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Los jueves son los nuevos martes

No puedo evitar pensar en lo vacío que me voy a sentir los
martes y los miércoles en Europa. Me había mal acostumbrado a sufrir en ambos
días. No fallaba el Atleti a una cita con la Champions League en febrero desde
el año 2013. Cinco años mágicos donde se han vivido goleadas, prórrogas,
penaltis, pases y también eliminaciones. Pero sobre todo, lo que se ha vivido
es la sensación de que el Atlético de Madrid era un equipo grande y temible.
Nadie le quería, todos se alegraron en diciembre cuando supieron que en febrero
no iba a estar.

Todos, salvo los del patito feo del viejo continente: la
Europa League. A nadie de los favoritos para esta competición les entusiasmó la
idea de tener a los rojiblancos en medio del camino. No es para menos. Cabe
tener paciencia y ver cómo se toma Simeone la competición. Si va con descaro a
por ella y la utilizará para su Plan B, esperando el avance de la competición.
Pero en principio, y teniendo ya la Liga de Campeones delante de nuestros ojos,
no podemos evitar sentirnos un poco decepcionados. Queríamos estar ahí.

Pero lo que toca es otra cosa. Y estamos en un lugar que nos
ha hecho muy felices a todos. De eso quería hablar, de felicidad. Porque, si
bien en la Champions se han vivido momentos gloriosos y mágicos, no podemos
obviar que también se han presenciado capítulos agónicos y trágicos. Mientras,
la Europa League ha sido esa competición amiga que ha alegrado a los atléticos
cuando más lo han necesitado. Tanto la primera, como la segunda.

Porque en 2010, ningún aficionado del Atleti pudo imaginarse
que iba a jugar dos finales, una de ellas europea. Habían pasado 40 años de la
última, y la alegría de esa hinchada fue mayúscula. Sobre todo de aquellos
jóvenes que no recordaban a un Atleti campeón. Que sólo tenían en su cabeza a
un equipo vulgar, pobre, y cuya mayor satisfacción fue quedar cuarto en dos
ocasiones. Demasiado poco para un gigante dormido. Pero Diego Forlán y su gol
en Anfield cambió un poco aquella dinámica que nos ha llevado hasta el día de
hoy.

Y, ¿por qué el gol de Forlán en Anfield y no los de la final
de Hamburgo? Primero, por el rival. Cualquiera reconocerá que el Liverpool es
un contrincante de más enjundia que el Fulham. Después, por el lugar: Anfield.
Un Estadio donde se respira fútbol de verdad, del auténtico. Y tercero, por el
contexto del partido. El Atleti llegaba con un 1-0 de la ida, pero terminó
yendo a la prórroga. Allí, los reds se pusieron 2-0 y el panorama se volvió
negro. Salvo para un hombre rubio, que conectó un derechazo a la escuadra en el
minuto 12 del alargue. Estalló en júbilo, pectorales al viento, mientras yo
celebraba el gol que más he gritado en toda mi vida. Ni el de Godín en el Camp
Nou, ni el de Miranda en el Bernabéu, ni el de Iniesta a Holanda. El de Forlán
al Liverpool.

La última final que había jugado el Atleti me pilló
aprendiendo los números en la guardería. Como yo, había miles de atléticos.
Aquella volea nos cambió la manera de ver al Atleti y cambió, por ende, al
propio Atleti. Había vuelto para quedarse, sólo necesitaba un empujón. Y ese
empujón se le dio la Europa League. Por eso es bonito volver al lugar donde se
ha sido tan feliz. Y por eso, ahora lo que molan son los jueves. Nada de martes
ni miércoles. Al menos hasta dentro de unos meses. 

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