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Me llamo Raúl González Blanco

Raúl González Blanco no es nombre de estrella. No tiene la musicalidad de esos apellidos extranjeros como Suker, Seedorf, Pantic o Bejbl. Pero desde que pisó el verde del Bernabéu se podía percibir que los niños iban a escoger al tipo sencillo, al de la casa, para la espalda de sus camisetas personalizadas. Y eso que venía de la cantera de un eterno rival: el Atlético de Madrid. El 18 de enero de 1997 no era un tiempo proclive para ser merengue y vivir en la capital. Los colchoneros acababan de tocar el cielo con un doblete histórico, dirigidos por Jesús Gil, y recibían a los blancos en estado de júbilo. Como si fueran inmortales.

El conjunto madridista venía de cuajar un año para olvidar. Quizás el peor de su historia. El curso anterior pasaron tres entrenadores por el banquillo blanco. Además, la retirada de Butragueño y la falta de fichajes obligaron a Jorge Valdano a incorporar jóvenes futbolistas. Ramón Mendoza, con un club desnortado, a la deriva, dimitió. Lorenzo Sanz agarró la nave, pero no pudo evitar el desastre: no entraron ni en Europa y quedaron por debajo de clubes como Tenerife y Espanyol. Es que no me canso de decirlo: hemos cambiado demasiado.

González o, como decían algunos, “el que nunca hace nada”, pudo prever que se avecinaba otra noche de malas caras tras el tanto inicial de Kiko Narváez. Sin embargo, el Madrid de Fabio Capello siempre se caracterizó por remontadas para el recuerdo y esta iba a ser una de ellas. Raúl igualó el encuentro nada más iniciar el segundo acto, en uno de sus tantos de oportunista. Rechace y para dentro. Lo que iba a suceder posteriormente ya es historia del fútbol español. En el minuto 81, cuando las fuerzas flaqueaban, Raúl recogió un balón fuera del área. Regateó a uno y sentó a otro, quedándose casi sin ángulo para disparar. Su chute, con un punto de fe, superó a Molina por un espacio imperceptible para el ojo humano, cuajando un gol antológico. Es uno de los mejores tantos en los derbis madrileños. Tan solo dos minutos más tarde, le dio un balón a Seedorf para marcar el tercero y Víctor Sánchez del Amo, también a pase del 7 madridista, apuntilló a los colchoneros en el derbi. Durante mucho tiempo los atléticos fueron vacunados por un futbolista que suele ser pasado por alto. En un par de décadas seguramente sea olvidado por la máquina de la historia. Jóvenes, se llamaba Raúl González Blanco.

Imagen de cabecera: Getty Images

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Raúl González Blanco no es nombre de estrella. No tiene la musicalidad de esos apellidos extranjeros como Suker, Seedorf, Pantic o Bejbl. Pero desde que pisó el verde del Bernabéu se podía percibir que los niños iban a escoger al tipo sencillo, al de la casa, para la espalda de sus camisetas personalizadas. Y eso que venía de la cantera de un eterno rival: el Atlético de Madrid. El 18 de enero de 1997 no era un tiempo proclive para ser merengue y vivir en la capital. Los colchoneros acababan de tocar el cielo con un doblete histórico, dirigidos por Jesús Gil, y recibían a los blancos en estado de júbilo. Como si fueran inmortales.

El conjunto madridista venía de cuajar un año para olvidar. Quizás el peor de su historia. El curso anterior pasaron tres entrenadores por el banquillo blanco. Además, la retirada de Butragueño y la falta de fichajes obligaron a Jorge Valdano a incorporar jóvenes futbolistas. Ramón Mendoza, con un club desnortado, a la deriva, dimitió. Lorenzo Sanz agarró la nave, pero no pudo evitar el desastre: no entraron ni en Europa y quedaron por debajo de clubes como Tenerife y Espanyol. Es que no me canso de decirlo: hemos cambiado demasiado.

González o, como decían algunos, “el que nunca hace nada”, pudo prever que se avecinaba otra noche de malas caras tras el tanto inicial de Kiko Narváez. Sin embargo, el Madrid de Fabio Capello siempre se caracterizó por remontadas para el recuerdo y esta iba a ser una de ellas. Raúl igualó el encuentro nada más iniciar el segundo acto, en uno de sus tantos de oportunista. Rechace y para dentro. Lo que iba a suceder posteriormente ya es historia del fútbol español. En el minuto 81, cuando las fuerzas flaqueaban, Raúl recogió un balón fuera del área. Regateó a uno y sentó a otro, quedándose casi sin ángulo para disparar. Su chute, con un punto de fe, superó a Molina por un espacio imperceptible para el ojo humano, cuajando un gol antológico. Es uno de los mejores tantos en los derbis madrileños. Tan solo dos minutos más tarde, le dio un balón a Seedorf para marcar el tercero y Víctor Sánchez del Amo, también a pase del 7 madridista, apuntilló a los colchoneros en el derbi. Durante mucho tiempo los atléticos fueron vacunados por un futbolista que suele ser pasado por alto. En un par de décadas seguramente sea olvidado por la máquina de la historia. Jóvenes, se llamaba Raúl González Blanco.

Imagen de cabecera: Getty Images

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