_Copa del Rey

La película del Mirandés

Daniel Fernández-Pacheco @DFPV96 16-03-2021

Qué tendrá que ver una pequeña ciudad de la España vaciada, que copa tantos telediarios cuando interesa, un banquero y un equipo de Segunda B con la Copa del Rey. En Miranda de Ebro, en la temporada 11-12, tuvieron que grabarse a fuego aquello que aquí, en estos humildes textos semanales, hemos repetido una y otra vez y que nunca pararemos hasta que digáis que estáis cansados de leerla: “Si me dicen que en la vida pasará un cerdo volando no me lo creo. Si me lo dicen en un partido de fútbol me quedo, porque puede ocurrir”. La dijo José Antonio Anquela, entrenador de un Alcorcón que hace una década avergonzó al Madrid en el torneo del KO. Hoy toca hablar del Mirandés.

Los de Castilla y León, como todos los conjuntos de Segunda División B, arrancaban la competición en medio de un tiroteo. Las tres primeras rondas eran a partido único, a todo o nada, como una película del Viejo Oeste. Los de Juan Carlos Pouso superaron a Amorebieta, Balompédica Linense y Logroñés hasta llegar al comodín de disputar eliminatorias a doble partido. Solo había un problema: se enfrentaban al Villarreal. El empate a uno en Anduva acercaba a los castellonenses a la siguiente ronda. Sin embargo, Pablo Infante, vestido de extremo de élite, silenció El Madrigal con dos goles. Que nos quiten lo bailado.

Ya entre los dieciséis mejores solo quedaba tiempo para la jarana. Borraron del mapa al Racing de Santander en octavos y se plantaron en cuartos ante un Espanyol que siempre se crece en estas lides. En la ida, en el RCDE Stadium, los de Miranda de Ebro se pusieron 0-2 en el minuto 80, pero tres goles seguidos de los pericos en los últimos instantes les dejaron en la lona. Vaya palo. Ya en la vuelta, los blanquiazules decidieron coger un jarro de agua helada y dejarla caer en Anduva. Un gol en propia puerta de Aritz Mújica parecía el final, pero Infante, el banquero, tenía otro plan. Marcó el empate y en los últimos instantes puso un balón al área que remató Caneda para hacer saltar a todo el aficionado neutral que veía el partido. Hoy muchos nos acordamos qué estábamos haciendo con aquel gol. En semifinales cayeron ante el Athletic, pero el recuerdo del Mirandés perdurará toda la vida.

Imagen de cabecera: Imago

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Qué tendrá que ver una pequeña ciudad de la España vaciada, que copa tantos telediarios cuando interesa, un banquero y un equipo de Segunda B con la Copa del Rey. En Miranda de Ebro, en la temporada 11-12, tuvieron que grabarse a fuego aquello que aquí, en estos humildes textos semanales, hemos repetido una y otra vez y que nunca pararemos hasta que digáis que estáis cansados de leerla: “Si me dicen que en la vida pasará un cerdo volando no me lo creo. Si me lo dicen en un partido de fútbol me quedo, porque puede ocurrir”. La dijo José Antonio Anquela, entrenador de un Alcorcón que hace una década avergonzó al Madrid en el torneo del KO. Hoy toca hablar del Mirandés.

Los de Castilla y León, como todos los conjuntos de Segunda División B, arrancaban la competición en medio de un tiroteo. Las tres primeras rondas eran a partido único, a todo o nada, como una película del Viejo Oeste. Los de Juan Carlos Pouso superaron a Amorebieta, Balompédica Linense y Logroñés hasta llegar al comodín de disputar eliminatorias a doble partido. Solo había un problema: se enfrentaban al Villarreal. El empate a uno en Anduva acercaba a los castellonenses a la siguiente ronda. Sin embargo, Pablo Infante, vestido de extremo de élite, silenció El Madrigal con dos goles. Que nos quiten lo bailado.

Ya entre los dieciséis mejores solo quedaba tiempo para la jarana. Borraron del mapa al Racing de Santander en octavos y se plantaron en cuartos ante un Espanyol que siempre se crece en estas lides. En la ida, en el RCDE Stadium, los de Miranda de Ebro se pusieron 0-2 en el minuto 80, pero tres goles seguidos de los pericos en los últimos instantes les dejaron en la lona. Vaya palo. Ya en la vuelta, los blanquiazules decidieron coger un jarro de agua helada y dejarla caer en Anduva. Un gol en propia puerta de Aritz Mújica parecía el final, pero Infante, el banquero, tenía otro plan. Marcó el empate y en los últimos instantes puso un balón al área que remató Caneda para hacer saltar a todo el aficionado neutral que veía el partido. Hoy muchos nos acordamos qué estábamos haciendo con aquel gol. En semifinales cayeron ante el Athletic, pero el recuerdo del Mirandés perdurará toda la vida.

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