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Maverick Viñales y Yamaha: de la ignorancia a la indiferencia

Swinxy @Swinxy 05-07-2021

Si a la pregunta “¿qué te pasa?” le sucede un “no sé”, suele significar que sí que pasan cosas y que algo no va bien. Si ese diálogo se convierte en rutina de pareja, el problema es profundo y en muchas ocasiones irreversible. Solucionarlo con planes rutinarios como cines o paseos no lo va a arreglar, como mucho podrá prolongar un desenlace que al final se torna inevitable.

Maverick Viñales se cansó de escuchar un “no sé” de Yamaha cada vez que preguntaba qué le pasaba a su M1. La realidad es que ya hacía mucho tiempo que se les había roto el amor, y no fue precisamente de tanto usarlo, como cantaba Rocío Jurado. Más bien todo lo contrario: ocho usos en 78 carreras. Si se tiene en cuenta que de esas ocho, tres fueron en las cinco primeras carreras, quedan cinco en las últimas 73.

Un 6,85% de éxitos es un bagaje muy pobre para dos partes que se las prometían muy felices en los albores de 2017, donde aspiraban a comerse el mundo. Aquella fase duró muy poco. Demasiado poco como para cimentar algo sólido. Rápidamente empezaron los problemas y, con ellos, los reproches, que no tardaron en convertirse en la tónica habitual.

Reproches cuyas raíces se hundían en la frustración de sentirse siempre el segundo plato del equipo, o al menos de sentir que no tenía la voz cantante que creía merecer por sus resultados: sus tres victorias fueron las únicas que logró Yamaha entre Assen 2017 (Valentino Rossi) y Jerez 2020 (Fabio Quartararo). Ninguna de las dos partes parecía estar feliz con su relación. Por eso sorprendió tantísimo que, allá por enero de 2020, Yamaha anunciase la prolongación de su contrato por dos temporadas: hasta finales de 2022.

Ni lo hicieron por amor ni lo hicieron convencidos. Viñales jugó la baza de los celos en forma de oferta de Ducati, y Yamaha tuvo miedo de verle feliz con otra. Era mucho más grande el miedo que tenían a la separación que la ilusión por continuar. En estos casos, el deterioro emocional es cuestión de tiempo, hasta que el desenlace se torna inevitable.

Año y medio después, Viñales es más infeliz que nunca desde que está en MotoGP pero Yamaha vive un idilio con Fabio Quartararo; formándose una especie de triángulo amoroso tan poco equilibrado que resultaba insostenible a todas luces.

Viñales ya iba atisbando señales y deslizando reproches velados, hasta que explotó. Lo hizo al darse cuenta de que los “no sé” que recibía eran en realidad un eufemismo bajo el que subyacía un “no me importa”. Porque se puede (y debe) comprender que la otra parte no pueda arreglar los problemas por una cuestión de ignorancia, pero que no quiera intentarlo por una cuestión de indiferencia es intolerable.

Ante tales condiciones, el único desenlace posible era la ruptura… aunque tengan que seguir viviendo juntos unos cuantos meses más. El amor ya estaba completamente roto, pero como siempre sucede, la burocracia lo escenifica en diferido.

Lo bueno de las rupturas en el motociclismo es que la separación de bienes va implícita: el equipo se queda la moto y el piloto se lleva su talento a otra parte. Y en este caso parece evidente que ambas partes salen ganando.

Imagen de cabecera: Imago

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Si a la pregunta “¿qué te pasa?” le sucede un “no sé”, suele significar que sí que pasan cosas y que algo no va bien. Si ese diálogo se convierte en rutina de pareja, el problema es profundo y en muchas ocasiones irreversible. Solucionarlo con planes rutinarios como cines o paseos no lo va a arreglar, como mucho podrá prolongar un desenlace que al final se torna inevitable.

Maverick Viñales se cansó de escuchar un “no sé” de Yamaha cada vez que preguntaba qué le pasaba a su M1. La realidad es que ya hacía mucho tiempo que se les había roto el amor, y no fue precisamente de tanto usarlo, como cantaba Rocío Jurado. Más bien todo lo contrario: ocho usos en 78 carreras. Si se tiene en cuenta que de esas ocho, tres fueron en las cinco primeras carreras, quedan cinco en las últimas 73.

Un 6,85% de éxitos es un bagaje muy pobre para dos partes que se las prometían muy felices en los albores de 2017, donde aspiraban a comerse el mundo. Aquella fase duró muy poco. Demasiado poco como para cimentar algo sólido. Rápidamente empezaron los problemas y, con ellos, los reproches, que no tardaron en convertirse en la tónica habitual.

Reproches cuyas raíces se hundían en la frustración de sentirse siempre el segundo plato del equipo, o al menos de sentir que no tenía la voz cantante que creía merecer por sus resultados: sus tres victorias fueron las únicas que logró Yamaha entre Assen 2017 (Valentino Rossi) y Jerez 2020 (Fabio Quartararo). Ninguna de las dos partes parecía estar feliz con su relación. Por eso sorprendió tantísimo que, allá por enero de 2020, Yamaha anunciase la prolongación de su contrato por dos temporadas: hasta finales de 2022.

Ni lo hicieron por amor ni lo hicieron convencidos. Viñales jugó la baza de los celos en forma de oferta de Ducati, y Yamaha tuvo miedo de verle feliz con otra. Era mucho más grande el miedo que tenían a la separación que la ilusión por continuar. En estos casos, el deterioro emocional es cuestión de tiempo, hasta que el desenlace se torna inevitable.

Año y medio después, Viñales es más infeliz que nunca desde que está en MotoGP pero Yamaha vive un idilio con Fabio Quartararo; formándose una especie de triángulo amoroso tan poco equilibrado que resultaba insostenible a todas luces.

Viñales ya iba atisbando señales y deslizando reproches velados, hasta que explotó. Lo hizo al darse cuenta de que los “no sé” que recibía eran en realidad un eufemismo bajo el que subyacía un “no me importa”. Porque se puede (y debe) comprender que la otra parte no pueda arreglar los problemas por una cuestión de ignorancia, pero que no quiera intentarlo por una cuestión de indiferencia es intolerable.

Ante tales condiciones, el único desenlace posible era la ruptura… aunque tengan que seguir viviendo juntos unos cuantos meses más. El amor ya estaba completamente roto, pero como siempre sucede, la burocracia lo escenifica en diferido.

Lo bueno de las rupturas en el motociclismo es que la separación de bienes va implícita: el equipo se queda la moto y el piloto se lleva su talento a otra parte. Y en este caso parece evidente que ambas partes salen ganando.

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Sergio Merino Rueda @SergioMerino8
23-09-2021