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Los no asiduos

Xavi Vallés @xavivalles14 24-04-2018

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Viví la final de Copa del Rey rodeado de mis amigos. Aquellos con los que
he crecido, los de toda la vida, aquellos con los que pasaba las horas en la
calle. Residimos todos en la misma zona, que se encuentra a más de 150
kilómetros de Barcelona. Nos consideramos grandes aficionados del FC Barcelona,
ya que no nos perdemos detalle y nos gusta comentar (presencialmente o por
grupo de whatsapp) cualquier aspecto
que tiene que ver con nuestro equipo: partidos, alineaciones, efemérides, períodos
de fichajes, táctica, modelo de club… El fútbol es tema recurrente en nuestras
conversaciones, y me atrevo a asegurar que el bagaje y conocimiento que tenemos
de este deporte hacen que, a menudo, aparezcan comentarios de calidad.
Disfrutamos mientras debatimos, nos damos cuenta que hemos vivido de todo y a
veces hasta alucinamos con los resultados o goles que recordamos de partidos
que se jugaron hace años.

Sin embargo, la distancia siempre ha sido un hándicap para nuestra asistencia
a los partidos. Sí que es verdad que en hora y media podríamos plantarnos en el
Camp Nou, que tampoco es tanto tiempo. Pero la gestión de la vida personal,
laboral y familiar de cada uno de nosotros hace que ver al Barça por televisión
sea la opción más frecuente. Esta circunstancia nos convierte en aficionados no
asiduos al Camp Nou. En otras palabras, mis amigos y yo no tenemos muchas
oportunidades de ver a nuestro equipo en directo.

Por eso (parafraseando a uno de ellos) hablamos de la final de Copa como
“el partido del año en España… Y para nosotros”. A medida que lo íbamos
corroborando a lo largo del fin de semana, apareció el debate de por qué un
partido que lleva implícito un ambiente, una fiesta y una experiencia de esta
intensidad se está empequeñeciendo cada vez más. La sobreexposición de todo lo
que rodea la Champions League, en los medios de comunicación y debates
futbolísticos, llega hasta tal punto que parece (o quieren hacernos ver) que
todo lo relacionado con Liga y Copa tiene mucho menos mérito. No es así, y he
llegado al punto de que nadie me hará dudar de ello después de lo vivido en el
Wanda Metropolitano.

Los no asiduos solemos entrar pronto al estadio y, pese a haber alcanzado
la treintena, seguimos alucinando durante unos segundos al comprobar la
inmensidad de lo que tenemos enfrente. Nos dirigimos a nuestro asiento
preguntándonos si todos hemos tenido la misma sensación al ver el rectángulo de
juego, mientras nuestro instinto nos hace sacar el móvil para capturar el
momento (aun sabiendo que la foto no va representar ni una milésima parte de lo
que estamos experimentando). Seguimos señalando y siguiendo a los jugadores que
solamente hacen el calentamiento, como si algo de lo que vemos en aquel momento
fuera a tener incidencia en el partido. Vemos salir a los jugadores y ya
intentamos trazar interiormente el partido que deseamos, conscientes de que
pueden pasar unos meses antes de volver a ver al Barça en directo. Todos los
dibujos creados en nuestras cabezas tienen un componente común: el gol. Que
haya goles, por favor. Que podamos celebrar en directo, que podamos gritarlos
sin un televisor de por medio, que podamos abrazar a quienes tenemos alrededor
aunque sean perfectos desconocidos.

Y vaya si lo hicimos. El equipo de Valverde decidió deleitar a la gran
cantidad de no asiduos que había en el Wanda Metropolitano con la mejor función
de la temporada. Control absoluto del balón, ahogamiento del rival tras pérdida,
correlación verticalidad-horizontalidad más precisa que nunca y un ritmo de
circulación excelente catapultaron a los azulgranas a la victoria más abultada
que recuerdo haber visto en una final. La tímida comparecencia del Sevilla
sobre el césped contribuyó al resultado, pero no creo que haya que focalizarlo
todo hacia esta dirección. Si el Sevilla no reaccionó fue porque el Barça se
adueñó de cada centímetro de campo con y sin balón, llegando a mostrar
resquicios de aquel “take the ball, pass
the ball”
tan característico de otras (y mejores) épocas.

Hace dos años, con este mismo grupo de amigos, asistimos a la final de Copa
jugada en el Vicente Calderón. Se enfrentaban los mismos equipos, y en aquella
ocasión los azulgranas ganaron un partido que no se decidió hasta la prórroga,
con goles de Jordi Alba y Neymar. En nuestra primera final, el éxtasis
post-partido era tan grande que no tuvimos reparos en afirmar, de forma
unánime, que no había nada como ganar de aquella forma, sufriendo. Tras esta
segunda final, hemos coincidido en que estábamos equivocados: no hay nada como
ganar disfrutando, presenciando fútbol de cinco estrellas, sometiendo al rival
a través del balón a lo largo de los noventa minutos y metiendo nada más y nada
menos que cinco goles para elevar esta final a los altares futbolísticos del Messi Team.

Quien sí suele ser asiduo en este tipo de partidos es el fútbol de Iniesta.
En un partido que podemos bautizar como “la final del capitán”, el genio de
Fuentealbilla fue el primero que quiso homenajearse a sí mismo. La forma que
tuvo de deslizarse sobre el terreno de juego, con apariciones continuadas de su
evocador cambio de ritmo, nos hizo volver atrás en el tiempo justo cuando
empezamos a darnos cuenta de que no hay forma de detener su avance. Los asiduos
pudieron deleitarse una vez más de aquello que tantas veces han presenciado,
mientras que los no asiduos solo podemos dar gracias por este bonus track que pone un broche aún más
dorado y reluciente a su trayectoria como jugador del FC Barcelona, que
finalizará con 32 títulos.

Gracias por este fútbol inolvidable, Andrés. Y gracias también por este
último partido que te habremos visto en directo, y que hará que este grupo de
no asiduos consideren el 21 de abril de 2018 como uno de los mejores días de
esta historia de confianza, respeto y amistad que llevamos compartiendo desde
que éramos niños. 

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Viví la final de Copa del Rey rodeado de mis amigos. Aquellos con los que
he crecido, los de toda la vida, aquellos con los que pasaba las horas en la
calle. Residimos todos en la misma zona, que se encuentra a más de 150
kilómetros de Barcelona. Nos consideramos grandes aficionados del FC Barcelona,
ya que no nos perdemos detalle y nos gusta comentar (presencialmente o por
grupo de whatsapp) cualquier aspecto
que tiene que ver con nuestro equipo: partidos, alineaciones, efemérides, períodos
de fichajes, táctica, modelo de club… El fútbol es tema recurrente en nuestras
conversaciones, y me atrevo a asegurar que el bagaje y conocimiento que tenemos
de este deporte hacen que, a menudo, aparezcan comentarios de calidad.
Disfrutamos mientras debatimos, nos damos cuenta que hemos vivido de todo y a
veces hasta alucinamos con los resultados o goles que recordamos de partidos
que se jugaron hace años.

Sin embargo, la distancia siempre ha sido un hándicap para nuestra asistencia
a los partidos. Sí que es verdad que en hora y media podríamos plantarnos en el
Camp Nou, que tampoco es tanto tiempo. Pero la gestión de la vida personal,
laboral y familiar de cada uno de nosotros hace que ver al Barça por televisión
sea la opción más frecuente. Esta circunstancia nos convierte en aficionados no
asiduos al Camp Nou. En otras palabras, mis amigos y yo no tenemos muchas
oportunidades de ver a nuestro equipo en directo.

Por eso (parafraseando a uno de ellos) hablamos de la final de Copa como
“el partido del año en España… Y para nosotros”. A medida que lo íbamos
corroborando a lo largo del fin de semana, apareció el debate de por qué un
partido que lleva implícito un ambiente, una fiesta y una experiencia de esta
intensidad se está empequeñeciendo cada vez más. La sobreexposición de todo lo
que rodea la Champions League, en los medios de comunicación y debates
futbolísticos, llega hasta tal punto que parece (o quieren hacernos ver) que
todo lo relacionado con Liga y Copa tiene mucho menos mérito. No es así, y he
llegado al punto de que nadie me hará dudar de ello después de lo vivido en el
Wanda Metropolitano.

Los no asiduos solemos entrar pronto al estadio y, pese a haber alcanzado
la treintena, seguimos alucinando durante unos segundos al comprobar la
inmensidad de lo que tenemos enfrente. Nos dirigimos a nuestro asiento
preguntándonos si todos hemos tenido la misma sensación al ver el rectángulo de
juego, mientras nuestro instinto nos hace sacar el móvil para capturar el
momento (aun sabiendo que la foto no va representar ni una milésima parte de lo
que estamos experimentando). Seguimos señalando y siguiendo a los jugadores que
solamente hacen el calentamiento, como si algo de lo que vemos en aquel momento
fuera a tener incidencia en el partido. Vemos salir a los jugadores y ya
intentamos trazar interiormente el partido que deseamos, conscientes de que
pueden pasar unos meses antes de volver a ver al Barça en directo. Todos los
dibujos creados en nuestras cabezas tienen un componente común: el gol. Que
haya goles, por favor. Que podamos celebrar en directo, que podamos gritarlos
sin un televisor de por medio, que podamos abrazar a quienes tenemos alrededor
aunque sean perfectos desconocidos.

Y vaya si lo hicimos. El equipo de Valverde decidió deleitar a la gran
cantidad de no asiduos que había en el Wanda Metropolitano con la mejor función
de la temporada. Control absoluto del balón, ahogamiento del rival tras pérdida,
correlación verticalidad-horizontalidad más precisa que nunca y un ritmo de
circulación excelente catapultaron a los azulgranas a la victoria más abultada
que recuerdo haber visto en una final. La tímida comparecencia del Sevilla
sobre el césped contribuyó al resultado, pero no creo que haya que focalizarlo
todo hacia esta dirección. Si el Sevilla no reaccionó fue porque el Barça se
adueñó de cada centímetro de campo con y sin balón, llegando a mostrar
resquicios de aquel “take the ball, pass
the ball”
tan característico de otras (y mejores) épocas.

Hace dos años, con este mismo grupo de amigos, asistimos a la final de Copa
jugada en el Vicente Calderón. Se enfrentaban los mismos equipos, y en aquella
ocasión los azulgranas ganaron un partido que no se decidió hasta la prórroga,
con goles de Jordi Alba y Neymar. En nuestra primera final, el éxtasis
post-partido era tan grande que no tuvimos reparos en afirmar, de forma
unánime, que no había nada como ganar de aquella forma, sufriendo. Tras esta
segunda final, hemos coincidido en que estábamos equivocados: no hay nada como
ganar disfrutando, presenciando fútbol de cinco estrellas, sometiendo al rival
a través del balón a lo largo de los noventa minutos y metiendo nada más y nada
menos que cinco goles para elevar esta final a los altares futbolísticos del Messi Team.

Quien sí suele ser asiduo en este tipo de partidos es el fútbol de Iniesta.
En un partido que podemos bautizar como “la final del capitán”, el genio de
Fuentealbilla fue el primero que quiso homenajearse a sí mismo. La forma que
tuvo de deslizarse sobre el terreno de juego, con apariciones continuadas de su
evocador cambio de ritmo, nos hizo volver atrás en el tiempo justo cuando
empezamos a darnos cuenta de que no hay forma de detener su avance. Los asiduos
pudieron deleitarse una vez más de aquello que tantas veces han presenciado,
mientras que los no asiduos solo podemos dar gracias por este bonus track que pone un broche aún más
dorado y reluciente a su trayectoria como jugador del FC Barcelona, que
finalizará con 32 títulos.

Gracias por este fútbol inolvidable, Andrés. Y gracias también por este
último partido que te habremos visto en directo, y que hará que este grupo de
no asiduos consideren el 21 de abril de 2018 como uno de los mejores días de
esta historia de confianza, respeto y amistad que llevamos compartiendo desde
que éramos niños. 

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