_Otros

Lo que esconde Paul

Joel Sierra @_JoeLSierra_ 25-06-2018

etiquetas:

Cuando un futbolista cuesta 105
millones de euros, cuando ese mismo jugador afirma con aplomo que quiere ser el
mejor centrocampista del mundo y cuando, en su momento, nadie se lo tomó a
broma ni se puso a carcajear incrédulo es que ese futbolista tiene que ser
escandalosamente bueno. Y el Paul Pogba que sale dirección Manchester en el
verano de 2016 lo era y tenía absolutamente todo para erigirse pronto en su
ambicioso anhelo, con un solo aspecto que no resultaba acorde a semejante
precio: su escasa capacidad para ser por sí mismo quien diese sentido y
vertebrase a toda la estructura coral de su equipo. Dos años después, tras no
conseguir constituirse como la cabeza pensante de la medular de la Juventus con
la salida de Pirlo y la lesión de Marchisio en su último año en Turín y después
de una Eurocopa en 2016 en la que su exuberante personalidad jamás pudo hacerse
con el liderazgo de Francia en el torneo; Paul Pogba es exactamente el mismo
jugador que era entonces. Con todo lo bueno y con todo lo menos bueno.

Su combinación de potencia física y calidad
técnica es prácticamente inigualable, sin embargo, para ser un futbolista con
aptitudes tan superlativas y aparentemente autosuficientes, Pogba necesita un
preámbulo firme, un sistema asentado que lo potencie y le permita ser un
baluarte en la generación de ocasiones a través de sus temibles ráfagas, como
verso libre en muchos momentos. Una catarata incontenible cuando se desata,
pero discontinua e intermitente, al fin y al cabo. En este sentido, para que su
torrente sea determinante, el juego colectivo ha de volcarse de manera si no
constante, sí asidua, hacia su producción; otorgarle espacios que atacar con
aclarados en su perfil predilecto, partiendo del interior zurdo y atacando el
pico del área; y al mismo tiempo afianzar sus pros y compensar sus contras
dentro de una estructura con mecanismos que puedan funcionar indistintamente
con él y sin él. Un entramado táctico que lo vista de líder sin serlo, que le
permita arrasar con todo destrozando rivales a su paso imparable, sin verse
inmiscuido en laboras propias del armador y organizador de juego que ya ha
demostrado que no es y que tampoco va a ser.

Le ha costado, pero Didier Deschamps ya parece
haberse dado cuenta de que Pogba no es un futbolista alrededor del cual
construir la idea de juego. Es un dinamitero, un enlace creativo de muchos
quilates y, sobre todo, un incomparable ‘transitador’ hacia el área que
necesita aire para ampliar su ratio de acción y para ser una amenaza, que
mezcla a las mil maravillas conducciones y apoyos en dirección al gol, pero que
no puede ser el dueño y portador de las llaves del equipo, ni siquiera en una
Francia que apenas prepondera su dominio reposado en el centro del campo y que,
obviamente, con la mezcla número uno de cualidades físico-técnicas del conjunto
de sus nombres, siempre prefiere robar y correr, correr y golpear, golpear y
machacar. Unas virtudes individuales y colectivas que con la entrada de Blaise
Matuidi y de Olivier Giroud en un 4-4-2 asimétrico ante Perú, dio muchísimo
espacio a Pogba para dominar el partido siempre de cara y para, a través de su
amenazante zancada, entrar como cuchillo en mantequilla por el carril
intermedio en el entramado defensivo rival.

No hemos visto una actuación sobresaliente de
Paul Pogba en ningún partido grande con su selección, ningún encuentro clave en
el que haya sido el hombre encargado de conquistar la gloria en un escenario de
máxima altura a través de su indudable talento individual y tampoco ha logrado
asentarse en todo este tiempo en Inglaterra como la gran estrella que apuntaba
y que está llamado a ser, sin embargo, esa incipiente vía que lo aleja de tener
que ser el prisma y el epicentro de la idea colectiva y que lo sitúa, al menos
en Francia, como fundamento del juego, pero siendo un inyector de vértigo, un ejecutor de último
tercio y no un canalizador de posesiones, es la que parece haber entendido y
acomodado sus necesidades mejor que nunca
. Y más aún si su influjo se acerca a Griezmann,
Giroud y Mbappé, a los que puede llevar al gol y ellos a él casi por igual,
multiplicando por mil las opciones y las formas de acabar la jugada y también
sus probabilidades de éxito: desmarques en profundidad, centros al área,
dejadas para el remate desde fuera, diagonales, desborde por los costados,
regates, permanentes dos contra uno, segundas jugadas llegando desde atrás,
combinaciones cortas en espacios reducidos…

Un caudal ofensivo, el que forma el
centrocampista con sus compañeros delanteros, que tiene que ganar continuidad
en su estabilidad y en su curso, pero que es demasiado voluminoso como para que
el equipo rival pueda contener semejante riada si esta llega al área con una
fuerza originada en las arrancadas, que cuentan ahora con red de seguridad en
las figuras de Kanté y Matuidi, de un Paul Pogba confeccionado y habilitado
para devorar metros. Él es el hombre ideal para generar la tormenta y las
corrientes que desaten el aluvión que anegue al adversario. El hombre ideal
para, una vez entremos en la fase del KO de este Mundial de Rusia, en la que
Francia tendrá todavía más posibilidades de entregar la iniciativa y
aprovecharse de ello; elevar la contundencia y efusividad de la competitividad
de les bleus. El hombre ideal para que la línea de la medular no sea el
campo de batalla, sino el punto de partida desde el que alcanzar en tres
cuartos el punto de ebullición de la maniobra ofensiva y adornarlo todo de
guirnaldas en ataque.

Francia, casi sin saberlo, escondía el mejor
contexto para devolver a Paul Pogba la condición de talento decisivo. Y Pogba,
por su parte, también ha mantenido oculto hasta ahora su fútbol más
deslumbrante con la camiseta de su país. Tal vez no necesitaba evolucionar o no
estaba capacitado para hacerlo y únicamente requería de un contexto adecuado
para poder seguir siendo quien ya era, para poder serlo más veces y serlo
mejor, como el que ahora parece comenzar a dibujarse para él. Ambos, selección
y jugador, están rascando en la superficie para sacar por fin todo su potencial
conjunto a la luz. Solo así, dependiendo y alimentándose el uno del otro, los
galos podrán contar con argumentos sólidos como para situarse a la altura de su
condición de gran favorita al título y el geniecillo del Manchester United
podrá aspirar, tal y
como él mismo vaticinó dos años atrás
, a ser el mejor centrocampista del mundo, con el
importante añadido de «en lo suyo». Como ya se demostró en la pasada
EURO, Francia está capacitada para pelear por todo aún sin una buena versión de
Pogba, pero solamente una buena versión de Pogba, como el mejor centrocampista
llegador del mundo -he ahí el importante añadido de «en lo suyo»-,
puede conducir a Francia a su segunda Copa del Mundo.

Sp_

siguenos en:

©2019 Copyright Sphera Sports | Derechos reservados

Cuando un futbolista cuesta 105
millones de euros, cuando ese mismo jugador afirma con aplomo que quiere ser el
mejor centrocampista del mundo y cuando, en su momento, nadie se lo tomó a
broma ni se puso a carcajear incrédulo es que ese futbolista tiene que ser
escandalosamente bueno. Y el Paul Pogba que sale dirección Manchester en el
verano de 2016 lo era y tenía absolutamente todo para erigirse pronto en su
ambicioso anhelo, con un solo aspecto que no resultaba acorde a semejante
precio: su escasa capacidad para ser por sí mismo quien diese sentido y
vertebrase a toda la estructura coral de su equipo. Dos años después, tras no
conseguir constituirse como la cabeza pensante de la medular de la Juventus con
la salida de Pirlo y la lesión de Marchisio en su último año en Turín y después
de una Eurocopa en 2016 en la que su exuberante personalidad jamás pudo hacerse
con el liderazgo de Francia en el torneo; Paul Pogba es exactamente el mismo
jugador que era entonces. Con todo lo bueno y con todo lo menos bueno.

Su combinación de potencia física y calidad
técnica es prácticamente inigualable, sin embargo, para ser un futbolista con
aptitudes tan superlativas y aparentemente autosuficientes, Pogba necesita un
preámbulo firme, un sistema asentado que lo potencie y le permita ser un
baluarte en la generación de ocasiones a través de sus temibles ráfagas, como
verso libre en muchos momentos. Una catarata incontenible cuando se desata,
pero discontinua e intermitente, al fin y al cabo. En este sentido, para que su
torrente sea determinante, el juego colectivo ha de volcarse de manera si no
constante, sí asidua, hacia su producción; otorgarle espacios que atacar con
aclarados en su perfil predilecto, partiendo del interior zurdo y atacando el
pico del área; y al mismo tiempo afianzar sus pros y compensar sus contras
dentro de una estructura con mecanismos que puedan funcionar indistintamente
con él y sin él. Un entramado táctico que lo vista de líder sin serlo, que le
permita arrasar con todo destrozando rivales a su paso imparable, sin verse
inmiscuido en laboras propias del armador y organizador de juego que ya ha
demostrado que no es y que tampoco va a ser.

Le ha costado, pero Didier Deschamps ya parece
haberse dado cuenta de que Pogba no es un futbolista alrededor del cual
construir la idea de juego. Es un dinamitero, un enlace creativo de muchos
quilates y, sobre todo, un incomparable ‘transitador’ hacia el área que
necesita aire para ampliar su ratio de acción y para ser una amenaza, que
mezcla a las mil maravillas conducciones y apoyos en dirección al gol, pero que
no puede ser el dueño y portador de las llaves del equipo, ni siquiera en una
Francia que apenas prepondera su dominio reposado en el centro del campo y que,
obviamente, con la mezcla número uno de cualidades físico-técnicas del conjunto
de sus nombres, siempre prefiere robar y correr, correr y golpear, golpear y
machacar. Unas virtudes individuales y colectivas que con la entrada de Blaise
Matuidi y de Olivier Giroud en un 4-4-2 asimétrico ante Perú, dio muchísimo
espacio a Pogba para dominar el partido siempre de cara y para, a través de su
amenazante zancada, entrar como cuchillo en mantequilla por el carril
intermedio en el entramado defensivo rival.

No hemos visto una actuación sobresaliente de
Paul Pogba en ningún partido grande con su selección, ningún encuentro clave en
el que haya sido el hombre encargado de conquistar la gloria en un escenario de
máxima altura a través de su indudable talento individual y tampoco ha logrado
asentarse en todo este tiempo en Inglaterra como la gran estrella que apuntaba
y que está llamado a ser, sin embargo, esa incipiente vía que lo aleja de tener
que ser el prisma y el epicentro de la idea colectiva y que lo sitúa, al menos
en Francia, como fundamento del juego, pero siendo un inyector de vértigo, un ejecutor de último
tercio y no un canalizador de posesiones, es la que parece haber entendido y
acomodado sus necesidades mejor que nunca
. Y más aún si su influjo se acerca a Griezmann,
Giroud y Mbappé, a los que puede llevar al gol y ellos a él casi por igual,
multiplicando por mil las opciones y las formas de acabar la jugada y también
sus probabilidades de éxito: desmarques en profundidad, centros al área,
dejadas para el remate desde fuera, diagonales, desborde por los costados,
regates, permanentes dos contra uno, segundas jugadas llegando desde atrás,
combinaciones cortas en espacios reducidos…

Un caudal ofensivo, el que forma el
centrocampista con sus compañeros delanteros, que tiene que ganar continuidad
en su estabilidad y en su curso, pero que es demasiado voluminoso como para que
el equipo rival pueda contener semejante riada si esta llega al área con una
fuerza originada en las arrancadas, que cuentan ahora con red de seguridad en
las figuras de Kanté y Matuidi, de un Paul Pogba confeccionado y habilitado
para devorar metros. Él es el hombre ideal para generar la tormenta y las
corrientes que desaten el aluvión que anegue al adversario. El hombre ideal
para, una vez entremos en la fase del KO de este Mundial de Rusia, en la que
Francia tendrá todavía más posibilidades de entregar la iniciativa y
aprovecharse de ello; elevar la contundencia y efusividad de la competitividad
de les bleus. El hombre ideal para que la línea de la medular no sea el
campo de batalla, sino el punto de partida desde el que alcanzar en tres
cuartos el punto de ebullición de la maniobra ofensiva y adornarlo todo de
guirnaldas en ataque.

Francia, casi sin saberlo, escondía el mejor
contexto para devolver a Paul Pogba la condición de talento decisivo. Y Pogba,
por su parte, también ha mantenido oculto hasta ahora su fútbol más
deslumbrante con la camiseta de su país. Tal vez no necesitaba evolucionar o no
estaba capacitado para hacerlo y únicamente requería de un contexto adecuado
para poder seguir siendo quien ya era, para poder serlo más veces y serlo
mejor, como el que ahora parece comenzar a dibujarse para él. Ambos, selección
y jugador, están rascando en la superficie para sacar por fin todo su potencial
conjunto a la luz. Solo así, dependiendo y alimentándose el uno del otro, los
galos podrán contar con argumentos sólidos como para situarse a la altura de su
condición de gran favorita al título y el geniecillo del Manchester United
podrá aspirar, tal y
como él mismo vaticinó dos años atrás
, a ser el mejor centrocampista del mundo, con el
importante añadido de «en lo suyo». Como ya se demostró en la pasada
EURO, Francia está capacitada para pelear por todo aún sin una buena versión de
Pogba, pero solamente una buena versión de Pogba, como el mejor centrocampista
llegador del mundo -he ahí el importante añadido de «en lo suyo»-,
puede conducir a Francia a su segunda Copa del Mundo.

etiquetas: