Miren a otro lado

José Gavilán @futbol_internac 20-09-2018

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La exigencia
de un club insaciable convierte cada derrota en una crisis. Ni el Sevilla
Fútbol Club iba a ganar la liga cuando venció con contundencia al Rayo
Vallecano en el primer partido de la competición, ni descenderá a segunda por
perder ante el Getafe en casa. Hay matices y responsabilidades. La cuestión es
dónde poner el foco.

Los que
argumentan la crisis tienen parte de razón. Apoyándose en las estadísticas,
hace once años que el Sevilla no acumulaba tres partidos consecutivos sin
marcar goles y seis meses que no perdía un partido en el fortín de Nervión.
Datos que sustentan una corriente negativa y pesimista en las primeras semanas
de la temporada. El problema existe.

Para buscar
un culpable, o más de uno, hay que contextualizar la situación. No nos iremos
demasiado tiempo atrás, hace un mes las necesidades para mejorar la plantilla
eran públicas. Lo hacía el propio Joaquín Caparrós, que a la vez que aseguraba
que el Sevilla FC disponía de la mejor plantilla posible, admitía inexperiencia
en el mercado de fichajes y prometía un futbolista de nivel para cerrar el
verano. Lo estuvo buscando, y tras sondear a Mariano o Borja Mayoral –todos
conocemos cómo se negoció con ambos- y desechar a Portu por apenas dos millones
de euros, el Sevilla no reforzó el ataque. Pablo Machín siempre fue consciente
de que la plantilla necesitaba mejorar la zona ofensiva y así lo proyectaba
desde su posición.

En defensa,
también es evidente que había que mejorar lo que hay. Faltó un defensa que
aumentase el nivel actual y la lesión de Sergio Escudero obligaba a buscar un
sustituto en banda izquierda dada la importancia del carrilero en el sistema
del entrenador. Ni uno, ni otro.

Caparrós ha
pecado de novato, Pepe Castro de confiado y soberbio, Jose María Cruz –director
general- de restringente. No miren al entrenador.

Pablo Machín
ha implantado al Sevilla Fútbol Club de un estilo definido. Todos sabemos lo
que el entrenador quiere de sus futbolistas. En ocasiones –demasiadas por
desgracia- sus pupilos aún no lo plasman sobre el terreno de juego, bien por
falta de entendimiento o por tiempo. Pero todos sabemos a qué juega el Sevilla,
o a qué quiere jugar. Tres centrales, dos carrileros de ida y vuelta, dos
centrocampistas con recorrido y buen trato con el balón, dos mediapuntas que
aprovechen los espacios en ataque y creen problemas entre líneas al rival, y un
delantero rematador. Pero claro, resulta que de los centrales, solo Mercado ha
jugado de forma habitual con defensa de 3, que Roque y Banega parecen superados
en su tarea, que el carril izquierdo no tiene dueño, que los mediapuntas no
aportan peligro y que el delantero está demasiado aislado.

De momento,
nos queda mirar a otro lado que no sea el banquillo. El Sevilla no se puede
convertir en una máquina de destrucción masiva de técnicos. A Emery le costó
–si alguna vez lo consiguió- ganarse el crédito de la afición. Sampaoli nunca
conectó y fue criticado desde su llegada por sus coqueteos con la AFA, Berizzo
duró dos días, Montella se equivocó en el mensaje. Todos culpables, y no.
Semanas de trabajo, y adiós. Hay que creer en los proyectos y manejar las
crisis, por muy graves que sean. Pero no, el entrenador, todavía, no es el
responsable de la situación del Sevilla. Al menos, no el máximo. Miren a otro
lado. 

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La exigencia
de un club insaciable convierte cada derrota en una crisis. Ni el Sevilla
Fútbol Club iba a ganar la liga cuando venció con contundencia al Rayo
Vallecano en el primer partido de la competición, ni descenderá a segunda por
perder ante el Getafe en casa. Hay matices y responsabilidades. La cuestión es
dónde poner el foco.

Los que
argumentan la crisis tienen parte de razón. Apoyándose en las estadísticas,
hace once años que el Sevilla no acumulaba tres partidos consecutivos sin
marcar goles y seis meses que no perdía un partido en el fortín de Nervión.
Datos que sustentan una corriente negativa y pesimista en las primeras semanas
de la temporada. El problema existe.

Para buscar
un culpable, o más de uno, hay que contextualizar la situación. No nos iremos
demasiado tiempo atrás, hace un mes las necesidades para mejorar la plantilla
eran públicas. Lo hacía el propio Joaquín Caparrós, que a la vez que aseguraba
que el Sevilla FC disponía de la mejor plantilla posible, admitía inexperiencia
en el mercado de fichajes y prometía un futbolista de nivel para cerrar el
verano. Lo estuvo buscando, y tras sondear a Mariano o Borja Mayoral –todos
conocemos cómo se negoció con ambos- y desechar a Portu por apenas dos millones
de euros, el Sevilla no reforzó el ataque. Pablo Machín siempre fue consciente
de que la plantilla necesitaba mejorar la zona ofensiva y así lo proyectaba
desde su posición.

En defensa,
también es evidente que había que mejorar lo que hay. Faltó un defensa que
aumentase el nivel actual y la lesión de Sergio Escudero obligaba a buscar un
sustituto en banda izquierda dada la importancia del carrilero en el sistema
del entrenador. Ni uno, ni otro.

Caparrós ha
pecado de novato, Pepe Castro de confiado y soberbio, Jose María Cruz –director
general- de restringente. No miren al entrenador.

Pablo Machín
ha implantado al Sevilla Fútbol Club de un estilo definido. Todos sabemos lo
que el entrenador quiere de sus futbolistas. En ocasiones –demasiadas por
desgracia- sus pupilos aún no lo plasman sobre el terreno de juego, bien por
falta de entendimiento o por tiempo. Pero todos sabemos a qué juega el Sevilla,
o a qué quiere jugar. Tres centrales, dos carrileros de ida y vuelta, dos
centrocampistas con recorrido y buen trato con el balón, dos mediapuntas que
aprovechen los espacios en ataque y creen problemas entre líneas al rival, y un
delantero rematador. Pero claro, resulta que de los centrales, solo Mercado ha
jugado de forma habitual con defensa de 3, que Roque y Banega parecen superados
en su tarea, que el carril izquierdo no tiene dueño, que los mediapuntas no
aportan peligro y que el delantero está demasiado aislado.

De momento,
nos queda mirar a otro lado que no sea el banquillo. El Sevilla no se puede
convertir en una máquina de destrucción masiva de técnicos. A Emery le costó
–si alguna vez lo consiguió- ganarse el crédito de la afición. Sampaoli nunca
conectó y fue criticado desde su llegada por sus coqueteos con la AFA, Berizzo
duró dos días, Montella se equivocó en el mensaje. Todos culpables, y no.
Semanas de trabajo, y adiós. Hay que creer en los proyectos y manejar las
crisis, por muy graves que sean. Pero no, el entrenador, todavía, no es el
responsable de la situación del Sevilla. Al menos, no el máximo. Miren a otro
lado. 

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