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Maestro

“Esta es la historia en la que se suponía que tenía que perder mi vida”. A Stefanos Tsitsipas, campeón de las ATP Finals, le encantan los inicios fuertes. Así se presenta en uno de los vídeos de su canal de Youtube. Sí, el campeón de uno de los torneos más importantes del mundo es también un youtuber más. En ese estado de felicidad extrema que exhiben las redes sociales, el griego, repentinamente, decidió explicar el día en el que su padre le salvó la vida en el mar cuando pensó que su relato, mientras cruzaba flashbacks de su infancia, estaba agotándose. Lo hace a su manera, mezclando imágenes y sonidos divertidos a la par que habla con gesto desencajado, entrecortado por las lágrimas. Juega así, con una sensación despreocupada, melena al viento, a pesar de estar en ese alambre que todo tenista, como un funambulista, tiene que pisar constantemente. Pero él parece disfrutar allí.

Así jugó en el O2 Arena durante todo el torneo. Despreocupado. Con su revés a una mano, precioso, edificó sus victorias a base de una rectitud impropia de un veinteañero. En su primer encuentro ante Medvedev consiguió el primero de los dos tie breaks que iba a adjudicarse en Londres. Desde allí, poco a poco, se erigió como alternativa en un grupo en el que solo le pudo superar Rafael Nadal. Pero ya era demasiado tarde. Tenía el pase asegurado.

Como en sus propias narraciones en su canal, el heleno tiene un sinfín de recursos escondidos. Suele apoyarse en un muy buen servicio, con poquísimas fisuras. Fue en semifinales, ante Roger Federer, donde se comenzaron a fraguar sus opciones de título, lejanas en la inauguración. Porque para un debutante, ganar en un contexto tan complejo y a la vez hermoso parecía utópico. Pero aquella victoria ante el suizo, en dos sets, con firmeza, le expuso ante el público. Ya no era un tapado o un jovencito con calidad. Era el finalista.

Ante Dominic Thiem, otro hechicero, se antojaba una final de luces de colores. No de las que colmaban el O2 Arena de forma ininterrumpida, sonrojantes en ocasiones, cada vez que ocurría algo en la pista; sino de las que atiborran al televidente de un juego preciosista, vivaz, técnico y, a la vez, muy metódico. Y es que el nivel de ambos situó a los entrenadores en una tesitura digna de final de Grand Slam: era tremendamente complicado encontrar deficiencias en cualquiera de los dos jugadores. Cada drive, revés o saque parecía descatalogado de los registros que ninguna persona, mundana, puede hacer. Eran dos fueras de serie.  

El austríaco, parecido a su homónimo, hizo gala de su fortaleza mental ganando la primera manga en el tie break. El segundo, sorprendentemente, se lo llevó el griego sin mucha pelea. En el set definitivo era Tsitsipas el que se encontraba en lo alto de la ola: acababa de remontar el set en contra y se adjudicó un break en los prolegómenos, cuando no se había roto el hielo del tercer set. Así, el ateniense se convirtió en Phil en ‘Atrapado en el Tiempo’. Como si hubiera revivido esa final millones de veces, repitiéndola hasta la saciedad, se rehizo tras tirar un 4-1 y saque en el tie break, tras perder su rotura a la mitad de manga. Recuperó el mini break y presionó al austríaco hasta que, desesperado, con bola de campeonato en contra, la mandó al pasillo de dobles. El griego se tiró al suelo, obnubilado, y miró al box donde se encontraba su padre. Aquel hombre que le salvó la vida y que “le cambió la forma de pensar”. Ahora asegura que “ya no le tiene miedo a nada”. Y quizás, solo quizás, por ese trauma convertido en un aprendizaje para el resto de su vida, se dispone a luchar a partir del próximo curso por un grande. Por ahora, como explica en su canal de Youtube, toca irse de vacaciones.

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“Esta es la historia en la que se suponía que tenía que perder mi vida”. A Stefanos Tsitsipas, campeón de las ATP Finals, le encantan los inicios fuertes. Así se presenta en uno de los vídeos de su canal de Youtube. Sí, el campeón de uno de los torneos más importantes del mundo es también un youtuber más. En ese estado de felicidad extrema que exhiben las redes sociales, el griego, repentinamente, decidió explicar el día en el que su padre le salvó la vida en el mar cuando pensó que su relato, mientras cruzaba flashbacks de su infancia, estaba agotándose. Lo hace a su manera, mezclando imágenes y sonidos divertidos a la par que habla con gesto desencajado, entrecortado por las lágrimas. Juega así, con una sensación despreocupada, melena al viento, a pesar de estar en ese alambre que todo tenista, como un funambulista, tiene que pisar constantemente. Pero él parece disfrutar allí.

Así jugó en el O2 Arena durante todo el torneo. Despreocupado. Con su revés a una mano, precioso, edificó sus victorias a base de una rectitud impropia de un veinteañero. En su primer encuentro ante Medvedev consiguió el primero de los dos tie breaks que iba a adjudicarse en Londres. Desde allí, poco a poco, se erigió como alternativa en un grupo en el que solo le pudo superar Rafael Nadal. Pero ya era demasiado tarde. Tenía el pase asegurado.

Como en sus propias narraciones en su canal, el heleno tiene un sinfín de recursos escondidos. Suele apoyarse en un muy buen servicio, con poquísimas fisuras. Fue en semifinales, ante Roger Federer, donde se comenzaron a fraguar sus opciones de título, lejanas en la inauguración. Porque para un debutante, ganar en un contexto tan complejo y a la vez hermoso parecía utópico. Pero aquella victoria ante el suizo, en dos sets, con firmeza, le expuso ante el público. Ya no era un tapado o un jovencito con calidad. Era el finalista.

Ante Dominic Thiem, otro hechicero, se antojaba una final de luces de colores. No de las que colmaban el O2 Arena de forma ininterrumpida, sonrojantes en ocasiones, cada vez que ocurría algo en la pista; sino de las que atiborran al televidente de un juego preciosista, vivaz, técnico y, a la vez, muy metódico. Y es que el nivel de ambos situó a los entrenadores en una tesitura digna de final de Grand Slam: era tremendamente complicado encontrar deficiencias en cualquiera de los dos jugadores. Cada drive, revés o saque parecía descatalogado de los registros que ninguna persona, mundana, puede hacer. Eran dos fueras de serie.  

El austríaco, parecido a su homónimo, hizo gala de su fortaleza mental ganando la primera manga en el tie break. El segundo, sorprendentemente, se lo llevó el griego sin mucha pelea. En el set definitivo era Tsitsipas el que se encontraba en lo alto de la ola: acababa de remontar el set en contra y se adjudicó un break en los prolegómenos, cuando no se había roto el hielo del tercer set. Así, el ateniense se convirtió en Phil en ‘Atrapado en el Tiempo’. Como si hubiera revivido esa final millones de veces, repitiéndola hasta la saciedad, se rehizo tras tirar un 4-1 y saque en el tie break, tras perder su rotura a la mitad de manga. Recuperó el mini break y presionó al austríaco hasta que, desesperado, con bola de campeonato en contra, la mandó al pasillo de dobles. El griego se tiró al suelo, obnubilado, y miró al box donde se encontraba su padre. Aquel hombre que le salvó la vida y que “le cambió la forma de pensar”. Ahora asegura que “ya no le tiene miedo a nada”. Y quizás, solo quizás, por ese trauma convertido en un aprendizaje para el resto de su vida, se dispone a luchar a partir del próximo curso por un grande. Por ahora, como explica en su canal de Youtube, toca irse de vacaciones.

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