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La orquesta sin solista

Xavi Vallés @xavivalles14 29-10-2018

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Sucedió antes
de afrontar el encuentro de Champions League frente al Inter de Milán. Ante las
incógnitas o miedos que podía generar la ausencia de Lionel Messi en los
partidos que el equipo iba a disputar en los siguientes días, le hicieron la
más previsible de las preguntas a Ernesto Valverde: “¿Tiene claro cómo y con quién
va a sustituir a Messi?”. Breve pausa y, de repente, una maravillosa respuesta:
“Hay que intentar que no recaiga sobre
un solo jugador la responsabilidad de sustituir a Messi. Hay que hacerlo desde
el colectivo, es una cuestión de conjunto. Todo el grupo debe dar un
paso al frente”.

No había mejor
deferencia hacia el elegido. Quitándole presión, ya que aun sabiendo que es
imposible sustituir a Leo Messi, podía sentirse ligeramente cargado ante el
papel que le tocaría jugar. Diciéndole que su contribución podía moverse
perfectamente entre proporcionar amplitud de campo y a la vez participar en la zona
de creación donde habitan los interiores, y así añadir elementos para la combinación
en tres cuartos de campo rival.

Bajo este
planteamiento táctico y la sensación de que lo que hemos visto este domingo
sobre el campo ha estado trabajado a lo largo de la semana de la forma más
minuciosa posible, el FC Barcelona ha arrollado al Real Madrid en otro Clásico
que va a pasar a la historia. Y lo hará precisamente por el hecho diferencial
con el que he introducido este texto de hoy, y que lo diferencia de la mayoría
de enfrentamientos de la última década: lo ha conseguido sin la participación
del mejor jugador de la historia y solista del equipo.

Pese a la
ausencia de su mayor virtuoso, la orquesta azulgrana ha sido capaz de ejecutar
con armonía las piezas de este concierto de noventa minutos. Pese a no ser el
mejor que hemos presenciado a nivel técnico, ha conseguido levantar al público
de su asiento en varias ocasiones a través de combinaciones con un notable ritmo
de circulación, espacios prolongados de posesión, continuas llegadas a la
portería rival y un eurítmico primer acto de 45 minutos en el que, tras un
espectacular derroche de carácter encima del escenario, se podía haber llegado
al descanso con una renta superior a la conseguida.

El inicio del
segundo acto ha empezado con un índice de desconexión que, aunque ha durado
solamente quince minutos, es inaceptable para intérpretes de esta reputación. La
cadencia de minutos en los que el Madrid ha conseguido franquear los dominios
de Ter Stegen invitaba al público a meterse en la cabeza que el Allegro de Sonata que habían presenciado
durante los primeros 45 minutos había terminado definitivamente, para dar paso
a un Andante que duraría hasta el
final del partido, y en el que el equipo no tenía más remedio que focalizar
todas sus energías en resistir a nivel defensivo y conservar la renta mínima de
la que disponía en aquel momento.

Y ha sido
justo en este momento, al detectar los problemas que derivaban de tener al
rival tan volcado en la propia área, cuando el director de orquesta Ernesto
Valverde (en uno de los ajustes de piezas más interesantes que le recuerdo) ha
sabido leer el partido, localizar las necesidades y reequilibrar las fuerzas y
el ritmo con la introducción de jugadores capaces de dañar al rival a través de
los espacios en la transición defensa-ataque. La reubicación de Sergi Roberto
(inconmensurable a nivel físico) y la introducción de Ousmane Dembélé han sido
factores claves para acabar de desfigurar a un rival que con el 3-1 se ha visto
absolutamente sentenciado, situación que ha acabado convirtiendo el tramo final
del partido en una reexposición de un desbocado Allegro futbolístico en forma de contraataques, remates sin oposición,
duelos ganados, llegadas de segunda línea, centros al área y una sensación
ininterrumpida de peligro que solo el (agradecido por los blancos) pitido final
ha apaciguado.

Saliendo del
estadio, la sensación entre el público era la de haber asistido a la
interpretación de una gran obra. Una obra que, pese a no contar con el solista
y pieza más importante de la agrupación, se ha topado con la participación de
un grupo de intérpretes que llevan una semana conjurándose para un mismo
objetivo: contribuir a mostrar y exponer, públicamente y con el mayor índice de
éxito posible, una distinta pero harmónica sonata futbolística sin Lionel
Messi.

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Sucedió antes
de afrontar el encuentro de Champions League frente al Inter de Milán. Ante las
incógnitas o miedos que podía generar la ausencia de Lionel Messi en los
partidos que el equipo iba a disputar en los siguientes días, le hicieron la
más previsible de las preguntas a Ernesto Valverde: “¿Tiene claro cómo y con quién
va a sustituir a Messi?”. Breve pausa y, de repente, una maravillosa respuesta:
“Hay que intentar que no recaiga sobre
un solo jugador la responsabilidad de sustituir a Messi. Hay que hacerlo desde
el colectivo, es una cuestión de conjunto. Todo el grupo debe dar un
paso al frente”.

No había mejor
deferencia hacia el elegido. Quitándole presión, ya que aun sabiendo que es
imposible sustituir a Leo Messi, podía sentirse ligeramente cargado ante el
papel que le tocaría jugar. Diciéndole que su contribución podía moverse
perfectamente entre proporcionar amplitud de campo y a la vez participar en la zona
de creación donde habitan los interiores, y así añadir elementos para la combinación
en tres cuartos de campo rival.

Bajo este
planteamiento táctico y la sensación de que lo que hemos visto este domingo
sobre el campo ha estado trabajado a lo largo de la semana de la forma más
minuciosa posible, el FC Barcelona ha arrollado al Real Madrid en otro Clásico
que va a pasar a la historia. Y lo hará precisamente por el hecho diferencial
con el que he introducido este texto de hoy, y que lo diferencia de la mayoría
de enfrentamientos de la última década: lo ha conseguido sin la participación
del mejor jugador de la historia y solista del equipo.

Pese a la
ausencia de su mayor virtuoso, la orquesta azulgrana ha sido capaz de ejecutar
con armonía las piezas de este concierto de noventa minutos. Pese a no ser el
mejor que hemos presenciado a nivel técnico, ha conseguido levantar al público
de su asiento en varias ocasiones a través de combinaciones con un notable ritmo
de circulación, espacios prolongados de posesión, continuas llegadas a la
portería rival y un eurítmico primer acto de 45 minutos en el que, tras un
espectacular derroche de carácter encima del escenario, se podía haber llegado
al descanso con una renta superior a la conseguida.

El inicio del
segundo acto ha empezado con un índice de desconexión que, aunque ha durado
solamente quince minutos, es inaceptable para intérpretes de esta reputación. La
cadencia de minutos en los que el Madrid ha conseguido franquear los dominios
de Ter Stegen invitaba al público a meterse en la cabeza que el Allegro de Sonata que habían presenciado
durante los primeros 45 minutos había terminado definitivamente, para dar paso
a un Andante que duraría hasta el
final del partido, y en el que el equipo no tenía más remedio que focalizar
todas sus energías en resistir a nivel defensivo y conservar la renta mínima de
la que disponía en aquel momento.

Y ha sido
justo en este momento, al detectar los problemas que derivaban de tener al
rival tan volcado en la propia área, cuando el director de orquesta Ernesto
Valverde (en uno de los ajustes de piezas más interesantes que le recuerdo) ha
sabido leer el partido, localizar las necesidades y reequilibrar las fuerzas y
el ritmo con la introducción de jugadores capaces de dañar al rival a través de
los espacios en la transición defensa-ataque. La reubicación de Sergi Roberto
(inconmensurable a nivel físico) y la introducción de Ousmane Dembélé han sido
factores claves para acabar de desfigurar a un rival que con el 3-1 se ha visto
absolutamente sentenciado, situación que ha acabado convirtiendo el tramo final
del partido en una reexposición de un desbocado Allegro futbolístico en forma de contraataques, remates sin oposición,
duelos ganados, llegadas de segunda línea, centros al área y una sensación
ininterrumpida de peligro que solo el (agradecido por los blancos) pitido final
ha apaciguado.

Saliendo del
estadio, la sensación entre el público era la de haber asistido a la
interpretación de una gran obra. Una obra que, pese a no contar con el solista
y pieza más importante de la agrupación, se ha topado con la participación de
un grupo de intérpretes que llevan una semana conjurándose para un mismo
objetivo: contribuir a mostrar y exponer, públicamente y con el mayor índice de
éxito posible, una distinta pero harmónica sonata futbolística sin Lionel
Messi.

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