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Landon Donovan: crear al jugador

Juan Pablo Gatti @GattiJuan 15-04-2020

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Landon Donovan

La historia de Landon Timothy Donovan difiere bastante de las que estuvieron leyendo en las últimas semanas en esta sección. Y es que el nacido en Ontario (Los Ángeles, 4 de marzo de 1982) nació en un país diferente. La NASL se extinguió en 1984, por lo que, hasta la creación de la MLS en 1996, no tuvo un torneo que le fuera cercano, que lo animara a copiar a alguna figura en particular. Además, nació dentro del seno de una familia de clase media baja, por lo que tampoco tenía cable como para poder observar algún campeonato extranjero. Pero si poseía algo: un talento innato.

“Mis padres se divorciaron cuando tenía dos años, pero algo ya había allí: mi mamá era atleta en la secundaria y mi papá era un muy buen jugador de hockey sobre hielo en Canadá, donde creció. Algunas de las cosas que tengo como jugador, como leer el juego, quizás, las adquirí de él. Solía mirarlo jugar al hockey y él tenía un montón de esas cualidades: él siempre era el jugador que podía ver qué pasaba en todas partes. No era rápido, pero entendía el juego, sabía dónde debía enviar el puck (…). Mi mamá me decía que cuando era joven, la mayoría de los niños corrían alrededor, mientras que yo parecía saber adónde iría la bola y saber que hacer al respecto. Siempre tuve ese instinto”.

Estas palabras, expresadas en el libro “A Beautiful Game. The world´s greatest players and how soccer changed their lives” de Tom Watt, expresan la mágica relación que existe entre las leyendas y el balón, tal cual le pasaba, por ejemplo, a Oliver Atom, el protagonista de Captain Tsubasa, quién siempre jugaba a pesar de que en Japón el fútbol no fuese, por aquel entonces, el deporte más popular. De hecho, Donovan también relata en el libro que a él lo llamaban el “soccer guy” ya que siempre iba con una pelota. Un enamorado.

Su talento, por supuesto, no pasó desapercibido, llegando en 1997 al programa olímpico de la selección estadounidense. Sabía que para seguir creciendo debía salir de su país, por lo que terminó recalando en las inferiores del Bayer Leverkusen, llegando al primer equipo en el 2000. Aunque allí no se sentiría tan cómodo como pensaba, por lo que decidió realizar una maniobra arriesgada, volviendo a su patria para jugar en la insipiente MLS, más precisamente en el San José Earthquakes. La apuesta saldría redonda: Donovan sería parte del equipo del 2001 al 2004 y ganó dos ligas, aunque la segunda -2003- sería más que especial.

9 de noviembre del 2003. Se disputa el partido de revancha de las semifinales del Oeste y todo marcha muy bien para el poderoso equipo de Los Ángeles Galaxy. Estos habían logrado ganar el primer partido en casa por 2-0 (Sasha Victorine y Carlos Ruiz) y se estaban llevando muy cómodamente el Clásico de California en el estadio de su acérrimo rival ya que para los 13´estaban arriba 2-0 (Ruiz y Peter Vagenas), por lo que ya estaban pensando en la final. Pero, para Donovan, esto no estaba terminado ni mucho menos. Él se cargó al equipo al hombro para protagonizar una de las remontadas más grandes de la historia de la MLS. Al 10 le hicieron la falta que Jeff Agoos transformaría en el primer tanto de aquella resurrección. Luego, anotó un golazo tras una contra para dejar el pleito igualado en dos a los 35´. En el segundo tiempo mandó un centro preciso que Jamil Walker transformó en el 3-2 y luego vio como Chris Roner marcó el 4-2 en el minuto 90. El Spartan Stadium se encendió como nunca con su equipo, uno que había mostrado el valor suficiente como para resurgir tras cuatro tantos en contra. Como no estaba impuesta la regla del gol de visitante, el 4-4 final mandaría todo a la prórroga. Y en el minuto 96, el éxtasis: Landon le pondría un pase milimétrico al brasileño Rodrigo Faria y este anotó el gol de oro. Nadie lo podía creer. The Greatest Comeback había ocurrido. Y, en gran parte, la culpa la tendría aquel niño pobre de Ontario, ese que había nacido con poco, menos con el talento para jugar al fútbol. Ese sí que no le faltaba.

Este momento, sin embargo, podría quedarse corto si lo comparamos con la gran gesta del equipo estadounidense en el Mundial del 2002. Donovan, con el número 21 en la espalda, era el jugador más joven del plantel junto con DaMarcus Beasley, aunque esto no le impidió ser titular en cada juego. Junto a figuras como Brad Friedel, Agoos, John O´Brien o Brian McBrien lograrían dar el gran golpe venciendo a la Portugal de Vitor Baía, Fernando Couto, Rui Costa, Petit, Pauleta y Figo por 3-2, logrando meterse en octavos y paliando, de esta forma, la pésima performance de Francia 1998, donde habían sido el peor de los 32 seleccionados.

En la primera ronda del “mata o muere” el rival fue, ni más ni menos, que México, el gran rival continental. La Tri había logrado llevarse un grupo en el que estaban Italia, Croacia y Ecuador, por lo que eran los lógicos favoritos para llevarse el clásico, más teniendo en cuenta el factor psicológico, ya que prácticamente siempre los Aztecas terminaban por cargarse al equipo de las Barras y las Estrellas. Pocos apostaban por el conjunto de Bruce Arena, incluso siendo que estos eran los últimos campeones de la Copa Oro.

McBride marcó el 1-0 a los 8´ y, desde entonces, los de Javier Aguirre fueron con todo buscando el gol del empate. Los Rafa Márquez, Cuauhtemoc Blanco, Luis Hernández o Jared Borgetti intentaron con uñas y dientes romper la muralla estadounidense, pero siempre chocaron con las milagrosas manos de Friedel. El aroma a igualdad se sentía cada vez más fuerte en el Estadio Mundialista de Jeonju, pero el Capitán América decidió que no podían sufrir más y convirtió su cabeza en un escudo indestructible para dejar un histórico y definitivo 2-0 en el marcador. Estados Unidos se marchaba al hotel, México se iba a casa. Y Donovan festejó con los suyos toda la noche. Lamentablemente Ballack acabó el sueño americano, pero el trabajo más importante –y eterno- ya lo habían conseguido.

Esos dos partidos son un resumen perfecto de la trayectoria del mejor jugador estadounidense de todos los tiempos: su talento sin igual, su capacidad para adaptarse a cualquier posición de ataque –fue enganche, extremo, volante lateral y hasta delantero- y su extrema competitividad lo llevaron a ser un jugador sumamente peligroso para sus rivales. Y era peor si estos subestimaban la situación. Era entonces cuando el gran Capitán aparecía para poner todo bajo en control. Su estela fue tan grande que desde el 2015 el premio MVP de la MLS recibe su nombre, y eso que todavía seguía en activo.

Multicampeón con los LA Galaxy –vaya paradoja- y con Estados Unidos, Landon se despidió quizás sin los honores que merecía. Pero eso ya no importa: su visión y calidad ya quedaron grabados a fuego en la historia grande del fútbol. Y eso que lo logró sin conocer nada sobre el deporte rey en sus primeros años de vida. A falta de leyendas, él decidió convertirse en una. Y lo logró.

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La historia de Landon Timothy Donovan difiere bastante de las que estuvieron leyendo en las últimas semanas en esta sección. Y es que el nacido en Ontario (Los Ángeles, 4 de marzo de 1982) nació en un país diferente. La NASL se extinguió en 1984, por lo que, hasta la creación de la MLS en 1996, no tuvo un torneo que le fuera cercano, que lo animara a copiar a alguna figura en particular. Además, nació dentro del seno de una familia de clase media baja, por lo que tampoco tenía cable como para poder observar algún campeonato extranjero. Pero si poseía algo: un talento innato.

“Mis padres se divorciaron cuando tenía dos años, pero algo ya había allí: mi mamá era atleta en la secundaria y mi papá era un muy buen jugador de hockey sobre hielo en Canadá, donde creció. Algunas de las cosas que tengo como jugador, como leer el juego, quizás, las adquirí de él. Solía mirarlo jugar al hockey y él tenía un montón de esas cualidades: él siempre era el jugador que podía ver qué pasaba en todas partes. No era rápido, pero entendía el juego, sabía dónde debía enviar el puck (…). Mi mamá me decía que cuando era joven, la mayoría de los niños corrían alrededor, mientras que yo parecía saber adónde iría la bola y saber que hacer al respecto. Siempre tuve ese instinto”.

Estas palabras, expresadas en el libro “A Beautiful Game. The world´s greatest players and how soccer changed their lives” de Tom Watt, expresan la mágica relación que existe entre las leyendas y el balón, tal cual le pasaba, por ejemplo, a Oliver Atom, el protagonista de Captain Tsubasa, quién siempre jugaba a pesar de que en Japón el fútbol no fuese, por aquel entonces, el deporte más popular. De hecho, Donovan también relata en el libro que a él lo llamaban el “soccer guy” ya que siempre iba con una pelota. Un enamorado.

Su talento, por supuesto, no pasó desapercibido, llegando en 1997 al programa olímpico de la selección estadounidense. Sabía que para seguir creciendo debía salir de su país, por lo que terminó recalando en las inferiores del Bayer Leverkusen, llegando al primer equipo en el 2000. Aunque allí no se sentiría tan cómodo como pensaba, por lo que decidió realizar una maniobra arriesgada, volviendo a su patria para jugar en la insipiente MLS, más precisamente en el San José Earthquakes. La apuesta saldría redonda: Donovan sería parte del equipo del 2001 al 2004 y ganó dos ligas, aunque la segunda -2003- sería más que especial.

9 de noviembre del 2003. Se disputa el partido de revancha de las semifinales del Oeste y todo marcha muy bien para el poderoso equipo de Los Ángeles Galaxy. Estos habían logrado ganar el primer partido en casa por 2-0 (Sasha Victorine y Carlos Ruiz) y se estaban llevando muy cómodamente el Clásico de California en el estadio de su acérrimo rival ya que para los 13´estaban arriba 2-0 (Ruiz y Peter Vagenas), por lo que ya estaban pensando en la final. Pero, para Donovan, esto no estaba terminado ni mucho menos. Él se cargó al equipo al hombro para protagonizar una de las remontadas más grandes de la historia de la MLS. Al 10 le hicieron la falta que Jeff Agoos transformaría en el primer tanto de aquella resurrección. Luego, anotó un golazo tras una contra para dejar el pleito igualado en dos a los 35´. En el segundo tiempo mandó un centro preciso que Jamil Walker transformó en el 3-2 y luego vio como Chris Roner marcó el 4-2 en el minuto 90. El Spartan Stadium se encendió como nunca con su equipo, uno que había mostrado el valor suficiente como para resurgir tras cuatro tantos en contra. Como no estaba impuesta la regla del gol de visitante, el 4-4 final mandaría todo a la prórroga. Y en el minuto 96, el éxtasis: Landon le pondría un pase milimétrico al brasileño Rodrigo Faria y este anotó el gol de oro. Nadie lo podía creer. The Greatest Comeback había ocurrido. Y, en gran parte, la culpa la tendría aquel niño pobre de Ontario, ese que había nacido con poco, menos con el talento para jugar al fútbol. Ese sí que no le faltaba.

Este momento, sin embargo, podría quedarse corto si lo comparamos con la gran gesta del equipo estadounidense en el Mundial del 2002. Donovan, con el número 21 en la espalda, era el jugador más joven del plantel junto con DaMarcus Beasley, aunque esto no le impidió ser titular en cada juego. Junto a figuras como Brad Friedel, Agoos, John O´Brien o Brian McBrien lograrían dar el gran golpe venciendo a la Portugal de Vitor Baía, Fernando Couto, Rui Costa, Petit, Pauleta y Figo por 3-2, logrando meterse en octavos y paliando, de esta forma, la pésima performance de Francia 1998, donde habían sido el peor de los 32 seleccionados.

En la primera ronda del “mata o muere” el rival fue, ni más ni menos, que México, el gran rival continental. La Tri había logrado llevarse un grupo en el que estaban Italia, Croacia y Ecuador, por lo que eran los lógicos favoritos para llevarse el clásico, más teniendo en cuenta el factor psicológico, ya que prácticamente siempre los Aztecas terminaban por cargarse al equipo de las Barras y las Estrellas. Pocos apostaban por el conjunto de Bruce Arena, incluso siendo que estos eran los últimos campeones de la Copa Oro.

McBride marcó el 1-0 a los 8´ y, desde entonces, los de Javier Aguirre fueron con todo buscando el gol del empate. Los Rafa Márquez, Cuauhtemoc Blanco, Luis Hernández o Jared Borgetti intentaron con uñas y dientes romper la muralla estadounidense, pero siempre chocaron con las milagrosas manos de Friedel. El aroma a igualdad se sentía cada vez más fuerte en el Estadio Mundialista de Jeonju, pero el Capitán América decidió que no podían sufrir más y convirtió su cabeza en un escudo indestructible para dejar un histórico y definitivo 2-0 en el marcador. Estados Unidos se marchaba al hotel, México se iba a casa. Y Donovan festejó con los suyos toda la noche. Lamentablemente Ballack acabó el sueño americano, pero el trabajo más importante –y eterno- ya lo habían conseguido.

Esos dos partidos son un resumen perfecto de la trayectoria del mejor jugador estadounidense de todos los tiempos: su talento sin igual, su capacidad para adaptarse a cualquier posición de ataque –fue enganche, extremo, volante lateral y hasta delantero- y su extrema competitividad lo llevaron a ser un jugador sumamente peligroso para sus rivales. Y era peor si estos subestimaban la situación. Era entonces cuando el gran Capitán aparecía para poner todo bajo en control. Su estela fue tan grande que desde el 2015 el premio MVP de la MLS recibe su nombre, y eso que todavía seguía en activo.

Multicampeón con los LA Galaxy –vaya paradoja- y con Estados Unidos, Landon se despidió quizás sin los honores que merecía. Pero eso ya no importa: su visión y calidad ya quedaron grabados a fuego en la historia grande del fútbol. Y eso que lo logró sin conocer nada sobre el deporte rey en sus primeros años de vida. A falta de leyendas, él decidió convertirse en una. Y lo logró.

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