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Manolo Preciado: Una sonrisa a la vida

David Orenes @david_lrl 06-06-2018

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La mañana que me enteré de que Manolo Preciado había
fallecido a causa de un infarto sentí como un golpe en el corazón. No me
lo podía creer. El día antes se hacía oficial su fichaje por el Villarreal y,
horas después, moría en su habitación de hotel en Valencia, antes de viajar a
Castellón. Pasé horas y días sin querer creérmelo. Hoy todavía escribo desde la
nostalgia y la confusión.

Sonará redundante a todo lo que se dijo entonces, pero desde
luego Manolo era uno de los entrenadores más queridos por el mundo del fútbol.
Quizás porque, a pesar de no tener un solo pelo en la lengua, siempre marcó la distancia
entre la arrogancia y la sinceridad.
 Siempre dejó las
cosas claras, pero respetando al prójimo y al enemigo. Sus ruedas de prensa
fueron, son y serán antológicas: “¿Euforia? Estamos a tres puntos del descenso. Ni ahora somos el
Bayer Leverkusen ni antes éramos la última mierda que cagó Pilatos
“.

Por donde pasó dejó buenos recuerdos y sobre todo,
mucho cariño. Entrenó al Gimnástica de Torrelavega, a las categorías
inferiores del Racing de
Santander
, al primer equipo cántabro, al Levante, al Murcia y
al Sporting de
Gijón.
 Logró cinco ascensos, algo que pocos entrenadores
podrían decir. Pero sobre todo logró gestas que nadie olvidará. Como aquella
eliminación al Barça en
Copa del Rey con el Levante -estando
en Segunda con el conjunto granota- o la gran victoria cosechada por el
Sporting en el Santiago
Bernabéu
 tan solo una temporada antes de su muerte. Entonces,
ponía la primera piedra para seguir en Primera División por cuarta temporada consecutiva,
después de permanecer en puestos de descenso casi todo el curso y acabar, al
final, en décima posición.

Él siempre sonrío a la vida, pero la vida nunca le devolvió la
sonrisa. A veces me pregunto por qué el destino castiga a aquellas personas que
merecen ser felices, y en cambio deja campar libremente a delincuentes y
criminales. Manolo, todo bondad y corazón, no tuvo una vida demasiado
fácil. En 2003, su mujer
murió de cáncer.
 Un año después, su hijo de quince años fallecía en
un accidente de moto.
 Y un año antes de perder la vida, su padre siguió el mismo camino. A
pesar de sufrir todos los golpes que le deparó el destino, siguió adelante: “La vida me ha golpeado fuerte.
Podía haberme hecho vulnerable y acabar pegándome un tiro o podía mirar al
cielo y crecer. Elegí la segunda opción”.

En su última temporada, incapaz de sacar adelante al
equipo de su vida, fue destituido tras seis campañas en el cargo. Cuando
recibió la llamada del Villarreal para
ser elegido el entrenador que debía devolver al Submarino a Primera, un nuevo e ilusionante proyecto
volvía a llenar de optimismo el corazón del técnico cántabro.
 Sin
embargo, el destino quiso, por enésima vez, que no fuera así. Manolo Preciado
no volvió a entrenar, no volvió a deleitarnos con sus ruedas de prensa, no
volvió a sonreír ante la adversidad. Sin embargo, en el recuerdo perdurarán
eternamente los momentos que ha hecho vivir al mundo del fútbol, a sus seres
más queridos, a todos los que han vivido cerca sus éxitos y sus desgracias.

Ojalá que, esté donde esté, siga siendo ese bonachón que intenta disfrutar lo máximo de cada
experiencia
a pesar de cualquier obstáculo. Gracias,
Manolo.

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La mañana que me enteré de que Manolo Preciado había
fallecido a causa de un infarto sentí como un golpe en el corazón. No me
lo podía creer. El día antes se hacía oficial su fichaje por el Villarreal y,
horas después, moría en su habitación de hotel en Valencia, antes de viajar a
Castellón. Pasé horas y días sin querer creérmelo. Hoy todavía escribo desde la
nostalgia y la confusión.

Sonará redundante a todo lo que se dijo entonces, pero desde
luego Manolo era uno de los entrenadores más queridos por el mundo del fútbol.
Quizás porque, a pesar de no tener un solo pelo en la lengua, siempre marcó la distancia
entre la arrogancia y la sinceridad.
 Siempre dejó las
cosas claras, pero respetando al prójimo y al enemigo. Sus ruedas de prensa
fueron, son y serán antológicas: “¿Euforia? Estamos a tres puntos del descenso. Ni ahora somos el
Bayer Leverkusen ni antes éramos la última mierda que cagó Pilatos
“.

Por donde pasó dejó buenos recuerdos y sobre todo,
mucho cariño. Entrenó al Gimnástica de Torrelavega, a las categorías
inferiores del Racing de
Santander
, al primer equipo cántabro, al Levante, al Murcia y
al Sporting de
Gijón.
 Logró cinco ascensos, algo que pocos entrenadores
podrían decir. Pero sobre todo logró gestas que nadie olvidará. Como aquella
eliminación al Barça en
Copa del Rey con el Levante -estando
en Segunda con el conjunto granota- o la gran victoria cosechada por el
Sporting en el Santiago
Bernabéu
 tan solo una temporada antes de su muerte. Entonces,
ponía la primera piedra para seguir en Primera División por cuarta temporada consecutiva,
después de permanecer en puestos de descenso casi todo el curso y acabar, al
final, en décima posición.

Él siempre sonrío a la vida, pero la vida nunca le devolvió la
sonrisa. A veces me pregunto por qué el destino castiga a aquellas personas que
merecen ser felices, y en cambio deja campar libremente a delincuentes y
criminales. Manolo, todo bondad y corazón, no tuvo una vida demasiado
fácil. En 2003, su mujer
murió de cáncer.
 Un año después, su hijo de quince años fallecía en
un accidente de moto.
 Y un año antes de perder la vida, su padre siguió el mismo camino. A
pesar de sufrir todos los golpes que le deparó el destino, siguió adelante: “La vida me ha golpeado fuerte.
Podía haberme hecho vulnerable y acabar pegándome un tiro o podía mirar al
cielo y crecer. Elegí la segunda opción”.

En su última temporada, incapaz de sacar adelante al
equipo de su vida, fue destituido tras seis campañas en el cargo. Cuando
recibió la llamada del Villarreal para
ser elegido el entrenador que debía devolver al Submarino a Primera, un nuevo e ilusionante proyecto
volvía a llenar de optimismo el corazón del técnico cántabro.
 Sin
embargo, el destino quiso, por enésima vez, que no fuera así. Manolo Preciado
no volvió a entrenar, no volvió a deleitarnos con sus ruedas de prensa, no
volvió a sonreír ante la adversidad. Sin embargo, en el recuerdo perdurarán
eternamente los momentos que ha hecho vivir al mundo del fútbol, a sus seres
más queridos, a todos los que han vivido cerca sus éxitos y sus desgracias.

Ojalá que, esté donde esté, siga siendo ese bonachón que intenta disfrutar lo máximo de cada
experiencia
a pesar de cualquier obstáculo. Gracias,
Manolo.

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