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Matchday y la barrera infranqueable

Xavi Vallés @xavivalles14 12-12-2019

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis. Maratón frenética. Finiquitados un par de días después de tenerlos disponibles en la plataforma de televisión que patrocina al club. Divirtiéndome, pasándolo bien, sorprendiéndome a cada momento y agradecido de poder descubrir algunos entresijos de un espacio tan hermetizado como el vestuario del FC Barcelona. Porque a pesar de la negativa a verlo que entre tráiler y tráiler manifestó parte de la afición del club azulgrana -entre la cual me incluyo-, es inevitable caer ante un anzuelo tan jugoso; es inevitable no sentir curiosidad por estar más cerca de personas a quienes admiramos, no querer encontrar respuesta a algunas preguntas que nos formulamos sobre su estilo de vida o su entorno, no desear conocer las conversaciones e interacciones entre un grupo de millonarios que a menudo parecen vivir en su particular burbuja. El ser humano tiene una naturaleza curiosa (diría que hasta morbosa) de por sí, y formar parte de esta invasión de la intimidad futbolística y social de nuestro equipo es un reclamo demasiado potente. ¿Quién puede resistirse a esto? Es realmente difícil no morder cada una de las ocho piezas de esta manzana que llega en forma de un documental llamado Matchday.

Porque esta magnífica superproducción que muestra los puntos álgidos de la temporada 2018/19 del FC Barcelona no escatima, presentando al espectador ocho capítulos de una hora de duración. Aunque un servidor, como podéis ver en la primera frase de este texto que os hago llegar, solamente ha contado hasta seis. Y el motivo no es otro que lo que le pasa a mi mente cuando me dirijo hacia el séptimo. Llamémoslo “lo que le pasa a mi mente” o llamémoslo directamente miedo. Pánico ante lo que me espera en el siguiente episodio. Sé perfectamente qué es lo que viene a continuación, lo que está por llegar. Sé a lo que me estoy acercando. Y por eso me quedé clavado ahí, en los créditos del sexto episodio, que aparecen tras una brillante disección -como todas y cada una de las que exhibe el documental- del partido de ida de semifinales de Champions League ante el Liverpool. La previa, el ambiente de las grandes noches del Camp Nou, la presión que el vestuario siente antes del partido, la sensación de liberación de los jugadores al celebrar los dos primeros goles, la charla de Ernesto Valverde en el descanso… y la falta directa de Messi.

Casi cinco minutos de episodio dedicados al mejor momento de la temporada pasada. El momento en que todo aficionado, habiendo ganado la Liga la semana anterior, con el equipo clasificado para la final de Copa del Rey y celebrando un 3-0 que parecía sentenciar la eliminatoria, se volvía a sentir cerca de una final de Champions que Leo Messi no hubiera dejado escapar. La primera que hubiera levantado como capitán. Así lo demostró el ‘10’ en Barcelona y en Liverpool. Sí, también en Liverpool: es momento de alzar la voz ante la mentira más injusta y generalizada en relación a la temporada pasada, que cuenta que Messi hizo un mal partido en Anfield. No es así. Su eliminatoria es escandalosa, de otro mundo, pero en Liverpool estuvo solo. Demasiado solo. Tan solo como en esas ocasiones en que, vistiendo la albiceleste, hemos visto a un Messi desesperado, pidiendo ayuda sin éxito, luchando contra todo (y contra todos) para caer finalmente derrotado. El equipo pareció conspirar para quitarle una final a Leo, a través de una argentinización exagerada. Y pensando esto me vuelve a invadir la frustración, la rabia. La misma rabia que siento al revivir la celebración de Messi tras constatar que las manos de Alisson Becker no llegaban a ese balón que se colaba por la escuadra (en una escena magistralmente llevada por el documental, con una secuencia a cámara lenta que eriza la piel y te obliga a rebobinar para presenciarla de nuevo). Un Leo Messi con mirada de “esta Champions va a ser mía”. La rabia al terminar este episodio seis que, de no haber asistido justo una semana después al mayor ridículo azulgrana que jamás he visto en Champions, debería ser consumido con la explosión de las emociones que merece una obra maestra de este calibre.

Porque, por mucho dolor que llegue a producir a medida que se acerca el séptimo episodio, no hay duda de que Matchday es esto: una auténtica obra maestra a nivel audiovisual. La oportunidad de meter el ojo en un agujero y poder espiar -y hasta juzgar- cada acción que sucede en el mundo tan acorazado que forman un grupo de futbolistas de élite. Empatizar con los buenos y los malos momentos que estos seres humanos pueden tener. Porque quedan para comer y cocinan, como tú. Porque hablan de sus hijos, de la escuela, de las horas de descanso que tienen, como tú. De hecho, si me pidiesen resumir Matchday a través de varios conceptos, redactaría una definición nada monopolizada por el fútbol. Hablaría de acercamiento de posturas, de la normalización del drama, de la humanización del ídolo y la reconciliación entre uno mismo y los elementos divergentes. Hablaría de comprender, de mediación ante el conflicto. Este sería el mensaje, el fin. El fútbol es solamente el medio, el ya comentado anzuelo, el canal mediático que se aprovecha desde producción para comunicar todo lo que el documental lleva dentro: un auténtico regalo que todo culé debe devorar.

Lo es, por mucho que sigan pasando los días y un servidor no pueda -de momento- avanzar más. El frenetismointerno que me llamaba a consumir los episodios anteriores a ritmo vertiginoso ha desaparecido. Voy a acabar viendo el maldito episodio, evidentemente, pero a día de hoy he optado por poner el freno de mano. Escudo protector. Mecanismo de defensa. Incapacidad para poner el play y enfrentarme al séptimo. Sé lo que me espera y me doy cuenta de que la herida es más reciente de lo que pensaba. Que aún no ha cicatrizado y a día de hoy sigue supurando. No quiero volver al escenario del crimen. Anfield Road es, valga la redundancia, una red line que de momento no quiero traspasar. Matchday me está provocando, poniendo delante de mí una barrera infranqueable que, de momento, soy incapaz de sortear. No soy Leo Messi.

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Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis. Maratón frenética. Finiquitados un par de días después de tenerlos disponibles en la plataforma de televisión que patrocina al club. Divirtiéndome, pasándolo bien, sorprendiéndome a cada momento y agradecido de poder descubrir algunos entresijos de un espacio tan hermetizado como el vestuario del FC Barcelona. Porque a pesar de la negativa a verlo que entre tráiler y tráiler manifestó parte de la afición del club azulgrana -entre la cual me incluyo-, es inevitable caer ante un anzuelo tan jugoso; es inevitable no sentir curiosidad por estar más cerca de personas a quienes admiramos, no querer encontrar respuesta a algunas preguntas que nos formulamos sobre su estilo de vida o su entorno, no desear conocer las conversaciones e interacciones entre un grupo de millonarios que a menudo parecen vivir en su particular burbuja. El ser humano tiene una naturaleza curiosa (diría que hasta morbosa) de por sí, y formar parte de esta invasión de la intimidad futbolística y social de nuestro equipo es un reclamo demasiado potente. ¿Quién puede resistirse a esto? Es realmente difícil no morder cada una de las ocho piezas de esta manzana que llega en forma de un documental llamado Matchday.

Porque esta magnífica superproducción que muestra los puntos álgidos de la temporada 2018/19 del FC Barcelona no escatima, presentando al espectador ocho capítulos de una hora de duración. Aunque un servidor, como podéis ver en la primera frase de este texto que os hago llegar, solamente ha contado hasta seis. Y el motivo no es otro que lo que le pasa a mi mente cuando me dirijo hacia el séptimo. Llamémoslo “lo que le pasa a mi mente” o llamémoslo directamente miedo. Pánico ante lo que me espera en el siguiente episodio. Sé perfectamente qué es lo que viene a continuación, lo que está por llegar. Sé a lo que me estoy acercando. Y por eso me quedé clavado ahí, en los créditos del sexto episodio, que aparecen tras una brillante disección -como todas y cada una de las que exhibe el documental- del partido de ida de semifinales de Champions League ante el Liverpool. La previa, el ambiente de las grandes noches del Camp Nou, la presión que el vestuario siente antes del partido, la sensación de liberación de los jugadores al celebrar los dos primeros goles, la charla de Ernesto Valverde en el descanso… y la falta directa de Messi.

Casi cinco minutos de episodio dedicados al mejor momento de la temporada pasada. El momento en que todo aficionado, habiendo ganado la Liga la semana anterior, con el equipo clasificado para la final de Copa del Rey y celebrando un 3-0 que parecía sentenciar la eliminatoria, se volvía a sentir cerca de una final de Champions que Leo Messi no hubiera dejado escapar. La primera que hubiera levantado como capitán. Así lo demostró el ‘10’ en Barcelona y en Liverpool. Sí, también en Liverpool: es momento de alzar la voz ante la mentira más injusta y generalizada en relación a la temporada pasada, que cuenta que Messi hizo un mal partido en Anfield. No es así. Su eliminatoria es escandalosa, de otro mundo, pero en Liverpool estuvo solo. Demasiado solo. Tan solo como en esas ocasiones en que, vistiendo la albiceleste, hemos visto a un Messi desesperado, pidiendo ayuda sin éxito, luchando contra todo (y contra todos) para caer finalmente derrotado. El equipo pareció conspirar para quitarle una final a Leo, a través de una argentinización exagerada. Y pensando esto me vuelve a invadir la frustración, la rabia. La misma rabia que siento al revivir la celebración de Messi tras constatar que las manos de Alisson Becker no llegaban a ese balón que se colaba por la escuadra (en una escena magistralmente llevada por el documental, con una secuencia a cámara lenta que eriza la piel y te obliga a rebobinar para presenciarla de nuevo). Un Leo Messi con mirada de “esta Champions va a ser mía”. La rabia al terminar este episodio seis que, de no haber asistido justo una semana después al mayor ridículo azulgrana que jamás he visto en Champions, debería ser consumido con la explosión de las emociones que merece una obra maestra de este calibre.

Porque, por mucho dolor que llegue a producir a medida que se acerca el séptimo episodio, no hay duda de que Matchday es esto: una auténtica obra maestra a nivel audiovisual. La oportunidad de meter el ojo en un agujero y poder espiar -y hasta juzgar- cada acción que sucede en el mundo tan acorazado que forman un grupo de futbolistas de élite. Empatizar con los buenos y los malos momentos que estos seres humanos pueden tener. Porque quedan para comer y cocinan, como tú. Porque hablan de sus hijos, de la escuela, de las horas de descanso que tienen, como tú. De hecho, si me pidiesen resumir Matchday a través de varios conceptos, redactaría una definición nada monopolizada por el fútbol. Hablaría de acercamiento de posturas, de la normalización del drama, de la humanización del ídolo y la reconciliación entre uno mismo y los elementos divergentes. Hablaría de comprender, de mediación ante el conflicto. Este sería el mensaje, el fin. El fútbol es solamente el medio, el ya comentado anzuelo, el canal mediático que se aprovecha desde producción para comunicar todo lo que el documental lleva dentro: un auténtico regalo que todo culé debe devorar.

Lo es, por mucho que sigan pasando los días y un servidor no pueda -de momento- avanzar más. El frenetismointerno que me llamaba a consumir los episodios anteriores a ritmo vertiginoso ha desaparecido. Voy a acabar viendo el maldito episodio, evidentemente, pero a día de hoy he optado por poner el freno de mano. Escudo protector. Mecanismo de defensa. Incapacidad para poner el play y enfrentarme al séptimo. Sé lo que me espera y me doy cuenta de que la herida es más reciente de lo que pensaba. Que aún no ha cicatrizado y a día de hoy sigue supurando. No quiero volver al escenario del crimen. Anfield Road es, valga la redundancia, una red line que de momento no quiero traspasar. Matchday me está provocando, poniendo delante de mí una barrera infranqueable que, de momento, soy incapaz de sortear. No soy Leo Messi.

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