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Manu Ginóbili y la eternidad

Jacobo Correa @JacoCorrea 15-04-2018

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Con todo el ajetreo de las últimas semanas y con la vista
puesta en las eliminatorias por el título, apenas hemos tenido tiempo para
reflexionar sobre ello, pero nadie sabe a ciencia cierta si estamos a nada de
que se nos acabe Manu Ginóbili. Once meses atrás, el AT&T Center le
dedicaba una sonora ovación al término de la final de conferencia, temiéndose
que el argentino no volviese a saltar a la pista vestido con el uniforme local.
Su continuidad fue en regalo para todos y verle bien físicamente colmaba
nuestras aspiraciones. Con cuarenta años a cuestas no sólo ha sido un digno
complemento, sino que en muchas ocasiones se cargó el equipo a la espalda,
mostrando que lo último que envejece en tipos así es el corazón.

No hace mucho, Gregg Popovich declaró en un periódico local
que lo que está viviendo con Manu es “una
especie de alegría melancólica”
, pensando en que cada vez que pise un
pabellón puede ser la última vez en él. “Antes
de cada partido echo la vista atrás y recuerdo lo que ha significado para
nosotros durante tantos años y lo importante que ha sido en nuestro éxito”
.
De sus palabras deduzco que nadie, Pop incluido, desean que el de Bahía Blanca
opte por la retirada, por mucho más tardía que esta vaya a ser que lo que cualquiera
hubiese imaginado.

Se hace complicado entender que han pasado más de quince
años. Igual deberíamos coger una foto nuestra de entonces y observar los
cambios. Reflexionemos ahora sobre el Big
Three. En su aspecto. El pelo de
Duncan comenzó a ser grisáceo en sus últimas campañas y la incipiente barba de
Parker contrasta con su imagen en sus primeros años en la liga, pero tal vez
sea Manu el más perjudicado por el paso del tiempo. Aquella melena ya no
existe. En su lugar, una gran calva en la coronilla. Y su rostro proyecta unas
líneas que no engañan. Sin embargo, ha sido su juego el que ha aguantado más. The Big Fundamental mira ahora desde la
lejanía y Tony ha perdido piernas. Manu, inexplicablemente, sigue regalándonos
imágenes espectaculares y siendo más importante que su compañero en el backcourt cuando llegan los momentos
calientes del duelo de turno.

La intensidad con la que juega Manu Ginóbili se suponía
debía haberse consumido hace tiempo. Hay mil ejemplos que evidencian que los
límites de la edad condicionan en exceso. Pero hay algo más. El fuego, que
decía Michael Jordan. Ese mismo que mantuvo a Kobe Bryant cuando su cuerpo no
daba para más. En ocasiones a Manu lo han comparado con ellos dos. Incluso Kobe
ha admitido verse reflejado en él. Es ese fuego lo que comparte. Lo que le
impulsa. Quizá nunca tuviese el físico privilegiado de Jordan y Bryant, pero en
espíritu competitivo está, como poco, en el mismo escalón. “Es uno de esos tipos que se convierte en el corazón y alma de su
equipo debido a su competitividad, que es ejemplar. En ese sentido, es una
anomalía. Su actitud es la misma que tenía Kobe, Larry o Magic. Tiene esa
actitud, juega con el mismo fuego. Siempre lo ha hecho”
. Son declaraciones
de Popovich durante los playoffs del
año pasado.

Puede que la clave también la tenga su coach. Como el límite cada vez está más lejos, Popovich trata de
dosificarlo. Menos tiempo en pista, más concentrado el esfuerzo. Así mantiene
la explosividad. Por eso, todavía llega. Son momentos, ráfagas cortas, pero
suficientes para cambiar el devenir de un partido o ser vital cuando la bola
quema. Ciertamente, tal vez ya no lo veamos lanzarse a tumba abierta contra
quien esté en la zona, pero es capaz aún de moverse como un bailarín, dejar a
su par atrás y driblar en carrera como antaño. El euro-step en su máximo esplendor. Nadie como Manu ha manejado esa
suerte baloncestística.

Los Spurs llegaron a la última semana de temporada regular
jugándose la vida. Primero Sacramento y luego Portland sufrieron esas explosiones
del argentino. Contra los de Oregón anotó diez puntos en el último cuarto y
robó un balón crucial a Damian Lillard. A la conclusión del encuentro, el
prometedor Dejounte Murray comentó al respecto: “Yo no paraba de animar. ¡Manu tiene cuarenta años! ¿Qué debemos
esperar de él? No le queda nada por demostrar, ya pagó todas sus deudas. Es un
futuro miembro del Hall of Fame, ha ganado campeonatos… Para nosotros es un
bonus. Él podría estar con su familia, disfrutando de sus hijos. Pero muestra
cada noche el amor y la pasión que tiene por el juego, aquí, con nosotros”.

No sé, puede que Manu simplemente esté tratando de
aprovechar el momento. Lo ha hecho en cada partido. Lo sigue haciendo hoy. Sin
el físico de cuando tenía veinte o treinta años, se apoya en su tremendo
conocimiento del juego. Siempre fue un aventajado, un tipo con un IQ sobrenatural, que ha sido
complementado con la experiencia adquirida. Entiendo que mientras se dirige a
su objetivo (el aro), su mente dibuja cada ángulo posible de paso, cada bote en
conducción y, de entre todos los resultados posibles, es capaz de elegir la
mejor alternativa. Con tantos partidos a las espaldas, también ha incurrido en
errores. Su virtud, aprender de ellos. El pasado como motivación, el fallo como
acicate. Y la autoexigencia siempre presente. Antes, ahora. “Estaba muy decepcionado por cómo jugué en
Los Ángeles (frente a Clippers). Los chicos habían hecho un gran partido y
siento que decepcioné al grupo, de modo que he salido muy concentrado para que
mi actuación fuese buena”
, explicaba Manu tras el choque frente a Kings.

Los playoffs
arrancaron antes de los playoffs.
Porque de no haber ganado esos encuentros clave, no habría post temporada en
San Antonio. Pero ahora llega el más difícil todavía: permanecer con vida la
mayor cantidad de tiempo posible. Alargar al máximo la serie frente a Warriors.
Buscar hacerles daño. LaMarcus Aldridge será (como lo ha sido toda la
temporada) la pieza más importante de los Spurs, pero ante la previsibilidad
del ataque de los de Popovich, Manu es ese elemento diferente, impredecible,
que tanto cuesta controlar a sus rivales. Cuando los jugadores de rotación
inunden la cancha, uno de entre todos será capaz de leer el juego mejor que el
resto, de encontrar los puntos vulnerables de sus adversarios. El problema
principal es que, a estas alturas, se nos hace impensable que Manu esté sobre
el parqué más de veinte o veinticinco minutos. La esperanza radica en que la
defensa de los Spurs sea capaz de contener el caudal ofensivo de Warriors.
Llegar igualados al final, con Ginóbili en pista sería un maravilloso contexto.
Tal vez, un bello punto y aparte.

Porque me cuesta aceptar el punto y final. La ilusión a la
que agarrarme es creer que nadie sabe cuándo llegará el final para Manu. Y
también es ilusionante saber, a ciencia cierta, que cuando se dé ese momento,
no lo hará de manera silenciosa. Dejará, probablemente, otro de esos instantes
que permanecerán para la eternidad. Una eternidad que persigue Emanuel David
Ginóbili.

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Con todo el ajetreo de las últimas semanas y con la vista
puesta en las eliminatorias por el título, apenas hemos tenido tiempo para
reflexionar sobre ello, pero nadie sabe a ciencia cierta si estamos a nada de
que se nos acabe Manu Ginóbili. Once meses atrás, el AT&T Center le
dedicaba una sonora ovación al término de la final de conferencia, temiéndose
que el argentino no volviese a saltar a la pista vestido con el uniforme local.
Su continuidad fue en regalo para todos y verle bien físicamente colmaba
nuestras aspiraciones. Con cuarenta años a cuestas no sólo ha sido un digno
complemento, sino que en muchas ocasiones se cargó el equipo a la espalda,
mostrando que lo último que envejece en tipos así es el corazón.

No hace mucho, Gregg Popovich declaró en un periódico local
que lo que está viviendo con Manu es “una
especie de alegría melancólica”
, pensando en que cada vez que pise un
pabellón puede ser la última vez en él. “Antes
de cada partido echo la vista atrás y recuerdo lo que ha significado para
nosotros durante tantos años y lo importante que ha sido en nuestro éxito”
.
De sus palabras deduzco que nadie, Pop incluido, desean que el de Bahía Blanca
opte por la retirada, por mucho más tardía que esta vaya a ser que lo que cualquiera
hubiese imaginado.

Se hace complicado entender que han pasado más de quince
años. Igual deberíamos coger una foto nuestra de entonces y observar los
cambios. Reflexionemos ahora sobre el Big
Three. En su aspecto. El pelo de
Duncan comenzó a ser grisáceo en sus últimas campañas y la incipiente barba de
Parker contrasta con su imagen en sus primeros años en la liga, pero tal vez
sea Manu el más perjudicado por el paso del tiempo. Aquella melena ya no
existe. En su lugar, una gran calva en la coronilla. Y su rostro proyecta unas
líneas que no engañan. Sin embargo, ha sido su juego el que ha aguantado más. The Big Fundamental mira ahora desde la
lejanía y Tony ha perdido piernas. Manu, inexplicablemente, sigue regalándonos
imágenes espectaculares y siendo más importante que su compañero en el backcourt cuando llegan los momentos
calientes del duelo de turno.

La intensidad con la que juega Manu Ginóbili se suponía
debía haberse consumido hace tiempo. Hay mil ejemplos que evidencian que los
límites de la edad condicionan en exceso. Pero hay algo más. El fuego, que
decía Michael Jordan. Ese mismo que mantuvo a Kobe Bryant cuando su cuerpo no
daba para más. En ocasiones a Manu lo han comparado con ellos dos. Incluso Kobe
ha admitido verse reflejado en él. Es ese fuego lo que comparte. Lo que le
impulsa. Quizá nunca tuviese el físico privilegiado de Jordan y Bryant, pero en
espíritu competitivo está, como poco, en el mismo escalón. “Es uno de esos tipos que se convierte en el corazón y alma de su
equipo debido a su competitividad, que es ejemplar. En ese sentido, es una
anomalía. Su actitud es la misma que tenía Kobe, Larry o Magic. Tiene esa
actitud, juega con el mismo fuego. Siempre lo ha hecho”
. Son declaraciones
de Popovich durante los playoffs del
año pasado.

Puede que la clave también la tenga su coach. Como el límite cada vez está más lejos, Popovich trata de
dosificarlo. Menos tiempo en pista, más concentrado el esfuerzo. Así mantiene
la explosividad. Por eso, todavía llega. Son momentos, ráfagas cortas, pero
suficientes para cambiar el devenir de un partido o ser vital cuando la bola
quema. Ciertamente, tal vez ya no lo veamos lanzarse a tumba abierta contra
quien esté en la zona, pero es capaz aún de moverse como un bailarín, dejar a
su par atrás y driblar en carrera como antaño. El euro-step en su máximo esplendor. Nadie como Manu ha manejado esa
suerte baloncestística.

Los Spurs llegaron a la última semana de temporada regular
jugándose la vida. Primero Sacramento y luego Portland sufrieron esas explosiones
del argentino. Contra los de Oregón anotó diez puntos en el último cuarto y
robó un balón crucial a Damian Lillard. A la conclusión del encuentro, el
prometedor Dejounte Murray comentó al respecto: “Yo no paraba de animar. ¡Manu tiene cuarenta años! ¿Qué debemos
esperar de él? No le queda nada por demostrar, ya pagó todas sus deudas. Es un
futuro miembro del Hall of Fame, ha ganado campeonatos… Para nosotros es un
bonus. Él podría estar con su familia, disfrutando de sus hijos. Pero muestra
cada noche el amor y la pasión que tiene por el juego, aquí, con nosotros”.

No sé, puede que Manu simplemente esté tratando de
aprovechar el momento. Lo ha hecho en cada partido. Lo sigue haciendo hoy. Sin
el físico de cuando tenía veinte o treinta años, se apoya en su tremendo
conocimiento del juego. Siempre fue un aventajado, un tipo con un IQ sobrenatural, que ha sido
complementado con la experiencia adquirida. Entiendo que mientras se dirige a
su objetivo (el aro), su mente dibuja cada ángulo posible de paso, cada bote en
conducción y, de entre todos los resultados posibles, es capaz de elegir la
mejor alternativa. Con tantos partidos a las espaldas, también ha incurrido en
errores. Su virtud, aprender de ellos. El pasado como motivación, el fallo como
acicate. Y la autoexigencia siempre presente. Antes, ahora. “Estaba muy decepcionado por cómo jugué en
Los Ángeles (frente a Clippers). Los chicos habían hecho un gran partido y
siento que decepcioné al grupo, de modo que he salido muy concentrado para que
mi actuación fuese buena”
, explicaba Manu tras el choque frente a Kings.

Los playoffs
arrancaron antes de los playoffs.
Porque de no haber ganado esos encuentros clave, no habría post temporada en
San Antonio. Pero ahora llega el más difícil todavía: permanecer con vida la
mayor cantidad de tiempo posible. Alargar al máximo la serie frente a Warriors.
Buscar hacerles daño. LaMarcus Aldridge será (como lo ha sido toda la
temporada) la pieza más importante de los Spurs, pero ante la previsibilidad
del ataque de los de Popovich, Manu es ese elemento diferente, impredecible,
que tanto cuesta controlar a sus rivales. Cuando los jugadores de rotación
inunden la cancha, uno de entre todos será capaz de leer el juego mejor que el
resto, de encontrar los puntos vulnerables de sus adversarios. El problema
principal es que, a estas alturas, se nos hace impensable que Manu esté sobre
el parqué más de veinte o veinticinco minutos. La esperanza radica en que la
defensa de los Spurs sea capaz de contener el caudal ofensivo de Warriors.
Llegar igualados al final, con Ginóbili en pista sería un maravilloso contexto.
Tal vez, un bello punto y aparte.

Porque me cuesta aceptar el punto y final. La ilusión a la
que agarrarme es creer que nadie sabe cuándo llegará el final para Manu. Y
también es ilusionante saber, a ciencia cierta, que cuando se dé ese momento,
no lo hará de manera silenciosa. Dejará, probablemente, otro de esos instantes
que permanecerán para la eternidad. Una eternidad que persigue Emanuel David
Ginóbili.

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