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Fútbol Internacional

Lo que Bosman se llevó: Torneos olvidados: el Mundialito

¿Quién no ha oído hablar del Mundialito? Casi todos tenemos en mente ese golazo de Roberto Carlos, la bomba inteligente contra Francia. Pero aquello no era el Mundialito. Era el Tournoi de France (Torneo de Francia), una especie de ensayo general para lo que vendría un año después en muchos de esos renovados estadios galos. Hasta el momento solo ha existido un Mundialito oficialmente. Rechacen imitaciones.

Es uno de esos torneos olvidados, que no gozan de demasiado prestigio en la actualidad y que, sin embargo, deberían tenerlo teniendo en cuenta sus participantes. Estamos hablando de campeonatos como la Copa Latina (eliminatorias a muerte entre los campeones francés, italiano, español y portugués, que alcanzó el cénit de su popularidad en los años 50), la Copa Mitropa (un torneo que jugaban allá por los 30 y 40 los campeones de Europa Central y oriental, centro neurálgico del avance futbolístico europeo) o la Supercopa Mundial de Clubes (un torneo que quiso reunir a todos los campeones intercontinentales hasta aquel momento a inicios de los 80, y que solo tuvo una edición), de los que quizá haya que ocuparse en artículos sucesivos.

El Mundialito, lo que aquí nos ocupa, el único y genuino, se disputó en Uruguay del 30 de diciembre de 1980 al 10 de enero de 1981. Era una competición que enfrentaría, para conmemorar el 50 aniversario de la creación de la Copa del Mundo, a todos los campeones mundiales hasta la fecha en el lugar donde todo empezó, el Estadio Centenario de Montevideo. Su nombre oficial fue Copa de Oro de Campeones Mundiales.

Como siempre, los ingleses pasaron de esta edición (como de casi todas las primeras ediciones, sea el ámbito que sea), y fue la Naranja Mecánica (o sus restos, más bien), subcampeona de los dos últimos Mundiales, quien tomó su lugar. El sorteo emparejó en el Grupo A a los propios holandeses con Italia y los anfitriones, la Celeste. Mientras en el grupo B nos encontrábamos con Alemania Federal, Argentina y Brasil.

La organización del torneo mismo no fue ajena a polémicas, trayendo de nuevo al primer plano muchos de los conflictos que afloraron dos años antes durante el Mundial de Argentina. Al igual que sus vecinos al otro lado del Río de la Plata, Uruguay vivía bajo una dictadura militar, que gobernaba el país desde 1973. El gobierno de facto, viendo el rédito político y propagandístico que había sacado sus colegas argentinos, apretó para celebrar un torneo que permitiría aglutinar al país en una fiebre nacionalista que relajase un poco las tensiones internas que vivía Uruguay. Además, un poco antes del torneo, se había programado un plebiscito para decidir si el régimen mutaba en forma, aunque no en fondo. Se trataba de pasar una reforma de la Constitución, y se buscaría que la euforia nacionalista previa al torneo les permitiese imponer sus planes.

Joao Havelange, presidente de la FIFA y rey de la diplomacia sin escrúpulos, declaró que fútbol y política no debían mezclarse. Los hay hipócritas y luego estaba el ex jugador de waterpolo. Las presiones de ciertos empresarios de la televisión (entre ellos un tal Silvio Berlusconi, que gustó del formato e intentó adaptarlo a clubes en Italia, creando la Supercopa Mundial de clubes), o de poderosos miembros de la FIFA y aliados de Havelange como el argentino Grondona y el italiano Artemio Franchi sólo allanaron el camino. Al igual que había sucedido en Argentina 78, Henry Kissinger fue otra de las voces que abogaron a favor del torneo, siempre dispuesto a echar un cable a sus polluelos de Cóndor. Washington Cataldi, en aquel momento presidente de Peñarol, y el hombre más poderoso del fútbol uruguayo, vio también una oportunidad magnífica para seguir haciendo negocios en diferentes ámbitos, tanto con el valor de sus jugadores como con elementos de patrocinio. Para completar esa plétora de hombres sin escrúpulos tenemos al almirante Carlos Lacoste, una de las cabezas visibles de la dictadura argentina y vicepresidente de la FIFA en aquellos años. ¿Cómo era aquello de no mezclar fútbol y política, Joao?

En lo estrictamente futbolístico, si bien se notó la ausencia de algunos jugadores importantes, el torneo tuvo un nivel medio bastante alto. Si repasamos los equipos nos encontraremos auténticas estrellas que garantizaban un buen espectáculo.

Holanda estaba en plena transición, casi traumática, entre su Naranja Mecánica de los 70 y la posterior de finales de los 80. Aun así, habían dado guerra en la Euro 80. Sin embargo, el equipo que presentaron en Uruguay era bastante mediocre, con la presencia de muchos jugadores del equipo revelación del campeonato neerlandés, el AZ67, que había ganado la liga, rompiendo la hegemonía de los tres grandes. A destacar, la presencia del legendario Hans Van Breukelen, en su primer gran torneo con la selección.

Uruguay, jugando en casa, no se dejó nada. Presentó a sus mejores jugadores, a excepción del Rey del Gol, Fernando Morena. Eso sí, estaban Rodolfo Rodríguez en la portería, Hugo de León en la defensa, Jorge Barrios y Rubén Paz en el medio y Venancio Ramos y Waldemar Victorino en el ataque.

Italia presentaba la base de la Eurocopa, que luego le llevaría a la gloria en España 82. Destacable la ausencia de Zoff, dejando a Bordon (su eterno suplente), la posibilidad de jugar un torneo, y la presencia de los jóvenes Franco Baresi y Carlo Ancelotti, así como la del siempre infrautilizado Roberto Pruzzo, atacante de la Roma, que se aprovechó de la ausencia de Paolo Rossi, que ya había comenzado a cumplir su castigo por su implicación en el Totonero.

El grupo B, sin duda el más potente, presentaba a los tres equipos más prestigiosos del panorama internacional.

Alemania Occidental venía de ganar la Eurocopa de Italia, desplegando un juego avasallador por momentos. A excepción de Schuster, su cerebro, presentaba a todos los jugadores claves del campeonato europeo, entre ellos el reciente Balón de Oro, Rummenigge. Hansi Müller tendría que cumplir con la misión de hacer que la ausencia del genio de Augsburg no se notase. El regreso a la Mannschafft de Rainer Bonhof era otra buena noticia.

Argentina, campeona del mundo del 78 y campeona mundial juvenil del 79, era el equipo número uno del mundo. Un equipo que mezclaba a la perfección elementos de esos dos conjuntos ganadores, y que sentaría la base del más talentoso combinado argentino de los tiempos modernos, el de España 82 (que fracasó, curiosamente, al igual que lo hizo la otra mejor Argentina, la de 2002). A estrellas como Fillol, Passarella, Ardiles o Kempes, se unían los juveniles Ramón Díaz y Diego Armando Maradona, sin duda formando el equipo favorito al título. Pero el talento sobre el papel no es siempre suficiente.

Por último, Brasil. El reino del jogo bonito cuando esta palabra aún no estaba viciada. Sin Zico, eso sí. Y con un equipo de jugadores del campeonato brasileño, porque entonces los canarinhos se quedaban en su país y venían a Europa en casos muy esporádicos, siendo ya figuras talluditas. Así pues, Telé Santana contaba con Sócrates, Toninho Cerezo, Junior, el joven Tita, sobre el que había mucha expectación, Óscar o la mejor zurda del panorama internacional, Éder. La otra gran ausencia era Falcao, ya embarcado en su aventura romana.

Los protagonistas estaban ya presentados, pero el torneo comenzó un mes antes de que ninguno de ellos pusiese un pie en el Centenario. El plebiscito le salió rana a los militares, y el no, a pesar de todo el dinero invertido en las omnipresentes campañas a favor del se impuso. El 56% de las papeletas señalaban un cortés, pero firme corte de mangas a la dictadura. El porcentaje era aún mayor en la capital. Para seguir bañándose en gloria, Havelange calificó de buena gente a Aparicio Méndez, mandatario de facto, cuando inauguró el torneo.

Uruguay, como podía esperarse, ganó su grupo. Pasó por encima del conjunto holandés con dos goles de Ramos y Victorino, y derrotó con autoridad a la squadra azzurra en un partido brusco que acabó con tres expulsados. En ese tercio final de encuentro, cuando los ánimos estaban más caldeados, fue cuando los anfitriones sacaron más rédito, merced a un penalti marcado por Morales y a un gol de Victorino, que en ese año era uno de los jugadores más en forma de todo el mundo. Había sido clave en el título de Libertadores de Nacional, y también sería figura en la conquista intercontinental ante el Nottingham Forest un mes después de la finalización del Mundialito. Rápido, incisivo, siempre en boca de gol. Ahora prestaba sus servicios a su país. Uruguay era finalista en casa, al igual que cincuenta años antes. 

En el otro grupo, la RFA decepcionó. No dio el nivel que había mostrado escasos 6 meses atrás en Italia y fue derrotada claramente por Argentina y Brasil. El primero de enero, fecha poco común para un partido internacional, se adelantaron gracias al héroe de Roma, Hrubesch, pero los argentinos tuvieron la sangre fría para mantener el control del juego y completar la remontada casi al final con un tanto de Ramón Díaz, que se perfilaba como el delantero centro titular de la albiceleste para la próxima década. Nada podría romper su excelente conexión con Maradona, ¿verdad? Para los alemanes, la cosa no pintaba bien tras esta primera derrota y un partido contra Brasil casi nunca es buen momento para enderezar el rumbo. Los de Santana, además, los vapulearon 4-1 desplegando un juego de ensueño y remontando el tanto inicial germano. Júnior, Toninho Cerezo, Serginho y Zé Sérgio confirmaban la victoria de los brasileños y su pase a la final, ya que fue esta diferencia de goles la que decidió el grupo. Unos días antes, en el gran derby sudamericano el resultado había sido un empate a un gol en un encuentro en el que Maradona había puesto por delante a los argentinos antes de que Edevaldo, el lateral derecho titular de Brasil antes de la irrupción de Leandro, empatase.

Maradona y Díaz estuvieron muy bien en el torneo. Ese entusiasmo juvenil de ambos se echó en falta en las grandes estrellas albicelestes, que se dejaron llevar como si el torneo fuese un estorbo para ellos, que tenían su puesto en el seleccionado asegurado. Algunos no volvieron a jugar con Argentina. Menotti quedó bastante disgustado.

En la final, de nuevo Brasil y Uruguay estaban frente a frente y con los canarinhos como ligeros favoritos. Era 10 de enero, verano austral, y el estadio Centenario estaba a reventar. La posibilidad de devolver un poco del sufrimiento que su país tuvo 30 años atrás motivaba a los brasileños, pero de nuevo la garra charrúa, inspirada por un imperial Waldermar Victorino, tuvo algo más que decir. Uruguay jugó con su once habitual del torneo, mientras la Brasil de Telé Santana ya contaba con muchos de los hombres que alcanzarían fama mundial en el siguiente bienio. La gran diferencia estribaba en su 4-3-3 con dos hombres abiertos en las bandas (Tita en la derecha, aunque viniendo hacia el centro, y Zé Sérgio pegado a la cal en la izquierda), jugando Sócrates como falso delantero centro. 

Uruguay, aunque no se esperaba, estuvo tranquilo sin balón y mandó con él. Hugo de León, cuya experiencia en Brasil (jugaba en el Gremio), le llevó a mantener a raya a la poderosa línea de ataque brasileña, estuvo brillante. Ramos y Victorino, siempre él, fueron los héroes goleadores. Solo Sócrates había empatado momentáneamente, pero de nuevo el marcador reflejaba un 2-1. De nuevo Uruguay campeón. Hacia el final del encuentro y en las celebraciones de la victoria, atronó en el Centenario, en todo Montevideo, en todo el país, el grito de se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar. En un principio se intentó silenciar ese cántico con una banda de música en el mismo estadio, pero fue imposible. Los propios dirigentes presentes en la final cedieron, ya que sabían que no había ruido capaz de hacer enmudecer ese clamor. Comenzaba un lento proceso de apertura política. Quizá el broche ideal para el torneo que conmemoraba su primer entorchado mundial. Ahora los héroes no se llamaban Scarone, Castro, Andrade o Nasazzi, sino Victorino, Pereira, Ramos o de León. Pero la garra charrúa era la misma. Y no solo en el césped.

Imagen de cabecera: @Uruguay

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