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Lo normal

Joel Sierra @_JoeLSierra_ 07-05-2018

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Todos hemos tenido ese día. El
día en el que te tienes que separar los párpados con un gato hidráulico para
poder abrir los ojos y despertarte, el día en el que casi te fracturas el
quinto metatarsiano con la esquina de la cama nada más salir de ella, el día en
el que la tostada se te cae al suelo por el lado de la mantequilla y el café
con leche se te desparrama por la encimera, el día en el que crees que no va a
llover y a los tres minutos de haber salido de casa, cuando ya es demasiado
tarde como para volver a por un paraguas, empieza a llover como el momento
exacto en el que Noé cerró la puerta de su arca y el autobús urbano te salpica
tanto al pasar a tu lado que hasta incluso podrías limpiarte el oído derecho
con el agua del charco.

Todos hemos tenido ese día. El
día en el que Murphy decide regir bajo su legislación todos y cada uno de tus
pasos. Lo normal, al principio, es intentar combatirlo. Intentar cambiar la
dinámica del día, valorar tácticas diferentes, evitar realizar todos los
rutinarios automatismos habituales que, por unas cosas u otros, hoy no están
funcionando. Juntarte con gente nueva alrededor de la máquina de café y tratar
de despejarte y refrescar las ideas en el descanso del trabajo, sacudirte la
galbana e intentar ser positivo al mínimo atisbo de poder darle vuelta a la
tendencia matutina, cuando por fin algo parece que va a salirte bien.
Resignarte. Aceptar lo inevitable. Asumir que hay fuerzas, en días puntuales,
que son superiores a los seres mortales. Llegar a casa. Abrir una cerveza.
Beberla en silencio mientras en tu cabeza suena ‘Bad day’ de los R.E.M. Olvidar
este día para siempre.

El Betis se plantó en San Mamés
sin el pase incisivo de Mandi, sin el empaque que le da Guardado al equipo en
contextos exigentes de dominio alterno o dividido, sin lateral derecho, con
Tello como encargado de defender las acometidas de Saborit y de un Muniain de
dulce que se hizo el rey de lazona hasta plantar su bandera de Iker’s Land en
el espacio existente entre el canterano barcelonista y Amat, con los tres
centrales del equipo fuera de su posición habitual y natural tras la lesión de
Junior, con Durmisi como marca de una gacela de nombre Iñaki, con Fabián
teniendo que abarcar tanto campo que si tenía que incluir un centímetro más
iban a tener que ponerle un estadio entero a su nombre, con Joaquín entre
anulado e impreciso, con la doble punta roma, tanto en la tenue e inefectiva
presión, como en la infructuosa búsqueda de una conexión que les permitiese
sentirse delanteros, sin ver a Kepa en pantalla, sin que nadie lograse disparar
durante una hora de juego…

Con semejantes condicionantes y ante un escenario como el
descrito desde el primer minuto de juego sucedió
, por tanto, lo que
tenía que suceder. Pasó lo normal: perder. Una derrota que llegó, de forma
merecida, cuando casi nos habíamos olvidado de su existencia. Y es que aún sin
rastro del habitual dominio, con un Athletic muy superior en voluntad y en
hechos y con un Betis que se había levantado en Bilbao con el pie izquierdo; el
conjunto verdiblanco tuvo opciones palpables de meterse en el partido y de
llevarse por lo menos un satisfactorio puntito a casa. Lo que habla a las
claras de las positivas sensaciones que se han ido acumulando en el recorrido
dibujado en las últimas jornadas, lo que refrenda la fortaleza de un equipo
que, incluso en su peor partido en meses, estuvo a punto de rascar el boleto y
obtener premio. Tras ocho fechas consecutivas sin conocer la derrota y sin
apenas encajar goles, perder en Bilbao era lo normal. Lo verdaderamente
extraordinario es lo conseguido hasta entonces.

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Todos hemos tenido ese día. El
día en el que te tienes que separar los párpados con un gato hidráulico para
poder abrir los ojos y despertarte, el día en el que casi te fracturas el
quinto metatarsiano con la esquina de la cama nada más salir de ella, el día en
el que la tostada se te cae al suelo por el lado de la mantequilla y el café
con leche se te desparrama por la encimera, el día en el que crees que no va a
llover y a los tres minutos de haber salido de casa, cuando ya es demasiado
tarde como para volver a por un paraguas, empieza a llover como el momento
exacto en el que Noé cerró la puerta de su arca y el autobús urbano te salpica
tanto al pasar a tu lado que hasta incluso podrías limpiarte el oído derecho
con el agua del charco.

Todos hemos tenido ese día. El
día en el que Murphy decide regir bajo su legislación todos y cada uno de tus
pasos. Lo normal, al principio, es intentar combatirlo. Intentar cambiar la
dinámica del día, valorar tácticas diferentes, evitar realizar todos los
rutinarios automatismos habituales que, por unas cosas u otros, hoy no están
funcionando. Juntarte con gente nueva alrededor de la máquina de café y tratar
de despejarte y refrescar las ideas en el descanso del trabajo, sacudirte la
galbana e intentar ser positivo al mínimo atisbo de poder darle vuelta a la
tendencia matutina, cuando por fin algo parece que va a salirte bien.
Resignarte. Aceptar lo inevitable. Asumir que hay fuerzas, en días puntuales,
que son superiores a los seres mortales. Llegar a casa. Abrir una cerveza.
Beberla en silencio mientras en tu cabeza suena ‘Bad day’ de los R.E.M. Olvidar
este día para siempre.

El Betis se plantó en San Mamés
sin el pase incisivo de Mandi, sin el empaque que le da Guardado al equipo en
contextos exigentes de dominio alterno o dividido, sin lateral derecho, con
Tello como encargado de defender las acometidas de Saborit y de un Muniain de
dulce que se hizo el rey de lazona hasta plantar su bandera de Iker’s Land en
el espacio existente entre el canterano barcelonista y Amat, con los tres
centrales del equipo fuera de su posición habitual y natural tras la lesión de
Junior, con Durmisi como marca de una gacela de nombre Iñaki, con Fabián
teniendo que abarcar tanto campo que si tenía que incluir un centímetro más
iban a tener que ponerle un estadio entero a su nombre, con Joaquín entre
anulado e impreciso, con la doble punta roma, tanto en la tenue e inefectiva
presión, como en la infructuosa búsqueda de una conexión que les permitiese
sentirse delanteros, sin ver a Kepa en pantalla, sin que nadie lograse disparar
durante una hora de juego…

Con semejantes condicionantes y ante un escenario como el
descrito desde el primer minuto de juego sucedió
, por tanto, lo que
tenía que suceder. Pasó lo normal: perder. Una derrota que llegó, de forma
merecida, cuando casi nos habíamos olvidado de su existencia. Y es que aún sin
rastro del habitual dominio, con un Athletic muy superior en voluntad y en
hechos y con un Betis que se había levantado en Bilbao con el pie izquierdo; el
conjunto verdiblanco tuvo opciones palpables de meterse en el partido y de
llevarse por lo menos un satisfactorio puntito a casa. Lo que habla a las
claras de las positivas sensaciones que se han ido acumulando en el recorrido
dibujado en las últimas jornadas, lo que refrenda la fortaleza de un equipo
que, incluso en su peor partido en meses, estuvo a punto de rascar el boleto y
obtener premio. Tras ocho fechas consecutivas sin conocer la derrota y sin
apenas encajar goles, perder en Bilbao era lo normal. Lo verdaderamente
extraordinario es lo conseguido hasta entonces.

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