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Los tiempos de Jason Williams

Jacobo Correa @JacoCorrea 05-10-2018

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Siendo un jugador extraordinario, lo cierto es que a mí me costó valorarlo. Habitualmente, tratándose del personaje al que nos referimos, lo redactado llega con el filtro de la admiración absoluta, del brillo que ciega, del highlight más salvaje. Y de verdad que lo entiendo. Yo fui el primero con cara de asombro cuando aquella noche sacó de su chistera el pase de codo, vi repetidas una y otra vez jugadas suyas hasta entender cómo había conseguido engañarme también a mí y me levanté como cualquier aficionado del entonces Arco Arena si tocaba arrebato al contraataque, consciente de que iba a presenciar un nuevo truco de magia. 

No lo digo yo, lo dicen los hechos. Los Kings fueron mejores con Bibby, un base mucho más fiable en el lanzamiento, mejor defensor y, por encima de todo, más profesional. Me voy a Sacramento porque, pese a que Jason Williams solo jugó tres de sus doce campañas como profesional en el equipo de la capital de California, es un hecho que siempre se le relaciona con dicha franquicia. Algo lógico, puesto que el punto de ebullición coincidió con los flashes en forma de crossovers y asistencias imposibles de un recién llegado a la liga. Un tipo al que apodaron acertadamente “White Chocolate”, debido a un estilo, carácter y hábitos más acordes con la cultura del hip-hop que con lo que representaba el típico base blanco, mejores o peores, y ese perfil tan reconocible en ellos a lo largo de la historia de la mejor competición de baloncesto del planeta. 

Aquella portada en la revista Slam junto a Chris Webber (absoluta debilidad personal) fue el culmen en cuanto a popularidad de un grupo tan joven como talentoso. Geoff Petrie había armado un conjunto que bajo las órdenes de Rick Adelman colmaba el ansia de espectáculo de cualquier fan de la NBA. En un periodo fugaz los Kings pasaron de ser los apestados de la competición a convertirse en los favoritos de los espectadores. Sin embargo, su cénit llegaría con Williams fuera. Las finales del oeste de 2002 frente a los Lakers (seguramente una de las mejores series de playoffs de todos los tiempos) fueron la verdadera cima de aquellos tipos. Recordarla aquí no viene al caso (duele), pero recomiendo su visionado a cualquier aficionado que entonces se las saltase o, por juventud, no la haya podido disfrutar hasta ahora. Y mucha atención con las decisiones arbitrales.

Supongo que tras estos primeros párrafos muchos apostarían que no soy de J-Will. Podría entenderse leído lo leído. Y sin embargo, sí que lo soy. Es tan contradictoria mi afirmación como cierta. Intentaré explicarme con un ejemplo: cuando se le comparaba con el inimitable Pete Maravich yo decía que sí, pero que no. Ciertamente las similitudes en cuanto a imaginación (o incluso temperamento) eran palpables, pero Maravich además era sólido sobre el parqué. Jason era tan sólo ese niño de playground, el tipo que quería divertirse y divertir, el que entendía que el baloncesto, en realidad, no es más que un juego. Claro que ningún blanco jugaba así desde el mito de Aliquippa y por eso ese recurrente espejo.

Ya en Memphis me convenció de que era más que fuegos artificiales; su aportación para el crecimiento del equipo. Equipo en el que, por cierto, aterrizó junto a Pau Gasol, motivo suficiente para simpatizar con ellos. Tal vez Hubie Brown supiera lidiar con su carácter y conseguir que se centrase. Que lo valorasen como uno de los mejores directores de juego de la liga. Que se hablase de él más por su baloncesto que por otras cuestiones que rodean al propio deporte. Llegado el momento de salir de los Grizzlies, estos ya eran equipo de postemporada. Ese aval como contrapunto a mi recelo. El tipo me estaba ganando…

Y así, sus años en los Heat. Ya moldeado. Tan capaz de cegar con un truco como de dirigir desde la sobriedad, pero siempre priorizando en lo segundo. A sus treinta años, la madurez absoluta. Entendiendo como nunca su rol y cuáles eran los momentos para cada cosa. El anillo como soldado de Wade. Sabiéndose una pieza más en un engranaje que contaba con hasta tres jugadores más importantes que él (Wade – Shaq – Walker). La pureza como point guard y luego algún destello. Los grandes jugadores en ocasiones tienen que amoldarse a lo que se les pide. Que exista esa capacidad magnifica dicho estatus. 

Tras el éxito colectivo, dos años más como timón de una nave que no pudo repetir hito, una retirada misteriosa y otros dos cursos en los que fue una sombra de sí mismo. Personalmente prefiero obviar este espacio de tiempo. De hecho, prácticamente no hay recuerdos en mi memoria más allá de sus dos nuevos dorsales en la camiseta de los Magic y sus Grizzlies. No los deseo. Porque no le hacen justicia. 

En realidad, le hace justicia aquel pase de codo con el que no me convencía del todo como jugador. Le hace justicia un crossover, una finta o una asistencia por la espalda. Le hace justicia una mirada cómplice a su los hinchas de su equipo o una sonrisa al banquillo rival tras una penetración con rectificado. Le hace justicia el descaro. La osadía. La desfachatez. Todo eso le hace justicia. Hay jugadores que aparecen para que disfrutemos de ellos más que para ser elegidos en uno de los equipos All-NBA. La metamorfosis de Jason hizo de él un jugador más efectivo, pese a que quizás nos privó de otras jugadas que conservar en la retina. Yo, que entiendo que se juega para ganar, celebré el Williams sólido. Pero yo, que me enamoro de lo diferente, también sufrí a medida que ese cambio se producía. 

Lo sé, es difícil de explicar. Y sin embargo creo que esta dicotomía es posible, válida. Lo que no tengo tan claro es que hubiera sido posible una simbiosis, el jugador capaz de hacer las dos cosas a la vez. Por eso me quedo con los Williams. Ambos. Porque cada uno tuvo su tiempo.

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Siendo un jugador extraordinario, lo cierto es que a mí me costó valorarlo. Habitualmente, tratándose del personaje al que nos referimos, lo redactado llega con el filtro de la admiración absoluta, del brillo que ciega, del highlight más salvaje. Y de verdad que lo entiendo. Yo fui el primero con cara de asombro cuando aquella noche sacó de su chistera el pase de codo, vi repetidas una y otra vez jugadas suyas hasta entender cómo había conseguido engañarme también a mí y me levanté como cualquier aficionado del entonces Arco Arena si tocaba arrebato al contraataque, consciente de que iba a presenciar un nuevo truco de magia. 

No lo digo yo, lo dicen los hechos. Los Kings fueron mejores con Bibby, un base mucho más fiable en el lanzamiento, mejor defensor y, por encima de todo, más profesional. Me voy a Sacramento porque, pese a que Jason Williams solo jugó tres de sus doce campañas como profesional en el equipo de la capital de California, es un hecho que siempre se le relaciona con dicha franquicia. Algo lógico, puesto que el punto de ebullición coincidió con los flashes en forma de crossovers y asistencias imposibles de un recién llegado a la liga. Un tipo al que apodaron acertadamente “White Chocolate”, debido a un estilo, carácter y hábitos más acordes con la cultura del hip-hop que con lo que representaba el típico base blanco, mejores o peores, y ese perfil tan reconocible en ellos a lo largo de la historia de la mejor competición de baloncesto del planeta. 

Aquella portada en la revista Slam junto a Chris Webber (absoluta debilidad personal) fue el culmen en cuanto a popularidad de un grupo tan joven como talentoso. Geoff Petrie había armado un conjunto que bajo las órdenes de Rick Adelman colmaba el ansia de espectáculo de cualquier fan de la NBA. En un periodo fugaz los Kings pasaron de ser los apestados de la competición a convertirse en los favoritos de los espectadores. Sin embargo, su cénit llegaría con Williams fuera. Las finales del oeste de 2002 frente a los Lakers (seguramente una de las mejores series de playoffs de todos los tiempos) fueron la verdadera cima de aquellos tipos. Recordarla aquí no viene al caso (duele), pero recomiendo su visionado a cualquier aficionado que entonces se las saltase o, por juventud, no la haya podido disfrutar hasta ahora. Y mucha atención con las decisiones arbitrales.

Supongo que tras estos primeros párrafos muchos apostarían que no soy de J-Will. Podría entenderse leído lo leído. Y sin embargo, sí que lo soy. Es tan contradictoria mi afirmación como cierta. Intentaré explicarme con un ejemplo: cuando se le comparaba con el inimitable Pete Maravich yo decía que sí, pero que no. Ciertamente las similitudes en cuanto a imaginación (o incluso temperamento) eran palpables, pero Maravich además era sólido sobre el parqué. Jason era tan sólo ese niño de playground, el tipo que quería divertirse y divertir, el que entendía que el baloncesto, en realidad, no es más que un juego. Claro que ningún blanco jugaba así desde el mito de Aliquippa y por eso ese recurrente espejo.

Ya en Memphis me convenció de que era más que fuegos artificiales; su aportación para el crecimiento del equipo. Equipo en el que, por cierto, aterrizó junto a Pau Gasol, motivo suficiente para simpatizar con ellos. Tal vez Hubie Brown supiera lidiar con su carácter y conseguir que se centrase. Que lo valorasen como uno de los mejores directores de juego de la liga. Que se hablase de él más por su baloncesto que por otras cuestiones que rodean al propio deporte. Llegado el momento de salir de los Grizzlies, estos ya eran equipo de postemporada. Ese aval como contrapunto a mi recelo. El tipo me estaba ganando…

Y así, sus años en los Heat. Ya moldeado. Tan capaz de cegar con un truco como de dirigir desde la sobriedad, pero siempre priorizando en lo segundo. A sus treinta años, la madurez absoluta. Entendiendo como nunca su rol y cuáles eran los momentos para cada cosa. El anillo como soldado de Wade. Sabiéndose una pieza más en un engranaje que contaba con hasta tres jugadores más importantes que él (Wade – Shaq – Walker). La pureza como point guard y luego algún destello. Los grandes jugadores en ocasiones tienen que amoldarse a lo que se les pide. Que exista esa capacidad magnifica dicho estatus. 

Tras el éxito colectivo, dos años más como timón de una nave que no pudo repetir hito, una retirada misteriosa y otros dos cursos en los que fue una sombra de sí mismo. Personalmente prefiero obviar este espacio de tiempo. De hecho, prácticamente no hay recuerdos en mi memoria más allá de sus dos nuevos dorsales en la camiseta de los Magic y sus Grizzlies. No los deseo. Porque no le hacen justicia. 

En realidad, le hace justicia aquel pase de codo con el que no me convencía del todo como jugador. Le hace justicia un crossover, una finta o una asistencia por la espalda. Le hace justicia una mirada cómplice a su los hinchas de su equipo o una sonrisa al banquillo rival tras una penetración con rectificado. Le hace justicia el descaro. La osadía. La desfachatez. Todo eso le hace justicia. Hay jugadores que aparecen para que disfrutemos de ellos más que para ser elegidos en uno de los equipos All-NBA. La metamorfosis de Jason hizo de él un jugador más efectivo, pese a que quizás nos privó de otras jugadas que conservar en la retina. Yo, que entiendo que se juega para ganar, celebré el Williams sólido. Pero yo, que me enamoro de lo diferente, también sufrí a medida que ese cambio se producía. 

Lo sé, es difícil de explicar. Y sin embargo creo que esta dicotomía es posible, válida. Lo que no tengo tan claro es que hubiera sido posible una simbiosis, el jugador capaz de hacer las dos cosas a la vez. Por eso me quedo con los Williams. Ambos. Porque cada uno tuvo su tiempo.

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