_Ciclismo

Mayo rosa

Enrique Julián Gómez @EnriqueJulian23 10-05-2019

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Delicadamente elegante, románticamente rompedor, salvajemente sensible. Fiel reflejo del país que recorre, el color rosa tiñe cada mes de mayo las carreteras de Italia y la pasión por el ciclismo. Un color que, en forma de maillot, de lana merina o de poliéster, ilumina ataques, ídolos, villanos, dioses, ícaros, traiciones, sueños, cálculos, caídas, sorpresas. Y en ese espectro se moverá indudablemente el Giro en su centésimo segunda edición. 

Atrás quedaron los años en los que la lucha por el triunfo se reducía a una desigual lucha entre escaladores locales y extranjeros de segunda fila. Mucho más pretéritos, afortunadamente, se olvidaron algunos recorridos insulsos. Se recuperó lo clásico, primero, los escenarios anonadantes, los ascensos alpinos con desarrollos imposibles, inspiración de relatos épicos y batallas imposibles. Se dio el paso, luego, con lo atrevido, una evolución en la imagen, en el modo de abrirse al mundo que ha devuelto a las grandes estrellas a su pelotón. Se podía contar con el compromiso de sus ciclistas y de sus aficionados. Clásicamente atrevido, como el rosa, como Italia. 

Así, no es casualidad que el corazón del apasionado se adelante en el tiempo y se desplace al sur. Con un Tour cada vez más previsible bajo el calor de julio, el caos dirigido del Giro, cuando la nieve todavía no se ha derretido en la primavera alpina, ya es un atractivo difícil de evitar. 

Este Giro concentra su momentumen los ocho últimos días de carrera, recorriendo los Alpes hacia oriente. De Cuneo a los Dolomitas, pasando por las faldas de un mito cicloturista como el Nivolet, las laderas del Mont Blanc, las colmas asomadas al lago de Como lejos de su habitual estampa otoñal y los temidos pasos de Gavia y Mortirolo. Los golpes decisivos se darán aquí. 

Antes, el recorrido dejará contadas opciones a los velocistas puros -cinco días claros devolata-, y presentará oportunidades de emboscada en las estribaciones apenínicas que salpican largos kilometrajes con escaso descanso. En este trayecto por icónicos lugares como la Toscana, los Castelli Romani, el Gargano, el Abbruzzo o la Via Emilia no se gana el Giro, pero se puede perder fácilmente. Tres luchas contra el reloj, todas similares -Bologna el primer día, San Marino el noveno, Verona el último-, de recorrido mixto perfecto para los especialistas modernos, completan el viaje. 

El finísimo Tom Dumoulin, laureado en 2016; el eléctrico Simon Yates, recuperado del mazazo de Finestre de hace un año; el extraordinario Primoz Roglic, que exceptuando el Tour no pierde una carrera desde hace un año. Tres pretendientes de virtudes variadas llegan en forma para atraer el rosa en Verona. Ellos aparecen por delante del eterno Nibali, que pocas veces falla, del imprevisible Landa y su legión de fans, del esperado Supermán López. 

Habrá color también para más escaladores de nivel -Majka, Izagirre, Chaves, Mollema, Formolo, Zakarin-, para algunos de los mejores velocistas del mundo -Viviani, Gaviria, Ackermann, Démare-, para buscavidas consolidados -De Gendt, Jungels, Gallopin- o para jóvenes que aspiran a todo ello -Geoghegan Hart, Sivakov, Sosa, O’Connor, Carthy, Knox-.

El Giro ha dejado atrás cualquier miedo a ser secundario. La carrera más dura del mundo en el país más bonito del mundo no es un magnífico eslogan, sino una realidad reflejada en un color, una luz, un modo de ver la vida: el rosa, de cada mes de mayo. 

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Delicadamente elegante, románticamente rompedor, salvajemente sensible. Fiel reflejo del país que recorre, el color rosa tiñe cada mes de mayo las carreteras de Italia y la pasión por el ciclismo. Un color que, en forma de maillot, de lana merina o de poliéster, ilumina ataques, ídolos, villanos, dioses, ícaros, traiciones, sueños, cálculos, caídas, sorpresas. Y en ese espectro se moverá indudablemente el Giro en su centésimo segunda edición. 

Atrás quedaron los años en los que la lucha por el triunfo se reducía a una desigual lucha entre escaladores locales y extranjeros de segunda fila. Mucho más pretéritos, afortunadamente, se olvidaron algunos recorridos insulsos. Se recuperó lo clásico, primero, los escenarios anonadantes, los ascensos alpinos con desarrollos imposibles, inspiración de relatos épicos y batallas imposibles. Se dio el paso, luego, con lo atrevido, una evolución en la imagen, en el modo de abrirse al mundo que ha devuelto a las grandes estrellas a su pelotón. Se podía contar con el compromiso de sus ciclistas y de sus aficionados. Clásicamente atrevido, como el rosa, como Italia. 

Así, no es casualidad que el corazón del apasionado se adelante en el tiempo y se desplace al sur. Con un Tour cada vez más previsible bajo el calor de julio, el caos dirigido del Giro, cuando la nieve todavía no se ha derretido en la primavera alpina, ya es un atractivo difícil de evitar. 

Este Giro concentra su momentumen los ocho últimos días de carrera, recorriendo los Alpes hacia oriente. De Cuneo a los Dolomitas, pasando por las faldas de un mito cicloturista como el Nivolet, las laderas del Mont Blanc, las colmas asomadas al lago de Como lejos de su habitual estampa otoñal y los temidos pasos de Gavia y Mortirolo. Los golpes decisivos se darán aquí. 

Antes, el recorrido dejará contadas opciones a los velocistas puros -cinco días claros devolata-, y presentará oportunidades de emboscada en las estribaciones apenínicas que salpican largos kilometrajes con escaso descanso. En este trayecto por icónicos lugares como la Toscana, los Castelli Romani, el Gargano, el Abbruzzo o la Via Emilia no se gana el Giro, pero se puede perder fácilmente. Tres luchas contra el reloj, todas similares -Bologna el primer día, San Marino el noveno, Verona el último-, de recorrido mixto perfecto para los especialistas modernos, completan el viaje. 

El finísimo Tom Dumoulin, laureado en 2016; el eléctrico Simon Yates, recuperado del mazazo de Finestre de hace un año; el extraordinario Primoz Roglic, que exceptuando el Tour no pierde una carrera desde hace un año. Tres pretendientes de virtudes variadas llegan en forma para atraer el rosa en Verona. Ellos aparecen por delante del eterno Nibali, que pocas veces falla, del imprevisible Landa y su legión de fans, del esperado Supermán López. 

Habrá color también para más escaladores de nivel -Majka, Izagirre, Chaves, Mollema, Formolo, Zakarin-, para algunos de los mejores velocistas del mundo -Viviani, Gaviria, Ackermann, Démare-, para buscavidas consolidados -De Gendt, Jungels, Gallopin- o para jóvenes que aspiran a todo ello -Geoghegan Hart, Sivakov, Sosa, O’Connor, Carthy, Knox-.

El Giro ha dejado atrás cualquier miedo a ser secundario. La carrera más dura del mundo en el país más bonito del mundo no es un magnífico eslogan, sino una realidad reflejada en un color, una luz, un modo de ver la vida: el rosa, de cada mes de mayo. 

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