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La última Yugoslavia

En febrero de 2003 desapareció la República Federal de Yugoslavia. Tras muchos años de presiones internacionales, Montenegro y Serbia (las dos naciones que formaban el país), acordaron una reestructuración que, entre otras cosas, trajo consigo un nuevo nombre para el Estado: Serbia y Montenegro.

Unos meses antes del fin de Yugoslavia, su selección de baloncesto se proclamó campeona del mundo por quinta vez en su historia. Fue en Estados Unidos, ante Argentina, en una final cargada de tensión y mucha polémica. El conjunto balcánico puso fin a su ilustre trayectoria de la mejor manera posible, pero su último viaje no fue ni muchos menos un paseo por el parque.

Indiana fue elegida como única sede del torneo. Era la primera vez que el país que inventó el baloncesto iba a albergar un Mundobasket, así que la organización se decantó por un Estado en el que este deporte es casi como una religión. Fueron 62 partidos repartidos en solo dos recintos: el Conseco Fieldhouse, hogar de los Indiana Pacers, y el RCA Dome, la antigua casa de los Indianapolis Colts. Se esperaba un éxito de público que no se produjo. Hubo partidos de las selecciones menores en los que no se llegó ni a mil espectadores. El combinado estadounidense no atrajo a su afición ni en la fase decisiva.

Para su última cita mundialista, Yugoslavia presentó un elenco lleno de talento. Por encima de todo brillaban dos nombres propios: Dejan Bodiroga y Peja Stojaković. El primero, una de las grandes estrellas de Europa, tomó el mando del equipo los años posteriores a las sanciones por las Guerras Yugoslavas y llegó a Indianápolis como el MVP del Mundial anterior. Por su parte Stojaković ya era todo un All-Star en la NBA, uno de los mejores tiradores de la liga y uno de los pilares de aquellos Sacramento Kings de Rick Adelman.

Otro nombre ilustre de la lista de Svetislav Pešić fue Vlade Divac. El pívot de los Kings, último superviviente de la mítica Yugoslavia campeona en 1990, regresó a la selección tras tres años ausencia. En la convocatoria también figuraron los NBA Vladimir Radmanović y Predrag Drobnjak, además de otros jóvenes interesantes como Igor Rakočević, Marko Jaric o Zarko Cabarkapa. Sin duda alguna, los balcánicos estaban entre los máximos favoritos para levantar el Trofeo Naismith.

Los rivales yugoslavos en la primera fase de grupos fueron Angola, España y Canadá. El aliciente de ese grupo estaba en quién terminaría en primer lugar, si balcánicos o ibéricos. El segundo encuentro decidió el grupo: España, gracias a un sobresaliente Pau Gasol, venció a Yugoslavia en un ajustado 71-69 y avanzó a la siguiente fase invicta. Una segunda ronda en la que el conjunto plavise complicó la vida tras las derrotas ante Puerto Rico y nuevamente España.

Entrados en la fase decisiva, a Yugoslavia le tocó bailar con la más fea. Ni más ni menos que el anfitrión: Estados Unidos. Los yanquis, con el ídolo local Reggie Miller a la cabeza y un buen puñado de estrellas NBA detrás (Paul Pierce, Jermaine O’Neal, Baron Davis), venían de perder contra Argentina en el último partido de la segunda fase de grupos. Un tropiezo inesperado que no podía volver a repetirse. “Si perdemos un solo partido, aunque ganemos el oro, nuestros compañeros en la NBA no nos mirarían más a la cara”, dijo Paul Pierce antes del torneo. Stojaković y Divac se encargaron de que el Team USA firmase su mayor ridículo con jugadores profesional hasta ese momento (luego vendría la debacle de Atenas 2004). 81-78 para Yugoslavia y Estados Unidos fuera de la lucha por las medallas.

En semifinales esperaba la revelación del campeonato, Nueva Zelanda, que venía de cargarse a Puerto Rico. Dejan Koturović (18 puntos) terminó con las esperanzas de los oceánicos. Yugoslavia estaba en la final, y ahí esperaba la mejor selección del Mundial: Argentina.

Ginóbili, Oberto, Scola, Nocioni… la generación dorada del baloncesto argentino estaba llamada a hacer grandes cosas. Se presentaron al mundo el año anterior ganando el torneo FIBA Américas y en Indianápolis estaban siendo de largo el equipo que mejor juego estaba practicando. Llegaron a la final siendo sin haber perdido un solo partido, venciendo incluso a Estados Unidos.

Con Manudona lesionado, Oberto se echó a su equipo a la espalda en una segunda parte en la que, a falta de dos minutos para el final, Argentina vencía 68-74. Pero entonces apareció el MVP de Grecia. Bodiroga, a la sombra de Stojaković durante todo el Mundial, anotó siete puntos seguidos que empataron el choque. La polémica llegó cuando, en el último segundo, Sconochini recibió una falta de Divac y Bodiroga que los árbitros no pitaron. El partido se fue a la prórroga y ahí la albiceleste se cortocircuitó. El 9-2 del tiempo extra le dio a Yugoslavia su quinto y último cetro del basket mundial.

El Conseco Fieldhouse fue un fiel reflejo de lo que estaba por venir. Mientras que los jugadores festejaban el título al grito de “¡Yugoslavia!”, en las gradas se exhibían banderas de la que cuatro años más tarde sería la República de Serbia. Los serbios, considerados por muchos los herederos de la Yugoslavia clásica, todavía no saben lo que es campeonar en un gran torneo de baloncesto.

El Mundial de 2002 fue el último torneo de la que está considerada la tercera mejor selección de la historia del baloncesto. Un oro olímpico, cinco Mundiales y ocho Europeos son el palmarés final de un equipo que en Indianápolis se despidió por todo lo alto. 

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En febrero de 2003 desapareció la República Federal de Yugoslavia. Tras muchos años de presiones internacionales, Montenegro y Serbia (las dos naciones que formaban el país), acordaron una reestructuración que, entre otras cosas, trajo consigo un nuevo nombre para el Estado: Serbia y Montenegro.

Unos meses antes del fin de Yugoslavia, su selección de baloncesto se proclamó campeona del mundo por quinta vez en su historia. Fue en Estados Unidos, ante Argentina, en una final cargada de tensión y mucha polémica. El conjunto balcánico puso fin a su ilustre trayectoria de la mejor manera posible, pero su último viaje no fue ni muchos menos un paseo por el parque.

Indiana fue elegida como única sede del torneo. Era la primera vez que el país que inventó el baloncesto iba a albergar un Mundobasket, así que la organización se decantó por un Estado en el que este deporte es casi como una religión. Fueron 62 partidos repartidos en solo dos recintos: el Conseco Fieldhouse, hogar de los Indiana Pacers, y el RCA Dome, la antigua casa de los Indianapolis Colts. Se esperaba un éxito de público que no se produjo. Hubo partidos de las selecciones menores en los que no se llegó ni a mil espectadores. El combinado estadounidense no atrajo a su afición ni en la fase decisiva.

Para su última cita mundialista, Yugoslavia presentó un elenco lleno de talento. Por encima de todo brillaban dos nombres propios: Dejan Bodiroga y Peja Stojaković. El primero, una de las grandes estrellas de Europa, tomó el mando del equipo los años posteriores a las sanciones por las Guerras Yugoslavas y llegó a Indianápolis como el MVP del Mundial anterior. Por su parte Stojaković ya era todo un All-Star en la NBA, uno de los mejores tiradores de la liga y uno de los pilares de aquellos Sacramento Kings de Rick Adelman.

Otro nombre ilustre de la lista de Svetislav Pešić fue Vlade Divac. El pívot de los Kings, último superviviente de la mítica Yugoslavia campeona en 1990, regresó a la selección tras tres años ausencia. En la convocatoria también figuraron los NBA Vladimir Radmanović y Predrag Drobnjak, además de otros jóvenes interesantes como Igor Rakočević, Marko Jaric o Zarko Cabarkapa. Sin duda alguna, los balcánicos estaban entre los máximos favoritos para levantar el Trofeo Naismith.

Los rivales yugoslavos en la primera fase de grupos fueron Angola, España y Canadá. El aliciente de ese grupo estaba en quién terminaría en primer lugar, si balcánicos o ibéricos. El segundo encuentro decidió el grupo: España, gracias a un sobresaliente Pau Gasol, venció a Yugoslavia en un ajustado 71-69 y avanzó a la siguiente fase invicta. Una segunda ronda en la que el conjunto plavise complicó la vida tras las derrotas ante Puerto Rico y nuevamente España.

Entrados en la fase decisiva, a Yugoslavia le tocó bailar con la más fea. Ni más ni menos que el anfitrión: Estados Unidos. Los yanquis, con el ídolo local Reggie Miller a la cabeza y un buen puñado de estrellas NBA detrás (Paul Pierce, Jermaine O’Neal, Baron Davis), venían de perder contra Argentina en el último partido de la segunda fase de grupos. Un tropiezo inesperado que no podía volver a repetirse. “Si perdemos un solo partido, aunque ganemos el oro, nuestros compañeros en la NBA no nos mirarían más a la cara”, dijo Paul Pierce antes del torneo. Stojaković y Divac se encargaron de que el Team USA firmase su mayor ridículo con jugadores profesional hasta ese momento (luego vendría la debacle de Atenas 2004). 81-78 para Yugoslavia y Estados Unidos fuera de la lucha por las medallas.

En semifinales esperaba la revelación del campeonato, Nueva Zelanda, que venía de cargarse a Puerto Rico. Dejan Koturović (18 puntos) terminó con las esperanzas de los oceánicos. Yugoslavia estaba en la final, y ahí esperaba la mejor selección del Mundial: Argentina.

Ginóbili, Oberto, Scola, Nocioni… la generación dorada del baloncesto argentino estaba llamada a hacer grandes cosas. Se presentaron al mundo el año anterior ganando el torneo FIBA Américas y en Indianápolis estaban siendo de largo el equipo que mejor juego estaba practicando. Llegaron a la final siendo sin haber perdido un solo partido, venciendo incluso a Estados Unidos.

Con Manudona lesionado, Oberto se echó a su equipo a la espalda en una segunda parte en la que, a falta de dos minutos para el final, Argentina vencía 68-74. Pero entonces apareció el MVP de Grecia. Bodiroga, a la sombra de Stojaković durante todo el Mundial, anotó siete puntos seguidos que empataron el choque. La polémica llegó cuando, en el último segundo, Sconochini recibió una falta de Divac y Bodiroga que los árbitros no pitaron. El partido se fue a la prórroga y ahí la albiceleste se cortocircuitó. El 9-2 del tiempo extra le dio a Yugoslavia su quinto y último cetro del basket mundial.

El Conseco Fieldhouse fue un fiel reflejo de lo que estaba por venir. Mientras que los jugadores festejaban el título al grito de “¡Yugoslavia!”, en las gradas se exhibían banderas de la que cuatro años más tarde sería la República de Serbia. Los serbios, considerados por muchos los herederos de la Yugoslavia clásica, todavía no saben lo que es campeonar en un gran torneo de baloncesto.

El Mundial de 2002 fue el último torneo de la que está considerada la tercera mejor selección de la historia del baloncesto. Un oro olímpico, cinco Mundiales y ocho Europeos son el palmarés final de un equipo que en Indianápolis se despidió por todo lo alto. 

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