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Lo que debemos hacer y lo que nos apetece

Sergio Merino Rueda @SergioMerino8 18-02-2020

La vida se divide en elegir entre lo que debemos hacer y lo que nos apetece. Lo que debemos hacer, que generalmente suele ser la opción sensata y aceptada por la mayoría de la gente, y lo que nos apetece, que suele ser la opción arriesgada y pero vista entre algunas personas. Lo que debemos hacer se asocia a la razón mientras lo que nos apetece se relaciona directamente con el corazón, con impulsos y sentimientos. Y generalmente el miedo, camuflado de raciocinio, nos lleva a decantarnos por la opción correcta, por lo que debemos hacer, para arrepentirnos cuando no hay vuelta atrás. Así somos.

El éxito en el deporte está directamente relacionado con la toma de decisiones. Todos los deportistas de élite poseen el talento necesario para marcar un gol, anotar un triple o ganar una carrera. Pero solamente los genios deciden bien, y rápido, la opción que les proporciona una mayor ventaja en el 90% de las situaciones. En el motociclismo, además, existe el condicionante del riesgo. Una mala decisión puede poner en riesgo tu vida o, lo que es todavía más peligroso, la vida de un compañero.

Todos hemos sido niños y nos hemos enfrentado a nuestros hermanos, primos o amigos íntimos en lo que para un niño es un duelo a vida o muerte; un partido de fútbol en el parque que se convertía en la final del Mundial, una carrera por ver quien llega primero a por el pañuelito en la que batirías al mismísimo Usain Bolt para no ver ganar a tu hermano, una partida de videoconsola o un duelo de cartas que si perdías te arrebataba las ganas hasta de comer el bocadillo de Nutella para merendar que os preparaba la abuela con todo su cariño. No voy a entrar en el debate de quien prefería Nocilla y quien Nutella, porque ahí sí que existe riesgo de muerte.

Y a todos nos ha tocado alguna vez ser el mayor. El favorito. El que gana 9 de cada 10 carreras, el que no deja al pequeño que le meta un gol ni por compasión, el que apagaba la consola cuando iba a perder y le echaba la culpa a un problema de tensión, el que elegía siempre si se merendaba Nocilla o Nutella porque el pequeño no alcanzaba todavía a llegar al tarro. Y la victoria sabía casi tan bien como el bocadillo de después, pero sabía aún mejor el día que te ganaba tu hermano pequeño. Porque todos teníamos un día en el que algo dentro de nosotros deseaba perder. Ese día en el que se te olvidaba qué botón era el sprint en la videoconsola, ese día en el que no chutabas igual de fuerte y ese día en el que preguntabas a tu hermano qué le apetecía para merendar. Ese día perdías, pero su sonrisa de felicidad demostraba que habías ganado.

Esta temporada, Marc Márquez y Álex Márquez revivirán sus duelos de la infancia sobre una moto capaz de superar los 300 km/h. El mayor, acostumbrado a ganar casi siempre, el menor, asciende como campeón del mundo de la categoría intermedia con ganas de ser como su ídolo, que resulta ser su hermano mayor. Igual que cualquier hermano pequeño mortal. Con un campeonato en juego.

No me gustaría estar en su piel. Ahora han de decidir entre lo que deben hacer y lo que les apetece. Si probar el adelantamiento que puede poner en riesgo una caída de su hermano, si tomar un rebufo para marcar la pole a costa del tiempo de su hermano, si compartir datos telemétricos que pueden suponer una leve ventaja para su hermano, si alegrarse por la victoria del otro sabiendo que supone la derrota propia. Ahora han de decidir con la cabeza o con el corazón. Comprobar qué sentimiento es más poderoso, si el amor por un hermano o el anhelo de victoria. Y sabiendo que de esa decisión variará la opinión del resto, pero ahora la gente no es desconocida, son sus padres y su hermano. Nunca un bocadillo de Nutella tuvo tanta importancia.

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La vida se divide en elegir entre lo que debemos hacer y lo que nos apetece. Lo que debemos hacer, que generalmente suele ser la opción sensata y aceptada por la mayoría de la gente, y lo que nos apetece, que suele ser la opción arriesgada y pero vista entre algunas personas. Lo que debemos hacer se asocia a la razón mientras lo que nos apetece se relaciona directamente con el corazón, con impulsos y sentimientos. Y generalmente el miedo, camuflado de raciocinio, nos lleva a decantarnos por la opción correcta, por lo que debemos hacer, para arrepentirnos cuando no hay vuelta atrás. Así somos.

El éxito en el deporte está directamente relacionado con la toma de decisiones. Todos los deportistas de élite poseen el talento necesario para marcar un gol, anotar un triple o ganar una carrera. Pero solamente los genios deciden bien, y rápido, la opción que les proporciona una mayor ventaja en el 90% de las situaciones. En el motociclismo, además, existe el condicionante del riesgo. Una mala decisión puede poner en riesgo tu vida o, lo que es todavía más peligroso, la vida de un compañero.

Todos hemos sido niños y nos hemos enfrentado a nuestros hermanos, primos o amigos íntimos en lo que para un niño es un duelo a vida o muerte; un partido de fútbol en el parque que se convertía en la final del Mundial, una carrera por ver quien llega primero a por el pañuelito en la que batirías al mismísimo Usain Bolt para no ver ganar a tu hermano, una partida de videoconsola o un duelo de cartas que si perdías te arrebataba las ganas hasta de comer el bocadillo de Nutella para merendar que os preparaba la abuela con todo su cariño. No voy a entrar en el debate de quien prefería Nocilla y quien Nutella, porque ahí sí que existe riesgo de muerte.

Y a todos nos ha tocado alguna vez ser el mayor. El favorito. El que gana 9 de cada 10 carreras, el que no deja al pequeño que le meta un gol ni por compasión, el que apagaba la consola cuando iba a perder y le echaba la culpa a un problema de tensión, el que elegía siempre si se merendaba Nocilla o Nutella porque el pequeño no alcanzaba todavía a llegar al tarro. Y la victoria sabía casi tan bien como el bocadillo de después, pero sabía aún mejor el día que te ganaba tu hermano pequeño. Porque todos teníamos un día en el que algo dentro de nosotros deseaba perder. Ese día en el que se te olvidaba qué botón era el sprint en la videoconsola, ese día en el que no chutabas igual de fuerte y ese día en el que preguntabas a tu hermano qué le apetecía para merendar. Ese día perdías, pero su sonrisa de felicidad demostraba que habías ganado.

Esta temporada, Marc Márquez y Álex Márquez revivirán sus duelos de la infancia sobre una moto capaz de superar los 300 km/h. El mayor, acostumbrado a ganar casi siempre, el menor, asciende como campeón del mundo de la categoría intermedia con ganas de ser como su ídolo, que resulta ser su hermano mayor. Igual que cualquier hermano pequeño mortal. Con un campeonato en juego.

No me gustaría estar en su piel. Ahora han de decidir entre lo que deben hacer y lo que les apetece. Si probar el adelantamiento que puede poner en riesgo una caída de su hermano, si tomar un rebufo para marcar la pole a costa del tiempo de su hermano, si compartir datos telemétricos que pueden suponer una leve ventaja para su hermano, si alegrarse por la victoria del otro sabiendo que supone la derrota propia. Ahora han de decidir con la cabeza o con el corazón. Comprobar qué sentimiento es más poderoso, si el amor por un hermano o el anhelo de victoria. Y sabiendo que de esa decisión variará la opinión del resto, pero ahora la gente no es desconocida, son sus padres y su hermano. Nunca un bocadillo de Nutella tuvo tanta importancia.