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Leo Messi y la necesidad de humanizar

Cristina Caparrós @criscaparros 28-12-2020

Antes de que arrancara la entrevista de Jordi Évole a Leo Messi, teníamos claras algunas cosas. Por un lado, que la gente esperaba una respuesta que, a la misma vez, sabíamos que no iba a dar. Si Messi se queda o no se queda en el Barça es algo que sigue en el aire, más allá de las suposiciones. Por otro, que Évole es un periodista que iba a crear un clima en el que Messi se sintiera cómodo y pudiera ser un poco más Lionel Andrés Messi Cuccittini, antagónico a la divinidad. Por ello, la entrevista fue la más larga que se le ha hecho nunca en televisión. Sin dar contestación a esa pregunta clave, durante la conversación, Messi dio muchas respuestas que nos recuerdan esa necesidad en el deporte: la de humanizar.

Los contratos y pagos millonarios y el peso que se le da a las victorias y derrotas, hacen que el lado terrenal de los deportistas viva en un segundo plano. Está claro que la vida de Messi cuesta denominarla normal. Hablamos de un tipo que lleva colgado el cartel de mejor jugador del mundo, al que le apuntan todos los focos. De alguien que parece más bien un extraterrestre, que ha hecho un viaje espacial para venir a jugar con los humanos. El tío se divierte, y a nosotros nos fascina. A la misma vez, le exigimos un año tras otro, algo que está tan lejos de lo normal. Consciente o inconscientemente, idealizamos y castigamos.

Sin embargo, Messi también tiene esa vida más común. Dejó de jugar a la PlayStation cuando apareció Thiago en su vida. Como todos los progenitores hemos cambiado algo al ser padres. Tu tiempo se reduce de manera inexorable y tus prioridades pasan a ser otras. Doy fe de ello, de las horas en las que yo consumía fútbol de manera abundante a cómo negocio las horas y los partidos de noche se han convertido en mis mejores aliados. Como que no hay nada equivalente al tiempo que compartes con un hijo. Messi dice que su vida es normal, aburrida. O más bien monótona. Porque su día a día tiene una rutina, de igual modo que todos la tenemos. Desayuna, entrena, come y va a recoger a sus hijos al colegio. Eso sí, evita estar en el grupo de padres de WhatsApp. Seguramente, en parte, para evitar que alguno de ellos le pregunten por aquellas que acertó quitando las telarañas o por aquellas asistencias que ni siquiera estaban inventadas.

Leo Messi posa con su familia celebrando el título de Liga (Photo by LLUIS GENE / AFP) (LLUIS GENE/Getty Images)

Con el 10 en la espalda, pero tras una fachada tímida e introvertida y una comunicación no verbal manifiesta en cada uno de sus gestos, Messi reconoció su necesidad de ir al psicólogo y lo mucho que le cuesta dar ese paso. A lo que, con su ingenio, Évole le recomendó acudir.  No pasa nada, ¡Jordi tiene toda la razón! Porque la psicología y toda terapia debe ser tratada con naturalidad. Y en el deporte debería ser clave incluirla, para afrontar justamente todas aquellas cosas que hacen que los futbolistas parezcan un poquito menos humanos.

Sin ir más lejos, hace unas semanas, Javier Ontiveros lloraba frente a las cámaras tras dedicarle el gol a su abuela, hospitalizada por Covid. En mayo, Fali mostraba su miedo a volver a jugar por la presencia del virus. Hace justo un año, el club dio permiso a Sergi Roberto para que se ausentara del entrenamiento tras el fallecimiento de su madre. Los futbolistas sienten, sufren, padecen. Se ponen la camiseta y salen al terreno de juego. Igual que tú coges fuerza para ir a trabajar, cuando la necesitas. Tienen miedos, tristeza o frustración. Porque la elástica la viste una persona, que convive con un entorno mediático y la más pura normalidad del ser humano.

Leo Messi habló también de un calendario que mira por los compromisos económicos sin atender al jugador, de lo fríos que resultan los partidos sin la afición, del miedo a la muerte, de cómo sintió haber cerrado un ciclo de su vida, de las veces que Bartomeu le mintió y la complicada situación del club, de la salida de un compañero que hace tiempo se convirtió en amigo. Y sí, también lo hizo sobre el fútbol y su futuro, claro. Sin dejar verlo. Rechazando unas guías de París y Manchester, exponiendo su atracción por la MLS.  

Sonrió al recordar el regalo de un balón oficial y una camiseta de Newell’s, en un gesto que evoca al origen de Lionel antes de ser Messi. Probablemente, le gustaría ser más anónimo, frecuentar más el Mercadona, incluso preguntar en qué pasillo se encuentra el pan rallado. También dijo que “el Barcelona es mucho más grande que cualquier jugador, incluyéndome a mí”. Y aunque es una certeza y todo no puede englobarse en un solo ser, también es innegable que la historia del Barça no puede entenderse sin Messi. Sin ese jugador que nos ha recordado que, aunque parezca extraterrestre, es igual de humano que todos nosotros.

Imagen de cabecera: JOSEP LAGO/Getty Images

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Antes de que arrancara la entrevista de Jordi Évole a Leo Messi, teníamos claras algunas cosas. Por un lado, que la gente esperaba una respuesta que, a la misma vez, sabíamos que no iba a dar. Si Messi se queda o no se queda en el Barça es algo que sigue en el aire, más allá de las suposiciones. Por otro, que Évole es un periodista que iba a crear un clima en el que Messi se sintiera cómodo y pudiera ser un poco más Lionel Andrés Messi Cuccittini, antagónico a la divinidad. Por ello, la entrevista fue la más larga que se le ha hecho nunca en televisión. Sin dar contestación a esa pregunta clave, durante la conversación, Messi dio muchas respuestas que nos recuerdan esa necesidad en el deporte: la de humanizar.

Los contratos y pagos millonarios y el peso que se le da a las victorias y derrotas, hacen que el lado terrenal de los deportistas viva en un segundo plano. Está claro que la vida de Messi cuesta denominarla normal. Hablamos de un tipo que lleva colgado el cartel de mejor jugador del mundo, al que le apuntan todos los focos. De alguien que parece más bien un extraterrestre, que ha hecho un viaje espacial para venir a jugar con los humanos. El tío se divierte, y a nosotros nos fascina. A la misma vez, le exigimos un año tras otro, algo que está tan lejos de lo normal. Consciente o inconscientemente, idealizamos y castigamos.

Sin embargo, Messi también tiene esa vida más común. Dejó de jugar a la PlayStation cuando apareció Thiago en su vida. Como todos los progenitores hemos cambiado algo al ser padres. Tu tiempo se reduce de manera inexorable y tus prioridades pasan a ser otras. Doy fe de ello, de las horas en las que yo consumía fútbol de manera abundante a cómo negocio las horas y los partidos de noche se han convertido en mis mejores aliados. Como que no hay nada equivalente al tiempo que compartes con un hijo. Messi dice que su vida es normal, aburrida. O más bien monótona. Porque su día a día tiene una rutina, de igual modo que todos la tenemos. Desayuna, entrena, come y va a recoger a sus hijos al colegio. Eso sí, evita estar en el grupo de padres de WhatsApp. Seguramente, en parte, para evitar que alguno de ellos le pregunten por aquellas que acertó quitando las telarañas o por aquellas asistencias que ni siquiera estaban inventadas.

Leo Messi posa con su familia celebrando el título de Liga (Photo by LLUIS GENE / AFP) (LLUIS GENE/Getty Images)

Con el 10 en la espalda, pero tras una fachada tímida e introvertida y una comunicación no verbal manifiesta en cada uno de sus gestos, Messi reconoció su necesidad de ir al psicólogo y lo mucho que le cuesta dar ese paso. A lo que, con su ingenio, Évole le recomendó acudir.  No pasa nada, ¡Jordi tiene toda la razón! Porque la psicología y toda terapia debe ser tratada con naturalidad. Y en el deporte debería ser clave incluirla, para afrontar justamente todas aquellas cosas que hacen que los futbolistas parezcan un poquito menos humanos.

Sin ir más lejos, hace unas semanas, Javier Ontiveros lloraba frente a las cámaras tras dedicarle el gol a su abuela, hospitalizada por Covid. En mayo, Fali mostraba su miedo a volver a jugar por la presencia del virus. Hace justo un año, el club dio permiso a Sergi Roberto para que se ausentara del entrenamiento tras el fallecimiento de su madre. Los futbolistas sienten, sufren, padecen. Se ponen la camiseta y salen al terreno de juego. Igual que tú coges fuerza para ir a trabajar, cuando la necesitas. Tienen miedos, tristeza o frustración. Porque la elástica la viste una persona, que convive con un entorno mediático y la más pura normalidad del ser humano.

Leo Messi habló también de un calendario que mira por los compromisos económicos sin atender al jugador, de lo fríos que resultan los partidos sin la afición, del miedo a la muerte, de cómo sintió haber cerrado un ciclo de su vida, de las veces que Bartomeu le mintió y la complicada situación del club, de la salida de un compañero que hace tiempo se convirtió en amigo. Y sí, también lo hizo sobre el fútbol y su futuro, claro. Sin dejar verlo. Rechazando unas guías de París y Manchester, exponiendo su atracción por la MLS.  

Sonrió al recordar el regalo de un balón oficial y una camiseta de Newell’s, en un gesto que evoca al origen de Lionel antes de ser Messi. Probablemente, le gustaría ser más anónimo, frecuentar más el Mercadona, incluso preguntar en qué pasillo se encuentra el pan rallado. También dijo que “el Barcelona es mucho más grande que cualquier jugador, incluyéndome a mí”. Y aunque es una certeza y todo no puede englobarse en un solo ser, también es innegable que la historia del Barça no puede entenderse sin Messi. Sin ese jugador que nos ha recordado que, aunque parezca extraterrestre, es igual de humano que todos nosotros.

Imagen de cabecera: JOSEP LAGO/Getty Images

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